Editoriales Avvenire

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Comentario – Virtudes para recuperar y vivir/4

por Luigino Bruni 

publicado en Avvenire el 01/09/2013 

logo_avvenireSi hay una virtud especialmente valiosa para los tiempos de crisis, esa es la fortaleza. Fortaleza es la capacidad de seguir viviendo, resistiendo a las largas y duras adversidades. Es una fuerza espiritual y moral a la que las generaciones pasadas atribuían una enorme importancia, hasta el punto de llamarla virtud cardinal.

La fortaleza hace que no nos abandonemos a pesar de que se den todas las condiciones para ello y resistamos en la búsqueda de la justicia donde hay corrupción. Es la que nos impulsa a seguir pagando los impuestos cuando muchos dejan de hacerlo, a respetar a los demás cuando no somos respetados; a ser no violentos en ambientes violentos.

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Es la que nos hace mantener la moderación cuando estamos inmersos en la intemperancia, la que nos hace resistir durante años en un puesto de trabajo equivocado, la que nos hace seguir en la familia o en la comunidad cuando todo y todos (excepto nuestra alma) nos dicen que nos vayamos.

Es una virtud como las otras, pero a la vez es una precondición para poder vivir las demás virtudes, cuando se vive en contextos difíciles y sobre todo cuando las condiciones difíciles duran mucho tiempo. Es una virtud al servicio de las demás virtudes, porque nos permite seguir adelante cuando no hay reciprocidad. Hay una hermosa y actual palabra que recoge muchos de los significados de la fortaleza: resiliencia. La resiliencia expresa la capacidad que tiene la persona de no ceder a las adversidades, de seguir agarrado al clavo ardiendo, de no resbalar por las pendientes de las que está hecha la vida personal y cívica. Por este motivo, la fortaleza ha sido y es la salvación sobre todo de los pobres, que gracias a esta virtud consiguen muchas veces compensar la injusta falta de recursos, derechos, libertades y respeto, evitando la muerte. Gracias a ella pueden resistir las largas carestías y las interminables ausencias de los maridos y los hijos emigrados o dispersos en las muchas guerras (existe una relación especial entre la fortaleza y las mujeres). Los que se ven encerrados en la cárcel durante décadas por ser pobres, como Edmundo Dantés, encuentran en ella la fuerza para seguir esperando.

La fortaleza no escapa a la lógica paradójica de toda virtud. Hay momentos decisivos en la vida en los que la fortaleza debe saber trasnformarse en debilidad para ser verdaderamente virtuosa. Es la aceptación dócil de una desventura, una enfermedad grave, un fracaso o una viudedad. O tal vez la reconciliación con la última etapa de la vida cuando alguien (quizá una voz interior) nos dice que ha llegado nuestra hora. La dignidad y la fuerza moral en estos momentos de debilidad-virtuosa dependen  mucho de cuánta fortaleza hayamos sabido acumular durante el resto de nuestra vida.

La fortaleza es además esencial para resistir y vencer las tentaciones, una palabra que ha salido del horizonte de nuestras ciudades porque es demasiado verdadera para ser comprendida por nuestra incivilizacion del consumo y las apuestas en las finanzas y en los juegos. En cambio, las tentaciones existen y saber reconocerlas y superarlas significa no perderse en la vida. La fortaleza es la que nos hace rechazar donaciones de empresas inmorales, la que nos impide especular con la venta de una buena empresa familiar en la que hay generaciones de amor y de dolor, la que nos hace capaces de no seguir un enamoramiento equivocado y volver, fieles, a casa.

La economía es un trozo de vida y por eso necesita también de la fortaleza para ser vida buena. Pero hay dos ámbitos en los que la fortaleza desempeña un papel esencial. El primero se refiere directamente a la vida y a la vocación del empresario. Aunque mucha gente piense (y escriba) exactamente lo contrario, la economía de mercado no es un sistema que recompensa regularmente el mérito ni el talento. O al menos no lo recompensa mejor que otros sistemas (el deporte, las sociedades científicas, la familia…). En la dinámica de mercado no existe una relación cierta entre el comportamiento virtuoso del empresario (innovación, lealtad, corrección, legalidad...) y su éxito en el mercado. Esta relación muchas veces existe pero puede también no existir. Los resultados de una empresa dependen de innumerables circunstancias, que pueden cambiar independientemente del control y del mérito del empresario o empresaria. Y así puede ocurrir que esfuerzos meritorios se queden sin recompensa y que el premio vaya a quienes tienen menos mérito o menos talento. La desventura puede golpear (y de vez en cuando lo hace) también al justo, al empresario virtuoso, sobre todo en tiempos de crisis. Cultivar la virtud de la fortaleza le puede salvar y le puede ayudar a no rendirse y a relanzar la carrera.

El segundo ámbito es el interior de las organizaciones. Hay momentos en los que las empresas atraviesan verdaderas crisis, sobre todo cuando afectan a las motivaciones profundas de las personas. Su superación depende de que haya en esos lugares una determinada cantidad de personas con suficiente resiliencia. Si no hay nadie (al menos uno) que, superando la lógica de los incentivos, siga resistiendo y luchando sin tener en cuenta el horario y el desgaste de recursos, las crisis empresariales no se superan. El arte del gobierno de una empresa consite principalmente en saber atraer personas con altos valores de resiliencia, en no dejar que se vayan y en hacer que la resiliencia-fortaleza aumente con el transcurso de la experiencia laboral. La fortaleza necesita ser constantemente alimentada, porque si bien es cierto que se aprende a ser fuertes practicándola, no es menos cierto que al ser una virtud ‘de largo recorrido’, la fortaleza está especialmente sujeta al riesgo del agotamiento. Una señal inequívoca de que la fortaleza se está acabando (o se ha acabado) es esa frase tan común, “ya no merece la pena”, que se dice cuando ya no se ve ningún valor en el sufrimiento de la resistencia. Por eso es muy importante no considerar nunca la fortaleza de los otros (ni la nuestra) como un rasgo inalterable o como un stock, porque puede languidecer e incluso morir si la persona no la cultiva (con la vida interior, con la poesía, con la oración…) y quienes la rodean no la refuerzan con expresiones de aprecio, cariño y reconocimiento. Podemos permanecer mucho tiempo en condiciones de gran dificultad si no estamos solos, si tenemos la compañía de las virtudes de los otros y de la propia interioridad habitada.

Para terminar, la fortaleza es indispensable para mantener la alegría de vivir en dificultades duraderas, enfermedades o traiciones. Una de las cosas más sublimes del mundo es la existencia de personas capaces de mantenener una alegría auténtica en condiciones objetivas de gran adversidad. Este tipo de alegría virtuosa es un himno a la vida, un bien común que enriquece a todos los que se ven contagiados por ella. La fortaleza que necesitamos para mantener la alegría no es menos valiosa ni poderosa que la que nos permite soportar las dificultades y el dolor. Esta alegría es el sacramento de autenticidad de toda virtud, una alegría frágil y fuerte que hace el yugo de las largas adversidades más ligero, incluso suave.

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Comentario – Virtudes para recuperar y vivir/4

por Luigino Bruni 

publicado en Avvenire el 01/09/2013 

logo_avvenireSi hay una virtud especialmente valiosa para los tiempos de crisis, esa es la fortaleza. Fortaleza es la capacidad de seguir viviendo, resistiendo a las largas y duras adversidades. Es una fuerza espiritual y moral a la que las generaciones pasadas atribuían una enorme importancia, hasta el punto de llamarla virtud cardinal.

La fortaleza hace que no nos abandonemos a pesar de que se den todas las condiciones para ello y resistamos en la búsqueda de la justicia donde hay corrupción. Es la que nos impulsa a seguir pagando los impuestos cuando muchos dejan de hacerlo, a respetar a los demás cuando no somos respetados; a ser no violentos en ambientes violentos.

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Fortaleza (más allá de la crisis)

Fortaleza (más allá de la crisis)

Comentario – Virtudes para recuperar y vivir/4 por Luigino Bruni  publicado en Avvenire el 01/09/2013  Si hay una virtud especialmente valiosa para los tiempos de crisis, esa es la fortaleza. Fortaleza es la capacidad de seguir viviendo, resistiendo a las largas y duras adversidades. Es un...
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Comentario – Virtudes para recuperar y vivir/3

por Luigino Bruni 

publicado en Avvenire el 25/08/2013 

logo_avvenireLa virtud de la prudencia siempre ha sido profundamente amiga de la vida buena y la buena economía. Pero es muy importante saber reconocer la prudencia no virtuosa así como una cierta imprudencia que puede considerarse virtud.

Al alba de la modernidad se planteó el debate sobre qué mecanismos (providenciales para algunos) podrían orientar hacia el bienestar social no solo las escasas virtudes sino sobre todo los abundantes vicios de las personas reales, los vicios del <hombre tal y como es, para hacer buen uso de ellos en la humana sociedad> (Vico, “La ciencia nueva”, 1744).

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En este contexto, Adam Smith demostró (convenciendo con ello a no pocos) que el desarrollo y la riqueza de las naciones no nacía del vicio de la avaricia ni de la pasión triste del egoísmo, sino de la virtud cardinal de la prudencia, de <cuidar los bienes, la clase y la reputación del individuo> (Smith, “Teoría de los Sentimientos Morales”, 1759). Así pues, es prudente el buen padre (o madre) de familia que se ocupa de su patrimonio, manteniéndolo y aumentándolo, y cuando le regala un coche al hijo mayor de edad le dice: <Ten mucho cuidado>. Todo eso es sin duda virtud, bien individual y bien común. Si repasamos nuestra historia nos daremos cuenta de que la virtud de la prudencia estaba en la raíz de nuestra civilización campesina y artesana, donde se educaba al buen uso de los bienes, al mantenimiento de las pocas cosas que había, y al desarrollo prudente de patrimonios, sueños y proyectos de vida. Una historia que nos recuerda que los comportamientos viciosos contra la prudencia son el despilfarro, la dejadez y la estupidez de quienes derrochan sus bienes (o los de sus padres), y que nuestro bienestar depende ante todo de la virtud de nuestros conciudadanos, de si el vecino cuida su jardín y paga los impuestos, de la virtud de los clientes y también de las administraciones públicas.

Aquel primer optimismo ilustrado de la transformación de la prudencia de los individuos en virtud pública duró poco, aunque algunos sigan, ideológica e ingenuamente, invocándolo. No hay más que leer las novelas de Giovanni Verga para darse cuenta de que el escenario ya había cambiado radicalmente. Los vicios privados dejaban ya demasiados <vencidos> a lo largo de la <riada del progreso>, y la Providencia se convirtió en la barcaza naufragada de Patron ‘Ntoni. La esperada y por muchos invocada economía de mercado, armoniosa y mutuamente provechosa, se estaba convirtiendo en capitalismo. Sus estructuras de poder estaban creando nuevas formas de feudalismo, nuevas desigualdades, nuevas rentas y nuevos nobles distinguidos por una distinta pero no menos eficaz sangre azul. En particular, cada vez somos más conscientes de que los procesos más importantes de la economía tienen lugar dentro de las instituciones, en las organizaciones (el Estado entre ellas), en los bancos y en las empresas, donde la prudencia y las virtudes de los individuos no producen vida buena si dan lugar a relaciones de poder asimétricas que refuerzan las desigualdades de todo tipo.

He aquí que el escenario cambia radicalmente y a la persona prudente ya no se le pide sólo que oriente con la virtud su propia vida y la de su familia, sino que actúe para cambiar leyes, estructuras y sistemas de gobierno de las empresas y de muchos bienes comunes. Así se empieza a escribir un nuevo-antiguo capítulo moral de crucial relevancia: si una persona virtuosa vive dentro de instituciones viciosas, para poder vivir de verdad la virtud de la prudencia debe saber actuar también de forma imprudente. Si quiere ser verdaderamente virtuoso y prudente, debe saber poner en segundo plano el cuidado de sí mismo y de sus propios intereses, patrimonios e incluso afectos. Quienes quieren y deben denunciar injusticias manifiestas y mentiras, no pueden callar “prudentemente” frente a chantajes y represalias, no viven la dimensión de la prudencia que llamamos virtud. Ciertamente, algún filósofo podría sostener que deberíamos ampliar el concepto de prudencia hasta incluir un yo meta-individual, así como los bienes espirituales e incluso los ultraterrenales. Yo personalmente prefiero pensar que para entender el valor y la lógica de las virtudes, es necesario tomarse en serio su naturaleza paradójica. La virtud es verdaderamente virtuosa cuando muere y se abre a un “más allá” más grande, en una relación nueva con las demás virtudes, sin rendirse ante las pseudovirtudes de lo “políticamente correcto”. Así la prudencia es justa cuando es capaz de hacerse imprudente, la fortaleza es prudente cuando sabe convertirse en debilidad humilde y cada virtud se realiza cuando florece en agape, allí donde reina una justicia que puede hacer que quien, sin tener culpa, ha trabajado sólo la última hora pueda recibir el salario diario. Fuera de este horizonte, el comportamiento prudente de por sí pierde contacto con la virtud, como quien aparca en doble fila y “prudentemente” repliega el retrovisor. Si no nos tomamos en serio esta paradoja crucial y (al menos para mí) formidable, la virtud termina por transformarse en el vicio más grande, porque se convierte en un ejercicio egoísta que tiende a la perfección individual pero olvidándose del otro.

