Editoriales Avvenire

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Editorial - El cristianismo es el humanismo de la espera, la espera de lo inédito, la espera de Quien ha prometido que volvería. No podemos permitirnos vivir en el recuerdo de “tiempos mejores”.

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 31/12/2025

“En él se acababa de revelar una comprensión del tiempo completamente diferente, particular. Esa comprensión que hace decir: “¡En mis tiempos…! No son nuestros tiempos”… No hay nada más duro que ser hijastro del propio tiempo. No hay destino más duro que sentir que uno no pertenece a su tiempo. Aquellos a los que el tiempo no ama enseguida se los reconoce, en las oficinas del personal, en los comités regionales del Partido, en las secciones políticas del ejército, en las redacciones, en las calles... El tiempo ama sólo a los que ha engendrado: a sus propios hijos”.

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Son palabras de Vida y Destino, de Vasilij Grossman, una de las novelas maestras del siglo XX. Una reflexión sobre el tiempo, adecuada particularmente a este 31 de diciembre, cuando el tiempo-kronos nos invita a pensar en el tiempo-kairos, en sentido de un tiempo que realmente termina mientras otro continúa, realmente, como siempre. La tentación de ser un hijastro del tiempo es particularmente fuerte y eficaz en los tiempos difíciles, y más para quien ha conocido en el pasado tiempos bellos y buenos, por lo que gana fuerza la atracción de la ilusión de refugiarse en el país del ayer, ese que ya no está pero que todavía nos promete algunas pequeñas consolaciones. Hoy los católicos, pero también los que creyeron en las grandes narrativas sociales y políticas del siglo XX, son capturados por la tentación de decir y de vivir “¡en mis tiempos...!”; y de autocondenarse así a vivir desfasados, fuera de tiempo, como veteranos, como visitantes. Se refugian en las familias de ayer, en las iglesias llenas, en un ambiente de ‘los mejores años de nuestra vida’, y se olvidan así que los únicos ‘mejores años de nuestra vida’ son estos que tenemos aquí y ahora, que el único mejor día es hoy: el resto es vanitas, humo, ilusión, todas cosas igualmente humanas.

Del 2025 quedan muchas guerras, alguna esperanza de paz y una tierra que sufre cada vez más, y nosotros con ella. Queda el Jubileo, que fue un tiempo especial para muchos católicos. Pero ahora que llegamos a su final, podemos decir que también fue una oportunidad aprovechada solo en parte, si lo comparamos con lo que hemos vivido en el sentido bíblico del jubileo, es decir, la liberación de esclavos, la cancelación de deudas y el reposo y la restitución de la tierra. De esclavos liberados hemos visto poco, de deudas condonadas (públicas y privadas) menos todavía, y la tierra este 31 de diciembre descansa menos de lo poco que ya descansaba el 1º de enero. Las del jubileo bíblico son dimensiones económicas, políticas y sociales fundamentales para las tantas crisis de nuestra época, dimensiones colectivas que quedaron perdidas en nuestro jubileo, centrado más en el culto y en actos individuales.

Del 2025 quedan también los últimos meses del papa Francisco, su profecía, su muerte y la llegada del papa León. Quedan las últimas palabras fuertes de Francisco para la Pascua, que no pudo leer personalmente, y que se convirtieron en un testamento: “Ninguna paz es posible sin un verdadero desarme. La exigencia que tiene todo pueblo de mantener su propia defensa no puede transformarse en una carrera general hacia el rearme”, y continuaba: “Llamo a todos los que en el mundo tienen responsabilidades políticas a no ceder a la lógica del miedo que encierra, sino a usar los recursos para ayudar a los necesitados, a combatir el hambre y a propiciar iniciativas que promuevan el desarrollo. Esas son las ‘armas’ de la paz”. Europa, Estados Unidos y gran parte del mundo se movieron en dirección contraria (rearme) a la que deseaba Francisco (desarme). Las mismas autoridades mundiales que acudieron, quizás sinceramente, a los honores del papa el día de su funeral, acordaron después una enorme cantidad de millones a nuevos gastos militares, traicionando así su último testamento. Se volvieron “administradores del miedo” y no los “emprendedores del sueño” que Francisco les proponía a los jóvenes de Lisboa en 2023. Y cuando faltan los buenos sueños, los administradores del miedo se transforman, tarde o temprano, en mánagers de pesadillas colectivas.

