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Luigino Bruni
Original italiano publicado en Avvenire el 31/03/2020.
«Esos genealogistas de la moral habidos hasta ahora, ¿se han imaginado, aunque sea remotamente, que, por ejemplo, el concepto moral básico de “culpa” procede del muy material concepto de “deuda”?». En esta famosa frase de la “Genealogía de la moral”, Friedrich Nietzsche enfatizaba la estrecha relación que existe en el idioma alemán entre “deuda” y “culpa”, hasta tal punto que son la misma palabra: Schuld. La misma equivalencia y la misma palabra se encuentra en el idioma holandés.
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Estos dos países están unidos por una fuerte influencia de la herencia de la Reforma Protestante, si bien Holanda es más calvinista y Alemania más luterana. Pero, en la Biblia en general, antes que un asunto económico, la deuda es un asunto moral y religioso. La frase “perdona nuestras deudas…” está en el centro de la primera oración cristiana.
En todo caso, es indudable que en el humanismo protestante se puso más de relieve que en los países católicos latinos, la equivalencia entre culpa y deuda. Esto afecta a todas las deudas, pero sobre todo a la deuda pública. La razón, entre otras, es que la “cultura de la culpa” es más típica de los países protestantes, mientras que en los países católicos y latinos doma la “cultura de la vergüenza”. Al sur de los Alpes nos avergonzamos de tener deudas ante quienes nos conocen y nos ven (por tanto es bueno que los demás no conozcan y no vean nuestras deudas), pero nos sentimos menos culpables. No es casualidad que, en Italia, los primeros préstamos con un tipo de interés lícito fueran los concedidos para financiar los gastos públicos de las ciudades medievales. Los gastos del soberano y de la Iglesia no solo no se veían como derroche sino como magnificencia y como fiesta (los Papas, a diferencia de la Ginebra de Calvino, nunca abolieron las fiestas ni sus costes).
Pero si la deuda es culpa, entonces el deudor (persona o estado) es culpable. Esta antigua ecuación también se encuentra detrás de la rigidez con la que, sobre todo Alemania, ha pensado, gestionado y custodiado la relación deuda-PIB en la eurozona. Y hoy se ve también en la desconfianza con respecto a la emisión de los llamados coronabonos, cuyo principal aliado es Holanda. Tampoco es casualidad que en el otro lado se encuentren las “católicas” Italia, España y Francia. Los políticos, de una y otra parte del debate, saben poco o casi nada de la Biblia, de Calvino y de Lutero, pero, como me recordaba siempre mi maestro de filosofía citando al psicólogo Burrhus F. Skinner, la cultura es lo que te queda dentro cuando has olvidado todos los libros que has leído.
Han olvidado las 95 tesis de Wittenberg y el libro del Levítico, pero no han olvidado que la deuda es una culpa. El lenguaje es también guardián de la arqueología de los conceptos sepultados por las civilizaciones.
Si Europa no quiere ser la gran víctima del coronavirus, los países nórdicos deben ser más grandes que el peso de sus palabras. No sería la primera vez. Tras la segunda guerra mundial, después de los fascismos y nacismos, supimos olvidar palabras pésimas y envenenadas, que aún estaban muy frescas en la sangre del cuerpo de los pueblos europeos, y generamos la obra maestra de la Comunidad Europea; una comunidad que nunca habría nacido si no hubiéramos olvidado todas las palabras tremendas e inhumanas que nos dijimos unos a otros. Aquel gran dolor fue capaz de elaborar el luto de algunas palabras e inventó otras nuevas y mejores.
Desgraciadamente, uno de los dolores de estos días es la desaparición de muchos de los últimos testigos de aquella transformación de fratricidio en fraternidad, que sigue acortando nuestra ya corta memoria.
En estas mismas páginas hemos distinguido varias veces entre los pactos y los contratos. El contrato no es capaz de olvidar las palabras de ayer para generar otras nuevas; el pacto sí, y si no lo hace muere como pacto. Después de esta crisis epocal podríamos encontrarnos fácilmente con una Europa reducida definitivamente a puro contrato comercial.
Al mismo tiempo, los italianos somos conscientes de que alguna culpa tenemos en la enorme deuda pública acumulada en estas décadas. Lo sabemos nosotros y lo saben nuestros socios europeos, al igual que conocemos y conocen nuestra evasión fiscal, nuestra “cultura” cívica y nuestros derroches. Además, como si esto no fuera suficiente, Italia se ha cargado de años de señales ambiguas sobre Europa y el euro, por parte de políticos importantes que han pronunciado muchas palabras equivocadas e irresponsables. También estas palabras cuentan, y hoy se recuerdan. Las grandes crisis comportan una despiadada comprobación de la calidad moral de la vida política y civil de una sociedad, cuando la verdad del dolor de hoy desnuda todas las palabras de ayer. Las demasiadas víctimas de todo el continente pueden destruir el pacto europeo o regenerar una nueva Europa. Por eso, ahora todos debemos bajar el tono, hablar menos y con más humildad, llorar todos juntos a nuestros muertos, que pueden unirnos más que los vivos, y asumir todos juntos compromisos recíprocos claros y justos.
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Si a alguien le quedan dudas de que nuestro capitalismo se ha convertido en algo muy parecido a una religión, solo tiene que darse una vuelta hoy por la web y por los principales centros comerciales, mirar bien a su alrededor y tratar de entender qué es lo que está ocurriendo verdaderamente. Lo que está ocurriendo en los lugares donde se celebra el Black Friday se parece mucho a un fenómeno religioso, que nos recuerda a las funciones de las religiones tradicionales.
El primer problema, radical, que tienen aquellos que se dedican a estudiar, a escribir o a legislar sobre la pobreza es la incompetencia. Dado que no somos generalmente pobres, no poseemos ese conocimiento específico que solo tienen quienes viven en condiciones de pobreza. Los discursos y las acciones sobre la pobreza son a menudo ineficaces, cuando no dañinos, porque son abstractos precisamente por falta de competencia. No es casualidad que dos de los mayores estudiosos de la pobreza, Muhammad Yunus (premio Nobel de la paz) y Amartya Sen (premio Nobel de economía) sean originarios de Bangladesh e India, respectivamente. Ambos proceden de experiencias de contacto con la pobreza de verdad y no han dudado en “mojarse” contribuyendo a crear instituciones y proyectos para aliviar la pobreza (Grameen Bank y el Índice de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas). Para entender la pobreza e intervenir en ella no basta el sentido común, que con frecuencia causa muchos daños. Por el contrario, hay que trabajar mucho, haciendo todo lo posible para adquirir, con el estudio y el contacto frecuente con las personas a las que se quiere ayudar, las competencias que faltan y son necesarias.
La palabra economía tiene su origen en un término griego que hace referencia directamente a la casa y por tanto a la familia (oikos nomos = normas para gestionar la casa). Sin embargo, la economía moderna, y la contemporánea más aún, fue pensada como un ámbito regido por otros principios distintos, en buena parte opuestos, a los principios y valores que siempre han regido la familia y lo siguen haciendo. Un principio fundamental para la familia, tal vez el primero en el que se sustentan todos los demás, es la gratuidad. Es un principio que se sitúa en las antípodas de la economía capitalista, que solo conoce sucedáneos de la gratuidad (descuentos, filantropía, rebajas) que tienen la función de inmunizar a los mercados de la gratuidad verdadera.
«Las cuestiones económicas y financieras, nunca como hoy, atraen nuestra atención, debido a la creciente influencia de los mercados sobre el bienestar material de la mayor parte de la humanidad». Así comienza el documento ”