El ágape es el cumplimiento de toda acción moral, que nunca está definida ni completa dentro de ningún horizonte de ley, ni siquiera del de las virtudes, a las que el ágape llama a transcenderse para que puedan convertirse (paradójicamente) en ellas mismas. Si quienes tienen que ir a las periferias morales y antropológicas del mundo no tocan e incluso no sobrepasan de vez en cuando los límites de la justicia trazados por las leyes de la ciudad, no pueden ser verdaderamente justo. Si cuando Alí llamó a la puerta de mi amigo siciliano y párroco, éste se hubiera quedado prudentemente en la puerta sin acogerle en su casa (pensando en las consecuencias penales que hubiera podido tener y efectivamente tuvo), no habría sido verdaderamente virtuoso. Una dinámica paradójica que conocen bien quienes trabajan en las comunidades de rehabilitación y en las cárceles de menores, así como todas las personas que siguen arriesgando su carrera, sus bienes, su facturación, sus puestos de trabajo y la quiebra de su empresa.

No se les pide a todos en todo momento que vivan esta dimensión paradójica de la virtud. Pero si no respondemos cuando llega la llamada, comprometeremos la calidad ética y espiritual de nuestra existencia. Porque no se trata de actos extraordinarios de unos cuantos héroes, sino acciones de la que todos en potencia somos capaces. Esta virtud-que-va-más-allá-de-la-virtud es la levadura que eleva el pan de una vida ya virtuosa y le da la fuerza para mover montañas. Gandhi no habría liberado la India si no hubiera sido virtuosamente imprudente, ni Francisco nos habría enseñado la fraternidad si no hubiera besado imprudentemente al leproso, ni muchas mujeres y muchos vagabundos habrían sido liberados y llamados a la vida si no hubieran encontrado en el camino personas agápicamente imprudentes que han querido y sabido abrazarles, sin conformarse con la solidaridad inmune que está llenando nuestra economía y, por desgracia, también la parte no lucrativa de ella. El territorio de las virtudes – que coincide con el territorio de lo humano – se extiende y se humaniza cada vez que alguien tiene la imprudencia de superar los límites asignados a las virtudes, pagando en primer persona y casi siempre sin descuento. Benditas imprudencias, que impulsan hacia delante la civilización y hacen del mundo un lugar digno y bello para vivir.

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Comentario – Virtudes para recuperar y vivir/3

por Luigino Bruni 

publicado en Avvenire el 25/08/2013 

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Al alba de la modernidad se planteó el debate sobre qué mecanismos (providenciales para algunos) podrían orientar hacia el bienestar social no solo las escasas virtudes sino sobre todo los abundantes vicios de las personas reales, los vicios del <hombre tal y como es, para hacer buen uso de ellos en la humana sociedad> (Vico, “La ciencia nueva”, 1744).

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Prudencia (y algo más)

Prudencia (y algo más)

Comentario – Virtudes para recuperar y vivir/3 por Luigino Bruni  publicado en Avvenire el 25/08/2013  La virtud de la prudencia siempre ha sido profundamente amiga de la vida buena y la buena economía. Pero es muy importante saber reconocer la prudencia no virtuosa así como una cierta imp...
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Comentario – Virtudes para recuperar y vivir/2

por Luigino Bruni 

publicado en Avvenire  el 18/08/2013 

logo_avvenireHay un fuerte contraste entre el profundo sentido de la justicia que todos, incluso los malvados, llevamos dentro, y el mundo que se nos muestra como un espectáculo de injusticia generalizada. <El hombre nace libre, pero en todos lados está encadenado> (J.J. Rousseau). Para muchas injusticias no bastan los tribunales y los abogados. No son suficientes porque los aspectos legales, conmutativos y comprensibles sólo cubren una pequeña parte del territorio de la justicia, cuya extensión coincide con la de la entera vida en común. Una respuesta equivocada a la cuestión de la justicia es la tendencia, hoy creciente, a “judicializar” toda la vida social, codificando en la medida de lo posible todas las relaciones interpersonales y transformando todas las relaciones humanas en contratos.

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Una tendencia-tentación que, en lugar de aumentar la justicia, está bloqueando escuelas, comunidades de vecinos y hospitales, con trampas de desconfianza recíproca, puesto que muchas relaciones humanas se desnaturalizan cuando se “contractualizan”. 

El humanismo europeo nos dió una lección distinta sobre la justicia. En primer lugar consideró a la justicia como una virtud cardinal, diciéndonos que ésta es, antes que nada, fruto de un ejercicio continuo de la persona. Antes de invocar la justicia como principio, hay que practicarla, vivirla, buscarla y cultivarla como las demás grandes virtudes de la existencia. La justicia de los ciudadanos es la que genera la justicia de la ciudad, como simbólicamente expresaba la cultura griega a través de Dike, la diosa de la justicia de la polis, que era hija de Themis, la diosa de la Justicia anterior a cualquier sistema jurídico histórico y concreto, que hace justo a quien la sigue. Por eso Themis puede incluso entrar en conflicto con Dike, como ocurre en la gran tragedia de Antígona, quien, en nombre de una justicia más grande, entierra en contra de la justicia de la polis al hermano muerto Polinice. También los escribas y fariseos tenían su justicia, en base a la cual condenaron a Cristo. Ninguna invocación a la justicia es justa si viene de ciudadanos injustos que usan la justicia-Dike contra la justicia-Themis, muchas veces oprimiendo a los pobres y a los justos para sacar provecho. Si faltan ciudadanos amantes y practicantes de la virtud de la justicia, las leyes que se elaboren están condenadas a ser injustas, tanto más injustas cuanto más democrática sea la forma de gobierno. La necesidad de ciudadanos virtuosos es la principal fragilidad de las democracias, como bien sabían Montesquieu o Filangeri. Al mismo tiempo, las leyes justas refuerzan, premiándolas, las virtudes cívicas de los ciudadanos.

Por este motivo las declinaciones de la virtud de la justicia son abiertas y voluntariamente vagas: nos invitan a reconocer y a dar “a cada uno lo suyo” pero no nos dicen cómo se mide “lo suyo” ni quién debe medirlo. Aunque la justicia-Dike está llamada a dar contenido y límite a “lo suyo” de cada uno, no es menos cierto que la indeterminación de la virtud de la justicia es expresión de su ser relación entre personas. Reconocemos y damos al otro lo que le corresponde en justicia, siempre que entre nosotros exista una pertenencia común, siempre que el otro me interese de verdad, le considere asunto mío  y aunque le llame tercera persona, en realidad, a un nivel más profundo, es segunda (un “tú”). Y mientras que la justicia-Dike puede conformarse con dar a cada uno lo suyo, la virtud de la justicia va más allá del cálculo de “lo suyo”. El cristianismo nos ha dicho que la diferencia entre su justicia y la de los escribas y fariseos se llama agape, y no empieza donde acaba la justicia, sino que es su cumplimiento y su forma.

La economía no se ha tomado nunca en serio el tema de la justicia, a excepción del economista y filósofo indio Amartya Sen y pocos más. Para la ideología-religión capitalista, la justicia forma parte de los vínculos que hay que respetar, pero no pertenece a los objetivos que hay que alcanzar. Justicia es sinónimo, en el mejor de los casos, de respeto forzoso de las leyes sobre el trabajo, el medio ambiente o la seguridad, o sinónimo de pagar los impuestos. Todos estos vínculos son vividos como limitaciones del único y verdadero objetivo de la empresa capitalista: la maximización del beneficio o más propiamente y más gravemente, de las rentas. Pero al principio no era así. El “justo precio” fue uno de los grandes temas de la economía medieval, y Antonio Genovesi, paralelamente a su tratado de economía (“Lecciones de economía civil”), escribió en 1766 la “Diceosina”, un tratado sobre la justicia, que era el alma de toda su producción económica y ética. La justicia que conoce – cuando la conoce – nuestro capitalismo se parece a la de los escribas y fariseos: es la justicia de los vínculos y el respeto formal y ritual de la ley. La cuestión de la justicia afecta y juzga a todo el sistema capitalista actual, pero es una cuestión que hemos dejado de lado durante demasiado tiempo, sobre todo a causa de una crisis de pensamiento crítico.

No se trata simplemente de denunciar (justamente) como injustos fenómenos aislados del capitalismo (como los vergonzosos sueldos y pensiones de muchos altos cargos públicos y privados, los paraísos fiscales, la especulación que no crea trabajo sino que lo destruye, las multinacionales de las apuestas que causan hambre a los pobres con la connivencia de las instituciones…). Se trata de ser conscientes de que existe una enemistad muy profunda y radical entre nuestro capitalismo financiero y la virtud cardinal de la justicia. Eso no significa negar que muchas personas practiquen cada día la virtud de la justicia en la vida económica, sino únicamente reconocer que un sistema basado en la búsqueda del máximo beneficio de los propietarios de los grandes bancos, de las aseguradoras y de las empresas multinacionales, está en conflicto, como sistema ético, con las exigencias de la virtud de la justicia. Para juzgar la justicia de este capitalismo, no hay que compararla con la del feudalismo, que todavía era menor, sino con la que podíamos haber hecho realidad si no hubiéramos traicionado la vocación social y civil de Europa para seguir los cantos de sirena del consumismo y las finanzas especulativas. Este capitalismo, que sigue produciendo rentas y privilegios para unos pocos y desempleo y marginación para muchos, que redacta leyes que refuerzan esos privilegios y desalinean cada vez más los puntos de partida para desventaja de los débiles y los pobres, no puede tener a la justicia de su parte. Debe conformarse con la eficiencia, cuando la consigue.

Si quisiéramos superar este modelo de desarrollo y adentrarnos con decisión por el camino de la justicia, deberíamos tener un valor cívico y una fuerza de pensamiento al menos iguales a las que generaron el movimiento cooperativo europeo, que en el alba del capitalismo intentó otra vía al mercado y a la empresa y por ello puso en discusión los derechos de propiedad, la distribución de la renta (un tema que ya ha salido de los libros de economía), el poder y la igualdad de oportunidades entre los sujetos económicos, sin negar la libertad ni el mercado. En cambio, la historia del siglo XX ha producido un capitalismo que es esencialmente la imagen a contraluz de nuestros vicios y nuestras pocas virtudes. Por eso siempre puede cambiar y evolucionar, si así lo queremos.

El espectáculo de la injusticia y la iniquidad sigue dominando la escena de este mundo. Muchos se han hecho adictos a los privilegios y al confort injusto del capitalismo actual y lo alimentan con sus decisiones cotidianas. Otros, demasiado pocos todavía, siguen pensando y diciendo que muchas de las grandes injusticias manifiestas pueden ser eliminadas de nuestra sociedad y actúan en consecuencia como pueden. Y así siguen, con testarudez, teniendo “hambre y sed de justicia” y de vez en cuando sienten que alguien les llama “bienaventurados”.

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Comentario – Virtudes para recuperar y vivir/2

por Luigino Bruni 

publicado en Avvenire  el 18/08/2013 

logo_avvenireHay un fuerte contraste entre el profundo sentido de la justicia que todos, incluso los malvados, llevamos dentro, y el mundo que se nos muestra como un espectáculo de injusticia generalizada. <El hombre nace libre, pero en todos lados está encadenado> (J.J. Rousseau). Para muchas injusticias no bastan los tribunales y los abogados. No son suficientes porque los aspectos legales, conmutativos y comprensibles sólo cubren una pequeña parte del territorio de la justicia, cuya extensión coincide con la de la entera vida en común. Una respuesta equivocada a la cuestión de la justicia es la tendencia, hoy creciente, a “judicializar” toda la vida social, codificando en la medida de lo posible todas las relaciones interpersonales y transformando todas las relaciones humanas en contratos.

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Justicia (más allá de la iniquidad)

Justicia (más allá de la iniquidad)

Comentario – Virtudes para recuperar y vivir/2 por Luigino Bruni  publicado en Avvenire  el 18/08/2013  Hay un fuerte contraste entre el profundo sentido de la justicia que todos, incluso los malvados, llevamos dentro, y el mundo que se nos muestra como un espectáculo de injusticia ge...
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Comentario – Virtudes para recuperar y vivir

por Luigino Bruni 

publicado en Avvenire el 11/08/2013 

logo_avvenireLa templanza es una palabra que está saliendo de nuestro vocabulario ciudadano. Del lenguaje económico ya salió hace mucho, cediéndole el puesto a su contraria. Junto con la templanza, todo el léxico de la ética de las virtudes tiende a desaparecer de la gramática de la vida en común. Y las consecuencias políticas, cívicas y económicas de este ocaso están, por desgracia, están a la vista de todo el mundo.

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Nuestra civilización (al menos la occidental) corre el peligro de dejar de entender el mensaje de vida buena que se contiene en la ética de las virtudes, por muchas razones, pero especialmente por dos.