Dino Buzzati en su novela Il deserto dei Tartari, de 1940 – tiempos de guerra en Europa – nos narra la vida del subteniente Giovanni Drogo, que pasa su vida en la “Fortaleza Bastiani”, en los confines más lejanos del imperio. Toda una vida con sus soldados esperando a un enemigo que tenía que llegar. Pasan muchos años, y del enemigo no hay ningún rastro. Los militares se alimentaban de la esperanza de ver aparecer de un momento a otro a las tropas enemigas en el horizonte del desierto, y así poder dar un nuevo esplendor y centralidad política a la Fortaleza Bastiani, con un pasado glorioso ya en decadencia por falta de enemigos y de guerra.

No cuesta nada ver en esa Fortaleza a la Europa de hoy, un castillo antiguo en decadencia, con militares que se preparan y se rearman esperando a un enemigo que, como ansían, tarde temprano va llegar. Pero en la novela de Buzzati, un día un soldado (Giuseppe Lazzari), al regreso de un patrullaje, no pronuncia la palabra clave y es asesinado por el centinela, que sigue las reglas de la Fortaleza a pesar de haberlo reconocido. En esa Fortaleza inútil, no teniendo nada serio por hacer, se había generado una neurosis en torno a las reglas formales y complicadas sobre la ‘palabra clave’, como pasa casi siempre en las instituciones inútiles. Y entonces, esperando una guerra que nunca llega del exterior, esos soldados frustrados empezaron a matarse entre ellos. Una profecía literaria que hoy nos habla, que nos debería hablar, y mucho. En el mundo romano, el comienzo del año nuevo estaba bajo la protección de Jano, el dios de dos caras, la divinidad itálica de los comienzos y los pasajes (iauna: puerta), el padre de todas las mañanas. Aquel mundo lejano sabía que el nuevo estaba profundamente inscrito en el viejo, de ahí el carácter bifronte de la divinidad. Lo que empieza es la continuación de lo que acaba de ser. Sin embargo, en cada comienzo hombres y mujeres esperan algo mejor, esperan que lo que todavía no pasó al fin pase. Deseos que son una mezcla de ilusión y de esperanza, como la vida: una buena mezcla. El cristianismo hizo del primero de enero una fiesta de María, la ianua caeli, para poner bajo su mirada buena el comienzo de un tiempo nuevo. El cristianismo es el humanismo de la espera, la espera de lo inédito, de Quien ha prometido que volvería.

Buen 2026: deseo que lo vivan como hijos e hijas de nuestro tiempo.

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Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 31/12/2025

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Vivos e inmersos en este tiempo

Vivos e inmersos en este tiempo

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Agorà - La investigadora Joan Taylor estudia, con un abordaje histórico, acerca de lo que podemos saber sobre los primeros años de Cristo y el contexto en que vivía.

