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Luigino Bruni
Publicado en Avvenire el 01/05/2018
Hoy es la fiesta de los trabajadores, de todos los trabajadores. Es también la fiesta del trabajo. Pero no de todo el trabajo, porque no todo el trabajo ni todos los trabajos merecen ser celebrados. El trabajo sin adjetivos calificativos no nos da suficiente información para saber si merece o no ser celebrado.
[fulltext] => El “hijo pródigo” también encontró trabajo después de haber dilapidado la herencia. Pero incluso trabajando como porquero no ganaba lo suficiente para vivir. Su trabajo no era digno ni decente, como el de la mayor parte de los trabajadores de la antigüedad, hasta tiempos muy recientes, y como el de muchos trabajos que seguimos haciendo. Por este motivo, el primero de mayo es también memoria de muchas batallas civiles y políticas para hacer del trabajo una actividad humana digna y, por consiguiente, para eliminar condiciones de trabajo que se parecen demasiado a la esclavitud y a la servidumbre. El primero de mayo nos recuerda que el trabajo es antes que nada una cuestión política y social, que tiene mucho que ver con las relaciones de poder (palabra que ha desaparecido del vocabulario del capitalismo del siglo XXI) y que cuando lo convertimos en un asunto individual, en un contrato como cualquier otro, perdemos siglos de civilización y de equilibrio en las relaciones de fuerza. La historia de las civilizaciones es también una “destrucción creadora” de trabajo: trabajos indignos sustituidos por trabajos más dignos.
Hoy muchos trabajadores con trabajos indignos no hacen fiesta porque están coaccionados por unos patrones despiadados o por sus necesidades primarias. Y no podemos ser moralistas y pretender que aquellos que se encuentran encadenados a estos trabajos indignos tengan que plantearse la cuestión de la dignidad de su propio trabajo para actuar en consecuencia y dejarlos. Estas cuestiones son un lujo que no pueden permitirse casi nunca quienes están preocupados por qué van a comer y qué van a dar de comer a sus hijos. Las condiciones materiales y sociales en que vivimos plasman nuestras conciencias. Generalmente, unas condiciones de vida indignas nos impiden adquirir conciencia de la falta de dignidad de nuestro trabajo. Por eso siempre habrá pocos trabajadores con trabajos indignos capaces de despedirse poniendo en peligro su propia vida y la de sus familiares. También por eso, la calidad moral y cívica de un pueblo se mide por la capacidad que tiene para no obligar a sus trabajadores a elegir entre conciencia y pan, para no dejarles solos en sus propios infiernos confiando únicamente en su heroísmo ético individual.
Los pueblos civiles combaten los trabajos inciviles a nivel civil y político. Hoy, en nuestros países y en el mundo entero, hay muchos trabajadores, demasiados, en trabajos erróneos e inciviles – en salas de juego, en muchos oficios de armas, siendo “guardianes” de cerdos y de pocilgas – que han aumentado durante estos diez años de crisis (las crisis graves y largas reducen los trabajos dignos y aumentan los indignos). Estos trabajadores son verdaderamente pobres, en ingresos y también en libertad, porque la primera forma de pobreza, como nos recuerda Amartya Sen, es la falta de libertad para poder llevar la vida que nos gustaría llevar. A muchísimos trabajadores no les gusta su trabajo indigno, pero carece de las condiciones de libertad para poder dejarlo. Necesitamos una nueva conciencia colectiva, más atenta al trabajo y a su dignidad, para rescatarlos de sus esclavitudes. Pero este tipo de conciencia colectiva del trabajo y sobre el trabajo es precisamente la que más nos falta en estos tiempos de globalización de los mercados y de la indiferencia.
Estamos rodeados de trabajo humano, pero lo “vemos” demasiado poco, porque civil y éticamente estamos distraídos o somos miopes. El trabajo es el principal ambiente donde se desarrolla nuestra existencia, desde el primer aliento hasta el último día. Pero no siempre estamos suficientemente atentos a la calidad moral y a la naturaleza ética de este trabajo.