La primera es la desaparición de la categoría de la “educación del carácter”, empezando por la educación de los niños. Lo natural y espontáneo inmediatamente se convierte en bueno, sin que se advierta la necesidad de corregir u orientar comportamientos o inclinaciones que pueden ser espontáneos pero no buenos. Conozco padres que, en nombre de presuntas teorías pedagógicas neo-roussonianas, no dejan que sus hijos les llamen mamá o papá, sino Luisa y Marcos. "Les resulta natural", argumentan ante mi perplejidad, "¿por qué forzarles?!". La ética de las virtudes, en cambio, vive de una tensión dinámica entre naturaleza  (todos somos capaces de virtud) y cultura (es necesario un ejercicio, disciplina y voluntad, para convertirnos en lo que ya potencialmente somos). Por eso unos grandes cultivadores (a veces inconscientemente) de la ética de las virtudes son los verdaderos atletas y los verdaderos científicos. La segunda razón es la falta de reconocimiento del valor que tiene la experiencia del límite. Y si no somos capaces de ver lo positivo del límite es imposible que entendamos y apreciemos las virtudes, en particular la de la templanza, que consiste precisamente en valorar el límite. Es posible que la escritura en tablillas de arcilla surgiera en Mesopotamia porque un mensajero del señor de Uruk no podía hablar.

Ya no se habla de la templanza, pero son muchos, muchísimos, los malos frutos de su carestía entre nosotros: la destrucción del medio ambiente, el estilo de vida de los nuevos ricos y poderosos, la forma de hablar y de escribir emails, las tragedias familiares y la infinita infelicidad causada demasiadas veces por hombres y mujeres que ya no están educados en el dominio de sí mismos y en el control de sus pasiones, es decir, en la templanza.

La templanza fue una gran virtud económica de generaciones pasadas. Orientó el consumo y sobre todo generó el ahorro que permitió el desarrollo económico de la postguerra. Era una virtud que informaba también la vida de los empresarios (aunque no de los rentistas, que nunca me cansaré de distinguirlos de los empresarios y de reconocer en su proliferación la primera enfermedad de toda sociedad decadente), que aun conociendo la abundancia educaban a sus hijos y a sí mismos en el buen uso de las cosas y en una cierta sobriedad que podía no humillar a los pobres. La virtud de la templanza me lleva a no consumir hoy una parte de la renta para tenerla a disposición mía o de mi familia, el día de mañana y permitir que otros conciudadanos míos puedan usar esa riqueza para inversiones durante mi abstinencia. Es significativo que la teoría económica clásica utilizara la misma palabra “abstinencia” para justificar el ahorro y también para el ayuno y la castidad, recordándonos que estos tres fenómenos son todos hijos de la Señora Templanza.

Nuestra cultura económica, que se basa en el mayor consumo posible aquí y ahora, mejor aún si es a crédito, necesita por el contrario del vicio de la intemperancia (mezcla de avaricia y gula) para poder auto-alimentarse. Para comprender la naturaleza de la virtud de la templanza pensemos que ésta se desarrolla en un mundo caracterizado por la escasez absoluta de recursos. Está bien no abusar de los bienes, puesto que lo que yo consumo como superfluo es lo que al otro le falta como necesario. Todas las enseñanzas de los Padres de la Iglesia sobre el uso de los bienes y la pobreza hay que leerlas y comprenderlas en este contexto de recursos limitados y de relaciones económicas como “juegos de suma cero”. También hay que considerar en este horizonte de escasez la ética campesina centrada en la virtud de la templanza, incluyendo su fruto más típico que fue el movimiento de las Cajas Rurales, sobre todo en el Noreste de Italia (no es ciertamente casualidad que la región del Trentino Alto Adige ocupe hoy el último lugar en Italia por cuota de población víctima de esa grave falta de templanza que se llama “juegos de azar”).

En el siglo XX, con la segunda revolución industrial, pensamos que se había terminado la era de la escasez y que habíamos llegado al Edén de la infinita reproducibilidad de los bienes. Y así empezamos a ver el mundo como un lugar de recursos potencialmente ilimitados. Ahí comenzó el ocaso de la templanza como virtud. Lástima que este tiempo de lo ilimitado no haya durado mucho más que un destello. Primero el medio ambiente, después la energía y el agua, y más tarde el deterioro de los capitales civiles, relacionales y espirituales, nos han ido mostrando poco a poco otros límites no menos apremiantes y graves que los de la edad de la escasez de mercancías privadas y la abundancia de capitales colectivos. Hoy, en efecto, los nuevos límites son sobre todo límites sociales y globales, que piden una recuperación inmediata de la virtud de la templanza como nueva virtud social y económica.

La interiorización del valor del límite es inaplazable, pero sólo una nueva ética de las virtudes  puede hacerlo, puesto que toda interiorización exige saber atribuir un valor intrínseco a las cosas por encima del cálculo utilitarista coste-beneficio que hoy domina todos los ámbitos de nuestra cultura. Pero mientras que ayer existía una clara relación entre mi templanza, mi bienestar personal y nuestro bien común, hoy, en la era de la complejidad, este nexo se ha oscurecido. Ya no resulta inmediato asociar el uso del aire acondicionado en mi habitación con el aumento de la temperatura en la ciudad (y con el consiguiente aumento del uso de aire acondicionado, en una espiral de tenebroso escenario futuro). La racionalidad económica por sí sola no ayuda en esta toma de conciencia (todo lo contrario), porque para realizar una acción por haber interiorizado su valor intrínseco hace falta el registro lógico de la virtud. Si no des-mercantilizamos nuestra sociedad, es decir, si no liberamos de la lógica de los precios y los incentivos zonas importantes de la vida ciudadana que hoy están ocupadas y colonizadas por ellos, cada vez será más difícil entender el valor de la sobriedad, la abstinencia y el autocontrol, para nosotros y para nuestros hijos.

Para terminar, hoy como ayer, sin templanza no se comparten los bienes ni se da la alegría de la comunión. Si no nos educamos continuamente en los límites del yo, sólo compartiremos con los otros las migajas de opíparos banquetes. Pero así no experimentaremos la verdadera fraternidad, que es fruto de decisiones costosas de personas que saben reducir las razones y los motivos de lo “propio” para edificar lo “nuestro” y lo de todos.

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Comentario – Virtudes para recuperar y vivir

por Luigino Bruni 

publicado en Avvenire el 11/08/2013 

logo_avvenireLa templanza es una palabra que está saliendo de nuestro vocabulario ciudadano. Del lenguaje económico ya salió hace mucho, cediéndole el puesto a su contraria. Junto con la templanza, todo el léxico de la ética de las virtudes tiende a desaparecer de la gramática de la vida en común. Y las consecuencias políticas, cívicas y económicas de este ocaso están, por desgracia, están a la vista de todo el mundo.

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Templanza (más allá de la carestía)

Templanza (más allá de la carestía)

Comentario – Virtudes para recuperar y vivir por Luigino Bruni  publicado en Avvenire el 11/08/2013  La templanza es una palabra que está saliendo de nuestro vocabulario ciudadano. Del lenguaje económico ya salió hace mucho, cediéndole el puesto a su contraria. Junto con la templanza, todo...
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Comentario – Virtudes en las que no es ningún lujo invertir

por Luigino Bruni 

publicado en Avvenire el 04/08/2013 

logo_avvenireEn el ámbito político rechazamos radicalmente las actitudes despóticas y de control, actitudes que, por el contrario, aceptamos pacíficamente en el mundo de las empresas y las organizaciones. Esta es una de las paradojas centrales de nuestro sistema económico y social. Luchamos y hacemos revoluciones contra tiranos y dictadores, pero en cuanto salimos de la plaza y atravesamos la puerta de la empresa, colgamos en el perchero nuestro traje de ciudadano democrático y dócilmente nos ponemos el traje de súbdito regulado y controlado.

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Esta paradoja depende en buena medida de algunos equívocos sobre el término “incentivo”, que se está convirtiendo en el principal instrumento de culto capitalista. Una palabra mágica que invocan muchos, a todos los niveles, hasta tal punto que podemos hablar de una auténtica “ideología del incentivo" que está ocupando parte de nuestra vida.

En realidad, la palabra incentivo es antigua. Durante la Edad Media, el incentivus (que viene de incinere = cantar y encantar) era el instrumento de viento, por lo general una flauta, a cuyo sonido debían acomodarse los instrumentos y las voces del coro. La flauta es también el instrumento del encantador de serpientes, que, hechizadas por su dulce sonido, van dóciles donde la melodía las conduce. Después, el uso del incentivus se extendió de la flauta a la trompeta que animaba y marcaba el ritmo de la carrera de los solados en el campo de batalla. El incentivo, pues, es lo que nos estimula, nos hace solícitos, nos impulsa a realizar acciones audaces. Encantándonos con su melodía, nos lleva donde el músico quiere. El incentivo se presenta como un contrato libre y por ello nos fascina. La empresa capitalista nos propone un esquema retributivo o de carrera y nosotros, los trabajadores, lo aceptamos “libremente”. Su objetivo, como dice su antigua raíz, es alinear el comportamiento de los distintos miembros de la empresa, hacer que el comportamiento del empleado esté alineado con el objetivo de la propiedad de la empresa, ya que si faltara esta alineación los objetivos y las acciones serían naturalmente divergentes, discordantes y desafinados.

Pero para entender la naturaleza de la ideología del incentivo es necesario conocer su historia, que no nace de la tradición de la ciencia económica sino de las teorías científicas de la dirección que se desarrollaron en los Estados Unidos en los años 20, es decir entre las dos guerras mundiales y con la presencia de fascismos, totalitarismos y colectivismos. Una fase de pesimismo civil y antropológico que, como en Machiavelli y Hobbes, generó una teoría basada en una concepción pesimista y reduccionista de la naturaleza humana. Al principio, la lógica del incentivo originó fuertes polémicas y discusiones éticas que, sin embargo, pronto fueron silenciadas. Durante la guerra fría el control de las personas mediante el incentivo se presentó como una forma de vacuna contra una enfermedad que parecía mucho más grave. El control y la planificación dentro de las organizaciones fueron la pequeña dosis de veneno ingerida para protegerse del posible virus mortal de la planificación y del control total del sistema no liberal que se estaba consolidando en la otra parte del mundo. Así la renuncia a la libertad y a la igualdad dentro de las empresas apareció como un mal necesario para mantener en pie el sistema capitalista y la democracia. Se defendió la democracia política sacrificando la económica. Libertad en lo social y planificación en la empresa. Hoy los sistemas colectivistas han pasado a la historia y sin embargo la vacuna se sigue inyectando en nuestros cuerpos y ha traspasado ampliamente el ámbito de la gran empresa industrial para la cual fue pensada al principio.

El principal efecto colateral, grande y nocivo, de la ideología del incentivo, es que realiza un reino de relaciones humanas en las que no hay nada con valor intrínseco, nada que tenga valor antes del cálculo coste-beneficio. Hay un segundo elemento crucial que se llama poder. La alineación producida por el incentivo no es recíproca. Quien detenta el poder fija los objetivos y diseña el esquema del incentivo y a la parte débil solo se le pide que se alinee a través del canto mágico del encantador. Así pues el incentivo se lo ofrece quien tiene poder a quienes carecen de él, para controlar sus acciones, sus motivaciones y su libertad. La naturaleza del incentivo es permitir la gestión unilateral del poder, no la reciprocidad entre iguales. Su función es el control, no la libertad. Los sindicatos, por ejemplo, no podrán entender muchas de las razones de su actual crisis ni redescubrir su vocación, mientras no lean el mundo del trabajo dentro de esta nueva ideología.

Finalmente, la cultura del incentivo reduce la complejidad antropológica y espiritual de la persona. La gran cultura clásica sabía que las motivaciones humanas son muchas y no pueden reconducirse a un único canon de medida, tanto menos el monetario. También sabía que cuando se usa el dinero para motivar a la gente, con el tiempo inevitablemente las motivaciones intrínsecas tienden a reducirse y se empobrecen mucho las organizaciones, la sociedad y las personas, que tienen un valor infinito, entre otras cosas porque sabemos encontrar otras formas de valor en las cosas y en nosotros mismos. Para que las personas estén bien entonadas dentro de las organizaciones y sean con-cordes, hacen falta muchos instrumentos, incluida la flauta del incentivo, pero sólo en consonancia con el violín de la estima, el oboe de la philia y la viola del reconocimiento. Porque si sólo suena un instrumento, en los lugares de trabajo, se pierde biodiversidad, creatividad, gratuidad, abundancia y libertad y se acaba por arrancar de las personas las notas menos altas y las melodías menos originales y más tristes.

Sabemos bien lo necesaria que es en la vida diaria de las familias y de la sociedad civil la multidimensionalidad de los incentivos y de los premios (que son más importantes, ya que, a diferencia de los incentivos, reconocen la virtud, en lugar de intentar crearla artificialmente y controlarla). Pero cometemos el error de pensar que en las empresas no cuentan los otros valores, porque son demasiado altos para malgastarlos en el vulgar mundo de la economía. Si así fuera, no tendría explicación el pasado y el presente de tanta economía cooperativa, social y civil, ni la acción de todos los empresarios y trabajadores italianos y europeos que, hijos e hijas de otra cultura económica, espiritual y civil, en estos años están saliendo adelante reaccionando por instinto ante la lógica de los incentivos que sigue siendo propuesta y aplicada por consultores, bancos e instituciones que los leen con las gafas de la ideología del incentivo.