Luigino Bruni

publicado en Agorà di Avvenire el 24/12/2025

Para entrar en el contenido de La verdadera historia del Niño Jesús de Joan Taylor (Edizioni Sonda, 432 páginas), conviene arrancar por la conclusión: “Este libro ha examinado lo que estamos en condiciones de saber sobre la infancia de Jesús gracias a los testimonios literarios y arqueológicos [...]. Hemos visto que en general hay un gran escepticismo entre los historiadores: no es seguro que podamos saber algo sobre Jesús antes de su misión como adulto. Se dice con frecuencia que nació en Jerusalén, aunque no lo confirme ninguna fuente paleocristiana. De la misma manera, también es vaga la hipótesis de que no es un descendiente de David, aunque esté ampliamente documentado en la primera literatura cristiana”. Y para concluir su tesis general: “un escepticismo que aquí hemos rebatido”. De hecho, para Taylor, que es una seria y considerada estudiosa de los orígenes del cristianismo y del judaísmo del Segundo Templo, “parece evidente que Jesús era un niño sobre el que recaían grandes expectativas, un peso que venía del pasado y que daba forma a una clara identidad judía, marcada por la descendencia davídica, por el ser originario de Belén pero arrancado del hogar ancestral, refugiado en Egipto y emigrado a Galilea, consciente de la persecusión”.

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Un libro bien escrito, documentado y serio, incluso estando dirigido a un público de no especialistas, muy valioso para hacerse una idea del contexto histórico y religioso en el que Jesús nació y pasó su infancia (el libro termina con la presentación del niño Jesús al templo). Taylor no nos presenta tesis particularmente nuevas sobre la infancia de Jesús, sobre todo si comparamos su libro con los estudios de los últimos cincuenta años, desde que los exégetas e historiadores empezaron a tomar en serio los datos históricos transmitidos por los evangelios, sin descartarlos rápidamente como mitos o fantasías narrativas de los evangelistas, como se había hecho desde el siglo XIX, sobre todo en el ámbito protestante. La investigación más reciente invirtió la carga de la prueba: antes de descartar algún dato recogido del Nuevo Testamento, hay que aportar una evidencia histórica que lo contradiga, de lo contrario es mejor confiar en esos autores antiguos. Tal como hace Taylor, que recupera algunos elementos de historicidad sobre viejas cuestiones que los historiadores del pasado habían desestimado por considerarlos infundados. Por ejemplo, los relatos de Mateo y de Lucas, los únicos que entre los canónicos hablan de la infancia de Jesús, con puntos de diferencia importantes – la centralidad de José en Mateo, la de María en Lucas, el ambiente real (Reyes Magos, Herodes) de Mateo y el ambiente pobre de Lucas (los pastores), y muchos otros. Taylor considera también otros detalles que están presentes en algunos evangelios apócrifos, en particular el Protoevangelio de Santiago y el Evangelio de los hebreos.

Hay mucho espacio dedicado a las diversas cuestiones ligadas a la familia y los familiares de Jesús, sobre los cuales los historiadores han tenido las dudas más grandes y más radicales, y que han tocado algunos aspectos centrales de las tradiciones católicas y de los dogmas marianos (la virginidad perpetua, la inmaculada concepción…). También se detiene mucho en la vexata questio del lugar de nacimiento histórico de Jesús – Belén o Nazaret: la autora se inclina por el primero –, en la historicidad de la Matanza de los Inocentes, en la de los Reyes Magos y la estrella. La investigadora inglesa discute las muchas hipótesis antiguas y recientes en vista de las excavaciones arqueológicas (muy presentes en el libro), expone las tesis de los muchos estudiosos del tema, muestra las dificultades de estos relatos desde un punto de vista histórico, y después agrega, en línea con su planteamiento básico: “pero no significa que los acontecimientos sean todos completamente falsos”. Una lectura conservativa, que algunos llamarían conservadora (que recurre a la hipótesis de los evangelios de la infancia basados en recuerdos de los familiares de Jesús), pero que, honestamente, no nos importuna, porque siempre es presentada con respeto y con el beneficio de la duda. Sin embargo, la seguimos menos cuando, respecto a la historicidad de los Magos, llega a decir, con una notable creatividad: “Podría ser el recuerdo de una estrella real identificada por algunos magoi que llegaron a Jerusalén y después se fueron a Belén, en un acontecimiento que hizo enfurecer a Herodes. El núcleo de la historia podría no tratarse de que los magos fueran a ver ‘al niño Jesús’, sino que el hecho de que visitaran Jerusalén, en busca de un niño en base a un horóscopo real, suscitó la expectativa de que había nacido un gran rey, sobre todo porque la muerte de Herodes parecía inminente. En este caso, ¿qué decir entonces de los posibles recuerdos familiares?”.

