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Comentario - Somos como Colón antes de su viaje hacia el nuevo mundo

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 24/02/2013

logo_avvenirePara poder ponernos de nuevo en marcha necesitamos, entre otras cosas, un mapa. En la segunda mitad del siglo XV muchos marineros intentaban explorar el océano hacia occidente. Debían atravesar un mar inexplorado, para el cual no podían evidentemente existir cartas de navegación. Sin embargo, aquellos navegantes, para partir, necesitaban un mapa. Los marineros no parten sin un mapa del mar. Cristóbal Colón decidió partir no sólo cuando encontró financiación para su empresa (como todos los empresarios), sino sobre todo cuando consiguió un mapa del océano. [fulltext] => Se lo proporcionó el florentino Paolo dal Pozzo Toscanelli, gran humanista, astrónomo y mercader de especias (también por esto le interesaba encontrar un camino más corto hacia las Indias).

Este fundador de la geografía moderna y observador de cometas, mantuvo (tal vez) correspondencia con Colón, y con toda probabilidad le hizo llegar una de sus cartas de navegación, un mapa del océano hasta las Indias. Una carta necesariamente imprecisa e incompleta, pero decisiva para que Colón se atreviera a realizar una de las acciones más extraordinarias de la historia humana. Dal Pozzo Toscanelli no era un navegante, es posible que ni siquiera saliera nunca de Italia, pero componía sus mapas en base a los relatos de los viajeros, con los que mantenía en Florencia largas conversaciones, entremezcladas de hechos reales y fantásticos (entre los cuales el legendario reino del sacerdote Juan).  Aquel mundo nuevo – como todo mundo nuevo – fue primero deseado, soñado, casi visto, y sólo después alcanzado. Así pues, aquel mapa nació escuchando las aventuras de los marineros portugueses, venecianos y españoles que decían haber “visto” tierra, tal vez por el efecto óptico de Fata Morgana, hacia occidente, más al oeste de las islas ya conocidas. El mapa y la empresa de Colón fueron ciertamente fruto de dos genios, pero también fruto de una extraordinaria sinergia de teoría, espíritu, arte, oficio, ciencia y economía, de Florencia y Lisboa, de Italia y Europa.

Nuestra economía y nuestra civilización se encuentran hoy en una situación parecida a la de Colón. Pero esta vez zarpar hacia un mar desconocido no es una elección sino una urgente necesidad, porque si no nos hacemos a la mar nos esperan decenios de declive y empeoramiento de las relaciones sociales. Y no nos falta sólo el coraje cívico, espiritual y político de Colon y de sus oficiales y marineros, ni sólo la fecundidad cívica y económica de la Italia y la Europa del siglo XV. También nos falta un Paolo dal Pozzo Toscanelli, capaz de dibujarnos un nuevo mapa. Y nos falta porque aquellos que podrían dibujarlo (economistas, políticos, intelectuales…) ya no son ya capaces de escuchar las historias de los marineros, los relatos de los viajeros y las historias de nuestra gente viva y verdadera. El hombre medieval y renacentista sabía bien, como nos ha recordado también Cesare Pavese, que “los mejores poemas son los que recitan los marineros iletrados en el castillo de proa” (Introducción a Moby Dick), pero nosotros lo hemos olvidado.

En cambio, si volviéramos a escuchar nuestras historias, podríamos intentar dibujar al menos las primeras coordenadas de este mapa que nos falta. La primera coordenada es la vocación más verdadera y profunda de nuestra gente italiana y europea: la comunidad. Los tejidos comunitarios de nuestras ciudades se han empobrecido demasiado: nos hace falta un proyecto ético, político y civil para recomponerlos, regenerarlos y, en no pocos casos, reinventarlos. La soledad se está convirtiendo en una nueva epidemia, que, como la peste de Manzoni es, a su modo, democrática, porque golpea al pobre Tonio y a Don Rodrigo, al malvado Griso y al santo Fray Cristóbal. Hoy los más enfermos de soledad son altos ejecutivos y banqueros, aunque estén rodeados de aduladores y nuevos siervos con master.

La segunda coordenada es una nueva escuela. Cada vez me impresiona más cuánta profesionalidad resiste en nuestras escuelas, sobre todo en las elementales y maternas, donde los profesionales siguen enseñando por vocación y fidelidad a su (hermoso) oficio, pero no se por cuánto tiempo. Si el nuevo gobierno – en el supuesto de que logremos tenerlo – quiere salvar realmente a Italia, deberá acometer una reforma radical de la educación y la universidad, prestando especial atención al Sur.

La tercera coordenada se refiere a la pobreza. La miseria y la exclusión están aumentando en Italia y en Europa, porque están creciendo las formas de la pobreza mala, muchas de las cuales se concentran en las mismas personas. Nos daríamos cuenta de inmediato si se lo preguntásemos a la gente, en vez de derrochar dinero público en dañinos sondeos pre-electorales. En el pasado hemos sido capaces de responder a las muchas pobrezas que hemos conocido gracias a una alianza entre las instituciones y los carismas. Sin los carismas las nuevas pobrezas no se ven, o se ven demasiado tarde, cuando la enfermedad ya está avanzada. Hubiéramos necesitado ojos carismáticos, como los de Don Benzi, para comprender hace algunos años que estaba anidando un virus en los juegos y apuestas, que pronto produciría la fiebre de las finanzas especulativas y los salones de juego (dos fiebres igualmente graves, no lo olvidemos). Carismas nuevos y antiguos que hoy podrían llevarnos, siguiendo el ejemplo de Don Benzi, a recoger de las calles jóvenes y ancianos consumidos por las maquinas de juego, o amas de casa adictas al “rasca y gana”, para salvarlos y salvarnos, ante una total pasividad de las instituciones.

Necesitamos con urgencia un mapa. Y aunque no lo dibujemos, en algún momento tendremos necesariamente que partir, y el viaje no será bueno. O tal vez ya hayamos zarpado, sin mapa ni meta, y estemos vagando al abur de Sirenas y Cíclopes. Pero siempre podemos intentar dibujarlo a bordo, si en cuanto termine esta triste época electoral, hacemos silencio civil y aprendemos a escucharnos de nuevo, a oír el alma, la sangre y la carne de nuestra gente. Sólo a partir de ahí podremos encontrar una nueva tierra. 

 

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Comentario - Somos como Colón antes de su viaje hacia el nuevo mundo

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 24/02/2013

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El mapa que necesitamos

El mapa que necesitamos

Comentario - Somos como Colón antes de su viaje hacia el nuevo mundo por Luigino Bruni publicado en Avvenire el 24/02/2013 Para poder ponernos de nuevo en marcha necesitamos, entre otras cosas, un mapa. En la segunda mitad del siglo XV muchos marineros intentaban explorar el océano hacia occidente. ...
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Comentario - La cultura cristiana de la cuaresma y su naturaleza civil

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire  el 17/02/2013

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La cuaresma tiene también una naturaleza civil, que se nos pone inmediatamente de manifiesto cuando leemos sus palabras a la luz de esta fase crucial de nuestra vida pública. Palabras que se articulan y van a conformar un auténtico mensaje de cambio de ruta, de conversión. La primera palabra es arrepentimiento, una palabra que a nuestra cultura le resulta extraña y sin embargo es fundamental para ponerse verdaderamente en marcha después de una crisis personal o colectiva. Después de haber cometido errores, sobre todo si son graves y colectivos, para poder recomenzar y reemprender la marcha antes es necesario arrepentirse, porque sin conciencia de haberse equivocado no se puede encontrar de nuevo el camino.

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La primera expresión del arrepentimiento es experimentar dolor y disgusto por haber hecho cosas que no son buenas y que nos han causado mal a nosotros mismos y sobre todo a los demás. En estos años de crisis hemos visto muchas y seguimos viendo cosas graves y malas. Pero no se ve arrepentimiento en los líderes de las finanzas especulativas, en la cultura de los ejecutivos de las grandes empresas y de los bancos y mucho menos en la clase política. Sin un arrepentimiento cívico que vaya acompañado de algún gesto, como en cualquier arrepentimiento verdadero, no encontraremos fuerzas suficientes para ponernos de nuevo en marcha.

En estos errores y pecados civiles y económicos, los (más que necesarios) procesos judiciales no pueden agotar los ritos de arrepentimiento, de disculpa y, en su caso, de reconciliación. Cuando el directivo de un gran banco o de una gran empresa comete delitos, hace falta algo más que la sentencia de un tribunal (cuando llega). Estas instituciones que han traicionado la confianza y las esperanzas de sus accionistas y de todo el país, deberían ser capaces de arrepentirse, disculparse y pedir perdón a la gente. La reparación y la devolución previstas en los códigos civil y penal son demasiado pobres para estos delitos, que hieren los códigos simbólicos y éticos de las comunidades.

La segunda palabra es humildad. Una virtud fundamental para la vida buena y una palabra que no tiene cabida en una cultura que premia los “egos” hipertróficos y carece de ojos para apreciar la virtud de la humildad. Humildad viene de tierra, de humus, raíz al mismo tiempo de humildad (humilitas) y de hombre (homo). Una riqueza semántica que también aparece en la lengua hebrea, en la que el hombre y la tierra se llaman adam y adamah. La humildad es una de las palabras sobre las que se funda la humanidad, porque nos dice que las cosas grandes de la vida son las pequeñas cosas, que implican una disminución, que son polvo y tierra.

Este antiguo lazo entre humildad, hombre y tierra nos recuerda que la humildad es virtud cuando nace de haber tocado tierra, polvo, cenizas. Nos hacemos verdaderamente humildes y verdaderamente hombres cuando caemos, cuando sentimos la tierra y el polvo y después nos levantamos. Esta es la humildad de Job, pero también la de quienes conocen y trabajan la tierra, la de quienes, ante una montaña o una roca, hacen la experiencia de la propia e infinita pequeñez y a partir de ese contacto con la tierra descubren también su dignidad infinita. No nos humillamos nosotros solos (eso es narcisismo), nos humillan los demás, la vida, la tierra y el polvo, los mismos que después hacen que retomemos, mejores, el camino. Los fracasos individuales, económicos y políticos de estos años pueden convertirse en una ocasión para mejorar, pero antes es necesario querer hacer la experiencia de la humildad, que está absolutamente ausente de todos los programas, de todas las promesas y sobre todo del tono de estos tristes días preelectorales.

La tercera palabra es ayuno. Nuestro siglo tiene la obsesión de las dietas, pero no conoce el ayuno, porque el ayuno no es cosa de calorías o adelgazamiento, sino que tiene que ver con otro punto cardinal de la vida buena: la templanza. El ayuno es educación de los deseos, de las pasiones, del corazón, del espíritu, de la inteligencia. Para poder apreciar y después cultivar el ayuno y la templanza, es necesario que haya personas capaces de ver valores en cosas como la limitación, la moderación, la sobriedad. En realidad, si miramos con atención a nuestra gente, además de los espectáculos televisivos, nos daremos cuenta de que cada vez hay más personas que viven con templanza, que dan valor al límite (en el uso de los recursos, el tiempo, el trabajo, los beneficios, el consumo…), que moderan sus necesidades, que las enriquecen disminuyéndolas. Yo conozco muchas personas así, cada día más, pero de ellas no se habla en la esfera pública, porque no aumentan la audiencia ni dan votos.