A lo largo de nuestra vida, todos hemos tomado opciones, tanto pequeñas y ordinarias como decisivas, en contra de la lógica del incentivo, eligiendo otros valores por encima del dinero y la carrera. Y lo hemos hecho y muchos seguimos haciéndolo, no por heroísmo sino por dignidad y por fidelidad a esa parte que-no-está-en-venta y nos habita en lo profundo de todos nosotros. En las páginas de la vida de toda persona y de toda organización hay muchas palabras escritas con tinta simpática, que la fría lógica del incentivo no puede ver, porque necesitaría para ello del calor de otros registros relacionales. Pero mientras estas frases sigan siendo invisibles, no seremos capaces de contar qué es lo que ocurre de verdad en el mundo del trabajo y mucho menos seremos capaces de mejorarlo.

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Comentario – Virtudes en las que no es ningún lujo invertir

por Luigino Bruni 

publicado en Avvenire el 04/08/2013 

logo_avvenireEn el ámbito político rechazamos radicalmente las actitudes despóticas y de control, actitudes que, por el contrario, aceptamos pacíficamente en el mundo de las empresas y las organizaciones. Esta es una de las paradojas centrales de nuestro sistema económico y social. Luchamos y hacemos revoluciones contra tiranos y dictadores, pero en cuanto salimos de la plaza y atravesamos la puerta de la empresa, colgamos en el perchero nuestro traje de ciudadano democrático y dócilmente nos ponemos el traje de súbdito regulado y controlado.

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Detrás de la ideología del incentivo

Detrás de la ideología del incentivo

Comentario – Virtudes en las que no es ningún lujo invertir por Luigino Bruni  publicado en Avvenire el 04/08/2013  En el ámbito político rechazamos radicalmente las actitudes despóticas y de control, actitudes que, por el contrario, aceptamos pacíficamente en el mundo de las empresas y la...
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Comentario - La importancia de las relaciones humanas en la empresa

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 16/06/2013

logo_avvenireCuando un país no crea trabajo, los que tienen trabajo también sufren. El bienestar laboral está disminuyendo, sobre todo en el Sur de Europa (Ipsos, TNS-sofres). Por ejemplo, el 68% de los franceses dice que entre 2008 y 2012 la calidad de su vida laboral se ha degradado. El porcentaje alcanza el 75% cuando quienes responden son los trabajadores de edad comprendida entre los 35 y los 49 años. Es cierto que hay un sufrimiento típico de los trabajadores de mediana edad, que no están ni al principio ni al final de su carrera.

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La motivación en el trabajo crece con nosotros. Cuando empezamos a trabajar de jóvenes, por lo general la motivación es fuerte. Pero después de 20 años trabajando en la misma organización, incluso en la misma oficina, aquella motivación primera tiende a debilitarse y el entusiasmo de los primeros años puede verse reemplazado por el cansancio, cuando no por un cierto cinismo, si no somos capaces de encontrar una nueva motivación, si es posible más profunda y elevada que la primera, pero en todo caso distinta. Esto es especialmente cierto, como se desprende de esos mismos datos, en el caso de los funcionarios públicos y los empleados de nivel medio.

No hay más que mirar alrededor o hacia el interior para darse cuenta de cuánta insatisfacción existe en los lugares de trabajo, sobre todo entre las personas de mediana edad. No es casualidad que los estudios que se realizan sobre la felicidad muestren una curva en “U” en relación con la edad. La felicidad alcanza su nivel más bajo en torno a los 45 años y después vuelve a ascender si hay salud y buenas relaciones.

Hemos construido organizaciones y reglas de gobierno que ignoran o al menos no tienen muy en cuenta las distintas edades de la vida, olvidando que la trabajadora de veinte años y la de sesenta tienen poco en común. Nosotros crecemos, evolucionamos, pero la empresa no crece ni cambia como nosotros ni con nosotros. Así que a mitad del camino nos encontramos muchas veces con crisis profundas que superan con mucho la dimensión meramente profesional. El trabajo forma parte de la vida.

El mundo de la empresa invierte demasiado poco en el cuidado de las relaciones humanas. Es más, la cultura relacional dentro de las empresas privadas y públicas se basa demasiadas veces en la desconfianza y en un pesimismo antropológico que nos quiere convencer de que la gente sólo trabaja cuando se la controla o se la incentiva. Hay demasiadas personas que se encuentran a disgusto en el trabajo. ¿Cuándo crearemos un indicador nacional para el bienestar o el malestar laboral? Cada vez gastamos más tiempo y dinero buscando el bienestar, muchas veces ilusorio, fuera del trabajo (wellness, spa), tratando de escapar del malestar laboral. ¿Es este un humanismo sabio y sostenible? ¿No sería más inteligente socialmente aumentar el bienestar y con él la calidad de las relaciones durante el trabajo?

En este cambio de paradigma podríamos echar mano, por ejemplo, de la historia y la cultura de las instituciones carismáticas que son, ¡qué casualidad!, las instituciones más longevas de Occidente. La vida media de una abadía benedictina europea ronda los cinco siglos. Esta duración tiene que ver también con las reglas de gobierno que han permitido y siguen permitiendo una vida larga y buena. Hay algunos instrumentos de esas comunidades carismáticas que deberíamos imitar, con las necesarias mediaciones, también en las empresas, puesto que tienen una dimensión antropológica universal.

Tomemos como ejemplo la práctica del coloquio periódico entre cada miembro de la comunidad y su responsable directo, un instrumento crucial para cuidar las relaciones en la comunidad. Hay muchas empresas donde los empleados se jubilan sin haber tenido nunca un verdadero coloquio personal con su jefe. Por el contrario, también conozco algunas empresas y cooperativas donde se realizan estas prácticas, aunque es verdad que no son muchas.

El coloquio trabajador/responsable, que no hay que confundir con el ‘coaching’ que está tan de moda, tiene una importancia crucial, sobre todo hoy. La práctica sistemática del coloquio (¿dos veces al año?) produciría muchos beneficios individuales y organizativos.

En primer lugar, el coloquio crea un espacio idóneo para expresar la protesta, el sufrimiento, el desacuerdo y el disgusto. Cuando no existe este espacio, corren ríos de comentarios, habladurías y deudas psicológicas que alimentan la división y pueden convertirse en un verdadero cáncer para la organización. La murmuración de bíblica memoria no es siempre cosa de personas malhabladas y chismosas; también pueden ser producto de una institución que no ha previsto ningún instrumento para orientar constructivamente la protesta, la crítica y el malestar de las personas, o para dar las gracias, que es un acto fundamental en toda comunidad, también en el trabajo.

Hay responsables y directivos que creen  que muestran agradecimiento a un trabajador simplemente porque le lanzan un “gracias” o un “muy bien” al cruzarse por las escaleras o en una conversación telefónica. Las palabras como “gracias”, “perdona” o “muy bien” son valiosas si se usan con sobriedad.

Además, la práctica del coloquio aumenta la “philia” que necesitan todas las organizaciones, porque, si está bien hecho, el coloquio no es un instrumento de jerarquía sino de fraternidad, puesto que en él ambos hablan y escuchan, dan y reciben. Y no es extraño que un trabajador pueda ayudar a un responsable a verse con la mirada de sus empleados, un don inmenso cuando se quiere y se sabe aceptar. El error más grave que puede cometer un responsable durante un coloquio es rechazar las críticas o dar respuestas expeditivas (“no me has entendido…”, “te faltan elementos…”, “te explico…”).

La eficacia de un coloquio no está tanto en las respuestas que se obtienen como en la posibilidad de expresar un malestar, una crítica, y encontrar en el otro a alguien que sabe acogerla y que sabe escuchar. ¡Cuánto deberíamos invertir en el arte de la escucha auténtica!

Uno de los deberes más importantes de un responsable es acoger las críticas: encajarlas, elaborarlas y no devolvérselas al remitente. El derecho al desahogo es un derecho del trabajador. Y la escucha del desahogo es un deber del directivo. Para eso hace falta disponer de lugares adecuados e invertir tiempo en la preparación, también ética, de ambas partes. Desde luego no es fácil hacer un buen coloquio, pero es posible intentarlo, ejercitarse, aprender de los errores. Los frutos son abundantes.

Para terminar, hay dos coloquios especialmente importantes para un trabajador: el primero y el último. En el primero debería entregársele al recién contratado la tradición de la empresa, la historia de sus fundadores, incluyendo la pasión humana y a veces los ideales que la construyeron. Y deberían escucharse las aspiraciones y la pasión del nuevo trabajador y, a lo mejor, presentárselo a toda la comunidad en un momento de fiesta.

No es menos decisivo el último coloquio, cuando se deja un trabajo en el que han transcurrido los mejores años de la vida. Un “gracias” o un “perdona” dichos en ese último ‘encuentro’ pueden dar sentido y calidad espiritual a uno de los pasos más delicados de la existencia. Imitemos a los carismas, maestros en humanidad, si queremos aumentar la calidad de las relaciones en nuestras organizaciones. Es urgente.

Los comentarios de Luigino Bruni publicados en Avvenire están disponibles en el menú Editoriales Avvenire  

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Comentario - La importancia de las relaciones humanas en la empresa

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 16/06/2013

logo_avvenireCuando un país no crea trabajo, los que tienen trabajo también sufren. El bienestar laboral está disminuyendo, sobre todo en el Sur de Europa (Ipsos, TNS-sofres). Por ejemplo, el 68% de los franceses dice que entre 2008 y 2012 la calidad de su vida laboral se ha degradado. El porcentaje alcanza el 75% cuando quienes responden son los trabajadores de edad comprendida entre los 35 y los 49 años. Es cierto que hay un sufrimiento típico de los trabajadores de mediana edad, que no están ni al principio ni al final de su carrera.

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Vamos a hablar, pero de verdad

Vamos a hablar, pero de verdad

Comentario - La importancia de las relaciones humanas en la empresa por Luigino Bruni publicado en Avvenire el 16/06/2013 Cuando un país no crea trabajo, los que tienen trabajo también sufren. El bienestar laboral está disminuyendo, sobre todo en el Sur de Europa (Ipsos, TNS-sofres). Por ejemplo, el...
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Comentario – El gran vicio de los tiempos de crisis

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 12/05/2013

logo_avvenireHay un vicio que está tomando auge en este tiempo de crisis y que amenaza con convertirse en una auténtica enfermedad social. Es la pereza, una especie de enfermedad del carácter, el espíritu y la voluntad. A pesar de lo extendida que está, de la pereza se habla hoy demasiado poco, por considerarla una palabra arcaica y en desuso. A los pocos que aún comprenden su significado, les cuesta considerarla un vicio. En efecto, ¿por qué razones deberíamos considerar un vicio el desánimo, la tristeza o el aburrimiento?

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Los fundadores del ethos occidental, desde los griegos hasta los filósofos medievales, creían unánimes que la pereza era un gran vicio, es decir, un vicio capital, porque está en el origen de otros desórdenes derivados o de otras enfermedades del vivir, como la vagancia, la inconstancia, la indolencia, la falta del sentido de la vida, la resignación, la depresión y a veces incluso la depresión clínica. Para entenderlo hay que volver a aquellas civilizaciones y recordar que para el humanismo de aquel entonces la pereza representaba una amenaza, no sólo para el individuo sino también, como cualquier otro vicio, para el bien común y la felicidad pública, que son fruto de la acción de personas laboriosas y comprometidas.

La vida buena es vida activa, es tarea, dinamismo y compromiso cívico, político, económico y laboral. Por eso, cuando en el cuerpo social se instala el virus de la pereza, hay que luchar contra él, rechazarlo y expulsarlo para no morir. El vicio, como la virtud, es antes que nada una categoría cívica. Las virtudes son caminos buenos que conducen al desarrollo humano y a la felicidad. Los vicios nos desvían y hacen que la vida languidezca. Con vicios y sin virtudes la vida no funciona. El peligro no está en realizar una acción individual equivocada, sino en caer poco a poco en un estado moral y existencial, que no siempre es consecuencia de una decisión intencionada y consciente de tomar un determinado camino (por eso, entre otras cosas, el vicio y el pecado son cosas distintas). El vicio, además, es un placer erróneo y pequeño, que impide al individuo y a la comunidad alcanzar el placer bueno y grande que va unido al uso correcto (virtuoso) del cuerpo y el espíritu. Es contentarse con las algarrobas de los cerdos y perderse la comida de la mesa de casa.

Esta búsqueda de un placer pequeño y equivocado también está presente en la pereza, aunque nos pueda parecer menos evidente que en el caso de la gula, la avaricia o la lujuria. La pereza llega después de un trauma, una crisis, una desilusión, un acontecimiento luctuoso, un fracaso o una herida. En lugar de echar el resto para recuperarnos y ponernos de nuevo en pie, nos deleitamos en nuestro propio mal, nos compadecemos y nos lamemos las heridas. En este deleite perezoso conseguimos experimentar un cierto consuelo e incluso una forma de placer, un dulce naufragar que nos permite sobrevivir, que no vivir, después de la crisis. Hoy nuestra civilización consumista nos ofrece muchas cosas que hacen más agradable cultivar la pereza (pensemos una vez más en la televisión), amplificando sus trampas. Pero este placer perezoso es un placer equivocado, miope y muy pequeño, porque la pasividad narcisista de la pereza no es la forma adecuada de elaborar nuestros fracasos, que se encuentra más bien, como nos recuerda la sabiduría antigua, en la vida activa, en salir de casa y ponerse en marcha solícitamente...