Sobre la familia de Jesús y sobre su infancia, en realidad, sabemos muy poco. Y Taylor es consciente, aunque le gusta presentar los relatos teológicos de la infancia como potencialmente históricos, o al menos no incompatibles con la historia.
De los cuatro evangelios canónicos (y algunos apócrifos) se leen cosas importantes sobre la familia de Jesús, particularmente sobre su madre y sus hermanos y hermanas, que, como recuerda Taylor, eran probablemente seis: Santiago, Salomé, José, María, Judas y Simeón. Ya Marcos muestra algunas tensiones entre Jesús y su clan familiar. Estos conflictos son importantes por varias razones. Revelan el alcance revolucionario de la persona y del mensaje de Jesús y sus discípulos. De Jesús tanto como de Jeremías, que también encontró en su familia de Anatot a sus primeros adversarios. También Juan manifiesta cierta hostilidad familiar: “Porque ni siquiera sus hermanos creían en él”. Jesús es explícito al afirmar que su familia ahora es otra, un elemento clave para el nacimiento de la Iglesia, donde, sin embargo, sus familiares siguieron teniendo un peso que no es para nada pequeño: pensemos en Santiago, “el hermano del Señor” del que habla Pablo (1 Cor 15). Para los cristianos la sangre más importante ahora es otra, la que genera una nueva hermandad y filiación en el Espíritu. A la vista de todos los evangelios parece que el parentesco es un obstáculo más, y no una ayuda, para entender el mensaje de Jesús. En el mundo antiguo, la familia era una institución fundamental, era imposible prescindir de los vínculos familiares dentro de las relaciones sociales más amplias; la red familiar era la forma en que se ingresaba a la sociedad (toda persona era siempre hijo o hija de, hermano o hermana de, padre o madre de…). El “yo” no era un componente autónomo para delinear y definir a una persona en aquel mundo, tenía que estar al lado de un “nosotros” más amplio, entre los cuales el “yo”, todavía muy frágil, podía ubicarse.

El rol de los “hermanos” de Jesús es importante. Ya en el episodio de las bodas de Caná, los hermanos no son los discípulos, son hermanos carnales (adephoi). El evangelio de Juan nos muestra un “movimiento” de Jesús compuesto por (al menos) tres grupos: 1) los apóstoles, 2) los discípulos (unos viajeros y otros sedentarios, que de todos modos escuchan su palabra y le “creen”), y 3) los familiares, o sea la madre y sus hermanos (ni el padre ni las hermanas son mencionados). Los hermanos no parecen estar calificados como discípulos, sino como un grupo aparte y especial, que tiene de todos modos un rol y un peso en la vida pública de Jesús, desde el comienzo.

Joan Taylor nos dice que no hay razones ni de exegésis ni de teología bíblica para plantear la hipótesis de que estos hermanos sean hermanastros (hijos solo por parte de padre) o primos. Para tranformar a estos hermanos en discípulos o primos es necesaria una mariología (y una cristología), que va a ser desarrollada varios siglos después de la composición de los evangelios. A diferencia de los Sinópticos, que nos hablan de “la madre y los hermanos” de Jesús (adulto), todavía no seguidores del hijo, en Juan parece que los hermanos forman parte de la primera comunidad de Jesús, aunque en una posición problemática y, al menos en parte, diferente.

Forma parte de la revolución cultural de Jesús el haber dejado en un segundo plano los vínculos familiares naturales y esenciales, y llamando “Padre” al celestial - “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?”. Incluso cuando los escucha (en Caná), la obediencia no es nunca inmediata. Todo eso nos recuerda la desposesión de Francisco frente a su padre: “De ahora en adelante sólo quiero decir: ‘Padre nuestro que estás en los cielos’, y ya no ‘padre mío Pedro Bernardone’” (Fuentes franciscanas 1415). También en Asís la familia de Francisco pensaba que estaba fuera de sí, y Francisco no vacila en hacer su opción fundamental, también imitando en eso a Jesús.

