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Editorial - Una encíclica de León XIV generada por la esperanza. Y en sus “elogios al límite”, la invitación a cuidar la magnificiencia

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 26/05/2026

Magnifica humanitas es una carta de amor que la Iglesia, con el papa León XIV, le escribe a la humanidad de hoy. Esta mirada buena sobre las mujeres y los hombres es el primer regalo que nos hace el papa León. En sus tiempos de luz, de hecho, la Iglesia amó al mundo con la “caridad de los ojos”, mirándolo con confianza y esperanza. Incluso el largo y central discurso sobre la Inteligencia Artificial, con sus precisas y profundas “advertencias antropológicas y espirituales por su uso”, se desarrolla también en ese humanismo de la esperanza: “Deseamos entrar en diálogo con todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo, con quienes participamos juntos en los acontecimientos, las preguntas y las aspiraciones de la humanidad” (2). No es una encíclica generada por el miedo a lo nuevo, no condena nuestro tiempo haciéndose a un lado, sino que el Papa, bajo el mismo cielo de todos, le da voz a las esperanzas, a las alegrías y a las sanas preocupaciones de tanta gente. Una encíclica que habla la misma lengua afectuosa del Concilio Vaticano II. Por lo tanto, para entender su sentido, su tono y su raison d’être, es necesario ubicarla al lado, no tanto de la Rerum novarum, sino de la Gaudium et spes, la otra carta de amor que la Iglesia le escribió a la humanidad, en una época también nueva y difícil.

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Una encíclica muy linda, necesaria e importante, por momentos magnífica y profética, que nos revela la teología y el corazón del papa León XIV, un texto a la altura de las más grandes encíclicas del pasado. La esperábamos, y en muchas páginas supera las expectativas: “el aumento del gasto militar se presenta como la única respuesta a un futuro incierto o a amenazas percibidas, mientras que el costo real recae sobre los más pobres” (204). Como sucede en muchas encíclicas, el título es síntesis y corazón de todo el texto: la humanidad es magnífica, y todos los llamados que se le hacen tienen como objetivo preservar esa preciosa magnificiencia. Es verdad que habla poco de los desafíos ligados a las criaturas no humanas, porque sencillamente al papa León, en tiempos de transhumanismo y posthumanismo, le preocupa el humano, le importa destacar la belleza y la grandeza del Adán. “Lo has hecho un poco menor que Dios (Elohim)” (Salmos 8:5), una distancia teológica que esta encíclica viene a reducir todavía más, no porque rebaje a los Elohim, sino porque eleva a los hombres y mujeres.

Y cuando presenta los retos de la IA, vistos con la mirada perfecta del principio de subsidiariedad, el papa León sigue con el elogio al Adán y al valor de su palabra humana, porque es imagen de aquella Palabra que, desde la Trinidad, quiso hacerse hombre: “Cuando la palabra es simulada, esta no construye una relación, sino una apariencia. La imitación artificial de la relación de cuidado o de acompañamiento puede ser peligrosa” (100). Hay dimensiones del trabajo, incluso del trabajo de cuidados, que se pueden apoyar en la IA (de hecho podemos verlo); pero hay otros donde la sustitución de la palabra, el rostro, las manos y el corazón humanos produce simplemente desvalorización y deshumanización.

En la Magnifica humanitas se habla mucho de trabajo: la palabra “Jesús” aparece nueve veces, la palabra “Cristo” treinta, y “trabajo” setenta y una, para que no olvidemos que aquel Logos había sido carpintero. En las relaciones humanas decisivas, la palabra y el corazón no pueden, no deben, tener sustitutos perfectos, y si lo hacemos nos degradamos a nosotros mismos, a nuestro trabajo, a nuestra magnificiencia. Entonces cuando un jefe debe despedir a un trabajador, aunque recurra a los algoritmos, al final debe entrar en juego su palabra humana, hablar con aquel trabajador, poner la cara y poner el alma, con todas sus limitaciones e imperfecciones. No por casualidad en el “elogio al límite” están quizás las páginas más proféticas: “debemos recordar que el ser humano no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del límite” (118), porque “es precisamente en nuestro ser limitados donde encuentran lugar la compasión, la sincera preocupación ante las necesidades de los demás, la generosidad que sorprende incluso en medio de la oscuridad y el fracaso” (119).

La IA reduce los costos cognitivos y simplifica lo complejo: pero el homo sapiens no siempre ama las reducciones de tiempo y costo, porque nos gusta con frecuencia participar en los procesos, nos gustan los caminos más largos y más lentos de regreso a casa, porque queremos ver los árboles y las flores. La IA nos puede crear un agente que imite perfectamente al San Francisco de ayer, pero no puede crear nuevos San Franciscos y Leopardis de hoy, que son lo que necesitamos infinitamente para vivir bien. Porque los algoritmos y las máquinas no van a satisfacer la dimensión esencial de la felicidad humana, aquella de desear ser deseados por humanos. Somos un deseo deseando otros deseos, solamente humanos; los deseos más pequeños nos sirven pero no nos bastan: solo Adán es el último peldaño de la escalera de la tierra que puede alcanzar el paraíso.

El diálogo que el papa León entabla entre el universo de la IA y el principio de subsidiariedad es altamente fecundo. Por la forma en que se está desarrollando, la IA es anti-subsidiaria, porque está concentrada en unos pocos gigantes económico-financieros, y porque no hay en ello una verdadera biodiversidad. Inteligencias humanas, en cambio, hay tantas como personas, y ninguna suma de inteligencias humanas es superior en dignidad a la inteligencia de una sola persona. La democracia, y con ella los mercados civiles, funcionan mediante la agregación de millones de inteligencias dispersas en un admirable proceso cognitivo que surge desde abajo, y en el momento en que alguien piensa que millones de inteligencias humanas tienen más dignidad que una sola, la democracia muere: “La subsidiariedad requiere que dichos procesos no se impongan desde lo alto de modo opaco y unilateral” (71). Por último, la carta de León XIV se desarrolla siguiendo dos caminos bíblicos, uno oscuro y otro luminoso: la torre de Babel y la reconstrucción de Jersusalén por parte de Nehemías. Una construcción equivocada y otra acertada. Nehemías (Ne 1-2) siente un llamado para volver a Jerusalén, para reconstruirla: “Hoy, reconstruir significa reconocer que…existe una posibilidad luminosa: la de edificar juntos,… hacer crecer la justicia y la fraternidad” (10).

En cambio, el fundador de Babel es Nimrod, “el primer hombre poderoso de la tierra” (Gen 10:8). Babel es una gran enseñanza sobre el poder y los imperios, y sobre su corrupción intrínseca. Tanto los reconstructores de Nehemías como los constructores de Babel eran trabajadores, en ambos había una acción colectiva, una comunidad de trabajo. Desde hace milenios, la historia es, todos los días, una mezcla de trabajadores que construyen Babel y trabajadores que edifican arcas y reconstruyen ciudades. En la Biblia, Babel viene después del diluvio y el arca de Noé. El “síndrome de Babel” (10) llega puntualmente cuando se sale de un diluvio (globalización, guerras…) o se temen otros, y la tentación de construir muros equivocados se hace muy fuerte: “Años y años se dedicaron a la construcción de la torre. A los ojos de los constructores, un ladrillo se volvió más precioso que un ser humano; un hombre caía y moría y nadie prestaba atención, pero se caía un ladrillo y todos lloraban. A las embarazadas no se les permitía dejar de trabajar ni siquiera en el momento del parto: parían forjando ladrillos” (Louis Ginzberg, Las Leyendas de los Judíos). En estos tiempos de gran y nuevo sufrimiento, Magnifica humanitas aumenta la gratitud hacia la Iglesia y hacia el papa León, y es un gran regalo para todos aquellos que siguen esperando y creyendo que la humanidad, a pesar de todo, es magnífica.

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Editorial - Una encíclica de León XIV generada por la esperanza. Y en sus “elogios al límite”, la invitación a cuidar la magnificiencia

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 26/05/2026

Magnifica humanitas es una carta de amor que la Iglesia, con el papa León XIV, le escribe a la humanidad de hoy. Esta mirada buena sobre las mujeres y los hombres es el primer regalo que nos hace el papa León. En sus tiempos de luz, de hecho, la Iglesia amó al mundo con la “caridad de los ojos”, mirándolo con confianza y esperanza. Incluso el largo y central discurso sobre la Inteligencia Artificial, con sus precisas y profundas “advertencias antropológicas y espirituales por su uso”, se desarrolla también en ese humanismo de la esperanza: “Deseamos entrar en diálogo con todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo, con quienes participamos juntos en los acontecimientos, las preguntas y las aspiraciones de la humanidad” (2). No es una encíclica generada por el miedo a lo nuevo, no condena nuestro tiempo haciéndose a un lado, sino que el Papa, bajo el mismo cielo de todos, le da voz a las esperanzas, a las alegrías y a las sanas preocupaciones de tanta gente. Una encíclica que habla la misma lengua afectuosa del Concilio Vaticano II. Por lo tanto, para entender su sentido, su tono y su raison d’être, es necesario ubicarla al lado, no tanto de la Rerum novarum, sino de la Gaudium et spes, la otra carta de amor que la Iglesia le escribió a la humanidad, en una época también nueva y difícil.

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Una carta de amor a la humanidad

Una carta de amor a la humanidad

Editorial - Una encíclica de León XIV generada por la esperanza. Y en sus “elogios al límite”, la invitación a cuidar la magnificiencia Luigino Bruni publicado en Avvenire el 26/05/2026 Magnifica humanitas es una carta de amor que la Iglesia, con el papa León XIV, le escribe a la humanidad de hoy...
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Un ensayo sobre las monjas del siglo XVII vuelve a lanzar el debate sobre cómo el presente lee la espiritualidad del pasado, entre sarcasmo, memoria y riesgos de anacronismo

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 21/05/2026

Imaginemos que dentro de tres mil años, después de una catástrofe ambiental, llega un extraterrestre a nuestro planeta desierto y deshabitado de humanos, ya completamente extinguidos. Luego de vagar entre muchas ruinas, se encuentra con un libro. Lo abre y lee: “Y el sol se tiró al lago”. Era un libro de poesía. Pero el extraterrestre no conocía el género “poesía”, no conocía a Dante, a Leopardi, a Pascoli. Y empieza a hacerse preguntas como: ¿tan primitiva era esta civilización desaparecida, que no sabía que la tierra gira alrededor del sol?, ¿o habían acaso construido pequeños soles artificiales que en alguna fiesta se arrojaban al agua? No habría hecho esta y otras hipótesis bizarras, y entendería todo, si hubiera sabido qué era una poesía para los humanos.

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Me acordé de esta fábula de mi difunto profesor de Antiguo Testamento, Albert Dreston, mientras leía el libro de Ana Garriga y Carmen Urbita, Instrucción de novicias. Estas dos brillantes jóvenes españolas intentaron describir la vida de los conventos femeninos de la edad barroca tal como ese hipotético extraterrestre hubiera explicado el sentido de esos versos sin conocer el género “poesía”.

En sus estudios universitarios de literatura comparada, encontraron una civilización lejana ya desaparecida. Y revisando en los papeles de aquellas monjas, hallaron cartas y diarios que no entendían. Entonces, sin conocer nada del misterio espiritual y místico de aquella antigua civilización, de su historia, de su teología, de su fe y de la verdadera vida de aquellas mujeres, intentaron hacer ejercicios exegéticos, por momentos descabellados, que les impidieron entender qué era aquel “sol que se tira al lago”, desvirtuando completamente su significado. Y todo condimentado con una buena dosis de sarcasmo que podrían haberse ahorrado, aunque afirmen haber “apreciado” a esas antiguas monjas. Podemos concederles algo de buena fe y de buenas intenciones a las autoras, pero lamentablemente el resultado, además de decepcionante, es también muy peligroso.

El género literario de este ensayo es una mezcla de metáforas y palabras juveniles de hoy con palabras de aquellas hermanas del pasado – “Las monjas del siglo XVII sabían tan bien como tú que nadie es capaz de sobrevivir a cuarenta horas semanales rellenando las retículas desalmadas de un excel”; “¿Es tu editor? ¿Tu director de marketing ? ¿Tu director espiritual? No importa” – lo cual hace que, por momentos, la lectura se vuelva imposible, al punto de que llegar al último capítulo sea algo realmente arduo.

Se llega a entender bastante sobre la naturaleza de este ensayo – que Mondadori quiso misteriosamente publicar en italiano – si leemos el proyecto, que se lanzó en la pandemia del 2020: “Lanzar un podcast sobre las monjas del siglo XVI y XVII en el que combináramos anécdotas personales, cultura pop y angustia generacional… Algo irreverente pero meticuloso, un gran popurrí de cosas diversas”.

Una de las largas historias “irreverentes pero meticulosas” es la de Verónica Giuliani, que en 1677 llegó con diecisiete años al convento de Città di Castello (que recientemente pude visitar gracias a una conferencia). La jovencísima Verónica es ridiculizada y humillada por estas dos jóvenes que se muestran incapacitadas ante análisis demasiado complejos; desprovistas también de cualquier gesto de solidaridad femenina, de pietas; y animadas más bien por el gusto hacia lo extravagante, con el fin de ser originales en el mundo virtual de likes y de escuchas: “Verónica a menudo recibía porciones milagrosamente coronadas por vómito de gato, ratones desmembrados, bolas de pelo, cucarachas, gusanos y sanguijuelas que oscurecían el caldo con su sangre supurante”, y continúan con su estilete moderno: “Aprensivas como somos, inevitablemente tuvimos que sujetarnos el estómago al leer los testimonios de las clarisas capuchinas detallando los hábitos alimenticios de Verónica, pero también sentimos muchísima empatía”. ¿Cuál es la razón de su supuesta empatía? Hela aquí: “Nadie que haya sucumbido alguna vez al embrujo dietético de empezar el día con un chupito de cúrcuma y jengibre o con un zumo de nabo, y nadie que haya cultivado su propia y maloliente colonia simbiótica de bacterias y levaduras para jugar a purificar el organismo con un té de kombucha casero debería juzgar la alimentación de sor Verónica con demasiada severidad”. Y así, “desde que comenzamos el pódcast, abrimos todos los episodios lanzándonos una a la otra la misma y sencilla pregunta: “¿qué has comido hoy?”. No hacen falta comentarios, tristemente el texto se comenta sólo, en su banalidad.

El libro continúa con relatos de algunas “amistades particulares” entre esas mujeres, interpretadas simple e inmediatamente como amor erótico. Entonces se leen frases como estas: “Mentiríamos si dijésemos que no hemos fantaseado mil veces con que los encuentros entre la monja y la condesa tuvieran efectivamente el altísimo voltaje de las escenas de la serie de Netflix Juana Inés. Pero, tristemente, los crueles límites del archivo no nos permiten perfilar con rigor los detalles de un hipotético idilio. Por supuesto, eso nunca nos ha impedido dedicar noches enteras de pizza a desgranar hasta el más mínimo indicio capaz de sostener nuestra esperanza de que la tan cacareada “estrecha amistad” entre ella y la condesa ocultara, en realidad, una intensa historia de amor”. Mejor frenar aquí, posiblemente ya trascribí demasiadas palabras del libro. Solamente unas últimas palabras sobre el comentario que hace el libro al “don de las lágrimas”, al que añaden “de cocodrilo”, de la dominica Suor María de Santo Domingo (conocida como la Beata de Piedrahíta, 1485-1524 aprox.). Después de traer un texto muy íntimo de la monja, comentan: “¿No son acaso una “dulcísima unción”, una “pócima curativa”, las lágrimas que buscas cuando te hundes en la manta para ver Titanic por enésima vez?”. Y así presentan su teoría teológica-psicológica: “Da igual en qué siglo leas esto: toda chica sabe que cuando el espíritu anda atormentado y afligido, nada lo amansa más que un par de horas de llanto”.