Por eso, hay otra enfermedad actual, también endémica y social, que se parece mucho a la antigua pereza. Es el narcisismo. La pereza es un gran vicio, porque cuando se apodera de nosotros nos hace vivir mal y, si no se cura, puede llevarnos a una auténtica muerte espiritual. Es lo que les ocurre hoy a muchas personas en el mundo de la empresa y el trabajo, que, después de una gran crisis, renuncian a vivir y tampoco dejan vivir a los que están a su lado. Ni más ni menos que por no ser capaces de volver a vivir y a dar vida.

Para saber en qué consiste la pereza o la melancolía, podemos recurrir a la fuerza típica del arte, como en el misterioso grabado de Durero, donde la melancolía (sinónimo entonces de pereza y tristeza) está representada por un pequeño ser monstruoso que impide al autor usar sus instrumentos de trabajo, que yacen abandonados en tierra. Y al fondo, un cielo estrellado. Trabajo y estrellas, dos elementos que caen juntos cuando domina la pereza. Como ocurrió en los tiempos en los que se creó esta obra maestra, tiempos del Príncipe de Machiavelli, del ocaso del humanismo civil, de guerras civiles en Italia y de luchas de religión en Europa. La pereza era compañera de aquellos tiempos de crisis igual que hoy acompaña a los nuestros.

La cura más eficaz de la pereza, como de cualquier vicio, consiste en parar de inmediato el proceso rápido y acumulativo, en cuanto se reconocen los primeros síntomas: no terminar los procesos, dejar los trabajos a medias, no repasar el último borrador de un artículo, experimentar hastío por el trabajo bien hecho, repetirse con frecuencia: “¿quién me mandará a mí hacer esto?” o “no merece la pena”.

La sabiduría antigua de la ética y de las virtudes y los vicios, nos sugiere que cuando advirtamos las primeras señales debemos reaccionar inmediatamente y «sin demora». El vicio consiste en la ausencia de esta reacción decidida, no en el hecho de experimentar los síntomas. ”Me levantaré y volveré donde mi padre”: esta es la respuesta virtuosa a una pereza que, en cambio, se conformaría con las algarrobas.

En el grabado de Durero, junto a los instrumentos de trabajo abandonados se encuentra el cielo estrellado. Pero el hombre melancólico mira hacia otro lado. La crisis es catastrófica cuando consigue apagar el deseo en el alma. El deseo necesita crisis, porque nace de la caída de las estrellas (de-sidera significa etimológicamente falta de estrellas) y de las ganas de reencontrarlas. Quien cae en la pereza y se contenta con un cielo oscurecido, ya no quiere ver las estrellas. Demasiadas veces esta triste conformidad deriva de la soledad, cuando no tenemos a nadie que sepa estar a nuestro lado y nos lleve a ver de nuevo las estrellas.

Sólo saldremos de esta crisis, demasiado seria como para dejarla en manos únicamente de las decisiones económicas y financieras, transformando la resignación, el abatimiento y la pereza de muchos ciudadanos y de países enteros en nuevos proyectos políticos y en nuevo entusiasmo ciudadano, reuniendo soledades en un destino social común, transformando pasiones tristes y estériles en pasiones alegres y generadoras, vicios en virtudes cívicas. ¿Lo conseguiremos?

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Comentario – El gran vicio de los tiempos de crisis

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 12/05/2013

logo_avvenireHay un vicio que está tomando auge en este tiempo de crisis y que amenaza con convertirse en una auténtica enfermedad social. Es la pereza, una especie de enfermedad del carácter, el espíritu y la voluntad. A pesar de lo extendida que está, de la pereza se habla hoy demasiado poco, por considerarla una palabra arcaica y en desuso. A los pocos que aún comprenden su significado, les cuesta considerarla un vicio. En efecto, ¿por qué razones deberíamos considerar un vicio el desánimo, la tristeza o el aburrimiento?

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Narciso y la pereza

Narciso y la pereza

Comentario – El gran vicio de los tiempos de crisis por Luigino Bruni publicado en Avvenire el 12/05/2013 Hay un vicio que está tomando auge en este tiempo de crisis y que amenaza con convertirse en una auténtica enfermedad social. Es la pereza, una especie de enfermedad del carácter, el espíritu y ...
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Comentario - Este primero de mayo en esta Italia

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 01/05/2013

logo_avvenireEste primero de mayo es una fiesta doliente. Pero no deja de ser fiesta y eso es bueno. Una fiesta con ropa de trabajo y también con la de la falta de trabajo. Una fiesta acompañada por las lágrimas (y a veces por la depresión) de los parados, de quienes han perdido el trabajo o de quienes siendo jóvenes no lo encuentran. Hoy deberíamos escucharles más y mejor, estar a su lado. Es bueno celebrar el trabajo, sobre todo cuando está en crisis, cuando duele, porque las fiestas son muy valiosas en tiempos de prueba, cuando hay que cruzar el desierto, cuando surge la nostalgia de las ‘cebollas’ de la esclavitud en Egipto. 

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Pero no olvidemos las lágrimas de quienes no pueden trabajar ni el día anterior ni el día siguiente a la fiesta, si queremos que el día de hoy sea de verdad fiesta de todos. La única reducción aceptable de días festivos sería tal vez la resultante de la fusión entre el primero de mayo y del dos de junio (fiesta de la República Italiana), porque cuando falta el trabajo o éste es malo, demasiado precario e inseguro, cede el muro maestro de la República, que es el primer muro de cada casa. La indecente tasa de paro que tenemos es la primera tasa de nuestra Casa común; una tasa inhumana que deberíamos abolir. La falta de trabajo se está convirtiendo en la principal carestía de nuestra sociedad. Una carestía que convive, como todas las carestías de la historia, con la opulencia de otros, para quienes las crisis de los pobres, o simplemente de las personas corrientes, no empiezan ni acaban nunca, porque no les afectan y a veces incluso les favorecen.

Hay una pregunta difícil, poco popular pero edificante, en esta bonita fiesta del trabajo: ¿Fiesta de qué trabajo? ¿Y de qué trabajadores? El trabajo es el gran denominador común de la democracia. Es un elemento que tenemos en común y que nos hace iguales (en cierto sentido), más allá de las diferencias de salario, de función y de clase social. Para señalar, entre otras cosas, esta dimensión de igualdad entre los ciudadanos que el trabajo crea – y que la falta de trabajo y las rentas destruyen – hemos querido escribirla (y nos gustaría seguir escribiéndola) como la primera palabra de la República.

Por esta razón hoy pueden hacer fiesta, y la hacen, los obreros y los ejecutivos millonarios; las mujeres que mantienen con su trabajo a sus maridos desempleados a veces con la vida arruinada por las máquinas tragaperras y los empleados de esas mismas salas de juegos; los gestores de 'hedge funds' y los trabajadores que están perdiendo el trabajo porque la propiedad está en crisis y ha vendido la empresa a esos mismos fondos especulativos. Todos son trabajadores. Todos hacen fiesta hoy. Pero si nos quedáramos únicamente con esta dimensión del trabajo y de la fiesta, aun siendo real y verdadera, no captaríamos el alma más profunda de esta jornada ni del trabajo mismo.

Si es cierto que el trabajo de Carlos, un ejecutivo muy bien pagado, y el de Ana, una trabajadora de temporada, tienen algo en común, no es menos cierto que estas dos actividades humanas tienen muchas más cosas que no están en común e incluso son contrapuestas. Igualmente, hay algo en común pero sobre todo mucha diversidad, entre Juana, que en estos tiempos de crisis está gastando los ahorros de toda una vida para no cerrar el negocio y no despedir a sus dos empleados, y los propietarios del hipermercado del extrarradio. Lo primero que es verdaderamente diferente entre Ana, Juana y Carlos se llama poder, y después vienen los privilegios, los derechos, las oportunidades, las libertades, la nómina y tal vez la alegría de vivir (a saber quién tendrá más).

El trabajo expresa la esencia de la democracia porque encarna las diferencias reales entre las personas, las que son importantes para la calidad de vida y la dignidad. Y lo expresa mucho mejor que las finanzas o el consumo. Cuando Lucas, obrero, entra en un concesionario a consumir y se compra un coche deportivo (probablemente a crédito), el vendedor le trata de forma muy parecida, casi igual, al ricachón o al ‘patrón’ en la empresa. Lucas conduce por la ciudad y se siente, en su precioso automóvil, igual a sus jefes, a su alcalde o a sus gobernantes. Esta es una dimensión que la democracia confía al consumo, esencial para entender el mundo moderno y la fuerza simbólica y evocadora de las mercancías, pero muy frágil y superficial. De hecho, cuando ese obrero se baja del coche y entra en su puesto de trabajo, en seguida se da cuenta de que no es igual que su ‘jefe’ y si no tiene un puesto de trabajo seguro o si lo pierde, la actitud del concesionario y de la financiera cambia radicalmente y Lucas vuelve a parecerse a los antiguos siervos.

En el día de hoy debemos recordar que una de las principales esperanzas y promesas de la civilización moderna ha consistido en confiar sobre todo al (justo) trabajo la reducción de las distancias entre derechos, oportunidades, libertades efectivas y dignidad entre las personas. Hasta hace algunos años incluso lo había logrado, al menos en parte, puesto que la distancia entre el obrero de la fábrica y su patrón era menor que la que existía entre el siervo de la gleba y su señor.

Los contratos de trabajo enlazan clases, intereses y personas, creando una red de solidaridad que envuelve – o debería envolver – a toda la sociedad y algún día al mundo entero. Esta es también la verdadera vocación social del trabajo, su más alta dignidad: ser cemento de la sociedad, vínculo de reciprocidad que une a los distintos, que nos acerca unos a otros en relaciones de mutuo provecho y de amistad civil. Pero en este tiempo de capitalismo financiero, estas distancias sociales y económicas han vuelto a crecer y los nuevos patrones se están peligrosamente pareciendo mucho, demasiado, a los viejos señores feudales. Por estas razones la fiesta del trabajo es sobre todo la fiesta de Ana, Juana y Lucas.

Una fiesta de todos, pero sobre todo de quienes todavía están muy lejos de Carlos, a quien esta fiesta tal vez le plantee alguna pregunta difícil y le invite a una conversión individual y de sistema. Una fiesta que nos dice que no debemos quedarnos tranquilos mientras las distancias medidas con el metro de las libertades efectivas, los derechos, las oportunidades y la dignidad no se reduzcan y en muchos casos se anulen. Italia es una República democrática basada en el trabajo.

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Comentario - Este primero de mayo en esta Italia

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 01/05/2013

logo_avvenireEste primero de mayo es una fiesta doliente. Pero no deja de ser fiesta y eso es bueno. Una fiesta con ropa de trabajo y también con la de la falta de trabajo. Una fiesta acompañada por las lágrimas (y a veces por la depresión) de los parados, de quienes han perdido el trabajo o de quienes siendo jóvenes no lo encuentran. Hoy deberíamos escucharles más y mejor, estar a su lado. Es bueno celebrar el trabajo, sobre todo cuando está en crisis, cuando duele, porque las fiestas son muy valiosas en tiempos de prueba, cuando hay que cruzar el desierto, cuando surge la nostalgia de las ‘cebollas’ de la esclavitud en Egipto. 

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Fiesta de deber y esperanza

Fiesta de deber y esperanza

Comentario - Este primero de mayo en esta Italia por Luigino Bruni publicado en Avvenire el 01/05/2013 Este primero de mayo es una fiesta doliente. Pero no deja de ser fiesta y eso es bueno. Una fiesta con ropa de trabajo y también con la de la falta de trabajo. Una fiesta acompañada por las lágrima...
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Comentario - Esta crisis es una «gran depresión», una enfermedad social

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 21/04/2013

logo_avvenireLa crónica sigue dando noticia del suicidio de empresarios y trabajadores. Pero también hay muchos, demasiados, suicidios propiamente de empresas, de los que, en cambio, se habla muy poco. Esta crisis es verdaderamente una “gran depresión”. En ella podemos reconocer todos los síntomas de cualquier depresión seria: tristeza constante, falta de entusiasmo, ganas de dejarse llevar, el deseo que se apaga y, sobre todo, falta de ganas de vivir, de levantarse con gusto por la mañana para estrenar una nueva jornada y encontrar personas, de tener algo que contarnos a nosotros mismos, a nuestra familia y a los demás.

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El sentido de la vida no puede ni debe radicar únicamente en el trabajo, pero el sentido del trabajo y de la empresa también forman parte del sentido de la vida. En China he descubierto con asombro que la palabra que utilizan para designar lo que en occidente llamamos “business” (negocio)  está compuesta por la unión de dos ideogramas, vida y significado: el sentido de la vida. “Creé esta empresa porque tenía algo bello que decir”, me contó un día un empresario.

Haciendo empresa y trabajando también se adquiere sentido, significado y dirección. Y cuando el trabajo y la empresa entran en crisis, puede ocurrir que no sepamos dónde ir, que nos sintamos perdidos y por lo tanto perdamos también de vista el porqué del camino y su cansancio.