Un hermoso libro el de Taylor, muy útil para acercarse de manera histórica y bíblicamente madura al niño Jesús, a su familia y a su persona, sin perder nunca el asombro por aquel Logos hecho carne. El libro custodia el misterio, sin nunca banalizarlo. Y eso ya es mucho.

Credits foto: © Dipinto di John Everett Millais - Cristo nella casa dei suoi genitori (`La bottega del falegname'), Wikicommons

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Agorà - La investigadora Joan Taylor estudia, con un abordaje histórico, acerca de lo que podemos saber sobre los primeros años de Cristo y el contexto en que vivía.

Luigino Bruni

publicado en Agorà di Avvenire el 24/12/2025

Para entrar en el contenido de La verdadera historia del Niño Jesús de Joan Taylor (Edizioni Sonda, 432 páginas), conviene arrancar por la conclusión: “Este libro ha examinado lo que estamos en condiciones de saber sobre la infancia de Jesús gracias a los testimonios literarios y arqueológicos [...]. Hemos visto que en general hay un gran escepticismo entre los historiadores: no es seguro que podamos saber algo sobre Jesús antes de su misión como adulto. Se dice con frecuencia que nació en Jerusalén, aunque no lo confirme ninguna fuente paleocristiana. De la misma manera, también es vaga la hipótesis de que no es un descendiente de David, aunque esté ampliamente documentado en la primera literatura cristiana”. Y para concluir su tesis general: “un escepticismo que aquí hemos rebatido”. De hecho, para Taylor, que es una seria y considerada estudiosa de los orígenes del cristianismo y del judaísmo del Segundo Templo, “parece evidente que Jesús era un niño sobre el que recaían grandes expectativas, un peso que venía del pasado y que daba forma a una clara identidad judía, marcada por la descendencia davídica, por el ser originario de Belén pero arrancado del hogar ancestral, refugiado en Egipto y emigrado a Galilea, consciente de la persecusión”.

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¿De qué nos habla la infancia de Jesús?

¿De qué nos habla la infancia de Jesús?

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Agorà - Entre el siglo XIII y XV la economía se convierte en un tema de debate teológico y alcanza a un público amplio: el ensayo de Luca Ughetti Predicare l’economia (Carocci, 2025).

Luigino Bruni

publicado en Agorà di Avvenire el 08/11/2025

Los comerciantes siempre supieron que el mercado era una forma de reciprocidad y de amistad civil. Intercambiar bienes no era más ni menos civil que administrar una comuna o una hermandad. Quienes lo tenían menos claro eran los teólogos, los obispos y los papas, que basándose en el principio según el cual la idea de la realidad es superior a la realidad, describieron y regularon mercados, comercios, contratos y finanzas mostrando un conocimiento pobre sobre los mercados y sobre las transacciones reales, demasiado pobre como para que todo la Edad Media y, aún más, la Edad Moderna católica pudieran conocer una verdadera alianza por el Bien común entre laicos y clérigos, entre los documentos oficiales de la Iglesia y las escrituras contables de comerciantes y banqueros. En los tratados morales de teólogos y pastores de la Iglesia se leían condenas a los préstamos con interés, a las ganancias que sacaban los comerciantes, como si en las ciudades reales hubiese alguien que prestara dinero gratuitamente o que llevara tejidos de Florencia a París sin ninguna ganancia.