¿Qué cabe decir de un texto así?

Cualquiera que haya estudiado la vida de clausura monástica de la época de la Contrareforma conoce bien sus penitencias extremas, los cilicios o las prácticas de piedad, con relatos que hoy nos provocan una cierta incomodidad, por no decir una enorme vergüenza ética y teológica. Pero para tratar de decir algo que no sea humillante, y decir algo sensato, respetuoso y humano, habría que partir de la teología de la expiación predominante en la iglesia católica de ese entonces, de los libros de los confesores para las monjas, de la teología del infierno y del purgatorio, y del “sufrimiento vicario”, es decir, de esa extraña idea de Dios que había en aquella iglesia barroca. Sólo partiendo de un estudio serio y amplio de aquella iglesia, de aquella teología y de aquella sociedad (nota: a las mujeres, la vida no les deparaba algo muy distinto en las familias, sobre todo si eran pobres) podremos entender algo verdadero de esas “poesías”, de los dolores y también del amor de esas mujeres. Básicamente, esas monjas y hermanas eran víctimas de la sociedad y de la iglesia, manipuladas por una idea errada de Dios, una idea que no era ni bíblica ni evangélica, usada por hombres poderosos para administrar y controlar a cientos de miles de mujeres, a veces quizás de buena fe. Aquellas mujeres, sobre todo las pobres (y a excepción de las nobles), eran el descarte del sistema de la época. Y desde esta perspectiva social y teológica es que hay que leer esos diarios, sin olvidar que algunas de esas mujeres fueron capaces, a pesar de todo, de alcanzar cumbres de humanidad, de espiritualidad o de libertad, aún estando confinadas en espacios que eran angostos desde todo punto de vista. Y no es solamente una incomodidad, sino que es éticamente grave que dos mujeres de la clase media actual, que estudian entre España y Estados Unidos, y que por tanto son parte de la élite intelectual de su generación, usen textos de otras mujeres del pasado para su blog y su libro sin ninguna pietas.

Por último, leyendo este y otros libros del estilo, deberíamos iniciar una reflexión profunda, como iglesia y como cristianos, y sobre todo como cristianas. Libros como este va a haber más, posiblemente muchos, porque en los nuevos medios se está creando una pequeña moda que es morbosa con respecto a aquel mundo. Libros y podcasts que le harán mal a la memoria y al presente de la Iglesia, que verá ridiculizada su tradición, sus santos y sus santas. La tradición carismática femenina, aún en sus sombras, es patrimonio de la humanidad, más que de la Iglesia. Durante varios siglos, en aquellos monasterios pasaron muchas más cosas que las narradas por estas dos jóvenes de pluma inestable. Algunas eran grandiosas – no solo en las recetas, que ahora muchos entienden –, sino también en las artes, en la literatura, en la música: basta pensar en las monjas compositoras del XVII, como Chiara Margarita Cozzolani, Caterina Assandra, Barbara Strozzi, Maria Xaveria Peruccona, Francesca Caccini, Isabella Leonarda; así como lo eran en la espiritualidad, en el trabajo, en el bordado y en la educación de las niñas, cuando no se les permitía ir a la escuela.

Pero para evitar que una risa banal tire abajo un inmenso patrimonio, que hoy de por sí atraviesa un momento particularmente complicado y doloroso, sería necesario un proceso serio y profundo de relectura de los siglos de la Contrareforma, de sus teologías y de su espiritualidad, con el fin de purificar la memoria y entender qué hay para salvar y qué hay para olvidar, luego de haberlo despedido con pietas y respeto, así sea por los océanos de dolor de esas mujeres.

Sin caer en el error del anacronismo, es necesario distinguir entre aquellas prácticas que ayer estaban bien y hoy no, y aquellas que no estaban bien por ser abusivas, tanto ayer como hoy.

Esos siglos ya pasaron, gracias sobre todo al Concilio Vaticano II, y gracias sobre todo a la tenaz fidelidad de las mujeres de ayer. Pero para “redimir” tiempos pasados complejos y llenos de errores, el paso del tiempo no es suficiente. Porque el dolor es pasado, pero la experiencia de haber sufrido permanece, y está inscrita en el corazón de los monasterios y de los conventos femeninos de hoy, y, por ende, en el cuerpo de toda la Iglesia. Por lo tanto, es necesario un proceso explícito de purificación, seguido a un verdadero discernimiento, al término del cual deberíamos, como Iglesia, pedir perdón a esas mujeres, disculpas vicarias en nombre de los teólogos, obispos y curas que, más o menos de buena fe, han transmitido e impuesto una idea de Dios lejana a la Biblia y al Evangelio.

Después de haber trabajado varios años en estos temas, estoy cada vez más convencido de que solo este largo y serio proceso de reconciliación con el pasado (y con parte del presente que sigue, aquí y allá, pareciéndose a la Iglesia de la Contrareforma), puede generar un buen resguardo de la memoria y de la tradición de la Iglesia, de los carismas y de las mujeres, y quizás preparar una nueva primavera en la vida monástica, similar y distinta a la del pasado. Y solo recién, quizás, lograremos entender alguno de los hermosísimos versos de las poesías escritas con la vida, el dolor y el amor de esas lejanas mujeres.

Credit Foto: © Tommaso Reggiani

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Un ensayo sobre las monjas del siglo XVII vuelve a lanzar el debate sobre cómo el presente lee la espiritualidad del pasado, entre sarcasmo, memoria y riesgos de anacronismo

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 21/05/2026

Imaginemos que dentro de tres mil años, después de una catástrofe ambiental, llega un extraterrestre a nuestro planeta desierto y deshabitado de humanos, ya completamente extinguidos. Luego de vagar entre muchas ruinas, se encuentra con un libro. Lo abre y lee: “Y el sol se tiró al lago”. Era un libro de poesía. Pero el extraterrestre no conocía el género “poesía”, no conocía a Dante, a Leopardi, a Pascoli. Y empieza a hacerse preguntas como: ¿tan primitiva era esta civilización desaparecida, que no sabía que la tierra gira alrededor del sol?, ¿o habían acaso construido pequeños soles artificiales que en alguna fiesta se arrojaban al agua? No habría hecho esta y otras hipótesis bizarras, y entendería todo, si hubiera sabido qué era una poesía para los humanos.

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La vida monástica por encima de los estereotipos

La vida monástica por encima de los estereotipos

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Editorial – Desde la Biblia hasta los Padres de la Iglesia, los textos antiguos son usados fuera de contexto para atacar la línea del actual magisterio: una lectura que ignora la evolución de una doctrina que llega hasta el rechazo del conflicto como solución

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 24/04/2026

En la Biblia se lee que “no hay Dios” (Salmos 14:1). Y si un ateo de hoy o de ayer tomara esta primera parte del versículo para fundamentar su propia doctrina sería, como mínimo, bizarro. Porque con sólo completar el versículo bíblico descubrimos el truco: «“No hay Dios”, dice el necio». Pero operaciones de este estilo se estuvieron leyendo estas últimas semanas en algunos artículos (Giuliano Ferrara en Il Foglio y Antonio Socci en Libero), que usan el Evangelio, la historia de la Iglesia y los escritos de San Agustín para fundamentar sus críticas al “pacifismo” de la Iglesia en estos tiempos de guerra, recurriendo al “fuego amigo” que más usan los críticos de la Iglesia. Sabemos muy bien que la Biblia está llena de palabras que justifican la violencia, la guerra, la venganza: “Bienaventurado el que agarre a tus niños y los estrelle contra las rocas” (Sal 137:9). Por eso no sorprende que siempre haya habido, y que haya todavía, personas que toman estos y otros textos para, religiosamente, justificar guerras y violencia. Algún jefe político y militar quiso incluso usar ciertos versículos del capítulo 9 del Libro de Ester para darle un sello sagrado a la guerra de Gaza.

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Ferrara recurre a la frase evangélica “Dádle al César…” (que en los Evangelios encontramos en un contexto polémico muy alejado de la guerra y de la paz) para afirmar con una certeza ética grotesca que “ese cuento de que la Iglesia Católica es pacifista es una estupidez enorme”. Y para demostrar su tesis, Ferrara cita una larga serie de episodios donde la Iglesia fue “nacionalista e incluso belicista, hasta nuestros días”: la alianza constantiniana, los bárbaros, la querella de las investiduras, “la formidable época guerrera del 1500”, el conflicto entre Lutero y la Contrareforma, la batalla de Lepanto, etc. El fundador de Il Foglio hubiera podido llenar todo el número de su periódico con una lista de hechos y palabras no pacifistas de la Iglesia a lo largo de su historia, y nosotros podríamos llenar otro número completo de nuestro periódico. Pero la pregunta crucial es claramente otra, y muy diferente: ¿qué demuestran estos hechos históricos? ¿Qué hacer de las guerras religiosas del pasado? ¿Podemos usarlas para afirmar que la Iglesia de hoy no puede estar en contra de la guerra? La cuestión tiene que ver directamente con el más común y peligroso de los errores de los periodistas que hacen uso de la historia: el anacronismo, un error en el que ambos excelentes polemistas cayeron con todo. Y el error del anacronismo, como sabe cualquier historiador, anula todo el valor de un artículo que se presenta como histórico, porque es un error fatal que se parece mucho a ese primer versículo del Salmo 14 leído a medias, distorsionando el sentido (significado y dirección).

Socci escribe: “Una reflexión respetuosa y profunda sobre algunas páginas de San Agustín relativas a la guerra, podría llevar a un acuerdo o, al menos, a un acercamiento”, entre Trump y el papa León XIV sobre la guerra en Irán. Hay que ser atrevido para aconsejarle a un papa agustiniano tener una “reflexión respetuosa y profunda” sobre San Agustín, y luego afirmar que ese mismo papa agustiniano debería cambiar de postura respecto a la guerra estudiando mejor a San Agustín. Solo la hybris ideológica puede provocar semejante absurdo. Y si después vamos a leer aquel texto de Agustín que debería provocar la reconciliación entre el Papa y Trump (Carta 189, escrita en el año 417 al general Bonifacio), nos damos cuenta de que contiene tesis que están presentes en la gran mayoría de los teólogos medievales, o sea, ninguna exclusivamente agustiniana. Por lo tanto, también en este artículo el tema central es otro: la pretensión de que la tesis de un teólogo —aunque sea uno de los más destacados— del siglo V pueda servir de base ética para criticar hoy la legitimidad de la postura de un Papa. Una idea que es, por lo menos, extraña, si pensamos que nos encontramos en un ámbito moral (Agustín no está hablando de la “Trinidad”), donde la doctrina de la Iglesia ha cambiado continuamente y sigue evolucionando – San Pablo en la Carta a Timoteo no discute la institución jurídica de la esclavitud, ¿y vamos a usar nosotros aquella carta para reinstaurarla? La doctrina moral (y teológica) de la Iglesia crece y cambia con la Iglesia y con la humanidad, si no lo hiciera se traicionaría a sí misma, su naturaleza y su misión histórica. Y así, con este ejercicio anacrónico, Socci termina su artículo evocando la doctrina medieval de la “guerra justa”, porque “Agustín enseña que se puede hacer la guerra para construir la paz”, olvidando o ignorando así que en la historia de la Iglesia, después de San Agustín y de Santo Tomás, vino el Concilio Vaticano II, luego el papa Juan – la guerra es algo «alienum est a ratione» (Pacem in Terris) –, y luego la encíclica Fratelli Tutti de Francisco, quien, en línea con el Catecismo, declara terminada la era de la guerra justa: “Ya no podemos pensar en la guerra como solución. Ante esta realidad, hoy es muy difícil sostener los criterios racionales madurados en otros siglos para hablar de una posible “guerra justa”. ¡Nunca más la guerra!” (258).

Si alguien quiere rebatir una tesis moral y social de la Iglesia actual puede, obviamente, usar textos y tesis antiguas, siempre que sean el punto de partida, y no el de llegada; que sean el inicio, y no el desarrollo del argumento. Porque esos autores lejanos pensaban y vivían en un contexto ético y social demasiado diferente al nuestro, como para que sus interpretaciones sobre la paz y la guerra puedan ser usadas para contradecir o confirmar las de la Iglesia de hoy. “En la primavera del año siguiente, que era la época en que los reyes salían a la guerra…”, se lee en el Segundo Libro de Samuel (11:1). En aquel mundo, de hecho, “los reyes acostumbraban a salir a la guerra”, y así fue durante muchos siglos. Pero en nuestro mundo muchos reyes ya no van a la guerra, gracias también a la maduración del humanismo bíblico y evangélico. La Biblia y la Iglesia crecen y cambian con la historia, aprenden de ella. Plantaron sus semillas en los surcos de la historia, que a su vez se contaminaron con otras semillas y produjeron con el tiempo culturas, palabras, derechos, democracia y libertades que hoy, éticamente hablando, nos hacen sentir incómodos cuando encontramos en la Biblia, en los Evangelios, en los doctores y los padres de la Iglesia palabras que ya no usaríamos más: una vergüenza ética y espiritual generada por palabras de la misma Biblia. Cuando se olvida o se ignora esta maravillosa regla de oro del movimiento moral y espiritual de la historia, la Biblia, los santos y los teólogos se transforman en momias, incapaces de pronunciar palabras vivas y buenas. Les impedimos crecer, las condenamos a la irrelevancia o las dejamos expuestas a los peores abusos. Toda generación de cristianos llega al mundo con una Biblia y con una ética, y lo deja con otra Biblia y otra ética. Entre la Biblia, Agustín y nosotros hay largos siglos de amor y de dolor de millones de hombres y mujeres, están Ildegarda y Francisco, Dante y el Humanismo, Pico y Giordano Bruno, Kant y Nietzsche, los Lager y los Gulag, Hiroshima, el 11 de septiembre, los niños de Gaza. Todo esto la Biblia no lo sabía, no lo sabían los Evangelios, no lo sabía Agustín, ni tampoco Jesús. Pero nosotros lo sabemos, lo sabemos muy bien, lo hemos aprendido y ya no lo podemos olvidar.

Credit Foto: © Diego Sarà

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Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 24/04/2026

En la Biblia se lee que “no hay Dios” (Salmos 14:1). Y si un ateo de hoy o de ayer tomara esta primera parte del versículo para fundamentar su propia doctrina sería, como mínimo, bizarro. Porque con sólo completar el versículo bíblico descubrimos el truco: «“No hay Dios”, dice el necio». Pero operaciones de este estilo se estuvieron leyendo estas últimas semanas en algunos artículos (Giuliano Ferrara en Il Foglio y Antonio Socci en Libero), que usan el Evangelio, la historia de la Iglesia y los escritos de San Agustín para fundamentar sus críticas al “pacifismo” de la Iglesia en estos tiempos de guerra, recurriendo al “fuego amigo” que más usan los críticos de la Iglesia. Sabemos muy bien que la Biblia está llena de palabras que justifican la violencia, la guerra, la venganza: “Bienaventurado el que agarre a tus niños y los estrelle contra las rocas” (Sal 137:9). Por eso no sorprende que siempre haya habido, y que haya todavía, personas que toman estos y otros textos para, religiosamente, justificar guerras y violencia. Algún jefe político y militar quiso incluso usar ciertos versículos del capítulo 9 del Libro de Ester para darle un sello sagrado a la guerra de Gaza.