Hay un cansancio típico de estos tiempos. Es el que viven los empresarios que tratan de vencer la fuerte tentación de vender su empresa o de cerrarla, dándose por vencidos. Hay empresas que es bueno que se vendan, por distintos motivos. Bien porque la propiedad haya agotado su fuerza vital innovadora, o porque el empresario se jubile y los hijos no tengan intención de continuar su obra, o tal vez porque la empresa no nació de un proyecto de vida sino para aprovechar una oportunidad y al igual que se aprovechó para entrar se puede aprovechar – a lo mejor en condiciones menos favorables – para salir. Podríamos seguir dando “buenas” razones para vender una empresa. Incluso a veces produce los mismos efectos que la venta de una antigua y rica biblioteca por sus herederos: no es agradable, pero los libros se liberan para revivir en otros lectores, en nuevas bibliotecas.

Hay empresas que incluso es bueno que cierren, algunas simplemente porque han terminado su ciclo de vida y su función, otras porque probablemente sería demasiado caro e ineficiente invertir para darles una segunda vida y otras porque nacieron mal, por puros fines especulativos. A estas empresas se les pueden aplicar las palabras de Manzoni sobre doña Práxedes: “cuando se dice que estaba muerta, ya se ha dicho todo”. La responsabilidad de los propietarios y de las instituciones consiste en evitar el daño a los trabajadores o en limitarlo al máximo, cosa que desgraciadamente en épocas de recesión no ocurre casi nunca.

Pero hay empresas que no deberían venderse ni cerrarse, porque todavía tienen algo que decir, historias que contar, potencialidades que expresar, buenos productos. Hoy muchas de estas empresas están llegando a este triste final. Detrás de la venta o el cierre de estas empresas muchas veces está la crisis personal de un empresario, de una empresaria, de una familia, de un grupo de personas que, en un momento determinado, dejan de creer que su “criatura” tenga futuro. Estas crisis forman parte de la vida, pero en las fases de depresión colectiva, como la que atravesamos, estas crisis se multiplican y se endurecen, amplificadas por una sensación de abandono por parte de los mercados, los bancos y las instituciones.

En muchos casos, estos empresarios pasan por una verdadera prueba moral o espiritual y tienen la impresión de haber llevado a su familia, a sus trabajadores, a la comunidad que les rodea y a ellos mismos, a una aventura ingenua y equivocada, debida tal vez (piensan ellos) a la soberbia, al orgullo y a no ser conscientes de sus limitaciones y de sus verdaderos medios. A veces esta experiencia va acompañada de cansancio y enfermedad, o de calumnias y denuncias. Entonces se anhela la liquidación o la venta, como única salida para la salvación de la empresa. Y así, sobre todo cuando la facturación y los márgenes se ven reducidos por la crisis, no vemos la hora de que venga alguien y nos quite lo que ha pasado de ser el “sentido” de la vida a ser únicamente un peso, cuando no una pesadilla.

En esos momentos no importa quién sea el nuevo empresario/especulador ni con qué capitales o con qué proyectos venga, con tal de que sea capaz de convencer a los bancos y a los sindicatos. De esta manera una historia familiar, comunitaria, de capitales intelectuales, de conocimientos, forjada durante décadas o tal vez siglos, corre peligro de desaparecer, por falta de fuerzas, porque no se dan las condiciones para superar la prueba y porque demasiadas veces se experimenta la soledad y el abandono de las instituciones. Es el suicidio de la empresa, que a veces arrastra al empresario con ella. Los datos sobre el mal traspaso de estas buenas empresas son impresionantes y preocupantes. Tenemos una enorme necesidad de crear “lugares” para acompañar a estos empresarios y trabajadores que tienen que afrontar estas pruebas individuales y colectivas.

Las civilizaciones han conocido otras enfermedades sociales parecidas y han sabido curarlas (con ritos, arte, mitos…). Unos lugares y una cura que también nosotros debemos aprestarnos a buscar. En estos nuevos lugares, más que asesores fiscales o economistas e incluso más que instituciones (necesarias), hacen falta expertos en humanidad, hombres y mujeres capaces de esperanza, conocedores del alma humana y dispuestos a curarla con la escucha de la historia y con (pocas) palabras.

Sobre todo hacen falta comunidades curativas. Pero en nuestra cultura hemos separado demasiado los negocios del resto de la vida, el contrato del don, el eros del ágape. Y así hemos dejado de entender que una empresaria o un empresario son antes que nada personas y que detrás de una crisis empresarial se puede esconder una verdadera prueba moral y espiritual, que hay que curar a este nivel, mucho más profundo y vital que el plan de negocio o los préstamos bancarios (que hoy de todos modos serían de gran ayuda). Para revitalizar nuestras empresas enfermas hay que ayudar a muchos empresarios y trabajadores a recuperar el “sentido de la vida” y de la empresa que están perdiendo

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Comentario - Esta crisis es una «gran depresión», una enfermedad social

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 21/04/2013

logo_avvenireLa crónica sigue dando noticia del suicidio de empresarios y trabajadores. Pero también hay muchos, demasiados, suicidios propiamente de empresas, de los que, en cambio, se habla muy poco. Esta crisis es verdaderamente una “gran depresión”. En ella podemos reconocer todos los síntomas de cualquier depresión seria: tristeza constante, falta de entusiasmo, ganas de dejarse llevar, el deseo que se apaga y, sobre todo, falta de ganas de vivir, de levantarse con gusto por la mañana para estrenar una nueva jornada y encontrar personas, de tener algo que contarnos a nosotros mismos, a nuestra familia y a los demás.

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El sentido de la empresa

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Comentario - Esta crisis es una «gran depresión», una enfermedad social por Luigino Bruni publicado en Avvenire el 21/04/2013 La crónica sigue dando noticia del suicidio de empresarios y trabajadores. Pero también hay muchos, demasiados, suicidios propiamente de empresas, de los que, en cambio, se h...
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Comentario – Superar la crisis recuperando la visión y la capacidad generadora también de los capitales

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 14/04/2013

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Las crisis, sobre todo cuando son profundas y graves, son señal de que una comunidad civil o económica está agotando su capacidad generadora y empieza a no ser capaz de crear verdadero valor económico, civil, político, cultural y científico, porque ha perdido sus valores y ya no sabe qué es lo que vale. Hay una regla general en el corazón de la ley que rige la evolución de las civilizaciones y su economía: la fuerza generadora del uso cívico de la riqueza se apaga cuando llega a su culmen, porque los éxitos y los frutos con el tiempo terminan por apagar el hambre de vida y la esperanza que la originaron.

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Esto es evidente no sólo en el análisis histórico. Basta viajar de vez en cuando a China – donde me encuentro ahora –, a Filipinas o a Brasil para ver que la raíz de su (actual) desarrollo económico y cívico se nutre de la linfa vital del entusiasmo civil y del deseo de liberación individual y social, que se expresan también en las ganas de vivir que se respira en las calles, sobre todo entre los pobres y los niños.

Estos recursos morales y espirituales se consumen pero no se regeneran por sí solos y así, tras un periodo más o menos largo, se acaban. Es una ley despiadada pero también providencial, porque a la vez es un gran mecanismo que permite que quienes montan en el tiovivo del bienestar y la prosperidad no seamos siempre los mismos. En el plano económico-civil todo eso hace que en las fases civilmente positivas y expansivas, los capitales (stocks) estén al servicio de las rentas (flujos): los terrenos, las casas, los inmuebles, los ahorros y los títulos accionariales están en función de las rentas del trabajo (salarios) y de la empresa (beneficios). En estas fases felices, los capitales existen y son importantes, pero a esos capitales se les pone a producir rentas para el desarrollo y el bien común.

Estos recursos morales y espirituales se consumen pero no se regeneran por sí solos y así, tras un periodo más o menos largo, se acaban. Es una ley despiadada pero también providencial, porque a la vez es un gran mecanismo que permite que quienes montan en el tiovivo del bienestar y la prosperidad no seamos siempre los mismos. En el plano económico-civil todo eso hace que en las fases civilmente positivas y expansivas, los capitales (stocks) estén al servicio de las rentas (flujos): los terrenos, las casas, los inmuebles, los ahorros y los títulos accionariales están en función de las rentas del trabajo (salarios) y de la empresa (beneficios). En estas fases felices, los capitales existen y son importantes, pero a esos capitales se les pone a producir rentas para el desarrollo y el bien común.

La virtud dominante en estos periodos civilmente fecundos es la esperanza, que permite ver los capitales (reales y financieros) como instrumentos a poner en juego, como talentos con los que negociar para hacerlos fructificar. Los stocks se ven en función de los flujos. Se ven los “cien” del valor del capital de hoy, pero se ven más los “cinco” que esos cien pueden producir si están bien invertidos, porque esa renta/flujo es una señal de la capacidad generadora de mi empresa o de mi vida. El primer sentido del buen grano no es nunca la acumulación en el granero. Ahí radica también la diferencia entre el campesino y el mercenario, entre la inversión y la pura acumulación y entre el empresario, protagonista de las fases expansivas, y el especulador, protagonista de todo declive.

La riqueza que genera rentas causa felicidad y fecundidad, mientras que la riqueza acumulada por sí misma causa miseria y esterilidad. Cuando la cultura latina quería representar la felicitas, sus símbolos y sus imágenes eran las cosechas fecundas (Campania felix), las herramientas de trabajo y los niños, que hoy igual que ayer son el primer signo de feliz fecundidad para las familias y los pueblos. Todo esto lo conoce muy bien la cultura popular con su arte, que, para representar el icono de la infelicidad, elige al avaro antes que al pobre, porque el avaro es un rico mísero que, con todas sus posesiones, no conoce el florecimiento y la fecundidad, igual que los capitales que hoy son llevados a los paraísos fiscales.

Una empresa, un sistema económico o una civilización comienzan su decadencia cuando el nexo entre capitales y frutos se invierte y el objetivo del capital es el capital. A la esperanza le sustituye el miedo, el grano encuentra su sentido en el granero, olvidándonos de aquellos que necesitan ese grano para vivir y para trabajar. En el lenguaje de la economía, la gran crisis comienza cuando las rentas (flujos) empiezan a estar en función de los capitales (stocks), y los beneficios y los salarios en función de las rentas. Así, los empresarios se transforman en especuladores, las élites que habían determinado la fase virtuosa del ciclo económico-civil se convierten en castas, que dedican sus energías a conservar los privilegios adquiridos en tiempos pasados. En los periodos felices predominan la confianza y la cooperación y se ve a los otros como potenciales aliados con los que acometer nuevas empresas. En las fases de declive nos miramos unos a otros con sospecha y el vecino se convierte en un rival, en un enemigo que puede restarnos una parte de renta.  Las relaciones sociales se pervierten, los otros (nosotros no) son todos evasores y deshonestos y su bienestar se convierte en una amenaza para el nuestro. En cambio, en los periodos mejores, «el mercado nos enseña a ver con benevolencia la riqueza y el bienestar de los otros» (John Stuart Mill, 1848), porque lo que importan son las nuevas tartas y no el tamaño de los trozos de las tartas que creamos en el pasado. En Italia hoy es aún peor: «Conseguimos pelearnos por el reparto de futuras tartas que no llegaremos a crear nunca», me confiaba un empresario siciliano.

Nuestra crisis dice que estamos dilapidando los capitales de valores cívicos y religiosos responsables de los milagros económicos y sociales de hace décadas. Necesitamos un nuevo milagro económico, civil y moral. Después de la segunda guerra mundial nuestros padres y abuelos tomaron los escombros producidos por humanismos fratricidas y, con sus valores, los transformaron en ladrillos, en piedras angulares de sus nuevas casas y de la casa común europea. Si hoy queremos ver un presente y un futuro posibles e incluso tal vez mejores, debemos encontrar los recursos necesarios para transformar nuestros escombros en una nueva casa y en una nueva eco-nomía. Nuestros escombros no están hechos de cemento y cal, pero, a su manera, esta crisis también está destruyendo casas, fábricas e iglesias, está cosechando sus víctimas y tiene sus héroes y su Resistencia. Debemos encontrar los recursos necesarios para recoger los escombros y transformarlos en ladrillos. Y debemos excavar mucho, porque las piedras mejores no están en la superficie, en parte están sepultadas o ignoradas porque – al igual que nuestra vocación comunitaria – se las considera piedras de tropiezo y se las desecha. Hay que rescatarlas y convertirlas en las piedras angulares de la nueva casa, de la nueva economía y del nuevo trabajo.

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Comentario – Superar la crisis recuperando la visión y la capacidad generadora también de los capitales

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 14/04/2013

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Las crisis, sobre todo cuando son profundas y graves, son señal de que una comunidad civil o económica está agotando su capacidad generadora y empieza a no ser capaz de crear verdadero valor económico, civil, político, cultural y científico, porque ha perdido sus valores y ya no sabe qué es lo que vale. Hay una regla general en el corazón de la ley que rige la evolución de las civilizaciones y su economía: la fuerza generadora del uso cívico de la riqueza se apaga cuando llega a su culmen, porque los éxitos y los frutos con el tiempo terminan por apagar el hambre de vida y la esperanza que la originaron.