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Pero mientras los teólogos y los doctores escribían manuales sobre la moneda, los comerciantes tenían que trabajar. Todos sabían, incluso los autores de los tratados morales, que los agentes económicos-financieros no trabajaban gratis, que recurrir a sus servicios tenía un costo, y que el precio a pagar por obtener la mercancía-moneda se llamaba interés, aceptado por todos los operadores, sobre todo si no era excesivo. Entre el siglo XIV y XV, Venecia tenía más de cien bancos, cristianos y judíos, Florencia setenta, Nápoles cuarenta, Palermo catorce. La Iglesia era experta en ambigüedades, también en lo económico. Conocían los nombres de los grandes banqueros de la ciudad, se sentaban con ellos en los consejos de gobierno, y sobre todo se aprovechaban de sus servicios. Esto lo sabían todos, sobre todo los citadinos, pero se hablaba muy poco, también porque los que escriben la historia, en general intelectuales, sobrevaloran el peso de los libros y de las ideas, y se olvidan, o subestiman, el hecho de que la realidad se impone con sus necesidades y deseos. Desde lo alto de las catedrales y desde sus latinorum, los teólogos aplicaban prohibiciones que hacían más complicada la vida de los comerciantes y de la gente, incluso de los comerciantes honestos, y sobre todo de los pobres a los que, de buena fe, querían proteger.

Predicare l’economia de Luca Ughetti se inscribe en la rama de estudios, inaugurada por maestros como Amleto Spicciani y Giocomo Todeschini, que se centra en las órdenes mendicantes del siglo XIII y la segunda mitad del siglo XV en el centro de Italia (sobre todo la Toscana, Umbria y Las Marcas), para comprender el nacimiento de la economía de mercado. El libro es una colección de ensayos (las repeticiones se vuelven, por lo tanto, casi inevitables) que inspira a los que aman conocer más acerca de las raíces de la economía italiana y europea, en particular del espíritu del capitalismo meridional anterior a la Reforma, y por lo tanto de una narrativa diferente al análisis de Max Weber sobre la ética protestante.

Los primeros protagonistas del libro son dos predicadores dominicos de la Florencia del siglo XIII y XIV, Remigio de Girolami y Taddeo Dini; luego sigue un extendido análisis de algunas obras menos conocidas de Bernardino de Siena y de algunos de sus discípulos de la Observancia franciscana, Juan de Capistrano y Jaime de la Marca (maestro de Marco de Montegallo, de quien hemos hablado otras veces en estas páginas, como fundador de Montes de Piedad y de Montes frumentarios).

Los dominicos, como sabemos, eran menos abiertos que los franciscanos (Olivi, Scoto) con respecto a las novedades de los comerciantes y de los mercados. Su crítica a las ganancias y, todavía más, a la usura se refleja con fuerza en el volumen: “Todo usurero peca, y todo pecador es usurero” (Remigio, p. 42). Es interesante ver la amplia gama de animales y de bestias usadas para describir los pecados de los comerciantes y de los usureros: águila, ballena, serpiente, burro, perro. El apelativo de ‘perros’ era, desde Jerónimo, el más elegido para los judíos, que se convirtieron en la imagen perfecta del usurero: un fuerte anti-semitismo acompañó la fundación de la economía de mercado, un aspecto que el libro menciona pero que apenas desarrolla.

Son importantes las páginas dedicadas a Bernardino, que se caracteriza por la ambigüedad, la misma que la de su época. El gran predicador de Siena muestra en algunos textos una mayor apertura hacia el mercado y los comerciantes, si es que la actividad satisface las seis condiciones indicadas por la teología y el derecho medieval: persona, causa, tiempo, lugar, consorcio, modo. A estas seis notas morales, Bernardino, dirigiéndose (con cierta creatividad) a Scoto, agrega una séptima: el daño común, una versión en negativo del bien común. En estos sermones hay siempre palabras de condenación, sin excepción, a la usura, pero hay también algunas palabras buenas respecto al comercio, como cuando Bernardino usa incluso metáforas económicas para hablar de la Salvación (“Dios comerciante”) y de la “mercantia amoris” (p. 92). Pero muchas veces Bernardino pasaba por alto un dato que él y los otros predicadores sabían muy bien: que los grandes comerciantes y grandes usureros eran generalmente de las mismas familias toleradas como banqueros, gracias a su filantropía como comerciantes. Pensemos al respecto en uno de los mensajes de “El mercader de Venecia” de Shakespeare: Antonio, el mercader que interpreta el lado de la víctima, y que se jacta de prestar gratis, y Shylock, el usurero que hace de verdugo, una tesis que Shakespeare discute.