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Las guerras ya no vuelven a ser justas

Las guerras ya no vuelven a ser justas

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La reflexión del dominico francés Louis-Joseph Lebret, perito en el Concilio y conocedor del Sur del mundo, ayudó a dar un giro en economía, bienes comunes y pobreza

Luigino Bruni

publicado en Agorà de Avvenire el 08/04/2026

El Concilio Vaticano II representa un punto de luz en la historia de la Iglesia moderna, una luz que no se apaga, aunque se aleje progresivamente de nuestro horizonte. El mundo ha cambiado mucho en estos sesenta años, y la Iglesia con él: cambiaron las prioridades sociales y éticas (piénsese en el medio ambiente), cambió el lenguaje espiritual y los códigos narrativos del alma individual y colectiva. En este gran fluir global nos cuesta cada vez más entender qué pasó en la Iglesia católica entre Juan XXIII y Pablo VI, en cierta medida porque habiendo perdido el hábito de leer y de estudiar la historia, nos olvidamos de la triste condición de la que la Iglesia provenía y, por lo tanto, del alcance extraordinario y asombroso de ese acontecimiento llamado Concilio. Un evento preparado por la acción y por el pensamiento de muchos, en un tiempo profético que no ha sido superado en la época moderna: “Vivimos en un mundo nuevo. Y el cristiano que vive en este mundo nuevo no puede desinteresarse de él, abandonándolo a su suerte” (B. Häring, Cristiano en un mundo nuevo, 1960).
[fulltext] => Uno de los protagonistas de esta período profético fue el padre Louis-Joseph Lebret (1897-1966), dominico francés. Su formación en teología y en economía, sus viajes frecuentes y su conocimiento de América Latina y de muchos pueblos “en vías de desarrollo”, su sensibilidad y su carisma personal, fueron muy importantes para el giro antropológico del Concilio Vaticano II, en particular con la Gaudium et Spes (1965) y luego con la Popolurum Progressio (1967) de Pablo VI. Su vocación cristiana, que siguió y se sumó a la del mar: “nunca hubiera podido hacer mi trabajo si antes no hubiera sido oficial de la marina” (P. Lebret, L’économie au service des hommes, 1968) se articula en tres etapas principales: la del Movimiento de Saint-Malo (1930-1939), la de Economie et Humanisme (1941) y, por último, la del IRFED (Instituto Internacional para la Investigación en Formación, Educación y Desarrollo, 1958). Tres etapas ligadas entre sí, que marcan el crecimiento armonioso de una vocación espiritual y social sostenida en dos pilares: la misericordia y la observación de la realidad. El punto de partida de su investigación-acción era, en efecto, la conmoción vísceral por el dolor de la humanidad y por las injusticias. Y el método era, en consecuencia, empírico e histórico, por la importancia que él daba a los datos reales, una terapia preventiva contra toda ideología.
Hoy es una figura casi olvidada, incluso por la Iglesia católica, a la que le cuesta mucho conservar la memoria de sus profetas. Por esta razón, no podemos no recibir con alegría y con entusiasmo intelectual el libro de Michele Dau, titulado Louis Joseph Lebret. L’economia umana: il progresso sociale come ascesa (Castelvecchi, 2025). Lebret no era un académico, por el contrario tenía cierta aversión natural al mundo del análisis abstracto, de la teología y de la filosofía abstractas, aunque fuese profesor de teología. Después de la experiencia de Saint-Malo, Lebret fundó la asociación “Economie et Humanisme”, que con ese nombre publicaba una revista que se convertiría en una referencia para los estudios en desarrollo, con nuevas ideas sobre la pobreza y con investigaciones de campo, ofreciendo nuevas categorías y nuevas narrativas sobre la pobreza y el desarrollo. Fue precursor y profeta de corrientes de pensamiento que alimentaron el debate cultural en la Iglesia y en la sociedad de la segunda mitad del siglo XX, y de ahí en adelante. Entre ellas, la teoría del decrecimiento, la visión del cristianismo como liberación de los pueblos, la teoría de Amartya Sen sobre el desarrollo como libertad, y la intuición del desarrollo humano integral, es decir del hombre entero, “de una sola pieza”, una expresión que recuperaba de Perroux. Un desarrollo entendido como un “problema de civilización”, en el que son centrales “los valores afectivos, intelectuales, estéticos, éticos y espirituales”, una de las primeras intuiciones de lo que llamamos hoy “capital espiritual”.
Es muy importante la concepción que tenía Lebret del bien común, uno de los pilares de la tradición de la Iglesia, que él, como dominico y por tanto como tomista, estimaba de manera especial. Para Lebret, el bien común no era un concepto filosófico vago y abstracto (como se suele encontrar todavía en muchos textos), no era la suma de los bienes individuales (utilitarismo económico), ni tampoco lo que la economía llama ‘bien común’ o ‘bienes comunes’ (commons). Era otra cosa, algo que remitía a la “comunidad de destino”: Lebret sentía la necesidad de que existiera un ámbito de acción social y política que velara directa e intencionadamente por el bien de todos, en los temas que realmente concernían a todos. Tenía una visión no conflictiva, armoniosa, de la sociedad, no porque negase la lucha de clases o el imperialismo de los países ricos (conocía bien a Marx y valoraba algunos de sus planteamientos). Buscaba, por el contrario, señalar que hay ciertas dimensiones de la vida humana en común donde todos estamos en el mismo barco, donde nos volvemos todos realmente una comunión de destino – con el covid, con el medio ambiente y ahora con el peligro de una guerra mundial, nos damos cuenta de que es fundamental y actual que esta idea de bien común sea considerada, en todos los niveles.
Lebret fue uno de los “peritos” del Concilio, aunque en verdad fue uno de sus “padres” espirituales. Entró recién en marzo del 64’, porque su figura no era estimada por todos – en general, los portadores de visiones proféticas generan división, solo los falsos profetas son queridos por todos. Sin embargo, fue una participación decisiva, por el rol que Lebret cumplió en la redacción final de la Gaudium et Spes, y luego por la metanoia que atravesó la Iglesia respecto al mundo. Cuando en la plenaria del Concilio se presentó el Esquema XIII (texto que será finalmente aprobado con el hermoso título de Gaudium et Spes), hubo casi veinte mil notas, críticas y mociones. A Lebret se le encargó de trabajar, en Ariccia, con otros 29 padres conciliares, 38 expertos y 20 laicos sobre el inmenso material surgido de la plenaria. Así comentaba su labor el 4 de febrero de 1965 en su diario: “Es una felicidad encontrar a la iglesia viviente en busca de comunión con la humanidad”. De junio a julio del año 65’, mientras estaba en el hospital por la enfermedad que al poco tiempo lo llevaría a la muerte, no paró de trabajar. A pesar del alcance revolucionario de la Gaudium et Spes, el documento social de la Iglesia más profético de la era moderna, para Lebret se hubiera podido hacer algo más con respecto a la apertura al mundo: “Respecto a lo que hay de válido en el pensamiento moderno y contemporáneo, a menudo no cristiano y del que hoy muchos hombres están impregnados, no se tienen en cuenta lo suficiente las diversas investigaciones”. Los profetas son habitantes permanentes de la tierra del no-todavía, siempre insatisfechos con el ya. Esto escribía el cardenal Poupard en 1986: “Para Pablo VI, el padre Lebret fue un hombre llegado del futuro para ayudar a sus contemporáneos a despedirse de las visiones obsoletas que no podían ingresar al futuro mirando hacia atrás”. Por fin se terminaba la búsqueda de la tierra prometida en el recuerdo del mundo de ayer. Lebret estaba fuertemente convencido de que “la caridad” no era suficiente porque “se necesitaba trabajar en el cambio de las estructuras”.
De hecho, la idea de justicia social que tenía la Iglesia pre-conciliar llevaba a abordar la pobreza sin poner seriamente en discusión las estructuras económicas y sociales del mundo que generaban sistemáticamente esas pobrezas, en parte también porque las jerarquías eclesiásticas (reyes, príncipes y condes) estaban del lado equivocado de esas estructuras. Para Lebret, y por tanto para el Concilio, había llegado el momento de discutir las razones profundas de la desigualdad – un tiempo que todavía estamos esperando: “Centinela, ¿cuánto queda de la noche?”.
Lebret era un hombre de acción, no se definía como un intelectual. Pero ha escrito, con la pluma del alma, adiestrada por la amistad y el amor a los pobres, algunas bellísimas páginas. Como esta de 1942, en la que describiendo a los verdaderos sabios, nos hablaba, sin saberlo ni quererlo, de su misma vocación: “el limitado ámbito de investigación no constituye para ellos ningún límite. Eso los pone en comunión con el universo, en tanto sienten el deseo de servir al hombre y a la humanidad. Todos los días aportan una nueva luz. Hombres de ciencia buscan mantener contacto con los hombres de acción y, a su vez, trabajan en un laboratorio que es la realidad misma, con el fin de no consumar sus vidas en las soluciones de falsos problemas o en extracciones quiméricas. Aquellos que sepan ser a la vez hombres de acción y hombres de ciencia se convertirán en los sabios que estos tiempos turbulentos necesitan”. Cuánto nuestros tiempos, más turbulentos aún, necesitarían a estos hombres y mujeres de acción y de ciencia.
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La reflexión del dominico francés Louis-Joseph Lebret, perito en el Concilio y conocedor del Sur del mundo, ayudó a dar un giro en economía, bienes comunes y pobreza

Luigino Bruni

publicado en Agorà de Avvenire el 08/04/2026

El Concilio Vaticano II representa un punto de luz en la historia de la Iglesia moderna, una luz que no se apaga, aunque se aleje progresivamente de nuestro horizonte. El mundo ha cambiado mucho en estos sesenta años, y la Iglesia con él: cambiaron las prioridades sociales y éticas (piénsese en el medio ambiente), cambió el lenguaje espiritual y los códigos narrativos del alma individual y colectiva. En este gran fluir global nos cuesta cada vez más entender qué pasó en la Iglesia católica entre Juan XXIII y Pablo VI, en cierta medida porque habiendo perdido el hábito de leer y de estudiar la historia, nos olvidamos de la triste condición de la que la Iglesia provenía y, por lo tanto, del alcance extraordinario y asombroso de ese acontecimiento llamado Concilio. Un evento preparado por la acción y por el pensamiento de muchos, en un tiempo profético que no ha sido superado en la época moderna: “Vivimos en un mundo nuevo. Y el cristiano que vive en este mundo nuevo no puede desinteresarse de él, abandonándolo a su suerte” (B. Häring, Cristiano en un mundo nuevo, 1960).
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Lebret y el Concilio Vaticano II
 en la Iglesia del mundo

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Editorial – Cuando no era ni siquiera discípulo de Jesús, Cirineo ejercitó el órgano sensorial más importante de la fe cristiana: los pies.

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 03/04/2026

Al llegar al último monte de su vida terrena, el Gólgota, Jesús no encuentra tres tiendas: ve tres cruces, y una es la suya. A su lado no están Moisés ni Elías, hay dos ladrones.
Jesucristo es el centro de este día único e irrepetible en la historia. Pero igual que en las grandes obras de arte, para entender el sentido global tenemos que mirar y buscar también los detalles. Dos detalles son humanos, muy humanos, y sin embargo hacen que la escena de aquel Viernes sea todavía más divina.

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Uno es el Cirineo, el primer personaje que Jesús encuentra en su ‘via crucis’, muy probablemente un dato histórico, relatado por los tres evangelios sinópticos. Simón de Cirineo es un antihéroe, un hombre como cualquier otro que se encuentra en el lugar “equivocado” en el momento adecuado (volvía del campo), un sitio equivocado que se convertiría en el lugar correcto, por el que hizo su entrada silenciosa e involuntaria a la historia de la salvación. Cirineo se vio sometido a una cruz que no era para él, no tuvo opción, y sin embargo es una de las figuras más hermosas del Nuevo Testamento. No todos tendremos una muerte como la de Cristo o la de los mártires, pero todos en la vida, tarde o temprano, nos encontramos en la situación del cirineo, cargando una cruz que no deseamos ni buscamos – y pobre de nosotros si no llegan nunca esos momentos, al menos una vez. Porque ahí, por ese gesto humano que ni siquiera es virtuoso (nos sucede y punto), entramos en la pasión de hijos, maridos, esposas, madres y padres, amigos, colegas, y escribimos con ellos una misteriosa historia de la salvación.

El cirineo se convierte en un discípulo sin haberlo elegido, comienza su sequela detrás de Jesús sin ningún llamado, tal vez incitado por el latigazo de un soldado. Cuando no era ni siquiera discípulo de Jesús, entrenó el órgano sensorial más importante de la fe cristiana: los pies. El cirineo es el anti-líder que nos recuerda que el gesto primero y esencial del cristiano es la sequela, es el caminar detrás, no delante; y quien por deber se encuentra guiando a otros, no va a ser nunca buen guía si antes, durante y después de esa tarea, no es capaz también de caminar detrás de aquellos a quienes guía.

Quizás en aquel tramo del camino el cirineo nunca vio la cara, los ojos, la boca de Jesús. Vio solamente unos cabellos ensangrentados y escuchó unos llantos y lamentos, vio un lomo, una espalda flagelada, tal vez un perfil desfigurado. Vio a Jesús de espaldas, y llevando una cruz que no era suya, cumplió la palabra: “Si alguien quiere seguirme, que tome su cruz…” (Mt 16:24). Igual que Moisés, que vio solo la espalda de Dios y no el rostro, y eso le bastó (Ex 33). El cirineo es, entonces, otro hombre que ve a otro Dios de espaldas. Quién sabe cuántas personas hoy, bajo una cruz, están viendo a Dios de espaldas. Es la gran masa de seguidores inconscientes de Jesús, que bajo sus cruces y las de los demás, solo lo ven de espaldas, y no lo reconocen.

Los cristianos amaron mucho al cirineo. Muchos no conocían la teología de la cruz, pero todos entendían al cirineo, y entraban así en el corazón de la Biblia, incluso sin nunca haberla leído. Porque entendían que el “oficio” de los padres y las madres era el oficio del cirineo: estar al pie de la cruz de los hijos, levantarlos a lo largo de sus calvarios, al menos durante un trecho, mientras se deba y mientras se pueda. Marcos (15:21) nos da los nombres de los hijos de Cirineo: Alejandro y Rufo. Por lo tanto, eran conocidos en la comunidad, quizás formaban parte de ella – es bonito imaginar que esos hijos se convirtieron viendo al padre llevar aquella cruz: porque sigue sucediendo, porque nos sucede también a nosotros.

Lucas también nos transmitió el diálogo de Jesús con los dos crucificados con él. Aquella gran noche oscura de la Biblia y de la humanidad se ilumina con palabras que solo Lucas decidió conservar y compartir con nosotros: un diálogo final con los pobres y los marginados, hasta el último momento. Jesús muere en compañía; su último acto terrenal fue un «donde dos o tres». Amigo de la humanidad hasta el final, compañero de las víctimas hasta el último instante. En ese diálogo fue la última vez que Jesús dijo: «Bienaventurados los pobres». ¿Quién es más pobre que un crucificado?

Quizás el ‘buen ladrón’ era un buen hombre que terminó en aquella cruz (¡cuánta buena gente hay en las cárceles!); quizás había escuchado algunas palabras de Jesús, y sabía por tanto que era inocente. Y a Jesús le dice: “acuérdate de mí”. En realidad, aquel hombre también le está diciendo otra cosa: ‘Jesús: acuérdate, en esta oscuridad total, que eres Señor de un reino bueno y diferente: acuérdate de tí. Recuerda quién eres realmente, no te olvides de tí’. Cuando la vida nos clava y nos inmoviliza, cuando en medio de una radical desorientación todo nos habla de fracaso y de muerte, la presencia de alguien al lado nuestro que nos invita a recordar quiénes somos realmente es, quizás, la única presencia necesaria para salvarse.