Prestamos una atención cada vez mayor a las etiquetas de los productos de alimentación y cosmética para conocer sus calorías y sus propiedades químicas, pero estamos menos interesados que hace treinta años en las “etiquetas morales” de las cosas, en los “azúcares de justicia” y en “las calorías éticas”. En las tres últimas décadas nos hemos dejado convencer con demasiada rapidez de que la democracia tenía poco que ver con las mercancías y con los mercados. Hemos cedido ante aquellos que nos decían que las técnicas y los instrumentos podían gestionar la economía. No hemos dejado entrar a la democracia dentro de las fábricas, de las oficinas, de los bancos, de los supermercados y de la compra online y hemos ido reduciendo progresivamente su espacio hasta hacerlo ínfimo. También tienen derechos y libertades, sobre todo, los trabajadores que fabrican la ropa que nos ponemos, los agricultores que cultivan la fruta y los tomates que comemos, los soldados que combaten las guerras del petróleo (y pronto del agua) que consumimos.
Debemos comenzar a ver de otra manera nuestro trabajo y el de los demás, para aprender a hacerle preguntas nuevas al trabajo, preguntas más cívicas, más políticas y más éticas. Sin conformarnos con respuestas demasiado fáciles. La humanidad ha crecido cada vez que alguien ha comenzado a dirigir preguntas nuevas a las personas y a las cosas, y ha sabido convertirlas en preguntas colectivas. Estas preguntas colectivas generaban respuestas que, cuando eran banales, se devolvían al remitente. Hasta que nos convencían, a veces siglos después de la primera pregunta, e inmediatamente volvían a generar nuevas preguntas.
Hoy es la fiesta de todos los trabajadores y por consiguiente es también la fiesta de los trabajadores de los trabajos indignos, porque la falta de dignidad de un trabajo no siempre hace indignos a sus trabajadores. Y porque cada día se realizan acciones buenas y luminosas que logran aclarar, durante algunos instantes, la oscuridad de muchos trabajos pésimos. Incluso en Auschwitz, como nos recordará para siempre Primo Levi, un albañil fue capaz de levantar un muro recto. La persona es más grande que su trabajo, siempre y en cualquier trabajo. Sobre todo es más grande y digna que el trabajo no elegido, sino padecido por simple supervivencia.
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Luigino Bruni
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Mercado, moneda, deuda, beneficios: en el gran relato bíblico están presentes la mayor parte de las categorías que han fundado nuestra civilización, también las económicas. De este código simbólico, a lo largo de milenios, han bebido la poesía, la literatura y el arte, por no hablar de la filosofía o de la teoría política. Incluso el psicoanálisis, en tiempos recientes, se ha servido de la potencia generativa de los arquetipos veterotestamentarios, ampliando el terreno de la sabiduría griega, como diría Charles Moeller, gracias a la paradoja cristiana. Pero la economía no. Hace demasiado tiempo que la Biblia y la economía no se encuentran. Por este motivo Luigino Bruni ha decidido dedicar una parte relevante de su investigación más reciente al tema. En 2018 la experiencia que comenzó en junio en el Polo Lionello Bonfanti con la “Semana de Economía Bíblica” tendrá continuidad:
El mercado es uno, pero mercados hay muchos. Cuando hablamos y debatimos seriamente acerca del mercado y del estado – polos de un debate que vuelve a la actualidad aunque a veces usando lentes de antiguo foco – antes deberíamos especificar de qué mercado y de qué estado estamos hablando. Pues solamente el Mercado con mayúscula, creación irreal y abstracta de las ideologías, es uno solo. Pero si queremos entender qué está ocurriendo en la economía mundial y en la de nuestros países, para intentar mejorarla, debemos salir fuera del mundo encantado de los mercados y los estados irreales.
«El capitalismo es una religión… En el futuro lo veremos con más claridad», escribía en 1922 el filósofo Walter Benjamin. Sus palabras pueden considerarse proféticas, pues hoy más que nunca el capitalismo de las finanzas y el consumo “24 horas 7 días a la semana” está revelando su naturaleza religiosa o, mejor dicho, idolátrica. Una idea tan relevante como infravalorada por los pensadores de nuestro tiempo. Aunque este no es el caso de John Milbank, anglicano, uno de los teólogos contemporáneos más profundos e influyentes. En noviembre de 2017 ha visitado la Universidad Lumsa de Roma para participar en el congreso internacional “La herencia de Martin Lutero en las modernas ciencias económicas y sociales”.