La civilización que nos precedió estaba rítmicamente marcada por el ayuno, porque la aspereza de la vida solo era sostenible educando las pasiones, la inteligencia y la voluntad. La pobreza sólo puede convertirse en vida buena y digna si va acompañada del ayuno, que multiplica el valor de la comida escasa y la fiesta de los pobres. En nuestros lugares la ausencia de la cultura de la cuaresma está decretando la muerte del carnaval (y el boom de Halloween, que es su contrario), que ha vivido mientras precedía y esperaba al ayuno de comida y de fiesta. El ayuno, en fin, alimenta y refuerza, no reduce, las ganas de vivir, la capacidad de la vida para engendrar. No es casual que para la gran filosofía griega, Penia (la indigencia, la falta) fuera progenitora de Eros. Toda creatividad, desde el arte hasta la familia, pasando por la empresa, necesita el deseo de lo que aún no se tiene o no se es. La raíz de toda crisis es el apagamiento del deseo del todavía no.

 

 

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Comentario - La cultura cristiana de la cuaresma y su naturaleza civil

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire  el 17/02/2013

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La cuaresma tiene también una naturaleza civil, que se nos pone inmediatamente de manifiesto cuando leemos sus palabras a la luz de esta fase crucial de nuestra vida pública. Palabras que se articulan y van a conformar un auténtico mensaje de cambio de ruta, de conversión. La primera palabra es arrepentimiento, una palabra que a nuestra cultura le resulta extraña y sin embargo es fundamental para ponerse verdaderamente en marcha después de una crisis personal o colectiva. Después de haber cometido errores, sobre todo si son graves y colectivos, para poder recomenzar y reemprender la marcha antes es necesario arrepentirse, porque sin conciencia de haberse equivocado no se puede encontrar de nuevo el camino.

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Tres palabras (y un buen deseo) para recomenzar

Tres palabras (y un buen deseo) para recomenzar

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Comentario - Un gran trabajo más allá de la soledad

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 27/01/2013

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La "ludopatía", antes que una enfermedad de los jugadores, es una enfermedad del juego. Para curar la patología del jugador es necesario redescubrir la fisiología del juego, recuperando la correcta relación con esta dimensión esencial de la vida. Jugar tiene la misma raíz que jocundo, júbilo y ayuda, porque el buen juego es bueno para el cuerpo y para el alma. Es una de las experiencias humanas más universales y esenciales y conserva una dimensión de misterio (¿por qué los animales también juegan o parecen jugar?).

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Cuando en una familia o en una comunidad ya no se juega, las buenas relaciones siempre entran en crisis. Y como ocurre con todas las grandes palabras de lo humano, también el juego es ambivalente, porque puede pervertirse en su contrario, sobre todo en una larga soledad.

Durante la infancia el juego lo es casi todo y hace que los niños afronten tanto su compleja edad como las grandes heridas. Siempre me ha llamado la atención y me ha sorprendido que después de un funeral, mientras los adultos seguimos llorando (y es normal que así sea), los niños vuelven a jugar y así ayudan a todos a volver a empezar. El buen juego no termina con el final de la infancia o la juventud, ya que para los adultos y para los ancianos el juego no es menos esencial que para los niños. Cuando un adulto consigue, con gran esfuerzo, no perder la capacidad de jugar, tiene un recurso moral más, que es particularmente valioso cuando llegan momentos difíciles y de prueba, porque el juego hace la vida más ligera y suave.

El historiador holandés Johan Huizinga, en su clásica obra “Homo Ludens” (el hombre que juega) escribe que «la civilización humana surge y se desarrolla en el juego, como juego». Es más, los cimientos de las civilizaciones están ligados al juego (el libro de los Proverbios [cap. 8] nos deja intuir una dimensión de juego también en la Creación; y creo que Jesús sabía jugar, de otro modo no hubiera atraído a los niños), pero saber jugar es esencial también para los científicos, escritores, empresarios, investigadores, cuya creatividad está íntimamente relacionada con el juego de niños y de adultos y con la fantasía que el buen juego alimenta y recrea (en este sentido el buen juego es también re-creación).

Me gusta mucho que la filósofa norteamericana Martha Nussbaum haya considerado el juego como una de las «diez capacidades fundamentales» que toda persona debería poseer para poder llevar una vida buena. Hoy los investigadores de las llamadas “motivaciones intrínsecas”, tan importantes para el bienestar de las personas, incluido el bienestar laboral, cuando quieren señalar una actividad de pura motivación intrínseca recurren al juego, en especial al juego de los niños, ya que ahí la única motivación que hay es interna (intrínseca) a la propia actividad: la primera recompensar del juego es jugar. Quienes saben jugar bien también saben trabajar bien. Tan es así que no es equivocado decir que el juego es el trabajo del niño y que algunas dimensiones del trabajo son el juego de los adultos, hasta tal punto que cuando faltan el trabajo se hace alienante.

El buen juego necesita compañía, porque su naturaleza más auténtica es relacional. Es un bien relacional. Es cierto que los niños también saben jugar solos, pero para ellos sus muñecas y sus juguetes están vivos, como vivos y verdaderos son los cuentos y sus personajes. No se si de niño me quisieron más los personajes de mis cuentos o mis vecinos. Ambos, desde luego, pero la aldea en la que se educa bien al niño está poblada también por juguetes y cuentos, no menos vivos que los habitantes de la casa y la escuela. Así, en ellos y en nosotros revive el hombre antiguo que daba nombre a las plantas y a las piedras, porque era más capaz que nosotros de ver en ellas la misma vida que mueve el mundo.

Pero hoy debemos preocuparnos porque nuestros niños dedican demasiado tiempo al juego solitario. Jugar con los hermanos, hermanas y compañeros es el primer gran gimnasio en el que nos entrenamos para gestionar los conflictos, las desilusiones y sobre todo la cooperación. El mundo de la empresa todavía usa un patrimonio de cooperación construido por las personas de mi generación y de las generaciones anteriores, entre otras cosas, jugando juntos de niños y de jóvenes. No es raro ver hoy niños sentados en el mismo lugar, incluso en el mismo sofá, pero cada uno con su propio juguete electrónico, smartphone o tablet, sin ninguna interacción con el vecino. ¿Qué capacidad de cooperación tendrán estos futuros trabajadores? Hay actividades cuya naturaleza cambia, normalmente para mejor, cuando se realizan conjuntamente con otros. El juego es una de ellas, pero también lo son ver una película o comer: hay muchas soledades detrás de los desórdenes alimenticios. Lo que más me impresiona cuando entro en algunos bares a tomar un café es la soledad infeliz: hombres y muchas, demasiadas, mujeres, unas al lado de otras, rascando cartones o echando monedas en las tragaperras, sin decirse una palabra, consumidas, literalmente comidas, por esos juegos malos.

Así pues, tenemos una enorme necesidad de devolver al juego su naturaleza de bien relacional, de encuentro, de fiesta. Es necesario preservar, regenerar o volver a inventar “lugares de buen juego” en los locales de nuestras asociaciones, en las parroquias, en las familias. Lugares en los que reunirse para jugar refuerce los vínculos, cure las heridas de la soledad y sean un antídoto para la ‘cultura del solitario’. Ya existen instrumentos – como el Wecoop, un juego de mesa comunitario inventado por la Cooperación sarda junto a la Universidad de Cagliari – que habría que imitar y multiplicar. El azar peligroso del juego malo se combate con leyes buenas, pero también con juego bueno. Si aprendemos bien el alfabeto del jugar, aprenderemos también a trabajar. A trabajar juntos.

 

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Comentario - Un gran trabajo más allá de la soledad

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 27/01/2013

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La "ludopatía", antes que una enfermedad de los jugadores, es una enfermedad del juego. Para curar la patología del jugador es necesario redescubrir la fisiología del juego, recuperando la correcta relación con esta dimensión esencial de la vida. Jugar tiene la misma raíz que jocundo, júbilo y ayuda, porque el buen juego es bueno para el cuerpo y para el alma. Es una de las experiencias humanas más universales y esenciales y conserva una dimensión de misterio (¿por qué los animales también juegan o parecen jugar?).

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Para volver al buen juego

Para volver al buen juego

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Agorà – El filósofo italiano nació hace 300 años y sus conceptos de “economía civil” y “felicidad pública” son más actuales que los del pensador escocés

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire  el 13/01/2013

Logo_Avvenire_AgorEn 2013 se celebra el tercer centenario del nacimiento del economista y filósofo Antonio Genovesi, que vino al mundo en Castiglione (Salerno) el 1 de noviembre de 1713. Un autor que tiene cosas muy importantes que decir a la Italia de hoy y de mañana. Genovesi es uno de los fundadores de la ciencia económica moderna. Fué el primer catedrático de economía de la historia, en Nápoles, en 1754. Sus “Lecciones de comercio, o bien de economía civil” (1765) tuvieron gran influencia en Italia y fueron conocidas y traducida en Europa y más allá. Genovesi vivió y trabajó en la misma época que Adam Smith, el filósofo escocés al que normalmente se le atribuye la paternidad de la economía moderna.

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Los dos se parecen mucho. Ambos fueron primero filósofos y luego economistas; ambos fueron modernos y por lo tanto críticos con el mundo feudal, convencidos como estaban de que el mercado contribuiría decididamente a la construcción de un mundo más igualitario y libre. Sin embargo, la Economía Civil de Genovesi no es simplemente la versión meridional y pobre de la Political Economy del otro lado del Canal de la Mancha. La Economía Civil tiene rasgos originales en distintos frentes.

En primer lugar, el contexto cultural era distinto. Smith se movía en una cultura calvinista (enseñaba a los futuros líderes de la iglesia escocesa), mientras que Genovesi era abad en la Nápoles ilustrada y borbónica. Smith estaba profundamente vinculado a su escuela filosófica, y Genovesi era heredero del humanismo clásico de Aristóteles, de Santo Tomás, de Vico, pero también de autores modernos franceses (Descartes) e ingleses (Locke).

Estas diferencias culturales se tradujeron en una economía distinta. Para Smith el protagonista del nuevo mundo es el individuo, en el mejor de los casos virtuoso, prudente y guiado por un interés iluminado (self-interest). Smith, y después de él la economía tal y como la conocemos en todo el mundo, al concebir las acciones económicas, partía de una idea sobria del hombre, como alguien capaz de buscar su propio interés. El bien común, la riqueza y el bienestar de las naciones, según Smith, no son tareas para los individuos particulares, que hacen bien en no pensar en el bien común cuando actúan en el mercado: “nunca he visto hacer nada bueno a quienes se habían comprometido a actuar por el bien común” (1776). Palabras reales, pero ciertamente pesimistas y un poco cínicas, que dejan cualquier instancia de bien común en manos de la ‘mano invisible’ e impersonal del mercado y un poco en la mano visible del Gobierno.