En aquel diálogo extremo leemos, por primera y única vez en todos los Evangelios, la palabra ‘paraíso’ (‘… cuando estés en el paraíso’), que aflora como última palabra en labios de un condenado a muerte. Para entender algo del paraíso es necesario acercarse a los crucificados de los tantos montes Gólgotas que hay nuestra tierra, es necesario elevarse en el aire y apoyar el oído del corazón en sus bocas exangües.

Si hoy esperamos encontrar todavía al Resucitado, tenemos que buscarlo entre los crucificados, no en los sepulcros vacíos. “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, fue el primer canto del resucitado.

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Editorial – Cuando no era ni siquiera discípulo de Jesús, Cirineo ejercitó el órgano sensorial más importante de la fe cristiana: los pies.

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 03/04/2026

Al llegar al último monte de su vida terrena, el Gólgota, Jesús no encuentra tres tiendas: ve tres cruces, y una es la suya. A su lado no están Moisés ni Elías, hay dos ladrones.
Jesucristo es el centro de este día único e irrepetible en la historia. Pero igual que en las grandes obras de arte, para entender el sentido global tenemos que mirar y buscar también los detalles. Dos detalles son humanos, muy humanos, y sin embargo hacen que la escena de aquel Viernes sea todavía más divina.

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El oficio del Cirineo

El oficio del Cirineo

Editorial – Cuando no era ni siquiera discípulo de Jesús, Cirineo ejercitó el órgano sensorial más importante de la fe cristiana: los pies. Luigino Bruni publicado en Avvenire el 03/04/2026 Al llegar al último monte de su vida terrena, el Gólgota, Jesús no encuentra tres tiendas: ve tres cruces, ...
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Editorial - El cristianismo es el humanismo de la espera, la espera de lo inédito, la espera de Quien ha prometido que volvería. No podemos permitirnos vivir en el recuerdo de “tiempos mejores”.

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 31/12/2025

“En él se acababa de revelar una comprensión del tiempo completamente diferente, particular. Esa comprensión que hace decir: “¡En mis tiempos…! No son nuestros tiempos”… No hay nada más duro que ser hijastro del propio tiempo. No hay destino más duro que sentir que uno no pertenece a su tiempo. Aquellos a los que el tiempo no ama enseguida se los reconoce, en las oficinas del personal, en los comités regionales del Partido, en las secciones políticas del ejército, en las redacciones, en las calles... El tiempo ama sólo a los que ha engendrado: a sus propios hijos”.

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Son palabras de Vida y Destino, de Vasilij Grossman, una de las novelas maestras del siglo XX. Una reflexión sobre el tiempo, adecuada particularmente a este 31 de diciembre, cuando el tiempo-kronos nos invita a pensar en el tiempo-kairos, en sentido de un tiempo que realmente termina mientras otro continúa, realmente, como siempre. La tentación de ser un hijastro del tiempo es particularmente fuerte y eficaz en los tiempos difíciles, y más para quien ha conocido en el pasado tiempos bellos y buenos, por lo que gana fuerza la atracción de la ilusión de refugiarse en el país del ayer, ese que ya no está pero que todavía nos promete algunas pequeñas consolaciones. Hoy los católicos, pero también los que creyeron en las grandes narrativas sociales y políticas del siglo XX, son capturados por la tentación de decir y de vivir “¡en mis tiempos...!”; y de autocondenarse así a vivir desfasados, fuera de tiempo, como veteranos, como visitantes. Se refugian en las familias de ayer, en las iglesias llenas, en un ambiente de ‘los mejores años de nuestra vida’, y se olvidan así que los únicos ‘mejores años de nuestra vida’ son estos que tenemos aquí y ahora, que el único mejor día es hoy: el resto es vanitas, humo, ilusión, todas cosas igualmente humanas.

Del 2025 quedan muchas guerras, alguna esperanza de paz y una tierra que sufre cada vez más, y nosotros con ella. Queda el Jubileo, que fue un tiempo especial para muchos católicos. Pero ahora que llegamos a su final, podemos decir que también fue una oportunidad aprovechada solo en parte, si lo comparamos con lo que hemos vivido en el sentido bíblico del jubileo, es decir, la liberación de esclavos, la cancelación de deudas y el reposo y la restitución de la tierra. De esclavos liberados hemos visto poco, de deudas condonadas (públicas y privadas) menos todavía, y la tierra este 31 de diciembre descansa menos de lo poco que ya descansaba el 1º de enero. Las del jubileo bíblico son dimensiones económicas, políticas y sociales fundamentales para las tantas crisis de nuestra época, dimensiones colectivas que quedaron perdidas en nuestro jubileo, centrado más en el culto y en actos individuales.

Del 2025 quedan también los últimos meses del papa Francisco, su profecía, su muerte y la llegada del papa León. Quedan las últimas palabras fuertes de Francisco para la Pascua, que no pudo leer personalmente, y que se convirtieron en un testamento: “Ninguna paz es posible sin un verdadero desarme. La exigencia que tiene todo pueblo de mantener su propia defensa no puede transformarse en una carrera general hacia el rearme”, y continuaba: “Llamo a todos los que en el mundo tienen responsabilidades políticas a no ceder a la lógica del miedo que encierra, sino a usar los recursos para ayudar a los necesitados, a combatir el hambre y a propiciar iniciativas que promuevan el desarrollo. Esas son las ‘armas’ de la paz”. Europa, Estados Unidos y gran parte del mundo se movieron en dirección contraria (rearme) a la que deseaba Francisco (desarme). Las mismas autoridades mundiales que acudieron, quizás sinceramente, a los honores del papa el día de su funeral, acordaron después una enorme cantidad de millones a nuevos gastos militares, traicionando así su último testamento. Se volvieron “administradores del miedo” y no los “emprendedores del sueño” que Francisco les proponía a los jóvenes de Lisboa en 2023. Y cuando faltan los buenos sueños, los administradores del miedo se transforman, tarde o temprano, en mánagers de pesadillas colectivas.

Dino Buzzati en su novela Il deserto dei Tartari, de 1940 – tiempos de guerra en Europa – nos narra la vida del subteniente Giovanni Drogo, que pasa su vida en la “Fortaleza Bastiani”, en los confines más lejanos del imperio. Toda una vida con sus soldados esperando a un enemigo que tenía que llegar. Pasan muchos años, y del enemigo no hay ningún rastro. Los militares se alimentaban de la esperanza de ver aparecer de un momento a otro a las tropas enemigas en el horizonte del desierto, y así poder dar un nuevo esplendor y centralidad política a la Fortaleza Bastiani, con un pasado glorioso ya en decadencia por falta de enemigos y de guerra.

No cuesta nada ver en esa Fortaleza a la Europa de hoy, un castillo antiguo en decadencia, con militares que se preparan y se rearman esperando a un enemigo que, como ansían, tarde temprano va llegar. Pero en la novela de Buzzati, un día un soldado (Giuseppe Lazzari), al regreso de un patrullaje, no pronuncia la palabra clave y es asesinado por el centinela, que sigue las reglas de la Fortaleza a pesar de haberlo reconocido. En esa Fortaleza inútil, no teniendo nada serio por hacer, se había generado una neurosis en torno a las reglas formales y complicadas sobre la ‘palabra clave’, como pasa casi siempre en las instituciones inútiles. Y entonces, esperando una guerra que nunca llega del exterior, esos soldados frustrados empezaron a matarse entre ellos. Una profecía literaria que hoy nos habla, que nos debería hablar, y mucho. En el mundo romano, el comienzo del año nuevo estaba bajo la protección de Jano, el dios de dos caras, la divinidad itálica de los comienzos y los pasajes (iauna: puerta), el padre de todas las mañanas. Aquel mundo lejano sabía que el nuevo estaba profundamente inscrito en el viejo, de ahí el carácter bifronte de la divinidad. Lo que empieza es la continuación de lo que acaba de ser. Sin embargo, en cada comienzo hombres y mujeres esperan algo mejor, esperan que lo que todavía no pasó al fin pase. Deseos que son una mezcla de ilusión y de esperanza, como la vida: una buena mezcla. El cristianismo hizo del primero de enero una fiesta de María, la ianua caeli, para poner bajo su mirada buena el comienzo de un tiempo nuevo. El cristianismo es el humanismo de la espera, la espera de lo inédito, de Quien ha prometido que volvería.

Buen 2026: deseo que lo vivan como hijos e hijas de nuestro tiempo.

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Editorial - El cristianismo es el humanismo de la espera, la espera de lo inédito, la espera de Quien ha prometido que volvería. No podemos permitirnos vivir en el recuerdo de “tiempos mejores”.

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 31/12/2025

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Vivos e inmersos en este tiempo

Vivos e inmersos en este tiempo

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Agorà - La investigadora Joan Taylor estudia, con un abordaje histórico, acerca de lo que podemos saber sobre los primeros años de Cristo y el contexto en que vivía.

Luigino Bruni

publicado en Agorà di Avvenire el 24/12/2025

Para entrar en el contenido de La verdadera historia del Niño Jesús de Joan Taylor (Edizioni Sonda, 432 páginas), conviene arrancar por la conclusión: “Este libro ha examinado lo que estamos en condiciones de saber sobre la infancia de Jesús gracias a los testimonios literarios y arqueológicos [...]. Hemos visto que en general hay un gran escepticismo entre los historiadores: no es seguro que podamos saber algo sobre Jesús antes de su misión como adulto. Se dice con frecuencia que nació en Jerusalén, aunque no lo confirme ninguna fuente paleocristiana. De la misma manera, también es vaga la hipótesis de que no es un descendiente de David, aunque esté ampliamente documentado en la primera literatura cristiana”. Y para concluir su tesis general: “un escepticismo que aquí hemos rebatido”. De hecho, para Taylor, que es una seria y considerada estudiosa de los orígenes del cristianismo y del judaísmo del Segundo Templo, “parece evidente que Jesús era un niño sobre el que recaían grandes expectativas, un peso que venía del pasado y que daba forma a una clara identidad judía, marcada por la descendencia davídica, por el ser originario de Belén pero arrancado del hogar ancestral, refugiado en Egipto y emigrado a Galilea, consciente de la persecusión”.

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Un libro bien escrito, documentado y serio, incluso estando dirigido a un público de no especialistas, muy valioso para hacerse una idea del contexto histórico y religioso en el que Jesús nació y pasó su infancia (el libro termina con la presentación del niño Jesús al templo). Taylor no nos presenta tesis particularmente nuevas sobre la infancia de Jesús, sobre todo si comparamos su libro con los estudios de los últimos cincuenta años, desde que los exégetas e historiadores empezaron a tomar en serio los datos históricos transmitidos por los evangelios, sin descartarlos rápidamente como mitos o fantasías narrativas de los evangelistas, como se había hecho desde el siglo XIX, sobre todo en el ámbito protestante. La investigación más reciente invirtió la carga de la prueba: antes de descartar algún dato recogido del Nuevo Testamento, hay que aportar una evidencia histórica que lo contradiga, de lo contrario es mejor confiar en esos autores antiguos. Tal como hace Taylor, que recupera algunos elementos de historicidad sobre viejas cuestiones que los historiadores del pasado habían desestimado por considerarlos infundados. Por ejemplo, los relatos de Mateo y de Lucas, los únicos que entre los canónicos hablan de la infancia de Jesús, con puntos de diferencia importantes – la centralidad de José en Mateo, la de María en Lucas, el ambiente real (Reyes Magos, Herodes) de Mateo y el ambiente pobre de Lucas (los pastores), y muchos otros. Taylor considera también otros detalles que están presentes en algunos evangelios apócrifos, en particular el Protoevangelio de Santiago y el Evangelio de los hebreos.

Hay mucho espacio dedicado a las diversas cuestiones ligadas a la familia y los familiares de Jesús, sobre los cuales los historiadores han tenido las dudas más grandes y más radicales, y que han tocado algunos aspectos centrales de las tradiciones católicas y de los dogmas marianos (la virginidad perpetua, la inmaculada concepción…). También se detiene mucho en la vexata questio del lugar de nacimiento histórico de Jesús – Belén o Nazaret: la autora se inclina por el primero –, en la historicidad de la Matanza de los Inocentes, en la de los Reyes Magos y la estrella. La investigadora inglesa discute las muchas hipótesis antiguas y recientes en vista de las excavaciones arqueológicas (muy presentes en el libro), expone las tesis de los muchos estudiosos del tema, muestra las dificultades de estos relatos desde un punto de vista histórico, y después agrega, en línea con su planteamiento básico: “pero no significa que los acontecimientos sean todos completamente falsos”. Una lectura conservativa, que algunos llamarían conservadora (que recurre a la hipótesis de los evangelios de la infancia basados en recuerdos de los familiares de Jesús), pero que, honestamente, no nos importuna, porque siempre es presentada con respeto y con el beneficio de la duda. Sin embargo, la seguimos menos cuando, respecto a la historicidad de los Magos, llega a decir, con una notable creatividad: “Podría ser el recuerdo de una estrella real identificada por algunos magoi que llegaron a Jerusalén y después se fueron a Belén, en un acontecimiento que hizo enfurecer a Herodes. El núcleo de la historia podría no tratarse de que los magos fueran a ver ‘al niño Jesús’, sino que el hecho de que visitaran Jerusalén, en busca de un niño en base a un horóscopo real, suscitó la expectativa de que había nacido un gran rey, sobre todo porque la muerte de Herodes parecía inminente. En este caso, ¿qué decir entonces de los posibles recuerdos familiares?”.

Sobre la familia de Jesús y sobre su infancia, en realidad, sabemos muy poco. Y Taylor es consciente, aunque le gusta presentar los relatos teológicos de la infancia como potencialmente históricos, o al menos no incompatibles con la historia.
De los cuatro evangelios canónicos (y algunos apócrifos) se leen cosas importantes sobre la familia de Jesús, particularmente sobre su madre y sus hermanos y hermanas, que, como recuerda Taylor, eran probablemente seis: Santiago, Salomé, José, María, Judas y Simeón. Ya Marcos muestra algunas tensiones entre Jesús y su clan familiar. Estos conflictos son importantes por varias razones. Revelan el alcance revolucionario de la persona y del mensaje de Jesús y sus discípulos. De Jesús tanto como de Jeremías, que también encontró en su familia de Anatot a sus primeros adversarios. También Juan manifiesta cierta hostilidad familiar: “Porque ni siquiera sus hermanos creían en él”. Jesús es explícito al afirmar que su familia ahora es otra, un elemento clave para el nacimiento de la Iglesia, donde, sin embargo, sus familiares siguieron teniendo un peso que no es para nada pequeño: pensemos en Santiago, “el hermano del Señor” del que habla Pablo (1 Cor 15). Para los cristianos la sangre más importante ahora es otra, la que genera una nueva hermandad y filiación en el Espíritu. A la vista de todos los evangelios parece que el parentesco es un obstáculo más, y no una ayuda, para entender el mensaje de Jesús. En el mundo antiguo, la familia era una institución fundamental, era imposible prescindir de los vínculos familiares dentro de las relaciones sociales más amplias; la red familiar era la forma en que se ingresaba a la sociedad (toda persona era siempre hijo o hija de, hermano o hermana de, padre o madre de…). El “yo” no era un componente autónomo para delinear y definir a una persona en aquel mundo, tenía que estar al lado de un “nosotros” más amplio, entre los cuales el “yo”, todavía muy frágil, podía ubicarse.