Al análisis de esta séptima condición de Bernardino, Ughetti le dedica muchas páginas, de las cuales emerge la raíz de la desconfianza sustancial que los predicadores medievales tenían para con los comerciantes. La base de la propuesta teórica, implícita pero fuerte y clara (aunque Ughetti no lo dice), es que el comercio se desarrolla en una constante condición de lo que hoy llamaríamos ‘información asimétrica’, donde el comerciante es la parte más informada y la que abusa de sus conocimientos para engañar al sencillo pueblo. Esto se ve con claridad con el bernardino Jaime de la Marca, cuando en los años 1440-1450, en uno de los temas de su Quaresimale, enumera todos los trucos fraudulentos de un comerciante (‘Mastro Bartolomeo’): “Primero es el que cuenta y engaña; que al contar tan rapido deja atónito a aquel o aquella que recibe el dinero: porque cuenta con prisa (‘ta', ta', ta', uno, dos, tres, cinco, siete, ocho, diez, trece, catorce, diecisiete, diecinueve, veinte’), y la pobre mujer que no tiene tanto intelecto cree que es lo que tú dices y los recibe tal y como tú se los das, y cuando va a la casa y empieza a contar peso por peso, se da cuenta de que la engañaron con tres monedas” (p. 218). Esta hipótesis, que algunas veces y en algunos mercados se comprueba, se volvió una regla general de las transacciones. De ahí la conclusión de que el trabajo de compraventero no era un trabajo legítimo, porque no era útil al bien común (es decir, al bien del común, al bien de la ciudad), porque estaba fundado en esos engaños.

Los comerciantes eran conscientes de que a menudo el beneficio mutuo era asimétrico (+4, +1) debido a las tantas correlaciones de poder y de información, pero hasta ayer era raro que quien aceptaba un intercambio lo hiciera perdiendo intencionalmente riqueza y utilidad; también porque los intercambios se repetían, las personas volvían y había entonces efectos importantes sobre la reputación. Pero cuando el contrato llegaba a generar un signo menos en cualquier parte del contrato (+1;-1, +4;-1…), los ejecutantes sabían perfectamente que se estaba saliendo de la economía y se estaba entrando en el hurto, se dejaba la fisiología y empezaba la patología del mercado. Y por estos actos indebidos se confesaban, pedían perdón y restituían cada tanto ese mal recaudo, quizás en el jubileo o poco antes de morir, como nos relataba hace casi un siglo Armando Sapori. En las finanzas la asimetría era muy grande, por eso era perseguida con mucha atención por las leyes, pero también aquí el beneficio mutuo tenía un radio de alcance amplio, que todos conocían muy bien – y no eran raras las protestas de la gente cuando las autoridades civiles y religiosas expulsaban a los judíos con sus bancos de las ciudades medievales y modernas. En algunas páginas de Bernardino también aparece el beneficio mutuo en el mercado, pero en otras páginas es negado, alimentando la idea de los comerciantes (sobre todo pequeños) como ladrones y estafadores, como gente a mirar con desconfianza.

Y sobre la base de esta parcial teoría del valor, Jaime de la Marca construye toda una casuística, que haría avergonzar a la actual bolsa de valores, porque el “modo” del contrato no debe ser “Malignus, Falsus, Infedelis, Iniustus, Crudelis” (p. 214), más veinte casos de estos cinco géneros (desde el camuflaje hasta el cambio falso). También en el Quaresimale encontramos otro diálogo hipotético con el comerciante que reivindica la legalidad de su trabajo porque “nutre a la ciudad”, y para su tesis argumenta: “La primera motivación es evidentemente falsa, ya que nunca he visto a nadie morir de hambre, salvo a quienes están en prisión por deudas o a quienes se les ha despojado de sus propios bienes, dado que Dios da alimento a los hombres” (p. 221).