Genovesi no tenía una visión ingenua del ser humano. No era menos experto que Smith en los sentimientos y pasiones humanas (a las que dedicó un tratado, la Diceosina, en 1766, que es uno de los primeros libros en los que se habla de derechos fundamentales del hombre, con importantes referencias también a los animales), pero estaba newtonianamente convencido de que la persona es un equilibrio entre dos tipos de fuerzas, las de “concentración” (auto-interesadas) y las de “difusión” (pro-sociales), ambas primitivas y siempre presentes. Así pues, para Genovesi el sujeto es persona, una realidad constitutivamente relacional, hecha para la reciprocidad. De ahí viene su idea del mercado como “asistencia mutua”, una intuición original que hoy está viviendo una nueva juventud, no sólo en Italia.

El mensaje de Genovesi es aún más actual hoy que en el siglo XVIII, cuando prevaleció la Economía Política de Smith y se eclipsó la Economía Civil de Genovesi. Son muchas, todas ellas relevantes, las palabras que el economista napolitano nos envía a la Italia de hoy. La primera es felicidad pública: nunca como en estos tiempos nos estamos dando cuenta de que la felicidad o es pública o no es, ya que la riqueza que se busca en contra de los demás produce malestar para todos.

La segunda está contenida en la misma expresión Economía Civil: si la economía no es civil, sencillamente es incivil, pero nunca éticamente neutra, puesto que es actividad humana. Si la empresa crea puestos de trabajo, respeta al medio ambiente, a los trabajadores y a la sociedad, mejora los bienes y servicios, es civil. Si no la hace, es incivil. No hay una tercera posibilidad. Para terminar, el tercer mensaje tiene que ver con el modelo económico y social de Italia. Genovesi es una de las mejores expresiones de la tradición italiana y meridional, que nos recuerda que existe una excelencia nuestra que no nace de la imitación de otros modelos y humanismos nórdicos o americanos, sino de poner en marcha y rentabilizar el genio italiano fruto de siglos de mestizaje, de cruces y encuentros entre pueblos, culturas, campanarios, monjes, monjas, artistas, comerciantes, mares, valles y montañas. Los mejores herederos de Genovesi son el mundo de la cooperación, los distritos del “made in Italy”, las finanzas éticas, el turismo sostenible y la buena agricultura, y todas esas expresiones civiles capaces de sistematizar y rentabilizar relaciones, gratuidad, historia y de generar valor a partir de los valores.

2013 es un año crucial para Italia y para Europa. El aniversario de Genovesi y sus mensajes de Economía Civil no podían llegar en mejor momento. ¿Seremos capaces de hacerlos fructificar?

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Iniciativas – Entre Nápoles, Roma y Milán

Para celebrar la figura de Antonio Genovesi y hacer presente su mensaje en la Italia de hoy, el Instituto Luigi Sturzo, el Instituto Universitario Sophia y la Universidad Bicocca de Milán, con la colaboración de BCC, la Fundación Con el Sur, Eupolis Lombardía y el Banco de Nápoles, promueven una serie de iniciativas dedicadas a Antonio Genovesi. El año genovesiano quiere ser una ocasión para redescubrir y poner en valor las raíces de una tradición económica que, debido a la riqueza de sus fundamentos antropológicos, tiene todavía mucho que decir a la economía actual. En el ámbito de diversos encuentros científicos intervendrán, entre otros, Stefano Zamagni, Mauro Magatti, Luigino Bruni y Pier Luigi Porta. El proyecto prevé también la publicación de una nueva edición de las “Lecciones de Economía Civil” de A. Genovesi, a cargo de la editorial Vita e Pensiero.

Principales  Actos:

8 de Marzo - Inauguración del ‘Año Genovesiano’, Castiglione del Genovesi (SA), congreso en su lugar natal.

9 de Marzo - « Antonio Genovesi: Economic and Civil Perspective 300 Years Later », Nápoles, Congreso Internacional, Sede central del Banco de Nápoles

4-5 de Junio - « Public Happiness », Roma, Congreso Internacional, Universidad Angelicum

6 de Junio - « Razones y sentimientos civiles para una economía y una política con rostro humano: la lección de Antonio Genovesi », Roma, Congreso Internacional, Instituto L. Sturzo y LUMSA

14 de Noviembre - « Antonio Genovesi maestro de los economistas lombardos en la Ilustriación », Milán, Congreso Internacional, Instituto Lombardo - Academia de ciencias y letras

Inscripciones y reservas en los distintos actos: francesca.daldegan@gmail.com

Para más información, incluido el programa del primer congreso en Nápoles, www.sturzo.it (proyecto Genovesi)

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Agorà – El filósofo italiano nació hace 300 años y sus conceptos de “economía civil” y “felicidad pública” son más actuales que los del pensador escocés

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire  el 13/01/2013

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Genovesi: la revancha del abad contra Adam Smith

Genovesi: la revancha del abad contra Adam Smith

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Comentario – El capital humano es plural

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 12/01/2013

logo_avvenireUna de las palabras clave de este tiempo económico y político nuestro es meritocracia. "Italia necesita más meritocracia", es una frase que, antes o después, aparece en todos los debates televisivos. Una palabra capaz como pocas de recoger el consenso de (casi) todos. Por eso a quien se atreve a plantear alguna pregunta, a lo mejor simplemente para distinguir entre meritocracia y meritoriedad (por preferir la demo-cracia a la merito-cracia), en seguida se le tacha de defensor del demérito, tal vez para justificar el propio mérito. Y sería una acusación muy oportuna si quien pone en discusión la meritocracia lo hiciera para apoyar la causa del incompetente, el privilegiado, el recomendado o el protegido. 

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Pero oponer simplemente mérito a demérito, para alabar al primero y denostar al segundo, no es útil, sino banal. Para que el tema sea relevante podemos intentar enriquecerlo.

En primer lugar, hay que recordar que el tema del mérito es muy antiguo y complejo y ha generado infinitas discusiones, incluso teológicas. Estuvo en el centro de un tratado del economista Melchiorre Gioia, que en 1818 iniciaba con estas palabras su obra “Del mérito y las recompensas”: «Las ideas que en la mente humana se corresponden con la palabra mérito son, como todos sabemos, infinitamente diversas». En realidad, hoy «no todos lo sabemos», muchos han olvidado esta vieja y profunda verdad y muchos de quienes invocan la meritocracia piensan que el mérito es unidimensional y fácil de reconocer, pesar y usar como criterio de las buenas decisiones. Sin duda existen ámbitos en los que el mérito es inmediato, como cunado se buscan competencias técnicas muy específicas y poco frecuentes, desde la investigación científica a la cocina japonesa. Pero en la economía y en las organizaciones, el mérito es complejo y no es nada fácil reconocerlo.

Imaginemos una pequeña o mediana empresa (por ejemplo industrial) con tres candidatos para un mismo puesto directivo en el área de personal. El primero de ellos, Andrés, quiere regresar a Italia después de trabajar ocho años en el extranjero como director de personal de una gran empresa. Tiene el mejor curriculum desde el punto de vista técnico, coronado por un master en ‘recursos humanos’ por una prestigiosa universidad de Londres. El segundo, Bruno, no tiene master, es más joven que Andrés, pero se ha licenciado en economía con la máxima calificación y ha trabajado cinco años como responsable de una cooperativa social, obteniendo excelentes referencias por su talento para las relaciones y la coordinación del trabajo en grupo. Por último Catia, de la misma edad que Bruno, está casada, tiene tres hijos, se licenció en psicología del trabajo con buenas notas pero con dos años de retraso, porque su primer hijo llegó antes de que terminara de estudiar. Tiene una breve experiencia laboral en el mundo de la cooperación en una gran organización donde ha coordinado proyectos complejos y por ello conoce muy bien el inglés (mejor que Andrés y que Bruno).

¿Cuál de los tres tiene más méritos para que le contraten? ¿O al menos para pasar a la siguiente fase del proceso de selección? Este ejercicio comparativo es muy común en las grandes organizaciones y también cuando las pequeñas y medianas empresas encargan la selección del personal a agencias externas. A primera vista, el sentido común nos diría que estamos ante tres personas merecedoras del puesto, aunque merecedoras por motivos distintos. Pero en la actual cultura de la empresa, se ven y se premian más los méritos de Andrés que los de Bruno y Catia. Ningún seleccionador inteligente niega que tengan muchos méritos, pero después, por la cultura dominante en el mundo de los negocios, los pesa y los ordena, considerando algunos más relevantes que otros. Entre otras cosas porque los méritos técnicos y los títulos se prestan a ser fácilmente traducidos en cantidad y así parecen objetivos y justos. En cambio, los méritos relacionales y cualitativos son difíciles de ordenar objetivamente y sobre todo se han utilizado y se siguen utilizando como excusa para enmascarar la contratación de amigos y parientes; son méritos que se prestan más al abuso, pero no por ello son menos importantes, incluso en términos de facturación y desarrollo de la empresa.

Así se comete el grave error de olvidar que un master, las técnicas, el know how, se pueden comprar en el mercado, pero algunos talentos relacionales y cualitativos, el know why, están ligados a nuestra historia y son fruto de decisiones e inversiones largas y costosas, que ningún mercado puede vender. Hoy las empresas no tienen dificultades y cierran solo por falta de facturación y de capital financiero, sino también por una carestía de capital relacional y espiritual y por un analfabetismo relacional y emocional que conduce a no saber pronunciar palabras como ‘disculpa’, ‘perdóname’, palabras que cuando faltan bloquean las empresas tanto o más que el racionamiento del crédito. El llamado ‘capital humano’ es el primer recurso de cualquier empresa, pero es un capital plural, hecho de muchas dimensiones y competencias.

Muchas mujeres, sobre todo madres, desarrollan, por naturaleza y por necesidad, una gran capacidad para gestionar la complejidad (hijos, familia, padres, trabajo, relaciones sociales...), capacidad que tiene también un gran valor organizativo y económico, si sabemos verla y valorarla, como ya está poniendo de manifiesto la investigación científica sobre los perjuicios  derivados de la discriminación de las mujeres en los lugares donde se toman las decisiones. La crisis económica es el resultado no sólo del demérito sino también, sobre todo, de las decisiones de demasiados directivos contratados únicamente por sus méritos medidos en masters o doctorados, pero que han mostrado su demérito en relaciones, ética y humanidad.

Es necesario debatir públicamente acerca del mérito y su naturaleza plural. En caso contrario, seguiremos teniendo demasiadas personas meritorias fuera de los muros de la ciudad del trabajo. Algunas de estas personas han sido superadas por protegidos y recomendados carentes de méritos; pero muchas otras siguen allí porque tienen méritos que nuestra economía y nuestra sociedad no sabe ver ni reconocer. Dos injusticias: las dos son importantes, pero la segunda es más grave porque ni siquiera se la percibe como tal.

 

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Comentario – El capital humano es plural

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 12/01/2013

logo_avvenireUna de las palabras clave de este tiempo económico y político nuestro es meritocracia. "Italia necesita más meritocracia", es una frase que, antes o después, aparece en todos los debates televisivos. Una palabra capaz como pocas de recoger el consenso de (casi) todos. Por eso a quien se atreve a plantear alguna pregunta, a lo mejor simplemente para distinguir entre meritocracia y meritoriedad (por preferir la demo-cracia a la merito-cracia), en seguida se le tacha de defensor del demérito, tal vez para justificar el propio mérito. Y sería una acusación muy oportuna si quien pone en discusión la meritocracia lo hiciera para apoyar la causa del incompetente, el privilegiado, el recomendado o el protegido. 