El rol de los “hermanos” de Jesús es importante. Ya en el episodio de las bodas de Caná, los hermanos no son los discípulos, son hermanos carnales (adephoi). El evangelio de Juan nos muestra un “movimiento” de Jesús compuesto por (al menos) tres grupos: 1) los apóstoles, 2) los discípulos (unos viajeros y otros sedentarios, que de todos modos escuchan su palabra y le “creen”), y 3) los familiares, o sea la madre y sus hermanos (ni el padre ni las hermanas son mencionados). Los hermanos no parecen estar calificados como discípulos, sino como un grupo aparte y especial, que tiene de todos modos un rol y un peso en la vida pública de Jesús, desde el comienzo.

Joan Taylor nos dice que no hay razones ni de exegésis ni de teología bíblica para plantear la hipótesis de que estos hermanos sean hermanastros (hijos solo por parte de padre) o primos. Para tranformar a estos hermanos en discípulos o primos es necesaria una mariología (y una cristología), que va a ser desarrollada varios siglos después de la composición de los evangelios. A diferencia de los Sinópticos, que nos hablan de “la madre y los hermanos” de Jesús (adulto), todavía no seguidores del hijo, en Juan parece que los hermanos forman parte de la primera comunidad de Jesús, aunque en una posición problemática y, al menos en parte, diferente.

Forma parte de la revolución cultural de Jesús el haber dejado en un segundo plano los vínculos familiares naturales y esenciales, y llamando “Padre” al celestial - “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?”. Incluso cuando los escucha (en Caná), la obediencia no es nunca inmediata. Todo eso nos recuerda la desposesión de Francisco frente a su padre: “De ahora en adelante sólo quiero decir: ‘Padre nuestro que estás en los cielos’, y ya no ‘padre mío Pedro Bernardone’” (Fuentes franciscanas 1415). También en Asís la familia de Francisco pensaba que estaba fuera de sí, y Francisco no vacila en hacer su opción fundamental, también imitando en eso a Jesús.

Un hermoso libro el de Taylor, muy útil para acercarse de manera histórica y bíblicamente madura al niño Jesús, a su familia y a su persona, sin perder nunca el asombro por aquel Logos hecho carne. El libro custodia el misterio, sin nunca banalizarlo. Y eso ya es mucho.

Credits foto: © Dipinto di John Everett Millais - Cristo nella casa dei suoi genitori (`La bottega del falegname'), Wikicommons

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Agorà - La investigadora Joan Taylor estudia, con un abordaje histórico, acerca de lo que podemos saber sobre los primeros años de Cristo y el contexto en que vivía.

Luigino Bruni

publicado en Agorà di Avvenire el 24/12/2025

Para entrar en el contenido de La verdadera historia del Niño Jesús de Joan Taylor (Edizioni Sonda, 432 páginas), conviene arrancar por la conclusión: “Este libro ha examinado lo que estamos en condiciones de saber sobre la infancia de Jesús gracias a los testimonios literarios y arqueológicos [...]. Hemos visto que en general hay un gran escepticismo entre los historiadores: no es seguro que podamos saber algo sobre Jesús antes de su misión como adulto. Se dice con frecuencia que nació en Jerusalén, aunque no lo confirme ninguna fuente paleocristiana. De la misma manera, también es vaga la hipótesis de que no es un descendiente de David, aunque esté ampliamente documentado en la primera literatura cristiana”. Y para concluir su tesis general: “un escepticismo que aquí hemos rebatido”. De hecho, para Taylor, que es una seria y considerada estudiosa de los orígenes del cristianismo y del judaísmo del Segundo Templo, “parece evidente que Jesús era un niño sobre el que recaían grandes expectativas, un peso que venía del pasado y que daba forma a una clara identidad judía, marcada por la descendencia davídica, por el ser originario de Belén pero arrancado del hogar ancestral, refugiado en Egipto y emigrado a Galilea, consciente de la persecusión”.

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¿De qué nos habla la infancia de Jesús?

¿De qué nos habla la infancia de Jesús?

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Agorà - Entre el siglo XIII y XV la economía se convierte en un tema de debate teológico y alcanza a un público amplio: el ensayo de Luca Ughetti Predicare l’economia (Carocci, 2025).

Luigino Bruni

publicado en Agorà di Avvenire el 08/11/2025

Los comerciantes siempre supieron que el mercado era una forma de reciprocidad y de amistad civil. Intercambiar bienes no era más ni menos civil que administrar una comuna o una hermandad. Quienes lo tenían menos claro eran los teólogos, los obispos y los papas, que basándose en el principio según el cual la idea de la realidad es superior a la realidad, describieron y regularon mercados, comercios, contratos y finanzas mostrando un conocimiento pobre sobre los mercados y sobre las transacciones reales, demasiado pobre como para que todo la Edad Media y, aún más, la Edad Moderna católica pudieran conocer una verdadera alianza por el Bien común entre laicos y clérigos, entre los documentos oficiales de la Iglesia y las escrituras contables de comerciantes y banqueros. En los tratados morales de teólogos y pastores de la Iglesia se leían condenas a los préstamos con interés, a las ganancias que sacaban los comerciantes, como si en las ciudades reales hubiese alguien que prestara dinero gratuitamente o que llevara tejidos de Florencia a París sin ninguna ganancia.

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Pero mientras los teólogos y los doctores escribían manuales sobre la moneda, los comerciantes tenían que trabajar. Todos sabían, incluso los autores de los tratados morales, que los agentes económicos-financieros no trabajaban gratis, que recurrir a sus servicios tenía un costo, y que el precio a pagar por obtener la mercancía-moneda se llamaba interés, aceptado por todos los operadores, sobre todo si no era excesivo. Entre el siglo XIV y XV, Venecia tenía más de cien bancos, cristianos y judíos, Florencia setenta, Nápoles cuarenta, Palermo catorce. La Iglesia era experta en ambigüedades, también en lo económico. Conocían los nombres de los grandes banqueros de la ciudad, se sentaban con ellos en los consejos de gobierno, y sobre todo se aprovechaban de sus servicios. Esto lo sabían todos, sobre todo los citadinos, pero se hablaba muy poco, también porque los que escriben la historia, en general intelectuales, sobrevaloran el peso de los libros y de las ideas, y se olvidan, o subestiman, el hecho de que la realidad se impone con sus necesidades y deseos. Desde lo alto de las catedrales y desde sus latinorum, los teólogos aplicaban prohibiciones que hacían más complicada la vida de los comerciantes y de la gente, incluso de los comerciantes honestos, y sobre todo de los pobres a los que, de buena fe, querían proteger.

Predicare l’economia de Luca Ughetti se inscribe en la rama de estudios, inaugurada por maestros como Amleto Spicciani y Giocomo Todeschini, que se centra en las órdenes mendicantes del siglo XIII y la segunda mitad del siglo XV en el centro de Italia (sobre todo la Toscana, Umbria y Las Marcas), para comprender el nacimiento de la economía de mercado. El libro es una colección de ensayos (las repeticiones se vuelven, por lo tanto, casi inevitables) que inspira a los que aman conocer más acerca de las raíces de la economía italiana y europea, en particular del espíritu del capitalismo meridional anterior a la Reforma, y por lo tanto de una narrativa diferente al análisis de Max Weber sobre la ética protestante.

Los primeros protagonistas del libro son dos predicadores dominicos de la Florencia del siglo XIII y XIV, Remigio de Girolami y Taddeo Dini; luego sigue un extendido análisis de algunas obras menos conocidas de Bernardino de Siena y de algunos de sus discípulos de la Observancia franciscana, Juan de Capistrano y Jaime de la Marca (maestro de Marco de Montegallo, de quien hemos hablado otras veces en estas páginas, como fundador de Montes de Piedad y de Montes frumentarios).

Los dominicos, como sabemos, eran menos abiertos que los franciscanos (Olivi, Scoto) con respecto a las novedades de los comerciantes y de los mercados. Su crítica a las ganancias y, todavía más, a la usura se refleja con fuerza en el volumen: “Todo usurero peca, y todo pecador es usurero” (Remigio, p. 42). Es interesante ver la amplia gama de animales y de bestias usadas para describir los pecados de los comerciantes y de los usureros: águila, ballena, serpiente, burro, perro. El apelativo de ‘perros’ era, desde Jerónimo, el más elegido para los judíos, que se convirtieron en la imagen perfecta del usurero: un fuerte anti-semitismo acompañó la fundación de la economía de mercado, un aspecto que el libro menciona pero que apenas desarrolla.

Son importantes las páginas dedicadas a Bernardino, que se caracteriza por la ambigüedad, la misma que la de su época. El gran predicador de Siena muestra en algunos textos una mayor apertura hacia el mercado y los comerciantes, si es que la actividad satisface las seis condiciones indicadas por la teología y el derecho medieval: persona, causa, tiempo, lugar, consorcio, modo. A estas seis notas morales, Bernardino, dirigiéndose (con cierta creatividad) a Scoto, agrega una séptima: el daño común, una versión en negativo del bien común. En estos sermones hay siempre palabras de condenación, sin excepción, a la usura, pero hay también algunas palabras buenas respecto al comercio, como cuando Bernardino usa incluso metáforas económicas para hablar de la Salvación (“Dios comerciante”) y de la “mercantia amoris” (p. 92). Pero muchas veces Bernardino pasaba por alto un dato que él y los otros predicadores sabían muy bien: que los grandes comerciantes y grandes usureros eran generalmente de las mismas familias toleradas como banqueros, gracias a su filantropía como comerciantes. Pensemos al respecto en uno de los mensajes de “El mercader de Venecia” de Shakespeare: Antonio, el mercader que interpreta el lado de la víctima, y que se jacta de prestar gratis, y Shylock, el usurero que hace de verdugo, una tesis que Shakespeare discute.

Al análisis de esta séptima condición de Bernardino, Ughetti le dedica muchas páginas, de las cuales emerge la raíz de la desconfianza sustancial que los predicadores medievales tenían para con los comerciantes. La base de la propuesta teórica, implícita pero fuerte y clara (aunque Ughetti no lo dice), es que el comercio se desarrolla en una constante condición de lo que hoy llamaríamos ‘información asimétrica’, donde el comerciante es la parte más informada y la que abusa de sus conocimientos para engañar al sencillo pueblo. Esto se ve con claridad con el bernardino Jaime de la Marca, cuando en los años 1440-1450, en uno de los temas de su Quaresimale, enumera todos los trucos fraudulentos de un comerciante (‘Mastro Bartolomeo’): “Primero es el que cuenta y engaña; que al contar tan rapido deja atónito a aquel o aquella que recibe el dinero: porque cuenta con prisa (‘ta', ta', ta', uno, dos, tres, cinco, siete, ocho, diez, trece, catorce, diecisiete, diecinueve, veinte’), y la pobre mujer que no tiene tanto intelecto cree que es lo que tú dices y los recibe tal y como tú se los das, y cuando va a la casa y empieza a contar peso por peso, se da cuenta de que la engañaron con tres monedas” (p. 218). Esta hipótesis, que algunas veces y en algunos mercados se comprueba, se volvió una regla general de las transacciones. De ahí la conclusión de que el trabajo de compraventero no era un trabajo legítimo, porque no era útil al bien común (es decir, al bien del común, al bien de la ciudad), porque estaba fundado en esos engaños.

Los comerciantes eran conscientes de que a menudo el beneficio mutuo era asimétrico (+4, +1) debido a las tantas correlaciones de poder y de información, pero hasta ayer era raro que quien aceptaba un intercambio lo hiciera perdiendo intencionalmente riqueza y utilidad; también porque los intercambios se repetían, las personas volvían y había entonces efectos importantes sobre la reputación. Pero cuando el contrato llegaba a generar un signo menos en cualquier parte del contrato (+1;-1, +4;-1…), los ejecutantes sabían perfectamente que se estaba saliendo de la economía y se estaba entrando en el hurto, se dejaba la fisiología y empezaba la patología del mercado. Y por estos actos indebidos se confesaban, pedían perdón y restituían cada tanto ese mal recaudo, quizás en el jubileo o poco antes de morir, como nos relataba hace casi un siglo Armando Sapori. En las finanzas la asimetría era muy grande, por eso era perseguida con mucha atención por las leyes, pero también aquí el beneficio mutuo tenía un radio de alcance amplio, que todos conocían muy bien – y no eran raras las protestas de la gente cuando las autoridades civiles y religiosas expulsaban a los judíos con sus bancos de las ciudades medievales y modernas. En algunas páginas de Bernardino también aparece el beneficio mutuo en el mercado, pero en otras páginas es negado, alimentando la idea de los comerciantes (sobre todo pequeños) como ladrones y estafadores, como gente a mirar con desconfianza.

Y sobre la base de esta parcial teoría del valor, Jaime de la Marca construye toda una casuística, que haría avergonzar a la actual bolsa de valores, porque el “modo” del contrato no debe ser “Malignus, Falsus, Infedelis, Iniustus, Crudelis” (p. 214), más veinte casos de estos cinco géneros (desde el camuflaje hasta el cambio falso). También en el Quaresimale encontramos otro diálogo hipotético con el comerciante que reivindica la legalidad de su trabajo porque “nutre a la ciudad”, y para su tesis argumenta: “La primera motivación es evidentemente falsa, ya que nunca he visto a nadie morir de hambre, salvo a quienes están en prisión por deudas o a quienes se les ha despojado de sus propios bienes, dado que Dios da alimento a los hombres” (p. 221).

Leyendo estos libros y otros del género nos damos cuenta de que la economía de mercado en Italia y en Europa logró desarrollarse a pesar de las acciones de los predicadores. Los comerciantes y banqueros no escucharon la casuística de los predicadores, trataron de seguir trabajando, incluso porque muchos franciscanos, mientras sus colegas profesores de teología escribían tratados en latín, eran amigos de comerciantes, eran sus confesores, los veían en las Órdenes Terceras y los alentaban a seguir más allá de los repudios y las prohibiciones de tratadistas y predicadores. Pero por sobre todas las cosas, los comerciantes y los agentes económicos han desarrollado, en los países católicos, una doble moral que sigue estando en la base de tantas anomalías latinas, desde las amnistías fiscales hasta la evasión generalizada. No hemos sido capaces de generar una verdadera cultura de confianza entre mercado, religión y ciudad, y por eso también en nuestra hermosa Constitución republicana no encontramos palabras como ‘empresario’, ‘mercado’ o ‘banco’.

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Agorà - Entre el siglo XIII y XV la economía se convierte en un tema de debate teológico y alcanza a un público amplio: el ensayo de Luca Ughetti Predicare l’economia (Carocci, 2025).

Luigino Bruni

publicado en Agorà di Avvenire el 08/11/2025

Los comerciantes siempre supieron que el mercado era una forma de reciprocidad y de amistad civil. Intercambiar bienes no era más ni menos civil que administrar una comuna o una hermandad. Quienes lo tenían menos claro eran los teólogos, los obispos y los papas, que basándose en el principio según el cual la idea de la realidad es superior a la realidad, describieron y regularon mercados, comercios, contratos y finanzas mostrando un conocimiento pobre sobre los mercados y sobre las transacciones reales, demasiado pobre como para que todo la Edad Media y, aún más, la Edad Moderna católica pudieran conocer una verdadera alianza por el Bien común entre laicos y clérigos, entre los documentos oficiales de la Iglesia y las escrituras contables de comerciantes y banqueros. En los tratados morales de teólogos y pastores de la Iglesia se leían condenas a los préstamos con interés, a las ganancias que sacaban los comerciantes, como si en las ciudades reales hubiese alguien que prestara dinero gratuitamente o que llevara tejidos de Florencia a París sin ninguna ganancia.