Èsbozar escenarios sombríos acerca del trabajo de mañana se ha convertido en algo muy común. Es urgente hablar de ellos y, si es posible, enriquecerlos y rectificarlos, porque hoy el trabajo necesita sobre todo miradas generosas y palabras realistas pero llenas de esperanza.
Salir de las trampas de la pobreza ha sido siempre enormemente difícil. La razón fundamental es que la pobreza económica se manifiesta como una falta de ingresos, pero esa falta de ingresos depende de una escasez de capitales: capitales sociales, relacionales, familiares, educativos, etc. Por consiguiente, si no se actúa en el plano de los capitales, los flujos de ingresos no llegan y, cuando llegan, se derrochan sin sacar a la persona de su condición de pobreza. Con frecuencia incluso empeoran la situación, como cuando ese dinero acaba en los peores lugares, como máquinas tragaperras y otros juegos de azar.
La cultura del contrato es la gran triunfadora de un tiempo como el nuestro, donde hay demasiados perdedores pobres. Se ha desarrollado sobre las cenizas de la cultura del pacto, que fue uno de los pilares del edificio familiar, cívico y político de las generaciones anteriores. Hasta hace unas décadas, el reino del contrato, aun siendo importante, era limitado, porque la mayor parte de la vida de la gente estaba regida por el registro del pacto (familia, amistad, política, religión, trabajo...).
Una de las grandes utopías de nuestro capitalismo es la construcción de una sociedad en la que el trabajo humano deje de ser necesario. Determinada economía siempre ha soñado con empresas y mercados tan “perfectos” que permitieran prescindir de los seres humanos. Dirigir y controlar hombres y mujeres es mucho más difícil que gestionar dóciles máquinas y obedientes algoritmos. Las personas concretas tienen crisis, protestan, entran en conflicto unas con otras y siempre hacen cosas distintas de las que deberían hacer según la descripción de su puesto de trabajo, muchas veces cosas mejores.
Resurrección es una de las grandes palabras de esta tierra. La vida que renace de la muerte es la primera ley de la naturaleza, las plantas y las flores, que llenan de colores y belleza el mundo y nos dicen que la vida es más grande que la muerte que la nutre. Las mujeres y los hombres renacen muchas veces a lo largo de su existencia. Se encuentran resucitados después de haber sido crucificados por un luto, un abandono, una depresión o una enfermedad. A veces resucitamos resucitando a otros de sus sepulcros. Esas son las resurrecciones más hermosas y verdaderas. Si la resurrección no fuera una palabra humana, amiga y de casa, aquellas mujeres y hombres de Galilea no hubieran sido capaces de intuir algo del misterio, único, que se realizó entre la cruz y el día posterior al sábado.
El deber de la hospitalidad es el muro de carga de la civilización occidental y el ABC de una buena humanidad. En el mundo griego, el forastero era portador de una presencia divina. Son muchos los mitos en los que los dioses adquieren la semblanza de un extranjero de paso. La Odisea es, entre otras cosas, una gran enseñanza sobre el valor de la hospitalidad (Nausícaa, Circe…) y sobre la gravedad de su profanación (Polifemo, Antínoo). En la antigüedad, la hospitalidad estaba regulada por auténticos ritos sagrados, expresión de la reciprocidad de dones. El que ofrecía hospitalidad realizaba un primer gesto de acogida y, al despedir al huésped, le entregaba un “regalo de despedida”. Éste, por su parte, debía ser discreto y sobre todo agradecido.
La comunidad europea, al igual que cualquier otra comunidad, es una forma de bien común. La ciencia económica nos enseña que los bienes comunes, por su naturaleza, son susceptibles de ser destruidos. Es de sobra conocida la ‘Tragedia de los bienes comunes’ (Garrett Hardin, 1968), que ocurre cuando los usuarios de un bien común tratan de maximizar su interés individual, olvidando, o poniendo muy en segundo plano, el hecho de que ese bien común se deteriora por el consumo. Según el conocido ejemplo, cuando los usuarios de un prado comunal sólo ven sus costes y beneficios subjetivos, se sienten incentivados a llevar a pastar al mayor número posible de vacas, y el resultado final del proceso es la destrucción del pasto.