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Cuidado con el mérito

Cuidado con el mérito

Comentario – El capital humano es plural por Luigino Bruni publicado en Avvenire el 12/01/2013 Una de las palabras clave de este tiempo económico y político nuestro es meritocracia. "Italia necesita más meritocracia", es una frase que, antes o después, aparece en todos los debates televisivos. Una p...
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Comentario – Italia (y el mundo) necesitan visiones y opciones de «Competencia Civil»

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 06/01/2013

logo_avvenirePara hacerse una idea de hasta qué punto el lenguaje y la lógica de la política han sido tomados en préstamo por otros lenguajes, basta leer los periódicos o ver la televisión en esta fase preelectoral. Expresiones como “campaña” electoral, “competición” política, “arena”, “campo”, han sido tomadas del lenguaje militar, económico y deportivo. Cuando se aplican a la política y a la democracia, estas lógicas son muy peligrosas y generalmente equivocadas, porque casi siempre se refieren a la idea de relaciones antagónicas de “suma cero”, donde lo que uno gana otro lo pierde. La metáfora más poderosa, que cuenta ya con una larga historia, es la económica, que induce a leer la dinámica política como una competencia en los mercados.

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Hay una amplia escuela de pensamiento que ha visto la política desde las pautas del mercado, y no siempre con resultados negativos o inciviles. Joseph Schumpeter, en los años 40 del siglo pasado, descubría con tristeza pero proféticamente que los políticos no son otra cosa que ‘comerciantes de votos’. A partir de aquella intuición surgió toda una teoría política “competitiva” donde los distintos partidos luchan entre sí para conquistar el voto del elector a fin de alcanzar el poder. En este sentido los partidos no serían sustancialmente distintos de las empresas, ya que las empresas (capitalistas) maximizan los beneficios económicos y los partidos maximizan los beneficios políticos (votos).

Detrás de esta concepción económico-competitiva de la política (el ‘mercado político’) se oculta la idea-ideología de que el mercado es el principal lugar e instrumento de libertad e igualdad y que lo es tanto más cuanto mayor es la competencia. Esta visión “competitiva” de la democracia es muy compleja cuando se sale del terreno de lo abstracto para entrar en la praxis política, entre otras cosas, porque, a diferencia de los mercados ‘civiles’, las coaliciones entre partidos, una vez que alcanzan el poder, lo pueden usar en su provecho, descargando, al menos en buena parte, los costes sobre las minorías menos dotadas de voz política. Esta lógica se convierte en devastadora si además quienes la ponen en práctica tienen una idea equivocada del mercado, como es desgraciadamente la que domina desde hace décadas en Italia y cada vez más en un mundo gobernado por las finanzas especulativas “de suma cero”.

La idea de competición económica que podemos deducir de las acciones y palabras de muchos líderes políticos, sería extravagante si además no fuera trágica. Una idea que hubiera dado escalofríos incluso a los economistas clásicos a partir de Adam Smith, por no hablar de los principales teóricos de la democracia, desde Mill hasta John Rawls. El mercado se concibe como el lugar donde la empresa A tiene como objetivo derrotar a la empresa competidora B. Aquí la competición, el cum-petere, se convierte en buscar (petere) juntos (cum) cómo ganar la misma competición, pero no implica ninguna acción conjunta, ninguna forma de cooperación intencionada. Esta es una idea deformada tanto de la competición como del mercado, ya que el buen mercado o la “competencia civil”, en palabras de Carlo Cattaneo, es exactamente lo contrario: el objetivo de la empresa A no es “vencer” a la empresa B, sino satisfacer de la mejor manera posible las necesidades de los consumidores; y si la empresa B es menos capaz que la A de satisfacer esas necesidades tiene dos opciones: mejorar o salir del mercado. Esta es la naturaleza más profunda de la competencia de mercado, que vista así es un asunto de cooperación, una acción conjunta. Así pues, si a alguien le gusta usar la categoría de competencia para describir la dinámica política, por lo menos que se oriente hacia su versión mejor, más profunda y civil.

En realidad, cuando, en los mercados y en la política, los actores ya no tienen la energía moral y el entusiasmo civil suficientes para mirar hacia delante y juntos en la misma dirección, y para proponer algo importante escuchando y hablando con los ciudadanos, entonces se miran “de lado”, con el consiguiente peligro de que la mirada sea miope y horizontal, orientada a derrotar al competidor, al rival, al adversario. Esto es un signo de malestar ético y antropológico profundo, una enfermedad que hay que curar con firmeza. La concepción actual, errónea, del ‘mercado político’ no es otra cosa que una señal (tal vez la mayor señal, como ya percibía Schumpeter) del deterioro de un modo de estar en el mundo y de cooperar.

Debemos ser capaces de concebir una nueva etapa explícitamente cooperativa, si verdaderamente queremos parar el declive que comenzó hace tiempo y que es mucho más profundo que la deuda o el PIB. Un camino que veo, conjuntamente con otros, consiste en dar vida, una vez cerrada esta fase electoral, a un proceso compartido y cooperativo, parecido al que inspiró la Constitución republicana, fruto de haber recuperado la concordia, y que consiguió transformar las ruinas de la guerra en un nuevo Pacto civil.

Los días que nos separan de las elecciones pueden ser sólo el comienzo, un primer paso, de un largo proceso para el que será necesaria la contribución de las mejores mujeres, y de los mejores hombres y jóvenes de la sociedad civil, hacia nuevas síntesis. Pero un primer paso, para ser un buen paso, exige desde ahora la capacidad de cultivar las razones de la concordia y el consenso, ponerse a buscar juntos. Es necesario tener el valor de poner en primer plano la imaginación y la proyección hacia el futuro que hay que construir, en lugar de agotar todas las energías en el afán por asegurar el control del presente.

 

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Comentario – Italia (y el mundo) necesitan visiones y opciones de «Competencia Civil»

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 06/01/2013

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Política, no mercado de votos

Política, no mercado de votos

Comentario – Italia (y el mundo) necesitan visiones y opciones de «Competencia Civil» por Luigino Bruni publicado en Avvenire el 06/01/2013 Para hacerse una idea de hasta qué punto el lenguaje y la lógica de la política han sido tomados en préstamo por otros lenguajes, basta leer los periódicos...
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Comentario – Que la «política» recupere la moral y se encuentre a sí misma.

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 02/01/2013

logo_avvenire«Economía» ha sido la palabra reina del 2012. La primera palabra del 2013 tendrá que ser «política», si queremos que el año que comienza sea mejor, también para la economía. En efecto, existe una enorme necesidad de invertir una tendencia de décadas que nos ha llevado a usar cada vez más la lógica económica en ámbitos no económicos, como la educación (“oferta formativa”, créditos), la sanidad, la cultura y la política. No es raro oír a importantes periodistas económicos italianos referirse a los partidos como a «competidores», o hablar de «oferta» y «demanda» política (¿cuál será el «precio» de equilibrio?).

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Pero sobre todo hay en Italia una sensación común de desencanto, que a muchos no les deja creer que pueda seguir habiendo ciudadanos, y mucho menos políticos, motivados por el bien común y no sólo por los intereses privados. El “pan-mercadismo” de estos últimos años ha elevado también el "cinismo medio", convenciendo a muchos de que la lógica de los intereses es la única realista y verdadera y que todo lo demás es palabrería.

Son muchos los economistas que han usado y siguen usando categorías y lógicas económicas (es decir: de los mercados) para explicarlo prácticamente todo, desde por qué las órdenes religiosas obligan a sus miembros a llevar hábito y a pronunciar profesiones solemnes (para elevar las «barreras de salida», como ocurre en la industria), hasta los comportamientos de los políticos y los electores.

Los primeros economistas que, a caballo entre los siglos XIX y XX, aplicaron la lógica económica a la política fueron italianos. Uno de ellos, Maffeo Pantaleoni, sostenía que las decisiones de política económica y fiscal dependen «de la inteligencia media» que hay en el Parlamento. Amilcare Puviani, por su parte, con su "Teoría de la ilusión financiera" consideraba que el sistema fiscal de un país es aceptado por las masas en base a una doble ilusión: que la presión tributaria es inferior a la real y que lo recaudado se usa para fines de bien común y no para los intereses privados de la clase dominante. Vilfredo Pareto, el economista italiano más genial de todos los tiempos, siguió esa tradición y añadió un elemento importante: que a los seres humanos normalmente les mueven las pasiones y los intereses, pero tienen una tendencia invencible a aplicarle un «barniz» lógico a sus actos. En el caso de los políticos, el «barniz» es el bien común o el ideal, mientras que la motivación real es el poder.

Esta deriva económica de la política hoy lo domina e inunda todo, pero sin embargo sólo abarca algunas dimensiones de la realidad, no todas, y muchas veces deja fuera lo esencial, como el hecho mismo del voto popular (es de sobra conocido que para la teoría económica oficial el elector “racional” no debería votar). Estoy convencido de que, salvo poquísimas excepciones (una de ellas es el recientemente desaparecido Albert Otto Hirschman), los economistas no prestan un buen servicio al bien común cuando tratan la política como si fuera un mercado. Es más: cometen un error grave y grávido de consecuencias. El humanismo del interés funciona (a lo mejor)  cuando hay que elegir entre el coche o un billete de avión, funciona menos cuando se trata del puesto de trabajo y funciona poco y mal en las decisiones donde entran en juego dimensiones simbólicas y éticas, como en la política. Hace unas semanas me decía una compañera: «Yo pertenezco a la clase acomodada norteamericana y debería tener todo el interés económico en votar un programa conservador. Pero no lo hago y con ello voy en contra de mis intereses». A la economía dominante le cuesta mucho entender este tipo de decisiones que, en cambio, son frecuentes y sobre todo son cruciales en los momentos de crisis.

Hoy son muchos los ciudadanos que van más allá de su interés económico y siguen manteniendo abierta una empresa para no despedir a la gente, siguen pagando todos los impuestos a sabiendas de que son casi los únicos que lo hacen, y siguen creyendo e invirtiendo en la política y van a votar por amor cívico, a pesar de todo. Italia ya ha vivido otros momentos felices en los que la política, a todos los niveles, era algo más y algo distinto a la búsqueda de intereses privados por parte de electores y elegidos.

Los hombres, y las mujeres más aún, son capaces de actuar también por intereses más grandes que los privados. Negarlo supondría negar la humanidad y la dignidad de la persona. Estos años de los que (tal vez) estamos saliendo han minado la virtud de la esperanza en la posibilidad de cambiar. Pero es esta esperanza, a nivel antropológico y por lo tanto político, el punto desde el que podemos y debemos recomenzar. Adentrémonos en el camino de la buena política, que dependerá ciertamente de la «inteligencia media» del futuro Parlamento, pero también, hoy más que nunca, de su «moralidad media».