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Hermanos mendicantes, los primeros maestros en economía

Hermanos mendicantes, los primeros maestros en economía

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Editorial – Nuevos cultos y resistencia civil

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 28/11/2025

Este año se celebran los cincuenta años de la muerte de Pierpaolo Pasolini. Viendo la preparación del ‘black friday’, ahora transformado en ‘black week’ o en 'black month’, me preguntaba qué hubiera dicho Pasolini acerca de eso en lo que se ha convertido este capitalismo consumista, que el escritor friulano había visto en una etapa todavía híbrida e incipiente. En realidad, medio siglo antes de él, Walter Banjanim y Pavel Florenskji ya habían anunciado profeticamente que el capitalismo se convertiría rápido en una verdadera religión que sustituiría al cristianismo: “En Occidente el capitalismo se ha desarrollado parasitariamente en el cristianismo” (W. Benjamin). Estos tres grandes autores habían intuído la naturaleza del capitalismo, y sobre todo habían captado la gran metamorfosis que se estaba produciendo: el primer espíritu del capitalismo del siglo XIX, asociado al trabajo, a la fábrica y a los empresarios, se estaba transformando en el espíritu del consumo total, un nuevo culto global que estaba generando una nueva cultura global.

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La naturaleza consumista del capitalismo global es particularmente relevante y decisiva en las llamadas ‘culturas de la vergüenza’ (en la definición de la socióloga Ruth Benedict en 1946), diferentes a las ‘culturas de la culpa’ que son, por el contrario, típicas de los países nórdicos y de matriz protestante. En los países de la ‘cultura de la vergüenza’, la pobreza y la riqueza se miden y se valoran con la mirada de los demás. En el siglo XXI, con la difusión de la meritocracia, llevada adelante por el business de tipo norteamericano, a la pobreza como vergüenza se le sumó la pobreza como culpa (demérito). De manera simétrica, también la riqueza tiene valor y produce satisfacción solo si es vista por los demás. En los países católicos, ser rico sin que nadie lo vea, lo sepa y lo envidie, vale poco. La riqueza es riqueza solo si es ostentada y admirada por los demás.

Se entiende entonces que el capitalismo centrado en el consumo ejerza en las culturas de la vergüenza una seducción invencible: aunque seamos pobres de renta y de trabajo, en el consumo podemos parecer ricos – los mismos autos, los mismos sofás, las mismas vacaciones. Un consumo alimentado y drogado por los préstamos fáciles y por las ilusiones de los juegos de azar y de televisión.

Es en este contexto religioso que hay que entender y evaluar el fenómeno del black friday, una de las nuevas fiestas de la religión capitalista. Cada año la fiesta es más imponente, las adhesiones a los descuentos son más amplias y las colas para comprar son más largas. Cuando el cristianismo era la religión que predominaba, las fiestas religiosas eran las que dictaban los momentos de descuentos (Navidad). Ahora la nueva religión consumista crea las propias fiestas, y decide por tanto cuándo los vendedores deben hacer descuentos y cuándo los consumidores comprar – cualquier religión nueva debe crear nuevas fiestas.

La invasión de esta nueva religión global debería preocupar a los que creen que la espiritualidad y la fe son cosas serias, y que buscan cuidar quizás lo que queda vivo en el cristianismo y en otras religiones. Pero no es así ni en la iglesia ni, todavía menos, en el mundo de la izquierda, que en el siglo XX quería combatir al capitalismo de las fábricas y de los patrones. El papa Francisco invitó a toda la Iglesia a crear una crítica concreta del capitalismo. Le dedicó a la economía gran parte de sus escritos y de sus palabras. Aún así, hoy asistimos a un entusiasmo creciente por el black friday en el mundo católico, tanto del lado del consumo como de la producción. Preguntémonos cuántos católicos hicieron ‘objeción de conciencia’ sobre este nuevo culto, cuántos negocios, librerías, bancos… Creo que muy pocos. Al contrario, hay un gran entusiasmo por estas nuevas liturgias paganas, que se suman a la exultación por las nuevas teorías religiosas del paradigma vencedor, desde los cursos de liderazgo hasta la invasión de consultorías empresariales en las parroquias, las diócesis, los sínodos, los movimientos y las comunidades religiosas. Una religión que apunta a la satisfacción de los fieles que se sienten contentos porque sacan ganancias con precios más bajos en los días y en los modos escogidos por el imperio. El descuento debe ser real, porque el sacrificio es un elemento esencial en cualquier religión pagana – que nos dice que el ídolo es el consumidor, no el objeto.

Y como pasó con todos los imperios religiosos mundiales, la libertad de elección individual se reduce y se vuelve muy costosa. No se puede no hacer descuentos en el black friday, no se puede no comprar. Los consumidores complacidos terminan así legitimando y reforzando el sistema; y ese consumidor que compró el mismo producto un día antes de los descuentos se sentirá culpable y estúpido. El sentido de culpa es, de hecho, un mecanismo esencial de esta religión: “este culto es culpabilizante. El capitalismo es presumiblemente el primer caso de un culto que no permite expiación, sino que produce culpa” (W. Benjamin). Eso por no hablar de los aspectos macroscópidos más inmediatos, como los denunciados por la WWF Italia: el viernes ‘negro’ para el medioambiente, el crecimiento exponencial de la celebración online del black friday que descarga sus descuentos sobre la colectividad y sobre el planeta (Co2, tráfico, cierre de pequeños negocios locales…).

Justamente hoy, en una coincidencia providencial, está empezando en Castelgandolfo el congreso internacional de The Economy of Francesco, jóvenes economistas y empresarios que tienen por objetivo resistir al nuevo imperio nihilista del consumo para dar vida a una economía de las relaciones, de la sobriedad y de la paz, en el nombre de los dos Franciscos (de Asís y del papa Bergoglio). El cristianismo puede tener alguna chance de superar su profunda y mundial crisis actual cuando pronto vea que no hay ninguna tierra prometida a la que llegar, ningún evangelio que anunciar a los ciudadanos reducidos a consumidores, vaciados del alma por las mercancías cada vez más sofisticadas y metafísicas. Sin esta conciencia y sin su consecuente resistencia moral, seguiremos lamentándonos por las iglesias vacías, sin ver que hay otras iglesias que se están llenando de nuevos ‘fieles’ fidelizados.

Hoy una comunidad espiritual está en el poder constituirse como un lugar de resistencia ante el imperio que confía la salvación a las mercancías. Hoy solo una profecía que sea también profecía económica puede ser sal de la tierra: “Ningún centralismo fascista pudo hacer lo que hizo el centralismo de la civilización de los consumidores… La tolerancia de la ideología hedonista querida por el nuevo poder, es la peor de las represiones de la historia humana” (P. Pasolini, 9 de diciembre de 1973).

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Editorial – Nuevos cultos y resistencia civil

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 28/11/2025

Este año se celebran los cincuenta años de la muerte de Pierpaolo Pasolini. Viendo la preparación del ‘black friday’, ahora transformado en ‘black week’ o en 'black month’, me preguntaba qué hubiera dicho Pasolini acerca de eso en lo que se ha convertido este capitalismo consumista, que el escritor friulano había visto en una etapa todavía híbrida e incipiente. En realidad, medio siglo antes de él, Walter Banjanim y Pavel Florenskji ya habían anunciado profeticamente que el capitalismo se convertiría rápido en una verdadera religión que sustituiría al cristianismo: “En Occidente el capitalismo se ha desarrollado parasitariamente en el cristianismo” (W. Benjamin). Estos tres grandes autores habían intuído la naturaleza del capitalismo, y sobre todo habían captado la gran metamorfosis que se estaba produciendo: el primer espíritu del capitalismo del siglo XIX, asociado al trabajo, a la fábrica y a los empresarios, se estaba transformando en el espíritu del consumo total, un nuevo culto global que estaba generando una nueva cultura global.

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El Black Friday: ídolos y culpa en el carrito de compras

El Black Friday: ídolos y culpa en el carrito de compras

Editorial – Nuevos cultos y resistencia civil Luigino Bruni publicado en Avvenire el 28/11/2025 Este año se celebran los cincuenta años de la muerte de Pierpaolo Pasolini. Viendo la preparación del ‘black friday’, ahora transformado en ‘black week’ o en 'black month’, me preguntaba qué hubiera di...
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Editorial – Mirar el mundo desde abajo de la mesa

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 16/11/2025

La jornada mundial de los pobres, promovida en 2017 por el papa Francisco, no coincide con la Jornada de la eliminación de la pobreza, promovida por la ONU en 1992, y celebrada el 17 de octubre. Ambas jornadas se parecen, tienen mucho en común, pero hay entre las dos una gran diferencia, representada por la primera bienaventuranza del evangelio: “Bienaventurados los pobres’’. Es por eso que cuando en 1987 el padre Joseph Wresinski, fundador del Movimiento ATD Cuarto Mundo, lanzó la iniciativa que la ONU adoptaría cinco años después, la llamó evangélicamente ‘Jornada mundial contra la miseria’. La pobreza no es solo miseria, los pobres no son solo miseria. Muchos pobres están en la miseria, pero no todos, y no todas las pobrezas ni todos los pobres deben ser eliminados, porque si acabáramos con todos aquellos que libremente eligen la pobreza, la tierra se volvería de verdad demasiado miserable.

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Este año el papa León eligió como título: “Eres tú, Señor mío, mi esperanza” (Salmo 71:5). Si somos honestos tenemos que reconocer que nos cuesta mucho celebrar la jornada de los pobres y su esperanza no vana, porque casi todos, sentados en los cómodos sillones de nuestras tibias casas, hemos perdido contacto con los verdaderos pobres. Para hablar de la Jornada de los pobres y luego celebrarla deberíamos primero conocer a los pobres en carne y hueso, ser amigo de alguno, entrar en sus casas, en sus chozas, en sus no-casas, y quedarse ahí tal vez un buen rato. Escucharlos, dejarlos hablar, reconocerles una dignidad – como hacen los amigos de ATD Cuarto Mundo – de pensamiento y de palabra. Todos los reportes, las estadísticas, los estudios, los libros, las conferencias, las acciones y las políticas sobre la pobreza son hechas por no-pobres, por expertos que hablan casi siempre de un continente al que nunca fueron y del que escucharon hablar. A estos reportes e investigaciones que a veces (no siempre) son también útiles, deberíamos sumarles otros reportes e investigaciones que surjan de quienes están adentro de esa pobreza descrita por quien está por fuera. ‘La realidad es superior a la idea’, esa frase tan preciada por el papa Francisco, es siempre válida, pero sobre todo si se trata de la miseria y de la pobreza no-elegida, donde muchas veces la idea de la pobreza prevalece por sobre la realidad de la pobreza.

En esta jornada deberíamos, por el contrario, darle la palabra a los verdaderos pobres, escuchar su punto de vista sobre la pobreza, que nos cuenten con su lenguaje qué aspectos de su pobreza quisieran eliminar y cuáles no. Si hiciéramos eso veríamos algo muy distinto. Sería algo cristiano y profético si, al menos en vista de esta jornada, hiciéramos, por ejemplo, una comisión compuesta única o principalmente de pobres para preparar el primer borrador del mensaje del papa León y la Introducción al Reporte Cáritas. Aprenderíamos a mirar nuestro mundo con Lázaro, abajo de la mesa del rico epulón, porque la perspectiva de los pobres sobre el mundo es esencial incluso para el que no es pobre, o para el que ya no lo es. Los pobres no deben ser solamente objetos de estudio, de palabras, de acciones y de rezos, pueden convertirse en sujetos: y así veremos otros estudios, otras acciones, otros rezos.

Quizás no lo hacemos porque, incluso en la iglesia, los verdaderos pobres nos dan miedo, nos recuerdan una parte oscura de nuestra vida que no queremos ver, y entonces antes que un encuentro real con ellos preferimos hablar de los pobres y dar algunas limosnas. Si en cambio conociéramos a los Lázaros de hoy y nos sentáramos con ellos, desde ese bajo punto de vista veríamos cosas que ni los mensajes ni los reportes consiguen ver imaginando a la pobreza y mirando fenómenos, datos, huellas de la pobreza sin nunca ver a los pobres, o solo viéndolos cada tanto o en algún momento particular – por ejemplo cuando piden una ayuda. Pero los “pobres” (si es que queremos llamarlos de esta manera que apenas dice algo de estas personas), no piden solo ayuda, hacen muchas otras cosas, incluso también algunas bonitas: se enamoran, a veces ayudan a los otros, saben todavía traer niños al mundo, soportan (como Job) nuestras palabras y nuestras miradas, y a menudo saben todavía festejar.

El gran problema de las ‘ayudas’ a los pobres tiene que ver con el tema de las competencias. Los que se ocupan de los pobres, casi siempre de buena fe, no tienen casi nunca la competencia necesaria sobre la pobreza. Porque la competencia más importantes, en todos los ámbitos (inclusive el mercado), es la que nace del llamado conocimiento tácito, o sea la dimensión no codificada del conocimiento que no se puede aprender ni en la escuela ni en los másters. La competencia-conocimiento tácito es de hecho la que está solo en la cabeza y en el alma de las personas que están en esa situación específica, y que solo ellos poseen. Es la competencia para saber vivir con dos dólares al día, para preparar una comida con casi nada, es saber realmente qué es un compañero (cum-panis), saber qué es la confianza (fides: cuerda), qué es la caridad (lo que es caro, y entonces vale), saber cómo no morir de frío sin radiador ni estufa, e intuir incluso algo acerca de lo que significa la frase más escandalosa y profética de la Biblia: “Bienaventurados los pobres, porque de ustedes es el reino de Dios” (Lc 6:20).

Todo esto lo podríamos decir también con el término “subsidiariedad”, un gran principio que está en el corazón de nuestra democracia. Toda ayuda y toda palabra de la pobreza debe partir de quien está adentro del problema, de lo que ya sabe y de lo que es, de su saber hacer, y solo después actuar. Solo tú puedes hacerlo pero no puedes hacerlo tú solo, me enseñó hace muchos años el obispo Giancarlo Bregantini, en una síntesis perfecta de esa subsidiariedad evangélica.

Esta jornada debería ser entonces el buen día para conocer y respetar más a los verdaderos pobres, que necesitan muchas cosas, lo sabemos, pero que antes que nada necesitan amistad y estima, porque es la falta de estima la verdadera pobreza de los pobres, incluso dentro de la iglesia que tanto hace por ellos. Sobre todo hoy, que la religión meritocrática está llegando a convencernos de que los pobres no son solo indigentes sino también culpables de su pobreza. Feliz día de los pobres a todos, pero primero a los pobres.

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Editorial – Mirar el mundo desde abajo de la mesa

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 16/11/2025

La jornada mundial de los pobres, promovida en 2017 por el papa Francisco, no coincide con la Jornada de la eliminación de la pobreza, promovida por la ONU en 1992, y celebrada el 17 de octubre. Ambas jornadas se parecen, tienen mucho en común, pero hay entre las dos una gran diferencia, representada por la primera bienaventuranza del evangelio: “Bienaventurados los pobres’’. Es por eso que cuando en 1987 el padre Joseph Wresinski, fundador del Movimiento ATD Cuarto Mundo, lanzó la iniciativa que la ONU adoptaría cinco años después, la llamó evangélicamente ‘Jornada mundial contra la miseria’. La pobreza no es solo miseria, los pobres no son solo miseria. Muchos pobres están en la miseria, pero no todos, y no todas las pobrezas ni todos los pobres deben ser eliminados, porque si acabáramos con todos aquellos que libremente eligen la pobreza, la tierra se volvería de verdad demasiado miserable.