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El ciento y el cinco

El ciento y el cinco

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 Comentario – Sociedad y economía, mujeres y carismas

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 30/03/2013

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Cada día resulta más evidente que el mundo político, civil y económico que construimos en el siglo XX ha muerto, sin que de momento consigamos atisbar la resurrección. Estamos en el sábado. Un ‘todavía no’ sin ‘ya’. La historia humana ha conocido y conoce muchos sábados santos, algunos de los cuales han marcado un cambio de época. Por eso también es importante que en la raíz del acontecimiento cristiano y, con él, del humanismo europeo, esté el sábado santo, el tiempo histórico entre la muerte y la resurrección, que forma parte también de la historia de la salvación. El sábado santo no es sólo un vacío, una ausencia, una pausa, un sueño, ni sólo una espera.

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Es también el comienzo de un paso, una actividad, una vigilia, una presencia. Allí encontramos a los apóstoles, que, desilusionados y atemorizados, se retiran desanimados y bloqueados por la gran crisis. Pero también hay algunas presencias, sobre todo de mujeres. Tal y como nos recordó Carlo Maria Martini, en una carta del año 2000, en el sábado está la presencia de María, la madre de Jesús. Mientras los hombres huyen, las mujeres se quedan, están, habitan el sábado, actúan, esperan activas. La presencia de aquellas mujeres, en aquella cultura, nos dice al menos tres cosas. En primer lugar, nos recuerda el valor de la vida y del cuerpo, incluso del cuerpo herido, sin vida. Van al sepulcro a ungir un cuerpo y no se dejan bloquear por la gran piedra colocada en la entrada. El segundo mensaje se refiere a los pobres: las mujeres no eran importantes en aquella cultura, se encontraban por naturaleza entre los últimos de la sociedad, eran frágiles y vulnerables. Pero son ellas las que no huyen, las resilientes ante la gran prueba, las que esperan activamente.

Las mujeres y María – tercer mensaje – son también la presencia de los carismas, porque tienen una familiaridad espiritual y una especial consustancialidad con ellos. «Ave María, llena de charis», de caris-ma y de gratuidad. No es casual que el gran teólogo Hans Urs Von Balthasar utilizara casi como sinónimos las expresiones «principio carismático» y «principio mariano». Y los carismas, como sabemos, son dones que permiten ver más allá, ver de forma distinta, ver cosas que otros – en este caso los apóstoles – no ven. Y al ver de forma distinta, actúan y obran también de forma distinta. Nuestra sociedad y nuestra economía podrán ver el alba de la resurrección si sabemos vivir bien este tiempo del sábado.

Hoy también, ante nuestras crisis, son muchos los que huyen de distintas maneras (a paraísos fiscales, a una web carente de verdaderos cuerpos, a un cinismo sin compromiso cívico). Y también hoy tenemos gran necesidad de los ‘habitantes del sábado’: de las mujeres, que siguen estando demasiado alejadas de los lugares importantes, y sobre todo de los carismas. En los sábados de la historia, mientras las instituciones sufrían, huían y morían, la humanidad se salvó porque los carismas y muchas veces las mujeres fueron capaces de quedarse, bajo las cruces y ante los sepulcros de su tiempo. Esperaron activamente. Entre la muerte del imperio romano y el renacimiento de la civilización ciudadana en Italia y en Europa, no hubo sólo un vacío y una ausencia: en el vado entre uno y otro mundo estuvo la presencia de muchos carismas monásticos, que en la espera salvaron e inventaron la nueva Europa, supliendo la muerte de las viejas instituciones e inventando otras nuevas.

Entre el final del “ancien régime” y los modernos estados sociales, florecieron cientos, miles, de carismas e instituciones carismáticas que inventaron, con la creatividad típica de la charis/charitas, la cura para las nuevas y viejas formas de miseria y exclusión, que formaron e instruyeron a generaciones enteras de hombres y mujeres. Lo mismo podríamos de la revolución industrial y el estado social, del fascismo y la democracia, y podríamos ampliar nuestra mirada a la India de Gandhi y de la Madre Teresa, o a las instituciones de microcrédito de Sor Nancy Pereira. Los carismas, como María en las bodas de Caná, ven por adelantado y hablan, a veces gritan: "No tienen vino". Los carismas son los protagonistas de los sábados santos de la historia, que hacen de puente entre los viernes y los domingos y acompañan el camino. A nuestro sábado le faltan los carismas y su mirada, que están demasiado ausentes o marginados de la esfera pública, económica y política.

Es emblemático que busquemos las personalidades capaces de sacarnos del pantano político-económico irresponsable en el que estamos metidos, entre los técnicos, profesores e intelectuales, sin darnos cuenta de que estas categorías ya no tienen, desde hace tiempo, los recursos morales necesarios para mover la gran piedra que hay delante del sepulcro… Para quitar esa piedra no hace falta técnica, sino ojos de resurrección. Necesitamos místicos, carismas, profetas, personas capaces de ver que falta ‘el vino’ y después hacer que llegue pronto y de verdad. Pero los nombres de estos hombres y, mejor aún, mujeres espirituales no se dicen ni se piensan. Al mismo tiempo, el mundo de los carismas, todavía vivo y fecundo, debe hacer más y debe alzar su voz, que siempre es la voz de los pobres y para los pobres. Y después debe también hacer propuestas políticas, porque los carismas son dones para el bien común y por lo tanto son asuntos laicos, civiles y políticos.

Cuando falta la voz y la presencia de los carismas, las instituciones no saben ver ni obrar por el bien común, sobre todo en el tiempo del sábado. Nuestra crisis es sobre todo una crisis espiritual, porque con el fin de las ideologías se han apagado los motores simbólicos de nuestra fábrica cívica y económica. Y cuando se apaga el Paraíso grande, llegan otros pequeños y artificiales que pronto se revelan como grandes infiernos. Volvamos a darle a nuestro sábado los ojos de los carismas.

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 Comentario – Sociedad y economía, mujeres y carismas

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 30/03/2013

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Cada día resulta más evidente que el mundo político, civil y económico que construimos en el siglo XX ha muerto, sin que de momento consigamos atisbar la resurrección. Estamos en el sábado. Un ‘todavía no’ sin ‘ya’. La historia humana ha conocido y conoce muchos sábados santos, algunos de los cuales han marcado un cambio de época. Por eso también es importante que en la raíz del acontecimiento cristiano y, con él, del humanismo europeo, esté el sábado santo, el tiempo histórico entre la muerte y la resurrección, que forma parte también de la historia de la salvación. El sábado santo no es sólo un vacío, una ausencia, una pausa, un sueño, ni sólo una espera.

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Habitar el sábado

Habitar el sábado

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 Comentario – Ideas y obras, más allá de la cultura del no-abrazo

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 24/03/2013

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Francisco es un nombre que dice mucho, incluso a la economía y a las finanzas. Si sabemos y queremos escuchar, veremos que nos lanza mensajes esenciales para sanar, verdaderamente y profundamente, nuestras crisis. Francisco de Asís, amante de la ‘señora pobreza’, está en el origen de importantes cambios económicos, teóricos y prácticos. El movimiento franciscano dio vida a la primera escuela importante de pensamiento económico y está también en el origen de la banca y las finanzas (los famosos Montes de Piedad, precursores de las finanzas populares y solidarias en Italia).

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Pero pocas veces se recuerda que estas instituciones bancarias populares surgieron después de dos siglos de una profunda y sistemática reflexión cultural y filosófica sobre la economía, la moneda y el mercado.

Olivi, Scoto, Occam y decenas de maestros franciscanos fueron también doctores en economía, porque entendieron, por instinto carismático, que debían estudiar las ‘cosas nuevas’ de su tiempo y reflexionar profundamente sobre los grandes cambios de su época, en la que estaba comenzando una gran revolución comercial y ciudadana que desembocó después en el Humanismo civil. Estudiaron economía por amor a su gente, sobre todo a los pobres.

El primer mensaje que nos viene de Francisco y de su movimiento carismático es el significado moral y cívico del estudio y la ciencia. Esta crisis nos está diciendo cada día con más fuerza que la economía y las finanzas unidimensionales (con la única dimensión del beneficio a corto plazo) producen desastres e in-humanismo (Chipre es la enésima señal). Pero mientras la crisis sigue cosechando víctimas, en todas las universidades se siguen enseñando y aprendiendo la economía y las finanzas regidas por los mismos principios que han causado esta crisis. Los mismos libros de texto, los mismos dogmas y la misma altanería imperialista de nosotros, los economistas. Nuestros mejores estudiantes se siguen formando en cursos de doctorado con los mismos programas del año 2007.

Francesco invita a los verdaderos amantes del bien común y de la ‘señora pobreza’ (la primera medida del bien común siempre son las condiciones en que viven los pobres), a invertir mucho más en el estudio de las res novae de nuestro tiempo, que son los temas del trabajo, la gestión de las empresas, la economía y de las finanzas, que hoy se resienten también por esta ‘falta de pensamiento’. Según el ejemplo de los antiguos Montes de Piedad, el mundo se cambia dando vida no sólo a libros y conferencias, sino a nuevas instituciones.

Los carismas, entre otras cosas, produjeron universidades, que se situaron en la frontera de la innovación cultural de su tiempo, porque la capacidad de ver antes y más lejos es típica de los carismas. Hoy nuestra cultura y nuestra ciencia sufren por la falta de carismas, que deben volver a desempeñar su tarea, que es también tarea civil, científica y cultural. Hay una enorme y vital necesidad de dar vida a nuevos institutos de investigación y a nuevas universidades en las que se puedan estudiar de otra forma contenidos distintos a los que se siguen enseñando en los templos del saber, muchos de los cuales están financiados por estas (malas) finanzas. Hacen falta nuevos studia y nuevas scholae donde se elabore, a un alto nivel, un pensamiento económico y social distinto, así como escuelas populares que difundan y alimenten con la vida ese nuevo pensamiento a todos los niveles. ¿Dónde están estas instituciones? Si no las creamos, seguiremos quejándonos de la crisis y el paro, pero no estaremos a la altura de Francisco y los franciscanos que trabajaron para orientar la sociedad de su tiempo, con nuevas ideas y nuevas ciencias.

Otro mensaje de Francisco es, como no podría ser de otro modo, la pobreza. Este mensaje está muy unido al primero, pues no es casual que la ciencia sea un fruto del Espíritu, del mismo Espíritu que es ‘padre de los pobres’.

Hay palabra que siempre son negativas: mentira, esclavitud, racismo... Pero la pobreza no es una de ellas, porque después de Francisco (y por ende después del cristianismo) cuando se habla de pobreza siempre deberíamos especificar de qué pobreza estamos hablando. Esta gran palabra abarca un amplio campo semántico, que va desde el drama de quienes sufren la pobreza hasta la bienaventuranza de quienes la eligen libremente, muchas veces para rescatar a otros de la pobreza no elegida, sufrida. Nuestra cultura no tiene instrumentos adecuados para hacer frente a las antiguas y nuevas pobrezas no elegidas porque ha perdido el contacto con la semántica de las pobrezas elegidas, que se llaman un estilo de vida sobrio, solidario, y sobre todo una comunión festiva y fraterna. Francisco nos recuerda que solo quien ama la pobreza buena sabe primero ver y después combatir la pobreza mala.

Mientras los programas gubernamentales, públicos y privados de lucha contra la pobreza estén pensados e implementados por políticos y funcionarios que alternan los congresos sobre la pobreza con vacaciones propias el rico Epulón, la pobreza seguirá siendo objeto de estudios (muchas veces inútiles), informes y congresos, pero no será vista, ni comprendida, ni sanada. Para curar la pobreza hacen falta los carismas, hacen falta pobres que cuiden de los pobres. El capitalismo filantrópico está aumentando las instituciones que se ocupan de la pobreza, pero sin crear un verdadero encuentro entre quien ayuda y quien recibe la ayuda.

Francesco curó, al menos en el alma, a los leprosos de Asís (en Rivotorto), abrazándoles y besándoles. El abrazo es la primera cura. Francisco nos lo recuerda hoy, advirtiéndonos de que no caigamos en las trampas de nuestra cultura dominada por la inmunidad, una cultura del no-abrazo que se está gestando también dentro de nuestras instituciones nacidas para ‘curar’ la pobreza, donde cada vez hay más profesionales de la asistencia (y eso es bueno), pero tal vez menos abrazos. El índice de fraternidad – otra espléndida palabra franciscana – se mide por el grado de inclusión comunitaria de los pobres, que puede ser inverso a la creación de entes especializados para atenderles. A veces se subcontrata con estos entes el ‘cuidado de los pobres’ con el fin de mantenerlos bien lejos de nuestras ciudades, inmunes e inmunizadoras.

Volvamos, pues, a escuchar a Francisco y sus mensajes antiguos, sus mensajes de futuro.

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 Comentario – Ideas y obras, más allá de la cultura del no-abrazo

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 24/03/2013

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Francisco es un nombre que dice mucho, incluso a la economía y a las finanzas. Si sabemos y queremos escuchar, veremos que nos lanza mensajes esenciales para sanar, verdaderamente y profundamente, nuestras crisis. Francisco de Asís, amante de la ‘señora pobreza’, está en el origen de importantes cambios económicos, teóricos y prácticos. El movimiento franciscano dio vida a la primera escuela importante de pensamiento económico y está también en el origen de la banca y las finanzas (los famosos Montes de Piedad, precursores de las finanzas populares y solidarias en Italia).