Las múltiples “trampas de pobreza” en las que hemos caído, sobre todo en algunas regiones del Sur, no se pueden romper sin que la política recupere fuerza profética y confianza en sí misma. A partir de ahí se recuperarán también el trabajo y la buena economía. La única economía no es la que hoy domina en el mundo y al mundo. Antes  de Pantaleoni y Pareto, Italia tuvo a Dragonetti y Genovesi, que concibieron e intentaron una Economía Civil basada en la reciprocidad y la felicidad pública. El año 2013 es también el año del tercer centenario del nacimiento de Antonio Genovesi (hablaremos de ello en estas páginas) y es una ocasión magnífica para apropiarnos de una economía amiga de la política y el bien común.

Trabajemos (optando con nuestro estilo de vida y nuestro voto) para estar a la altura de este paso y dejemos la palabra al mismo Genovesi: «Yo soy viejo; nada pretendo ni espero ya de la tierra. Únicamente me gustaría dejar a mis italianos un poco más iluminados que cuando llegué, y también un poco más afectos a la virtud, pues solo ella puede ser la verdadera madre de todo bien. Es inútil pensar en el arte, el comercio o el gobierno, sin pensar en reformar la moral. Mientras a los hombres les merezca la pena ser tramposos, no hay mucho que esperar de los esfuerzos metódicos. Ya tengo demasiada experiencia» (de una carta de 1765).

 

 

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Comentario – Que la «política» recupere la moral y se encuentre a sí misma.

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 02/01/2013

logo_avvenire«Economía» ha sido la palabra reina del 2012. La primera palabra del 2013 tendrá que ser «política», si queremos que el año que comienza sea mejor, también para la economía. En efecto, existe una enorme necesidad de invertir una tendencia de décadas que nos ha llevado a usar cada vez más la lógica económica en ámbitos no económicos, como la educación (“oferta formativa”, créditos), la sanidad, la cultura y la política. No es raro oír a importantes periodistas económicos italianos referirse a los partidos como a «competidores», o hablar de «oferta» y «demanda» política (¿cuál será el «precio» de equilibrio?).

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La palabra del año

La palabra del año

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Tras las fiestas de navidad, volvemos a publicar este artículo sobre el don, del que Luigino Bruni hablará en "Siamo noi",  a las 16:20 en Tv2000

de Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 22/12/2012

Dono ridNavidad es tiempo de regalos, pero debería ser el tiempo de los dones. Los regalos y los dones son actos humanos diferentes, conviven unos junto a otros pero no hay que confundirlos. En el regalo (palabra que viene de regale, es decir, oferta al o del rey), prevalece la dimensión de la obligación (que los latinos llamaban munus). Los regalos se hacen con frecuencia (no siempre) para absolver de obligaciones, normalmente, obligaciones buenas, hacia familiares, amigos, colegas, proveedores, clientes, responsables de la oficina de ventas...

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Si se va a casa de alguien, sobre todo en días de fiesta, y no se lleva un regalo, no se incumple ningún tipo de obligación, sino que se infringe una buena convención social. Por ello, las prácticas de regalo conservan algo de las prácticas arcaicas de las "ofrendas" y de los "sacrificios" relativos al culto.

Los regalos están previstos, regulados por las convenciones sociales, y en muchas ocasiones se exigen (en muchas regiones, los regalos de boda están regulados por normas muy detalladas y rígidas, hasta el punto de ser verdaderas deudas). No sorprende, por tanto, que un economista como Joel Waldfogel haya demostrado, don datos en la mano, que los regalos de Navidad hacen perder una media del 20% del valor de los bienes regalados, ya que, si las personas eligieran sus propios regalos, en lugar de recibirlos de los demás, su satisfacción sería mayor.

Así, este economista propone regalarles dinero a amigos y familiares -y es lo que suele ocurrir con hijos, nietos y familiares cercanos-, ya que regalar dinero se convierte en un método más simple para quien da y para quien recibe. Hasta aquí no hay nada de malo, sobre todo, en el caso de las bodas, en que la joven pareja necesita con frecuencia también dinero, siempre y cuando no les llamemos a estas prácticas 'dones'.

El don es algo bien diferente, tiene otra naturaleza, otro coste y otro valor. Es un acto de gratuidad, es un bien relacional, es decir, un acto donde el bien principal no es el objeto que se entrega sino la relación entre el que da y el que recibe. El don no está previsto, no se espera, no está vinculado al mérito, conlleva sorpresa. Y es costoso, se paga con monedas como la atención, el cuidado y, sobre todo, el tiempo. El don es la experiencia de 'levantarse con prisa' y 'ponerse en camino' hacia el otro.

Hacer un regalo es fácil: se pueden hacer varias decenas en un par de tardes frenéticas de compras.

Hacer un don es difícil. Por este motivo se dan y se reciben pocos. Para el don hay que emplear tiempo, entrar en una profunda sintonía con el otro, creatividad, esfuerzo y correr el riesgo de la falta de agradecimiento. Cuando el don se expresa también con un objeto que se entrega, ese don incorporará para siempre ese acto de amor, ese bien relacional del que ha nacido y que, a su vez, hace renacer. En cierta ocasión gané un concurso y un amigo y colega de más edad me regaló una pluma estilográfica, hizo grabar mis iniciales, escribió una tarjeta preciosa (en el contenido y el la forma) para acompañarla y, para entregármela, me invitó a cenar junto a su familia. Aquella pluma no era un regalo: ere un signo, 'sacramento' de una relación importante, que revivo cada vez que la utilizo.

Hay algunos signos que ayudan a distinguir un don de un regalo.

1. No hay don sin un mensaje personal y bien cuidado que lo acompañe.

2. La forma importa tanto como el contenido: en un don cuenta no solo el 'qué', sino también el 'cómo', el 'cuándo', el 'dónde' se entrega el donin un dono vale non solo il 'che cosa', ma anche il 'come', il 'quando', il 'dove' il dono viene donato-ricevuto.

3. La consegna del dono non è mai anonima né frettolosa: è essenziale saper sprecare tempo, e la con­presenza di chi dona e di chi riceve.

È una visitazione, guardare, osservarsi. L’apertura del pacco, le espressioni del volto, le parole pronunciate nel dare e nel ricevere, sono atti fondamentali nella liturgia del dono, che non è altruismo né donazione, ma essenzialmente reciprocità di parole, sguardi, emozioni, gesti. Il tatto è il primo senso del dono.

I regali sono manutenzione di rapporti, ma non li sanano, trasformano, ricreano. Il dono invece è strumento fondamentale se non indispensabile per curare, riconciliarsi, per ricominciare. Esiste, infatti, un rapporto molto profondo fra dono e perdono, e in molte lingue. In inglese, ad esempio, forgive (perdonare) non è forget (dimenticare), poiché il vero perdono non è togliersi un peso dimenticando il male ricevuto. È un donare (give) non un prendere (get ), è ricredere in una relazione ferita, dove si dice all’altro (o almeno a se stessi): «Ti perdono, ricredo ancora al rapporto con te, pronto a perdonarti se dovessi ferirmi ancora». Non c’è perdono senza dono, né dono senza perdono.

Questo per-dono evidentemente ha bisogno della gratuità, dell’agape, e se mancano questi perdoni la vita personale e sociale non funziona, non genera, non è felice. L’Italia oggi deve superare la cultura del con­dono (che è l’opposto del dono), mentre ha un estremo bisogno di doni e per-doni, a tutti i livelli, soprattutto nella sfera pubblica: basti pensare anche al tragico tema delle carceri e soprattutto dei carcerati.

Il dono è dunque una cosa molto seria, faccenda politica, fonda e rifonda le civiltà e la vita: non saremo sopravvissuti alla nascita se qualcuno non ci avesse donato attenzione, cura, amore. E nessuna istituzione e comunità umana nasce e rinasce senza doni. Approfittiamo di questi ultimi giorni di Natale per trasformare qualche regalo in dono.

Non è impossibile, e spesso può dare una svolta antropologica e spirituale a una festa, a un incontro. Un perdono, un ricominciare.

Tutti i commenti di Luigino Bruni su Avvenire sono disponibili nel menù Editoriali Avvenire

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La esencia del don

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Cuarto comentario de Luigino Bruni sobre "Economía y Adviento"

Comentario – Un tiempo para entender la valiosa «liturgia» de las relaciones

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 22/12/2012

logo_avvenireNavidad es tiempo de regalos, pero debería ser, como así es, el tiempo del don. El regalo y el don son actos humanos distintos, que conviven uno con otro, pero que conviene no confundir. En el regalo (palabra que deriva de regalis, y por lo tanto sería la ofrenda hecha al rey o por el rey), predomina la dimensión de la obligación (que los latinos llamaban munus). Muchas veces (no siempre) se hacen regalos para cumplir con una obligación, normalmente buena, contraída con familiares, amigos, compañeros, proveedores, clientes, el responsable de compras...

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Si vamos a casa de alguien, sobre todo en día de fiesta, sin llevar un regalo, no cumplimos con esa especie de obligación e infringimos una buena convención social. Por eso, el hecho de hacer un regalo conserva algo de las arcaicas prácticas de las ‘ofrendas’ y ‘sacrificios’ rituales.

Los regalos están previstos y regulados en las convenciones sociales y en no pocos casos son incluso exigidos (en muchas religiones los regalos de boda están regulados por normas muy detalladas, de rígida observancia, hasta el punto de tener que endeudarse). Por eso no sorprende que un economista, Joel Waldfogel, haya demostrado, con datos, que los regalos de Navidad destruyen por término medio el 20% del valor de los bienes regalados, ya que si las personas eligieran sus propios regalos en lugar de recibirlos de otros, su satisfacción sería mayor.

Este economista propone regalar dinero a los amigos y familiares, y eso es precisamente lo que está ocurriendo con los hijos, nietos y otros familiares, puesto que regalar dinero es más sencillo para quien lo da y para quien lo recibe. No hay nada malo en ello, sobre todo en las bodas, cuando la joven pareja muchas veces necesita dinero, pero siempre que no llamemos a estas prácticas ‘don’.

El don es otra cosa, tiene otra naturaleza, otro costo y otro valor. Es un asunto de gratuidad, un bien relacional, es decir un acto en el que el bien principal no es el objeto que se dona sino la relación entre quien lo da y quien lo recibe. El don no se prevé, aunque a veces se espere, pero no está ligado al mérito y siempre es excedente, sorprendente. Es costoso y sus principales ‘monedas’ son la atención, el cariño y sobre todo el tiempo. El don es la experiencia de ‘levantarse aprisa’ y ‘ponerse en camino’ hacia el otro.

Hacer un regalo es fácil, se pueden hacer decenas de ellos en una frenética tarde de compras.

Hacer un don es difícil, por eso se hacen y se reciben pocos. El don necesita una inversión de tiempo, entrar en profunda sintonía con el otro, con creatividad y esfuerzo, asumiendo también el riesgo de la ingratitud. Cuando el don se expresa con un objeto, ese objeto incorporará para siempre ese acto de amor, ese bien relacional del que nació y que a su vez hace revivir. Una vez gané un importante concurso y un amigo y compañero mayor que yo me regaló una pluma estilográfica: grabó mis iniciales en ella, escribió una tarjeta preciosa (en el contenido y en la forma), y para dármela me invitó a cenar a su casa con su familia. Esa pluma no era un regalo: era un signo, ‘sacramento’ de una relación importante, que revive cada vez que la uso.