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La competencia de los pobres

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Agorà - Pietro Del Soldà advierte sobre la fusión y la obsesión identitaria, dos patologías que representan una amenaza para la democracia

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 23/10/2025

Pietro del Soldà, famoso filósofo y apreciado periodista de Radio 3, continúa con Amore e libertà. Per una filosofia del desiderio (Editorial Feltrinelli) su reflexión sobre la libertad, la amistad y el amor, todas palabras que preceden a la vida, individual y colectiva. Un libro escrito con una prosa brillante, culta, atractiva, y por momentos poética. Es un libro sobre el amor y la libertad, y sobre la posibilidad y la necesidad de enunciarlas juntas, de decir una diciendo la otra y, al decirlo recíprocamente, entender sus desafíos, sus paradojas, sus incompletudes y sus trampas.

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En la Introducción ya encontramos varias de las tesis del libro: “No hay felicidad fuera del amor, dice Diotima en el Banquete, y no hay tampoco deseo: si no hay impulso erótico, de hecho, no es realmente deseo, no me sacude en lo profundo, no me hace experimentar ese estado de privación radical que es la esencia del deseo y no me deja entonces palpar la eudaimonía, la felicidad que brota del acuerdo con el daimon, mi “parte divina”: si no amo y no soy amado nunca llegaré a ese acuerdo”. El amor es, entonces, amar y ser amado. Pietro del Soldà sabe que esa eudaimonía de Platón no coincide con la de Aristóteles, en quien la felicidad está poco asociada al daimon divino y mucho a las virtudes, sobre todo a las virtudes civiles. El discurso de Del Soldà es, de hecho, un discurso sobre el amor que parte de la visión de Platón, este inmenso filósofo que funciona como un eje constante y principal con el que se van a relacionar muchos otros autores (Plotino, Agustín, Hegel, Girard, Nietzsche, Simmel, Dumont, etc.: un índice de nombres hubiera sido útil). El punto delicado, que introduzco de inmediato, es si es posible y generativo articular un discurso sobre el amor conjugándolo solo, o principalmente, como eros. Lo veremos en esta nota.

Y agrega de inmediato el autor: “El amor, advierte Diotima, es también un astuto estafador, doleros, un “artífice de trampas”, por ser también hijo de Poros, o sea un artificio. Por lo tanto para manejar o domar al eros (Del Soldà recurre con frecuencia a la alegoría platónica del carro alado), hay que hablar con el eros, no es solo una pasión irracional, no debe convertirse en eso: “En el fondo, Logos y Eros no son dos enemigos. Al contrario, la gran enseñanza de la filosofía griega es que su vínculo es profundo e indisoluble: uno puede iluminar las partes oscuras del otro”. Eros no solo dialoga con Logos, también habla continuamente con Tánatos: el tercer eje de cualquier discurso sobre el amor-eros, y quizás sobre el amor en general.

Y llegamos rápido a la tesis central del libro - al menos a una de las más importantes -: “Saber vivir la propia naturaleza erótica significa abrirse a lo desconocido, a la alteridad: es el ‘amor libre’, el eleutheros eros del que Sócrates le habla a Fedro, y al que tenemos que perseguir contra cualquier obstáculo, es el antídoto principal a esa ‘obsesión identitaria’ que hoy representa la principal amenaza contra la democracia”. Del Soldà desarrolla su argumento sobre el amor moviéndose entre sus dos desviaciones o patologías. La primera es la fusión, “que aspira a fundir a los dos amantes en una sola cosa” y que encuentra su primera manifestación en el “célebre mito narrado por Aristófanes en el Banquete”, es decir, ‘‘recomponer la unidad perdida de aquel ser primigenio que existía en tiempos remotos”. La segunda enfermedad es la de “la identidad personal del que está en su cuarto esperando de los otros un reconocimiento que se antepone a cualquier relación comprometedora”. Con esto se renuncia a la naturaleza nomádica del eros, porque la buena vida consiste en ‘‘dejarnos llevar, en el ‘tirar la vida por la ventana’, también en el amor: necesitamos caer y no tenemos que tener miedo. O mejor aún, el miedo siempre nos va a acompañar…Y está bien así’’. Pero sin caer en el mito de la fusión. Las páginas sobre la crítica a quien decide dejar de vivir por miedo a morir, por no intentar la salvaje aventura del eros solo por miedo al tánatos, son las páginas más lindas y densas del libro, y revelan un pensamiento original.

Para tratar de salir de esta especie de trágica decisión, Del Soldà se apoya en Platón (en Fedro), en Lucrecio y en la politización del eros: “El amor es, y siempre será, el emerger del deseo esencial de esa extraña criatura llamada ser humano… que sigue siendo lo que siempre fue: un zoon politikon, un animal político que habla, que piensa, que expresa las emociones y que organiza su vida en un espacio común, la polis”.

También son excelentes las páginas que, bajo el ala de Lacan (y de Recalcati), el autor dedica a la incompetencia del eros debido a la naturaleza recíproca del deseo, el ser deseo de un deseo deseante: “mi deseo no es deseo de ti y punto, como si fueses un objeto inerte (una presa), sino que es deseo de tu deseo’’. La necesidad de deseabilidad hace que la ‘‘reciprocidad del amor sea, al mismo tiempo, plena e imperfecta, realizada e inalcanzable. Otro enigma...”. De ahí la identificación de un núcleo central del misterio del amor-eros: ‘‘si el encuentro entre amantes es perfecto y cristalino, sin sombras, si no se deja ver al menos una leve grieta que resquebraje el proceso de reconocimiento, es probable entonces que las cosas terminen mal”. Entonces en el amor debe haber también “deseo de faltarse, de no entenderse, o de entenderse solo en parte”.

La investigación sobre el eros como libertad lleva a Del Soldà a explorar soluciones atrevidas, como la superación de la pareja: “No significa que una eventual superación de la pareja – al menos como la conocimos hasta acá – sea necesariamente malo. No es seguro que lleve necesariamente al ocaso del sentimiento amoroso”. Cuesta mucho seguir al autor en esta superación de la pareja en el amor erótico. Para entender este dificultad (respetuosa), es necesario abrir un debate sobre las formas del amor.

El libro de Del Soldà habla principalmente del eros. Pero el mundo griego y luego el cristianismo, y por tanto el humanismo occidental, nos habla de muchos amores: el amor tiene una semántica plural. Eros es la forma amorosa que está en el centro del discurso de Platón y de otros griegos. Aristóteles en sus Éticas nos habla sobre todo de la philia, de la cual Del Soldà, por cierto, habló mucho en su anterior ensayo Sulle ali degli amici (2022). La philia no es el eros, se le parece, y no es su opuesto, sino que es otra forma de amor. El mundo griego conocía también el amor por los hermanos y hermanas, o por los padres. Los Evangelios y Pablo, luego, nos han hablado de otra forma de amor, el ágape.

El léxico greco-cristiano podía distinguir el ‘te quiero’ que se decía a la mujer amada del ‘te quiero’ que se le decía a un amigo, y reconocer al mismo tiempo que el segundo no era inferior ni menos verdadero que el primero. El cristianismo, luego, agregó una tercera palabra griega para darle otro tono al mismo amor, ya presente en la Biblia hebrea y, sobre todo, ya presente en la vida. Esta maravillosa palabra es ágape, el amor que sabe amar a quien no es deseable y al no-amigo.

Son dimensiones del amor que, a menudo, están juntas en las relaciones verdaderas e importantes. Como sucede claramente en la amistad, donde la philia nunca está sola, porque es la primera en necesitar amigos. Está acompañada del deseo-pasión por el amigo y está irrigada por el ágape, que le permite durar y renacer en nuestras derrotas y en nuestras fragilidades. Una amistad que sea solo philia no sería lo suficientemente cálida y fuerte como para no dejarnos solos en nuestro camino. Pero es la philia la que vincula al eros con el ágape, la que los hermana – Jesús también necesitó del registro de la philia para decir su amor. En esas pocas amistades que nos acompañan durante largos trayectos de la vida, a veces hasta el final, la philia encierra en sí misma los colores y los sabores del eros y del ágape. Son los amigos que hemos perdonado y que nos han perdonado setenta veces siete, esos que cuando no regresaban eran esperados y deseados como una esposa o un hijo. Esos que hemos abrazado y besado, igual y diferente a otros abrazos y otros besos, esos amigos con quienes hemos mezclado muchas veces las lágrimas hasta fundirlas en la misma gota salada. Por eso, pocos dolores son tan grandes como la muerte de un amigo – en ese día, una parte del corazón deja de latir, y ya no vuelve a arrancar. No hay solo una lucha radical entre eros y tánatos; hay otra, parecida y distinta, entre philia y tánatos, y hay amigos que siguen viviendo, resistiendo el dolor y la enfermedad, solo porque esperan volver a verse en la próxima visita en casa o en el asilo, cuando ese philos que llega vale toda una vida, vale toda la philosophia del mundo.

La philia y más aún el ágape abren el amor de la pareja, la llevan a trascender y a superarse. Es más difícil pensar en una buena superación de la pareja si nos quedamos solo en el registro del eros. Es cierto que el amor es libertad, como dice el título del libro, pero el amor no es solo libertad. El amor humano es muchas cosas, se lo enuncia con muchas palabras que califican, elevan y limitan el campo de acción de la libertad. Y en primer lugar, libertad es también una palabra plural (libertad por, libertad de, libertad con, libertad para…), y algunas de estas preposiciones remiten directamente a la palabra gemela de una buena libertad civil y política: responsabilidad. Porque si el encuentro erótico es un encuentro entre individuos totalmente irresponsables y desentendidos los unos con los otros, aquella libertad solo genera infelicidad y engaños, de los cuales algunos son descritos por Del Soldà en la primera parte del ensayo. Porque, como subraya en el capítulo 4, el eros tiene un nexo único e inseparable con el cuerpo y con las responsabilidades propias del cuerpo (el cuerpo no es solo belleza y deseo).

Para un amor responsable no es suficiente el eros. No es suficiente para la familia, para las esposas, para los maridos, no es suficiente para los niños, no es suficiente para que nuestras heridas y las de los demás sean posibles y sostenibles.

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Pietro del Soldà, famoso filósofo y apreciado periodista de Radio 3, continúa con Amore e libertà. Per una filosofia del desiderio (Editorial Feltrinelli) su reflexión sobre la libertad, la amistad y el amor, todas palabras que preceden a la vida, individual y colectiva. Un libro escrito con una prosa brillante, culta, atractiva, y por momentos poética. Es un libro sobre el amor y la libertad, y sobre la posibilidad y la necesidad de enunciarlas juntas, de decir una diciendo la otra y, al decirlo recíprocamente, entender sus desafíos, sus paradojas, sus incompletudes y sus trampas.

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No es solo Eros: el amor es libertad responsable

No es solo Eros: el amor es libertad responsable

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Editorial - La “Dilexi te” del Papa León XIV habla sobre todo de la mala pobreza, o sea de la miseria y de las privaciones, pero sin olvidar la hermosa pobreza del Evangelio.

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 11/10/2025

En el humanismo cristiano, la palabra pobreza es de un espectro muy amplio: va desde la desesperación del que sufre la pobreza por los demás o por alguna desgracia, hasta el que la elige libremente como un camino de bienaventuranza, una decisión libre que a menudo se convierte en la vía maestra para liberar a los que no la eligieron. En la Iglesia siempre hay, y siempre hubo, miles de mujeres y hombres que se hicieron pobres con la esperanza de ser llamados “bienaventurados” (DT, n. 21), y que luego, más tarde, comprendieron que esa primera bienaventuranza de Jesús la podían escuchar solo haciéndose compañeros de esos pobres que conocen solo el lado oscuro de la pobreza. Si entonces esta pobreza elegida, este “adelanto” del Reino de los cielos, fuese eliminado de la tierra por alcanzarse un “objetivo del milenio”, ese día llegaría un pésimo anuncio para la humanidad, que sin la pobreza evangélica se encontraría infinitamente más pobre y miserable, aunque no lo sepa. La Dilexi te (DT) del papa León XIV habla sobre todo de la mala pobreza – que también podríamos llamar miseria o privación – para impulsarnos a que nos encarguemos de ella y a no “bajar la guardia” (n. 12), pero no olvida la linda pobreza del Evangelio, fundamentalmente las largas sesiones dedicadas a la visión bíblica de la pobreza.
[fulltext] => Por los Evangelios y por la vida sabemos que no se puede separar la mirada y el juicio evangélico sobre la pobreza y aquel sobre la riqueza (n. 11). La pobreza no es, de hecho, un estatus individual, no es un rasgo de la personalidad ni un “amargo destino” (n. 14). Por el contrario, es una relación equivocada con las personas, con las instituciones y con los bienes, es un mal relacional, es el resultado de decisiones colectivas e individuales de personas concretas e instituciones concretas. Si existen personas que se encuentran, sin haberlo elegido, en una condición de miseria, eso está profundamente ligado a otras personas e instituciones que se encuentran con riquezas excesivas y a menudo injustas, casi siempre habiéndolo elegido. Sin llegar a decir con eso que tu riqueza es la razón de mi pobreza – tesis que está en la base de muchas envidias sociales ‒, sino solo reconocer la naturaleza fundamentalmente relacional (n. 64), social y política de las pobrezas y las riquezas de los hombres, y más aún de las mujeres (n. 12) y de los niños y niñas. Por eso no es fácil para la Iglesia hablar de pobreza y de pobres, porque haría falta mantener en una tensión vital estas dos dimensiones de la pobreza – la buena y la mala ‒, ya que si se deja afuera a una, no solo se comete un grave error, se sale del Evangelio. La cosa se pone todavía más complicada si llevamos hasta el fondo la lógica paradójica de las bienaventuranzas y vemos que entre los pobres que Jesús llama “bienaventurados” no están solo los pobres Franciscos que escogieron la pobreza, sino también los pobres como Job, aquellos que la pobreza solo la padecieron. Y ahí poder llamar a los dos “bienaventurados”, sin vergüenza. “Bienaventurados los pobres” es también la bienaventuranza de los niños y los moribundos.
La Dilexi te es un llamado a la acción de los cristianos y, a la vez, una meditación sobre la pobreza desde la perspectiva del Antiguo y del Nuevo Testamento, desde Pablo, los Padres y la tradición de la Iglesia, con una especial atención a los carismas que han puesto a la pobreza y a los pobres en el centro, como Francisco de Asís (n. 64) y sus tantos amigos y amigas. También es una reflexión sobre la pobreza particular de Jesús (nn. 20-22). Es importante que esta primera exhortación del papa León esté en plena continuidad ‒ ya incluso desde el título, que es el hermano gemelo del Dilexti nos ‒ con el magisterio del papa Francisco sobre la pobreza (n. 3), el tema que estuvo en el centro de su pontificado. El papa Francisco eligió el puesto de Lázaro (Lc 16) debajo de la mesa del rico epulón como su lugar de observación en el mundo. Desde ahí vio personas y cosas – entre ellas las cárceles: n. 62 ‒ diferentes a las que ven los que miran el mundo sentados al lado del rico epulón. Con Dilexi te León nos dice que quiere seguir mirando la Iglesia y el mundo junto a Francisco y al Lázaro de la historia. Y esa es una buena noticia. Los pobres, escribe, “no están por casualidad o por un ciego y amargo destino (n. 14), sin embargo, continúa, “todavía hay algunos que se atreven a afirmarlo, mostrando ceguera y crueldad”. Es importante que el papa León vuelva a conectar, también acá en continuidad con Francisco, esta ceguera y crueldad con la “falsa visión de la meritocracia”, porque esta es una ideología en la que “pareciera que sólo tienen méritos aquellos que han tenido éxito en la vida” (n. 14). Por lo tanto, la meritocracia es una falsa visión. La ideología meritocrática es, de hecho, una de las principales “estructuras de pecado” (nn. 90 ss.) que generan exclusión y luego intentan legitimarla éticamente.
Una última nota. Hoy existe un gran magisterio laico sobre la pobreza no elegida. Es el de Amartya Sen, M. Yunus, Ester Duflo (tres premios Nobel) y de muchos otros estudiosos que nos enseñaron muchas cosas nuevas acerca de la pobreza. Nos mostraron que la pobreza es una privación de libertad, de capacidades (capabilities), por lo tanto es una falta de capitales (sociales, sanitarios, familiares, educativos…) que nos “impiden desarrollar la vida que deseamos vivir” (A. Sen). La falta de capitales se manifiesta como la falta de flujos (ingresos), pero es solamente cuidando los capitales que mañana se podrán mejorar los flujos. Y es a los capitales que deberían orientarse también “las limosnas” (nn. 115 y ss.), como hacen los muchos carismas de la Iglesia desde hace tantos siglos (nn. 76 y ss.), combatiendo la miseria “en capitales”, construyendo escuelas u hospitales. Esperamos que los futuros documentos pontificios incluyan este magisterio laico sobre la pobreza, a esta altura esencial para entenderla y para tratarla. Y esperamos que el mundo laico también descubra la belleza de la pobreza elegida. Porque para el mundo, incluso para la mejor parte de este mundo, la pobreza solo es un mal que hay que erradicar. Y eso en realidad es muy poco.
Credit Foto: © Diego Sarà
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Editorial - La “Dilexi te” del Papa León XIV habla sobre todo de la mala pobreza, o sea de la miseria y de las privaciones, pero sin olvidar la hermosa pobreza del Evangelio.