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La otra economía que lleva el nombre de Francisco

La otra economía que lleva el nombre de Francisco

 Comentario – Ideas y obras, más allá de la cultura del no-abrazo por Luigino Bruni publicado en Avvenire el 24/03/2013 Francisco es un nombre que dice mucho, incluso a la economía y a las finanzas. Si sabemos y queremos escuchar, veremos que nos lanza mensajes esenciales para sanar, verdadera...
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Comentario - El tiempo de los cíclopes: la falta de acogida en el mundo del trabajo

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 10/03/2013

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Tenemos una necesidad vital de redescubrir la virtud de la hospitalidad. Sobre todo con respecto a los jóvenes, que se están convirtiendo cada día más en extranjeros en una sociedad de adultos a la que no entienden, que no les da espacio y que les ha endeudado sin pedirles consenso. Unos jóvenes que ven cómo sus lugares típicos se degradan, sobre todo el colegio. El mundo ha cambiado demasiado rápidamente. Si hasta nosotros, los adultos, nos damos cuenta con claridad que estamos ante el final de un sistema, no es difícil imaginar cuan distante y extraño le debe parecer este nuestro viejo mundo a un joven de 20 años o a una muchacha de 15. Hay generaciones que envejecen antes que otras, como nos enseña la historia. La nuestra es una de ellas.

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Sí funciona, pero no da dinero”, exclamaba ayer un chico de unos 10 años en el metro de Roma. Intentaba corregir a su madre, que le había respondido secamente “no” a un señor que le había preguntado: “¿funciona el cajero automático?”. En realidad tanto la madre como el niño tenían razón, porque cada uno veía la misma máquina pero de forma distinta: una como un instrumento para obtener dinero (madre) y el otro como una pantalla táctil de color con muchos botones (niño).

Diálogos como este, aunque mucho más relevantes cívicamente, se producen con demasiada frecuencia en el mundo de la educación y el trabajo, donde cuesta entenderse, hablarse y estimarse. La cifra de un 43% de desempleo juvenil nos dice sin mucha filosofía que los jóvenes son unos extraños,  extranjeros en su tierra. Es una cifra que no debería dejarnos dormir por la noche. Pero sin embargo dormimos, porque ya nos hemos acostumbrado a las cifras negativas. Más aún, porque nos estamos olvidando de que cada joven no es sólo hijo de sus padres sino hijo de todos.

Es posible que hubiera algo de esta filiación (y de esta fraternidad) universal en la base de la regla de oro de la hospitalidad que encontramos en las raíces de nuestra historia. Una hospitalidad que llevaba a considerar sagrado al huésped/extranjero, a quien había que honrar con regalos. Las grandes civilizaciones ya intuyeron que nadie puede ser verdaderamente extraño ni extranjero. Eso mismo es lo que nos sugiere la conocida frase de Terencio: “Soy hombre y considero que nada humano me es ajeno”.

En todo ser humano y, en cierto sentido, también en toda la creación, vive y revive algo de mí, algo mío en ellos, como si en el genoma de todo ser viviente hubiera una huella de todos los demás. Creo que Francisco nos quería decir algo parecido, aunque con otra belleza y otra fuerza, con su “Cántico de las creaturas”. Entonces, la naturaleza más profunda de la norma de la hospitalidad no es el altruismo sino la reciprocidad: “Recuerda que tú también fuiste extranjero” (Éxodo). Debemos ser hospitalarios con el extranjero (que, como tal extranjero, se encuentra en una condición de fragilidad y vulnerabilidad), entre otras cosas porque también lo fuimos nosotros y nuestros abuelos y lo podrán ser nuestros hijos. Es la condición humana. Es esta hospitalidad-reciprocidad la que se echa de menos en nuestra cultura. Y sobre todo la echan en falta los jóvenes, que son, junto con los ancianos, los que tienen más necesidad de ella para vivir bien o, en muchos casos, simplemente para vivir.

En cambio, cuando un joven se enfrenta hoy al mundo del trabajo, demasiadas veces hace la misma experiencia que hizo Ulises con Polifemo, el cíclope que para Homero representa lo no civilizado, precisamente porque practicaba la anti-acogida: en lugar de hacer regalos a sus invitados, los devoraba. En lugar del pan, la piedra; en lugar del huevo, el escorpión. Estamos viendo demasiados jóvenes devorados por años de no-trabajo, de un ocio no elegido y no merecido, que se va comiendo día a día el capital humano que adquirieron estudiando, junto al capital no renovable de la juventud. Muchos otros jóvenes son devorados por un trabajo equivocado, impuesto por las grandes empresas, por la banca o por las empresas de consultoría capitalistas, que contratan jóvenes sin la gratuidad de la hospitalidad: los usan, los exprimen, no les dan tiempo para crecer bien, les imponen obligaciones sin dones. Los devoran poco a poco.

Y los “afortunados” que logran acceder a estos trabajos-caverna, se encuentran con enormes rocas que obstruyen la salida. La roca más pesada es la crisis que estamos viviendo, que les lleva a aceptar estos trabajos equivocados o a no dejarlos, asumiendo la cruda realidad, porque tienen que vivir, por hambre. De este modo, nos parece normal que las grandes empresas, en lugar de “regalos de bienvenida”, hagan firmar a estos jóvenes contratos-yugo, en los que el joven, como “contra-regalo” a la empresa que le paga el master, se compromete a permanecer en ella unos años determinados. Prácticas serviles, casi esclavistas.

Estoy seguro de que de esos master-yugo nunca podrá hacer que crezca la humanidad de las personas, que necesita siempre el agua de la libertad y la luz de la gratuidad. Pero en la economía compleja de hoy y de mañana, sin personas libres que hayan crecido en humanidad, tampoco llegará el crecimiento ni los beneficios empresariales. Por eso hay que relanzar una nueva cultura de la hospitalidad laboral, donde las empresas aprendan a dar e inviertan verdaderamente en los primeros años de trabajo de los jóvenes a los que acogen. En estos días en los que se habla mucho, en muchos casos oportunamente, del ‘salario de ciudadanía’, no debemos olvidar nunca que el primer don que la sociedad civil y las instituciones deben hacer a sus jóvenes es el don del trabajo, poniéndoles en condiciones, a partir de una mejor educación, de trabajar y posiblemente de trabajar bien.

 

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Comentario - El tiempo de los cíclopes: la falta de acogida en el mundo del trabajo

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 10/03/2013

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Tenemos una necesidad vital de redescubrir la virtud de la hospitalidad. Sobre todo con respecto a los jóvenes, que se están convirtiendo cada día más en extranjeros en una sociedad de adultos a la que no entienden, que no les da espacio y que les ha endeudado sin pedirles consenso. Unos jóvenes que ven cómo sus lugares típicos se degradan, sobre todo el colegio. El mundo ha cambiado demasiado rápidamente. Si hasta nosotros, los adultos, nos damos cuenta con claridad que estamos ante el final de un sistema, no es difícil imaginar cuan distante y extraño le debe parecer este nuestro viejo mundo a un joven de 20 años o a una muchacha de 15. Hay generaciones que envejecen antes que otras, como nos enseña la historia. La nuestra es una de ellas.

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Hijos nuestros, extranjeros

Hijos nuestros, extranjeros

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Comentario – Necesitamos más democracia

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 03/03/2013

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En Suiza se celebra hoy un referéndum para poner freno a la remuneración de los ejecutivos de las sociedades que cotizan en bolsa. Es una buena ocasión para que también nosotros abramos el tema de la remuneración de los altos ejecutivos y el de la democracia económica, que es aún más importante, puesto que es raíz del primero. ¿E Italia? ¿Y Europa? Un motivo para esta ausencia o retraso (esperemos que no sea más que eso), es la incapacidad de Europa, y aún más de Italia, para proponer en las últimas décadas una cultura económica y empresarial distinta.

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Hoy las escuelas de negocios son todas iguales. En Harvard, Nairobi, Sao Paulo, Berlín, Pequín o Milán se enseñan las mismas cosas, se utilizan los mismos libros de texto y a veces incluso las mismas presentaciones que pueden descargarse en la red. He visto cursos de ‘responsabilidad social de la empresa’ en aulas donde había directores de cooperativas sentados al lado de directivos de fondos de inversión especulativos, porque, según se decía, “los negocios son los negocios”. Por eso no sorprende, aunque sí es triste, que poco a poco se vayan acercando la cultura y los sueldos de las grandes cooperativas a los de las empresas capitalistas, un acercamiento que haría removerse en su tumba a los fundadores del movimiento cooperativo, que concibieron y crearon empresas distintas, entre otras cosas, porque eran capaces de traducir los principios de fraternidad e igualdad en las nóminas y no sólo en los estatutos.

Sin embargo, Europa e Italia tenían, y todavía conservan un poco, una forma distinta de hacer empresa y sociedad, un ‘espíritu diferente del capitalismo’, que en Alemania recibía el nombre de “economía social de mercado”, en Francia “economía social”, en Italia “economía civil” y en España y Portugal “economía solidaria”. Una cooperativa social no es una institución filantrópica, sino algo que tiene que ver con la reciprocidad y la inclusión productiva, es un “hacer con” antes que “hacer por”. Una fundación bancaria tampoco es una foundation americana, y las pequeñas y medianas empresas de naturaleza familiar, el pilar de nuestra economía, no tienen ni la misma cultura ni los mismos instrumentos que las corporaciones anónimas, aunque muchas de nuestras empresas se hayan perdido por seguir esos modelos que les son extraños. En Italia teníamos también la gloriosa tradición de la economía empresarial, hoy por desgracia en vías de extinción, que era un feliz intento de traducir el modelo comunitario y relacional italiano en una cultura organizativa donde el objetivo de la empresa no era la maximización del beneficio, sino el equilibrio entre todos los componentes de una institución cuyo principio básico era “la satisfacción de las necesidades humanas” (Gino Zappa, 1927).

La crisis económica es también fruto de una cultura de dirección que se ha revelado inadecuada, debido ciertamente a una legislación insuficiente y equivocada, pero también a una forma de pensar que empieza en las facultades de economía y continúa con los masters; una formación equivocada que se encuentra en la base de la justificación de los altísimos salarios. En los actuales planes de estudios de economía, a nivel mundial,  cada vez está menos presente la dimensión humanística e histórica. Pensar que reduciendo el pensamiento económico a números, tablas, gráficos y algoritmos (cada vez más sencillos, además), podamos formar personas capaces de pensar, crear e innovar de verdad o de coordinar a otras personas con su misterio antropológico y espiritual, que siguen siendo tales también cuando trabajan, no deja de ser una ilusión. Desde luego, en Italia los futuros trabajos vendrán de la cultura, el arte, el turismo y las relaciones, y para desempeñar bien esos oficios será muy útil conocer la historia, la cultura o el arte, tal vez más que las técnicas de registro contable, valoración y control.

Es necesario abrir un debate público sobre estos temas cruciales, que no pueden dejarse en manos de los “expertos”. Eso ya lo hemos hecho en los años pasados y los resultados están a la vista. La cultura democrática moderna ha puesto en el centro a la política y al gobierno del Estado. Muy bien. Pero el mundo ha cambiado mucho y hoy sabemos, o deberíamos saber, que el buen gobierno pasa también, cada vez más, por el buen gobierno de los mercados, las empresas y las organizaciones. Solo hay un Parlamento (en Italia), pero hay decenas de miles de consejos de administración de bancos y empresas. La calidad de nuestra vida, de nuestra dignidad y de nuestra libertad depende también de ellos y no podemos seguir ignorándolo. La democracia económica será el reto del siglo XXI, si queremos evitar que el área democrática se reduzca a sectores cada vez menos relevantes para la vida de las personas, a sentirnos soberanos solamente el día de las elecciones y súbditos los demás días de tantos reinos no democráticos. En el siglo XX se ha creado y fortalecido la frontera que separa el ámbito de acción de la democracia del regido por otros principios no democráticos.

El ámbito no democrático más importante y relevante ha sido y sigue siendo el de las empresas capitalistas. La nueva era de los bienes comunes nos obliga a revisar en profundidad la frontera de la democracia, si no queremos perderla o reducirla a una región en asfixia, un día incluso irrelevante. El mercado y las empresas no son un asunto privado ni nunca lo han sido (pensemos en los sindicatos de trabajadores y en quienes hacen empresa). Pero esta crisis nos ha hecho ver con extrema fuerza y claridad que también la economía, las finanzas y el mercado son verdaderamente ‘cosa pública’, con sus delicias y sus cruces, de las que tenemos el deber y derecho de ocuparnos, aunque sólo sea porque quien paga todas las consecuencias de su mal gobierno somos nosotros. Hay que inventar nuevos instrumentos de democracia económica, que no pueden ser los mismos de la democracia política. Y hay que pensarlos a escala global. Pero hay que hacerlo pronto, pues es demasiado importante.

 

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Comentario – Necesitamos más democracia

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 03/03/2013

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El mercado también es cosa pública

El mercado también es cosa pública

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