Hay algunas señales que nos ayudan a distinguir un don de un regalo.

1. No hay don sin una tarjeta personal y cuidada que lo acompañe.

2. La forma es tan importante como el fondo: en un don no sólo es importante el ‘qué’, sino también el ‘cómo’, el ‘cuándo’ y el ‘dónde’ se da y se recibe.

3. La entrega del don nunca es anónima ni apresurada: es esencial saber perder tiempo y la presencia conjunta de quien da y quien recibe.

Es una visitación, es mirarse, observarse. La apertura del paquete, las expresiones de la cara, las palabras pronunciadas al dar y al recibir, son actos fundamentales en la liturgia del don, que no es altruismo ni donación, sino esencialmente reciprocidad de palabras, miradas, emociones y gestos. El tacto es el primer sentido del don.

Los regalos ayudan a mantener las relaciones, pero no las curan, sin las transforman, ni las recrean. En cambio, el don es un instrumento fundamental, si no indispensable, para curar, reconciliarse y recomenzar. De hecho, en muchos idiomas existe una relación muy profunda entre don y perdón. En inglés, por ejemplo, forgive (perdonar) no es forget (olvidar), puesto que el verdadero perdón no es quitarse un peso de encima olvidando el mal recibido. Es dar (give), no tomar (get), es volver a creer en una relación herida, donde se le dice al otro (o al menos a uno mismo): «Te perdono, vuelvo a seguir creyendo en la relación contigo, estoy dispuesto a perdonarte si vuelves a herirme». No hay perdón sin don, ni don sin perdón.

Este per-dón necesita evidentemente gratuidad, ágape. Si falta este perdón, la vida personal y social no funciona, no es generativa ni feliz. Italia hoy debe superar la cultura de la condonación (que es lo contrario del don), ya que tiene una urgente necesidad de don y de per-dón, a todos los niveles, sobre todo en la esfera pública: pensemos sólo en el trágico tema de las cárceles y sobre todo de los presos.

Así pues, el don es algo muy serio, un asunto político, que funda y refunda la civilización y la vida: no hubiéramos sobrevivido al nacimiento si alguien no nos hubiera dado atención, cuidados y cariño. Ninguna institución ni comunidad humana puede nacer y renacer sin don. Aprovechemos estos últimos días de Navidad para transformar algún regalo en don.

No es imposible, y muchas veces puede dar un cambio antropológico y cultural a una fiesta, a un encuentro. Un perdón, Volver a empezar.

 

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Cuarto comentario de Luigino Bruni sobre "Economía y Adviento"

Comentario – Un tiempo para entender la valiosa «liturgia» de las relaciones

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 22/12/2012

logo_avvenireNavidad es tiempo de regalos, pero debería ser, como así es, el tiempo del don. El regalo y el don son actos humanos distintos, que conviven uno con otro, pero que conviene no confundir. En el regalo (palabra que deriva de regalis, y por lo tanto sería la ofrenda hecha al rey o por el rey), predomina la dimensión de la obligación (que los latinos llamaban munus). Muchas veces (no siempre) se hacen regalos para cumplir con una obligación, normalmente buena, contraída con familiares, amigos, compañeros, proveedores, clientes, el responsable de compras...

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Lo esencial del don

Lo esencial del don

Cuarto comentario de Luigino Bruni sobre "Economía y Adviento" Comentario – Un tiempo para entender la valiosa «liturgia» de las relaciones por Luigino Bruni publicado en Avvenire el 22/12/2012 Navidad es tiempo de regalos, pero debería ser, como así es, el tiempo del don. El regalo y el don so...
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Tercera entrega de los comentarios de Luigino Bruni sobre "Economía y Adviento"

Comentario – Un tiempo para entender también las diferentes «pobrezas»

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 16/12/2012

logo_avvenireCuando regreso a Europa después de un viaje a Africa, Filipinas o Brasil, me llama mucho la atención lo poco que se canta ya en nuestras ciudades, comunidades y familias. Pero sobre todo, al contrario de lo que ocurre en esos pueblos más jóvenes, en nuestra tierra cantan poco los adultos y los ancianos. Y es grave que los mayores no canten, porque un anciano feliz, alegre, es un mensaje de esperanza y de vida para todos, pero sobre todo para los jóvenes a los que hay que ayudar a crecer con el ejercicio de la alegría de los adultos. Esa es la importancia, también cívica, de la frase: ‘estad siempre alegres'.

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Pero ¿cómo estar alegres en tiempos de crisis? Para intuirlo hay que recordar en primer lugar que la alegría no es una palabra arcaica, sino muy actual: es palabra de futuro, si éste es mejor que el presente. Una palabra que tiene mucho que ver con las relaciones, puesto que es necesario que nos alegremos unos a otros. La alegría profunda está ligada por naturaleza a la gratuidad y a la reciprocidad. La alegría no es una palabra de la sociedad del consumo, el juego y las finanzas. No estamos más alegres cuando vamos a un centro comercial o cuando compramos lotería o cuando obtenemos grandes beneficios a través de las rentas o la especulación. La palabra alegría no encaja con estas experiencias y emociones, entre otras cosas porque la alegría no es una emoción.

La verdadera alegría se experimenta cuando se recibe la noticia de un nuevo puesto de trabajo, la curación de un familiar, un diagnóstico positivo; cuando se vuelve al hogar después de un largo viaje, sabiendo que alguien te espera y está preparando una fiesta; cuando uno se gradúa tras muchos sacrificios; cuando llega la reconciliación después de años de conflicto; cuando se espera la llegada de una nueva vida. Quien no conozca estas experiencias no necesita la palabra alegría y puede conformarse con diversión, entretenimiento, placer o happiness. Así pues, la alegría es una palabra fundamental para los tiempos de crisis, de cualquier tipo de crisis, porque nace de las buenas relaciones y las hace fecundas, fértiles, generadoras. La alegría es como un fertilizante, porque para crear empresas, trabajo, proyectos, familia y vida es esencial estar alegres. Un empresario ue pierde la alegría deja de innovar.

La creatividad, en la economía como en el arte, es casi siempre el fruto de unas personas adultas que, con gran esfuerzo, han sabido mantener al niño que llevan dentro. La alegría es una virtud que, como ocurre con todas las virtudes, hay que cultivar y cuidar toda la vida. La «perfecta alegría», además, nace de las heridas amadas, en uno mismo y en los demás, que de este modo se convierten en bendiciones para uno mismo o, lo que es más frecuente, para los demás. Finalmente, para conocer la alegría hay que ser pobres. Los pobres son los destinatarios del «alegre anuncio», porque la pobreza elegida, que no es ni la indigencia ni la miseria, es una precondición para poder estar alegres. Hoy en Italia y en Occidente hay muchos, demasiados, indigentes, excluidos de la vida económica y social (por ejemplo, por estar en paro), pero cada vez hay menos pobres en el sentido más alto y auténtico, aunque muchas veces olvidado, del término. Es la pobreza de la que habla el economista iraní Majid Rahnema, que, en un libro estupendo (que podría ser un buen regalo para esta Navidad), nos muestra una «miseria» que «hace imposible la pobreza», es decir: una pobreza mala (no elegida sino padecida) que hace muy difícil vivir la virtud-bienaventuranza de la pobreza elegida. Cuando se vive una vida de miseria, sin medios para que los seres queridos lleven una vida digna, no es posible elegir libremente una vida pobre. La pobreza buena y elegida, la única que da alegría, se llama austeridad, gratuidad, reciprocidad y nace de la conciencia espiritual y ética de que los bienes que tenemos sólo se convierten en bienestar cuando se comparten y cuando no se tratan como sustitutivos de las relaciones con los demás.

Esto las familias lo saben muy bien. Quien no conoce esta pobreza elegida y compartida no está alegre, porque no es capaz de distinguir la alegría del placer, la fiesta de la diversión, la pobreza de la miseria. La Navidad sólo es fiesta de verdad para estos pobres. Aprendamos entonces a desearnos una ‘Alegre Navidad'.

 

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Tercera entrega de los comentarios de Luigino Bruni sobre "Economía y Adviento"

Comentario – Un tiempo para entender también las diferentes «pobrezas»

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 16/12/2012

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La fuerza de la alegría

La fuerza de la alegría

Tercera entrega de los comentarios de Luigino Bruni sobre "Economía y Adviento" Comentario – Un tiempo para entender también las diferentes «pobrezas» por Luigino Bruni publicado en Avvenire el 16/12/2012 Cuando regreso a Europa después de un viaje a Africa, Filipinas o Brasil, me llama mucho l...
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Segunda parte del Comentario de Luigino Bruni sobre "Economía y Adviento"

Comentario – Un tiempo para preparar una nueva siega

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 09/12/2012

logo_avvenireSerá por el aumento de los impuestos sobre los inmuebles o por los dos millones y medio de ciudadanos que han tenido que vender oro y joyas para vivir o tal vez por el espectáculo que ofrecen diariamente los políticos que no consiguen estar a la altura de la seriedad y gravedad de los tiempos. Será por estos o por muchos otros motivos, pero lo cierto es que este tiempo de adviento está marcado por las lágrimas. Y sin embargo podemos y debemos esperar que llegue de nuevo la siega, también en esta Italia nuestra: «Quien siembra entre lágrimas, recogerá entre cantares».

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Quién sabe cuántas lágrimas del trabajo de los hombres y sobre todo de las mujeres, han dado lugar a las oraciones, cantos y gritos recogidos y custodiados en este salmo y en muchos otros. Las lágrimas son parte del trabajo, son el acompañamiento del pan nuestro de cada día, hasta tal punto que si en el trabajo no hay lágrimas, es decir sudor y esfuerzo, es probable que no sea trabajo sino otra cosa, desde luego no mejor. Trabajar con esfuerzo sencillamente forma parte de la condición humana.

Por eso, quien no experimenta el cansancio del trabajo, porque vive de rentas y privilegios, está privado o se priva por autoengaño de una de las experiencias éticas y espirituales más auténticas de la condición humana. Los que trabajan saben que cuando se sintieron de verdad trabajadores no fue tanto el día en que recibieron la primera paga, sino cuando tuvieron la primera experiencia del cansancio, la dureza y las dificultades del trabajo y las superaron. Si nos detenemos ante el umbral del esfuerzo, no entramos en el territorio del trabajo y tampoco podemos recoger sus mejores frutos, ya que la felicitas no es la ausencia del sufrimiento y del cansancio, sino su salario. A pesar de que la cultura utilitarista nos quiera convencer de que el objetivo de las sociedades buenas es ‘minimizar las penas’ y ‘maximizar los placeres’, en realidad existen ‘penas buenas’ y ‘placeres malos’.

Las penas buenas son las que nacen de cultivar las virtudes y el trabajo, los placeres malos son la mayor parte de los que hoy se nos muestran como una felicidad hedonista y fácil sin esfuerzo.