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 11/10/2025

En el humanismo cristiano, la palabra pobreza es de un espectro muy amplio: va desde la desesperación del que sufre la pobreza por los demás o por alguna desgracia, hasta el que la elige libremente como un camino de bienaventuranza, una decisión libre que a menudo se convierte en la vía maestra para liberar a los que no la eligieron. En la Iglesia siempre hay, y siempre hubo, miles de mujeres y hombres que se hicieron pobres con la esperanza de ser llamados “bienaventurados” (DT, n. 21), y que luego, más tarde, comprendieron que esa primera bienaventuranza de Jesús la podían escuchar solo haciéndose compañeros de esos pobres que conocen solo el lado oscuro de la pobreza. Si entonces esta pobreza elegida, este “adelanto” del Reino de los cielos, fuese eliminado de la tierra por alcanzarse un “objetivo del milenio”, ese día llegaría un pésimo anuncio para la humanidad, que sin la pobreza evangélica se encontraría infinitamente más pobre y miserable, aunque no lo sepa. La Dilexi te (DT) del papa León XIV habla sobre todo de la mala pobreza – que también podríamos llamar miseria o privación – para impulsarnos a que nos encarguemos de ella y a no “bajar la guardia” (n. 12), pero no olvida la linda pobreza del Evangelio, fundamentalmente las largas sesiones dedicadas a la visión bíblica de la pobreza.
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Bienaventurados los pobres, no la miseria

Bienaventurados los pobres, no la miseria

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Educación financiera: con los más pequeños, aún para las tareas del hogar, hay que usar el dinero como premio y no como incentivo.

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 03/10/2025

Además de ser un clásico de la literatura universal, Las Aventuras de Pinocho tienen también mucho sobre economía. Los clásicos no envejecen, y no ha envejecido tampoco la ética económica de Pinocho. En algunos de sus pasajes hay verdaderas enseñanzas sobre el uso del dinero en los niños y los jóvenes. Desde el comienzo de sus aventuras, Pinocho desarrolla una pésima relación con el dinero, lo que está en el origen de las páginas más desgraciadas de la historia. Acaba en el pequeño teatro de Mangiafoco vendiendo su abecedario, y después, con las cinco monedas de oro, termina entre las garras del gato y del zorro, y del abuso económico.

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Los intérpretes de Pinocho, incluso los pocos economistas que intentaron estudiarlo, ante la ingenuidad y la falta de preparación de Pinocho en el manejo de dinero, llegaron a la conclusión que parece más obvia: está bien que los niños sean rápidamente educados en las finanzas, en la lógica del dinero, porque de otro modo van a terminar siendo víctimas de gatos y zorros: “La historia de Pinocho nos da la oportunidad de pensar en nuestro dinero” (FEduF (1) ).

En verdad estoy convencido de que el mensaje del libro de Carlo Collodi es exactamente el contrario, es decir: ahora que puedes, mantén alejados a tus niños y tus niñas del dinero y de su lógica. El dinero y el niño viven – deberían vivir – en mundos diferentes. La lengua materna del niño es el don, y cuando entra en contacto con el dinero y con la lógica económica hay que hacerlo con mucho cuidado, porque sucede muy a menudo que la fuerza del lenguaje económico se devora el tan delicado registro del don – y eso sí que es un desastre educativo.

Cuando necesitan dinero se lo piden a los papás, y dentro de esta relación no económica y gratuita se aprende también el abecé de la economía de mañana. La dependencia económica con los padres es perfecta, porque el dinero, conocido al principio como don, crea las premisas éticas para dar el justo valor a los contratos y al trabajo del día de mañana. Hoy existen evidencias empíricas de que los niños y los preadolescentes (en experimentos hechos en escenarios controlados) que se enfrentan a actividades que se rigen por incentivos extrínsecos (monetarios o no) muestran durante su desarrollo una menor actitud para realizar actividades de recompensas intrínsecas (David Greene e Mark R. Lepper 1974).

El tema principal en torno al uso del dinero con los menores es el llamado desplazamiento motivacional o crowding-out (Frey 1997; Aknin, Van de Vonderwoort and Hamlin, 2018). La inclusión de una motivación extrínseca a la actividad misma (como el dinero) para hacer cumplir al joven una acción determinada, erosiona progresivamente en los más pequeños la fuerza de las motivaciones intrínsecas a esa misma acción, hasta el posible resultado de terminar educando a personas que solo responden a incentivos externos. Si por ejemplo una familia introduce un sistema de incentivos para las actividades domésticas de los hijos e hijas (levantar la mesa 3 euros; lavar los platos 3; paseo con los abuelos 4; pasear al perro 3…), con el tiempo va a ser muy difícil educarlos en la ética de las virtudes, según la cual la mesa se levanta por una razón interna al hecho de ser hijo y parte de una familia, al abuelo hay que acompañarlo porque se lo quiere y porque es deber de un nieto, la habitación hay que tenerla ordenada porque está bien hacerlo, etcétera. Esto no significa no usar el dinero con los hijos pequeños, pero hay que usarlo como premio y no como incentivo, o sea para reforzar las acciones buenas, no como el “porqué” de la realización de una buena acción – el premio refuerza la virtud, no la crea; el incentivo crea la acción, que sin el incentivo no existiría.

En los adultos, el incentivo puede ejercer su buena función si se apoya en una ética intrínseca que sea capaz de aguantar el impacto manipulador de los incentivos – no olvidemos que incentivo deriva de incentivus, la flauta que daba el tono a los instrumentos, el encantador mágico que nos lleva a donde no iríamos de manera espontánea. Si el incentivo, en cambio, alcanza a personas no dotadas de una robusta ética de las virtudes, con el tiempo se verán como los burros que responden solo al palo y la zanahoria. Es la libertad y, por ende, la capacidad de gratuidad lo que está en el centro de estos instrumentos y de estos razonamientos. Ayer era más fácil que el incentivo estuviera apoyado sobre una ética intrínseca del “trabajo bien hecho”, hoy es cada vez más difícil, sobre todo si se la introduce desde muy temprano en la casa o en la escuela.

Un tema similar, pero distinto, es el de la mesada. También en estos casos, aunque el instrumento de la mesada no coincida con el del incentivo (pueden coexistir o puede accionarse uno sin el otro) se activa un marco contractual y económico. La pedagogía de la mesada lleva inevitablemente al aumento del registro económico-financiero, y a dejar en un segundo plano el registro de la gratuidad y del don, y el de la buena dependencia mediada por los padres.

Hoy si los jóvenes no están desarrollando una buena amistad con el mundo del trabajo es también porque la lógica económica entra muy rápido a la casa, dentro del caballo de Troya de la responsabilidad. La cultura dominante del imperio es, cada vez más, la del negocio, y como sucede con cualquier imperio su cultura entra a todas partes, casi siempre sin que lo sepamos.

(1) Fondazione per l’Educazione Finanziaria e al Risparmio

Credits Photo: Foto di Splenetic su Freeimages.com

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Educación financiera: con los más pequeños, aún para las tareas del hogar, hay que usar el dinero como premio y no como incentivo.

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 03/10/2025

Además de ser un clásico de la literatura universal, Las Aventuras de Pinocho tienen también mucho sobre economía. Los clásicos no envejecen, y no ha envejecido tampoco la ética económica de Pinocho. En algunos de sus pasajes hay verdaderas enseñanzas sobre el uso del dinero en los niños y los jóvenes. Desde el comienzo de sus aventuras, Pinocho desarrolla una pésima relación con el dinero, lo que está en el origen de las páginas más desgraciadas de la historia. Acaba en el pequeño teatro de Mangiafoco vendiendo su abecedario, y después, con las cinco monedas de oro, termina entre las garras del gato y del zorro, y del abuso económico.

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Enseñarles a los niños la lógica del don: el modelo no es Pinocho

Enseñarles a los niños la lógica del don: el modelo no es Pinocho

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Editorial – El antídoto cotidiano contra la guerra

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 25/09/2025

Hace unos días una amiga tuvo problemas para pagar una multa por internet. Se dirigió a una agente que la escuchó y le resolvió el problema. Agradeciéndole, mi amiga le dijo: “qué lindo sería que todos trabajaran como usted”, y la agente se conmovió. Esa emoción de una trabajadora me tocó en lo más profundo.

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Todos los días estamos inmersos en un océano de reciprocidad, y no nos damos cuenta. Una red muy densa de amor civil entre desconocidos que nos prepara el desayuno, que nos cura en los hospitales, que educa a nuestros hijos, que produce las cosas que usamos, que limpia las calles y asiste a nuestros ancianos. Esto también es un rostro del mercado, o mejor aún: el mercado es fundamentalmente esta inmensa red de cooperación, la más grande y más amplia que se haya realizado en la historia de la humanidad. Y el cemento que mantiene unido este admirable edificio ético es el trabajo, el humilde y diario trabajo: nos encontramos, nos servimos y nos hablamos simplemente trabajando. Cuando vemos lo que pasa todos los días en el trabajo de los enfermeros, doctores, maestras, albañiles, conductores de tren, basureros, meseros, surge la duda de si la fraternidad es de verdad “el principio olvidado” de la Revolución francesa, o si, por el contrario, es el que más hemos desarollado colectivamente: ciertamente no es ni la igualdad ni la libertad lo que todas las mañanas sostiene los hospitales y las escuelas. Sin la escuela y sin la salud pública la libertad y la igualdad serían poca cosa, aquello que lleva a cooperar en todo momento en una aula escolar o en una sala de urgencias es más fácil de narrar con la palabra fraternidad; porque la fraternidad es un vínculo, es una relación, no es un derecho ni un status individual – es el bien que está en medio, es el “entre”. Y si un día las computadoras y la IA hacen los trabajos que hacemos nosotros, vamos a tener que reinventarnos otro lenguaje igual de serio para comunicarnos y no caer en una pesadilla en la que cada uno solo se encuentra consigo mismo.

Pero hay otra cosa para decir. La buena forma de la cooperación convive con malas formas de cooperación. Porque mientras la gran parte de hombres y mujeres coopera para hacer vivir a otros hombres y mujeres, hay otros, que todavía son una pequeña minoría, que cooperan para hacer morir moral y físicamente a otros hombres, mujeres y niños. Son las cooperaciones en los juegos de azar, en la pornografía y en la prostitución, y en muchas mafias: otras redes enormes, cada vez más globales, en las que se coopera de otra manera.

El Génesis nos cuenta primero la construcción del Arca de Noé (cap. 6), y después (cap. 11) la construcción de la torre de Babel. Tanto los constructores del arca como los de la torre eran trabajadores, y eran solidarios entre ellos, porque sin una forma de solidaridad laboral no se inicia ninguna obra.

Incluso en la construcción de la torre de Babel es explícita la acción colectiva, una comunidad de trabajo. La comparación entre el arca de Noé y la torre de Babel nos dice que no todas las solidaridades y las cooperaciones son buenas, y no todos los trabajos son buenos: el trabajo de los albañiles y de los ingenieros de Babel no era un trabajo bendito, y fue dispersado por Dios. Hay trabajos humanos que es mejor que se dispersen. Siempre son trabajos de hombres y mujeres, a menudo de hombres y mujeres individualmente buenos. La condena de Babel no está dirigida al trabajador individual, es una condena ética por esas estructuras de pecado, aunque sean fruto de trabajo y de cooperación.

El trabajo en las obras del mal convive diariamente con el trabajo en las obras del bien. En estos últimos años estamos tomando una nueva y dramática conciencia acerca de la peor cooperación que el hombre sea capaz: la guerra.
La guerra también es acción colectiva, trabajo, cooperación, una complejísima cooperación. Ninguna batalla se gana sin una cooperación perfecta, desde la fábrica de armas hasta los campos de guerra. Pero si por un instante la miramos a los ojos, nos damos cuenta de que la cooperación por la guerra es la opuesta a la de nuestros buenos mercados de cada día. Es la cooperación de un grupo contra la cooperación de otro. Es un juego de suma cero (+1,-1), o suma negativa (-1, 2), donde la victoria de uno corresponde a la derrota del otro.

Es lo contrario de lo que sucede en el mercado civil, donde el pizzero y yo, que como la pizza, gozamos de la misma alegría, que se traduce en el saludo final: “gracias”, “gracias a vos”, una reciprocidad del mismo signo y del mismo sentido (+1,+1).

Como simples ciudadanos es muy poco lo que podemos hacer ante lo absurdo de estos nuevos vientos de guerra. Nos queda como un zumbido moral constante, que reduce nuestra buena felicidad, y está bien que la reduzca – hoy una felicidad plena estaría totalmente desentonada, en medio de todo este dolor del mundo. Todas las mañanas millones de personas le dicen que no a la guerra, diciéndole que sí al propio trabajo, a la cooperación de los mercados, a la buena cadena de reciprocidad civil. Podemos vivir nuestro trabajo como un antídoto a la guerra, mirando a los ojos a los que trabajan con nosotros y para nosotros, y quizás empezar a darles las gracias más a menudo: en su emoción podemos tener esperanza.

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Editorial – El antídoto cotidiano contra la guerra

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 25/09/2025

Hace unos días una amiga tuvo problemas para pagar una multa por internet. Se dirigió a una agente que la escuchó y le resolvió el problema. Agradeciéndole, mi amiga le dijo: “qué lindo sería que todos trabajaran como usted”, y la agente se conmovió. Esa emoción de una trabajadora me tocó en lo más profundo.

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La fraternidad del trabajo

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