Toda excelencia, ya sea en la ciencia, en el deporte, en el arte o en el amor, comporta en algunos momentos decisivos las ‘lágrimas’. Una cultura que no aprecie y valore el esfuerzo del trabajo, tampoco puede entender ni apreciar las cosechas verdaderas y las confunde con las falsas (como los beneficios excesivos que rezuman injusticia y saqueos medioambientales y de vidas humanas). Pero tampoco todas las fatigas y lágrimas del trabajo son buenas. Es más, algunas son malísimas, como las de los siervos y los esclavos y todas las que no van acompañadas de la esperanza en la cosecha. Cuando no se ve el ‘niño’ al final de los ‘dolores de parto’. Son muy malas las lágrimas derramadas por los millones de trabajadores y trabajadoras que todavía hoy trabajan sin derechos, sin seguridad, sin salubridad, sin respeto y sin dignidad en demasiados lugares del mundo. O las de tantos que no tienen trabajo porque lo han perdido o porque (tal vez peor aún) nunca lo han tenido; un sufrimiento que aumenta en los días de fiesta, porque cuando falta el trabajo el día de fiesta duele más que el día laborable.

Las lágrimas sin pan y sin sal (sin salario...) son lágrimas y nada más. Pero aquel antiguo cántico del trabajo nos dice otra cosa muy importante: para tener esperanza en la cosecha no es suficiente llorar, hay que sembrar mientras se llora. Si pienso en los jóvenes, en los estudiantes, sembrar mientras se llora significa estudiar bien y estudiar cosas difíciles. El mundo universitario en estos últimos veinte años de profunda crisis ética ha producido demasiadas licenciaturas sin lágrimas (o con pocas), que se elegían porque eran fáciles, pero que han generado y siguen generando pocas ‘cosechas’ y demasiado paro. Un joven se forma estudiando cosas difíciles, sobre todo estudiando bien y estudiando más en los tiempos de crisis, como un signo de reciprocidad con la comunidad que le permite estudiar a pesar de la escasez de recursos. Los estudios sobre el bienestar subjetivo de las personas ya dicen con extrema claridad que uno de los principales factores de la felicidad (y de la depresión) es sentirse competentes en el propio oficio, y la competencia requiere disciplina y lágrimas, sobre todo en la juventud.

En el mundo de la economía también hay muchos sembradores, como los empresarios que invierten en tiempos de crisis, que sufren pero viven el sufrimiento como una experiencia fecunda, como un muelle para innovar y caminar con paso rápido, mejor junto a otros. Pero para que el esfuerzo del trabajador y el empresario conduzcan a la alegría de la cosecha, las instituciones juegan un papel esencial. El proceso que va del trabajo a la cosecha nunca es un asunto privado, sino siempre social, colectivo y político: nosotros podemos y debemos sembrar con seriedad y compromiso, pero sólo controlamos en parte la alegría de la siega, que depende también de todos aquellos a los que estamos directa o indirectamente unidos. Y así hay demasiadas siembras entre lágrimas que no conocen el canto de la siega. En Italia es necesario reconstruir la correa de transmisión que une la siembra con la siega

Un indicador de la calidad civil y moral de un país debería ser la relación entre las cosechas que llegan a los graneros y el buen cansancio del trabajo: «Al ir se va llorando, llevando las semillas, pero al volver, se viene cantando, trayendo las gavillas».

 

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Segunda parte del Comentario de Luigino Bruni sobre "Economía y Adviento"

Comentario – Un tiempo para preparar una nueva siega

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 09/12/2012

logo_avvenireSerá por el aumento de los impuestos sobre los inmuebles o por los dos millones y medio de ciudadanos que han tenido que vender oro y joyas para vivir o tal vez por el espectáculo que ofrecen diariamente los políticos que no consiguen estar a la altura de la seriedad y gravedad de los tiempos. Será por estos o por muchos otros motivos, pero lo cierto es que este tiempo de adviento está marcado por las lágrimas. Y sin embargo podemos y debemos esperar que llegue de nuevo la siega, también en esta Italia nuestra: «Quien siembra entre lágrimas, recogerá entre cantares».

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Las buenas lágrimas de la siembra

Las buenas lágrimas de la siembra

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Comentario – El Adviento y la crisis

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 02/12/2012

logo_avvenireEl Adviento – todo advenimiento y toda esperanza auténtica de salvación – es una experiencia fundamental, sobre todo en tiempos de crisis. No se puede salir de ninguna crisis sin ejercitarse en el arte de esperar la salvación, un arte gozoso y doloroso a la vez. Querer la salvación para terminar anhelándola. Nuestra crisis está adquiriendo dimensiones de cambio de época porque no hay anhelo de salvación y no lo hay porque colectivamente ni siquiera tenemos ojos capaces de verla o al menos de intuirla.

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La pregunta '¿cuánto falta para que llegue el día?' sólo es posible si se desea el alba y se saben reconocer sus señales. En estos años se anuncian demasiadas ‘albas’, porque cada uno ve las señales de su propia alba allí donde los demás sólo ven noche cerrada. Unos creen reconocerla en la recuperación del PIB y esperan ver sus primeras señales en la recuperación del consumo (la enfermedad que se convierte en cura); otros en una ecuménica pero vaga ‘economía social de mercado’, y otros en la eliminación de los partidos para confiar la cosa pública a empresas con ánimo de lucro, eficientes y responsables al fin. Pero todas estas ‘albas’ no son lo bastante fuertes ni están tan cargadas de símbolos como para mover las pasiones humanas más altas y reunir en torno a ellas grandes acciones colectivas y populares. Y así, cuanto más tiempo pasa, más se aleja el final de la noche. Una economía de la espera debería hoy contener algunas palabras fundamentales. Además de ‘trabajo’ y ‘jóvenes’, sobre las que nunca se escribirá bastante, hay al menos otras tres palabras que, cuando faltan en el vocabulario y la gramática civil, hacen ilusoria cualquier espera.

La primera de estas palabras es virtud, concretamente virtud cívica. Sin embargo hay toda una antigua e incluso gloriosa tradición que ha teorizado que lo que permite salir de las crisis son los vicios y no las virtudes. Pero la espera es una virtud, puesto que hay que cultivarla, mimarla y mantenerla sobre todo en tiempos difíciles. Bernard de Mandeville nos contó hace trescientos años 'La fábula de las abejas', donde la conversión de la colmena viciosa (pero opulenta) en virtuosa trajo miseria para todos. La tesis es clara: sólo los vicios crean desarrollo, porque si a la gente deja de gustarle el lujo, la comodidad, el hedonismo y los juegos, la economía se bloquea por falta de demanda. Y esto vale sobre todo para un país como el nuestro, cuya economía depende mucho, tal vez demasiado, del consumo de estos bienes. Por desgracia, esta idea está muy radicada en buena parte de la clase dirigente italiana, que ya sólo invoca las virtudes cívicas en relación con la evasión fiscal, sin comprender la regla elemental que está a la base de la vida en común. Si se emite un anuncio condenando a los «parásitos sociales» pero el siguiente invita a los juegos de azar, las dos señales se anulan una a otra. La verdadera lucha contra la evasión se llama coherencia ética, que se convierte en fuerza política y administrativa.

La segunda gran palabra de la espera es 'relaciones'. Son impresionantes los datos sobre el aumento de litigios en nuestro país durante esta crisis. Desde las comunidades de vecinos hasta las relaciones con los compañeros, pasando por el tráfico y las denuncias contra profesores y médicos, la crisis está maleando las relaciones de proximidad. Aunque, como ocurre siempre, en estos años asistimos también al florecimiento de nuevas experiencias de relaciones virtuosas y productivas. El empeoramiento de las relaciones es un dato preocupante. En otras graves crisis que atravesamos (pensemos en las grandes guerras y en la dictadura), se restablecieron en el sufrimiento los vínculos sociales y se recrearon la amistad y la concordia civil, esenciales para la recuperación económica. Si no somos capaces de curar nuestras antiguas y nuevas enfermedades relacionales (¿qué es la corrupción sino unas relaciones enfermas que crean instituciones enfermas que a su vez reproducen relaciones aún más enfermas?), ninguna economía, que es antes que nada un entramado de relaciones, podrá recuperarse.

La última palabra es ‘empresario'. Los grandes maestros de la espera fueron y siguen siendo los campesinos, los artistas, los científicos y sobre todo las madres. Pero también los empresarios. Los verdaderos empresarios, sobre todo los pequeños y medianos, los cooperadores y los emprendedores civiles y sociales, hoy están sufriendo mucho, más de lo que se dice. Hace años estos empresarios fueron capaces de crear valor a partir de los valores, ‘poniendo a trabajar’ las vocaciones productivas y cooperativas de nuestros valles, barrios, montañas, costas y mares y hoy ven cómo se desvanece la riqueza por la falta de crédito, por la ausencia de políticas de sistema y por la invasión de los especuladores que muchas veces desplazan e incluso se comen a sus empresas.

Los empresarios son los hombres y mujeres de la espera, porque sólo pueden vivir si son capaces de esperar (la esperanza, otra virtud cívica), ya que si no esperaran que el mundo de mañana sea mejor que el de hoy, se dedicarían a disfrutar de sus recursos o a especular en búsqueda de beneficios (sólo unos especuladores sin escrúpulos pueden ganar miles de millones contaminando y matando territorios y personas). Quienes han creado y hecho crecer una empresa saben que los momentos más importantes de su historia fueron aquellos en los que fueron capaces de esperar su salvación y de mantener la esperanza en contra de los acontecimientos, de los consejos prudentes de los amigos (‘¿pero qué necesidad tienes tú…?’) y de las previsiones de los expertos (‘¿pero por qué no vendes?’), cuando encontraron fuerzas para insistir y creer en su proyecto. El mundo –e Italia en él – sigue viviendo porque existen personas capaces de mantener la esperanza en la salvación, de esperar el alba, la Navidad.

 

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Comentario – El Adviento y la crisis

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 02/12/2012

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Economía y espera

Economía y espera

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Comentario – Nueva normalidad: la crisis nos lleva a recuperar el valor de compartir bienes y servicios.

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 28/10/2012

logo_avvenireLos "new normal", los nuevos normales: así es como llaman en Norteamérica a la parte de la población que pertenecía a la clase media y que ahora, a causa de la crisis, está cambiando de estilo de vida y hace cosas que hace tan solo unos años se consideraban anormales o típicas de las clases más pobres. Estos nuevos comportamientos ‘normales’ no sólo incluyen una reducción del consumo de bienes y servicios que hasta hace poco se consideraban casi indispensables, sino también nuevas formas de compartir, que están creciendo rápidamente en la sociedad norteamericana y en todo el occidente en crisis.

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Una de ellas es el gran desarrollo de los Bancos de Tiempo, una importante innovación (muy anterior a la crisis) que consiste en crear una red de intercambios en los que la moneda, es decir la unidad de cuenta y de cálculo de las equivalencias, no es el dinero sino el tiempo. Por ejemplo, se ofrece una hora de jardinería a cambio de una hora de otra actividad, en base a normas de reciprocidad tanto directa como indirecta (donde el crédito o el débito de A hacia B puede ser correspondido también por C).

En los verdaderos bancos de tiempo, la economía recupera su naturaleza originaria de encuentro entre personas, donde el intercambio de bienes y servicios era subsidiario de los bienes relacionales, que hoy, por el contrario, cada vez están más contaminados por unos mercados demasiado anónimos y despersonalizados. Los bancos de tiempo también están presentes en nuestro territorio, promovidos habitualmente por asociaciones de la sociedad civil, casi siempre dentro de un entramado bien articulado que, en algunos casos, adquiere la forma de un auténtico sistema de intercambio y desarrollo local, con redes de grupos de compra solidaria, cooperativas, administraciones públicas con amplitud de miras, bancos territoriales, asociaciones, Caritas, etc.

De este modo, las antiguas virtudes cívicas y los oficios están viviendo hoy una nueva primavera, con el añadido de un protagonismo relevante de las mujeres y los ancianos. Son señales positivas de la crisis que, si estuvieran más extendidas y apoyadas por una buena política, podrían hacer que fueran de nuevo ‘normales’ algunas prácticas comunitarias y solidarias sobre las que se ha fundado nuestra cultura occidental y cristiana y que fueron en buena parte destruidas en la era de la opulencia y el derroche insostenible. Detrás de este fenómeno de los bancos de tiempo, que va en aumento,  hay que reconocer un proceso más general y más estructural, que podría ofrecer elementos capaces de producir un cambio profundo en nuestro modelo económico capitalista.

Pero para comprender el reto que se esconde detrás de estas experiencias, aparentemente sencillas y todavía poco conocidas, hay que tener una mirada más profunda. En primer lugar, hay que ver la creciente desigualdad y hay que verla desde un punto de vista no demasiado conocido y bastante infravalorado. Es la tendencia radical de nuestro sistema capitalista a una progresiva ampliación de la zona cubierta por los intercambios monetarios. En Norteamérica (y no sólo allí) ya se considera ‘normal’ pagar un extra en los teatros y museos para no hacer cola; o pagar a los estudiantes para incentivar su desempeño; por no hablar de la ya habitual penetración de la lógica monetaria en la sanidad, en la cultura e incluso en la familia, donde ya es habitual incentivar a los adolescentes pagándoles por realizar las tareas domésticas.

Sin entrar en cuestiones éticas fundamentales que tienen que ver con la ampliación del uso de la moneda en esos ámbitos de la vida civil (¿estamos seguros de que evitar la cola en un teatro, en un hospital o en un aeropuerto por ser más ricos es compatible con la democracia?), todo eso tiene una consecuencia directa en la vida diaria de las personas, sobre todo en la de los pobres de siempre y en la de los nuevos normales. Si la moneda cada vez cubre más necesidades, es decir si tengo que pagar par obtener bienes y servicios que antes ofrecía la comunidad (cuidados, educación, escuela, sanidad...), hay una consecuencia evidente pero de la que no se habla, que es el agravamiento de las condiciones de vida y la exclusión social de quienes no tienen esa moneda o tienen muy poca. Por eso, un mundo que, además de ser desigual en la renta, aumenta el recurso a la moneda para nuevas actividades, algunas de las cuales son esenciales para vivir, hace que la vida de los más pobres sea tremendamente dura.

Aquí es donde adquiere pleno sentido cívico y económico estos movimientos de reciprocidad no mercantil, como los bancos de tiempo y similares. Una forma eficaz de luchar contra la falta de renta es reducir el recurso a la moneda para obtener bienes y servicios. Si fuéramos capaces de organizar nuestra vida diaria aprovechando más el principio de reciprocidad, incluyéndolo dentro del sistema, podríamos gestionar una parte significativa de los servicios asistenciales, oficios y competencias, sin tener que recurrir al instrumento monetario. Entre otras cosas, porque muchos de los nuevos ‘normales’, que son jóvenes, mujeres y ancianos, tienen menos ingresos pero más tiempo y muchas veces competencias que el mercado de trabajo no requiere hoy pero que son muy útiles para la gente. Entonces ¿por qué no hacer que surja en Italia una nueva era de sistemas locales de intercambio basados en el principio de reciprocidad? Como ciudadanos volveríamos a apropiarnos de partes importantes de la vida asociada, de la democracia y por lo tanto también de la libertad y pondríamos en marcha la creatividad, innovación, protagonismo, trabajo, nueva confianza y capitales cívicos cuya carencia es la auténtica pobreza de la Italia de hoy.

Sería una era parecida al nacimiento del movimiento cooperativo a finales del siglo XIX, cuando, en tiempos de profunda crisis industrial y rural, Italia supo realizar un verdadero milagro económico-civil, creando decenas de miles de nuevas empresas en todo el país. Pero haría falta también una política de amplias miras que, por ejemplo, no viera estas transacciones como una forma de evasión fiscal sino como una expresión del principio de subsidiariedad, del que muchos hablan pero pocos concretan. De esta crisis seguramente saldrá una nueva ‘normalidad’. Hoy nos encontramos en una encrucijada entre una nueva normalidad hecha de miseria para muchos y grandes privilegios para unos pocos y una nueva normalidad en la que se comparta más y en la que haya democracia y oportunidades para todos.

Debemos tener esperanza y actuar para que la dirección que tomemos sea la segunda.

 

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Comentario – Nueva normalidad: la crisis nos lleva a recuperar el valor de compartir bienes y servicios.

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 28/10/2012

logo_avvenireLos "new normal", los nuevos normales: así es como llaman en Norteamérica a la parte de la población que pertenecía a la clase media y que ahora, a causa de la crisis, está cambiando de estilo de vida y hace cosas que hace tan solo unos años se consideraban anormales o típicas de las clases más pobres. Estos nuevos comportamientos ‘normales’ no sólo incluyen una reducción del consumo de bienes y servicios que hasta hace poco se consideraban casi indispensables, sino también nuevas formas de compartir, que están creciendo rápidamente en la sociedad norteamericana y en todo el occidente en crisis.

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Más tiempo, menos moneda

Más tiempo, menos moneda

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Comentario – Es importante qué se hace. Pero más aún cómo se hace.

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 14/10/2012

logo_avvenireEn Europa hay 25 millones de desempleados. Una cifra que, con toda probabilidad, está destinada a aumentar en los próximos años, a menos que haya un vuelco que hoy por hoy está sólo en el reino de los deseos. Deberíamos pararnos a reflexionar sobre estas cifras, hechas de carne y sangre, que tienen mucho que decir y que pueden impulsarnos a la acción para cambiarlas, mejorándolas. Si viéramos en profundidad estos números, sin quedarnos en la superficie del fenómeno, inmediatamente nos daríamos cuenta de que el principal coste de las crisis económicas, sobre todo si son profundas y duraderas, como la actual, siempre es el coste humano. Pero el primer obstáculo es la falta de índices contables o monetarios capaces de medirlo, compensarlo e incluso simplemente verlo. Este coste no entra en el PIB y únicamente la observación de la vida real de las personas y del mundo del trabajo nos lo puede revelar, al menos en parte.

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Este coste humano, invisible pero muy real, tiene dos componentes principales y ambos aumentan en tiempos de crisis: el desempleo en sentido estricto y el sufrimiento que comporta la necesidad de realizar el trabajo equivocado para vivir. Del primer componente, los costes del desempleo, sabemos muchas cosas pero no lo sabemos todo o, al menos, no lo decimos. Por ejemplo, se pone poco de relieve el daño que comporta la creciente cantidad de jóvenes que se quedan fuera del mundo del trabajo. Cuando los jóvenes no trabajan, ellos son los primeros que pierden mucho, muchísimo, por la falta de ingresos y por no poder invertir los mejores y más creativos años de la vida trabajando; pero también pierde muchísimo el mundo de la empresa que, si no tiene suficientes trabajadores jóvenes, no puede innovar de verdad y carece de entusiasmo, gratuidad, ganas de futuro y esperanza.

Un país como el nuestro y como muchos otros en Europa (aunque no en el resto del planeta), que deja a demasiados jóvenes fuera del mundo productivo, genera un doble y grave daño: a los jóvenes (y en consecuencia a todos) y a las empresas (y en consecuencia a todos). Pero hay más, y para entenderlo debemos considerar el segundo componente del coste humano del desempleo: el profundo sufrimiento de aquellas personas que se ven obligadas por falta de trabajo a aceptar trabajos que no se corresponden con su vocación ni sus talentos. ¿Por qué y en qué sentido? Un día me encontré con una compañera de estudios que, después de graduarse, trabajaba de cajera en un supermercado. Al verme se sonrojó, incómoda al saber, ella mejor que nadie, que el trabajo que estaba realizando no era el que había deseado, soñado y por el que había estudiado y se había esforzado durante años. Lo primero que me hubiera gustado decirle y hacerle llegar de algún modo era el valor ético del trabajo, incluso cuando se realiza “simplemente” para ganarse la vida, sin depender de los demás e incluso procurando bienestar a las personas que queremos y de las que a lo mejor somos responsables.

Hay millones de personas que van a trabajar cada día por este motivo y al trabajar para vivir y para proporcionar a otros la mejor vida posible, ennoblecen el trabajo, se ennoblecen a sí mismos y ennoblecen la sociedad. Todo esto puede ser ya mucho; pero el trabajo siempre es mucho más, porque ese ser simbólico al que llamamos “persona” siempre está en busca del sentido de lo que hace. Y si, además de permitirle vivir, no le da sentido (es decir, significado y dirección), el trabajo procurará un bien (salario, identidad social) pero también mucho sufrimiento al trabajador y a las relaciones con su entorno dentro y fuera de la empresa. Pero hay una posibilidad – me hubiera gustado añadir al diálogo silencioso entre dos antiguos compañeros de clase – para redimir y dar sentido a ese sufrimiento: intentar hacer bien lo que se hace. Es más, estoy convencido de que esta es una especie de regla de oro: «Cuanto más equivocado es el trabajo que realizamos, mejor debemos hacerlo, si no queremos morir».

Si tengo que trabajar en el lugar equivocado, haciendo cosas que están muy alejadas de la profesión que elegí para desarrollarme, la única manera de salvarme es trabajar bien. Porque si trabajo mal en un trabajo equivocado, me apago por dentro. Porque no queda ya nada auténtico a lo que agarrarme para seguir viviendo y creciendo. Una ayuda para hacer bien cualquier trabajo es considerarlo y vivirlo como un “servicio”, una palabra que ya no está de moda porque la vida no está de moda, pero que es necesaria para fundar cualquier civilización auténtica.

Pero todos, ciudadanos, empresas e instituciones, debemos hacer más para que cada vez haya más personas (sobre todo jóvenes) que trabajen y si es posible en el lugar adecuado. Esto era lo que me hubiera gustado decir a mi compañera de clase y esto es lo que habría que decir a tantos conciudadanos nuestros que hoy, para vivir o sobrevivir, siguen haciendo sagrado y digno su trabajo, cualquier trabajo. También puede ocurrir, no sería de extrañar, que a fuerza de hacer bien un trabajo que no gusta, un día se termine amándolo.

 

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por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 14/10/2012

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El trabajo que salva

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