Leyendo estos libros y otros del género nos damos cuenta de que la economía de mercado en Italia y en Europa logró desarrollarse a pesar de las acciones de los predicadores. Los comerciantes y banqueros no escucharon la casuística de los predicadores, trataron de seguir trabajando, incluso porque muchos franciscanos, mientras sus colegas profesores de teología escribían tratados en latín, eran amigos de comerciantes, eran sus confesores, los veían en las Órdenes Terceras y los alentaban a seguir más allá de los repudios y las prohibiciones de tratadistas y predicadores. Pero por sobre todas las cosas, los comerciantes y los agentes económicos han desarrollado, en los países católicos, una doble moral que sigue estando en la base de tantas anomalías latinas, desde las amnistías fiscales hasta la evasión generalizada. No hemos sido capaces de generar una verdadera cultura de confianza entre mercado, religión y ciudad, y por eso también en nuestra hermosa Constitución republicana no encontramos palabras como ‘empresario’, ‘mercado’ o ‘banco’.

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Agorà - Entre el siglo XIII y XV la economía se convierte en un tema de debate teológico y alcanza a un público amplio: el ensayo de Luca Ughetti Predicare l’economia (Carocci, 2025).

Luigino Bruni

publicado en Agorà di Avvenire el 08/11/2025

Los comerciantes siempre supieron que el mercado era una forma de reciprocidad y de amistad civil. Intercambiar bienes no era más ni menos civil que administrar una comuna o una hermandad. Quienes lo tenían menos claro eran los teólogos, los obispos y los papas, que basándose en el principio según el cual la idea de la realidad es superior a la realidad, describieron y regularon mercados, comercios, contratos y finanzas mostrando un conocimiento pobre sobre los mercados y sobre las transacciones reales, demasiado pobre como para que todo la Edad Media y, aún más, la Edad Moderna católica pudieran conocer una verdadera alianza por el Bien común entre laicos y clérigos, entre los documentos oficiales de la Iglesia y las escrituras contables de comerciantes y banqueros. En los tratados morales de teólogos y pastores de la Iglesia se leían condenas a los préstamos con interés, a las ganancias que sacaban los comerciantes, como si en las ciudades reales hubiese alguien que prestara dinero gratuitamente o que llevara tejidos de Florencia a París sin ninguna ganancia.

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Hermanos mendicantes, los primeros maestros en economía

Hermanos mendicantes, los primeros maestros en economía

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Editorial – Nuevos cultos y resistencia civil

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 28/11/2025

Este año se celebran los cincuenta años de la muerte de Pierpaolo Pasolini. Viendo la preparación del ‘black friday’, ahora transformado en ‘black week’ o en 'black month’, me preguntaba qué hubiera dicho Pasolini acerca de eso en lo que se ha convertido este capitalismo consumista, que el escritor friulano había visto en una etapa todavía híbrida e incipiente. En realidad, medio siglo antes de él, Walter Banjanim y Pavel Florenskji ya habían anunciado profeticamente que el capitalismo se convertiría rápido en una verdadera religión que sustituiría al cristianismo: “En Occidente el capitalismo se ha desarrollado parasitariamente en el cristianismo” (W. Benjamin). Estos tres grandes autores habían intuído la naturaleza del capitalismo, y sobre todo habían captado la gran metamorfosis que se estaba produciendo: el primer espíritu del capitalismo del siglo XIX, asociado al trabajo, a la fábrica y a los empresarios, se estaba transformando en el espíritu del consumo total, un nuevo culto global que estaba generando una nueva cultura global.

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La naturaleza consumista del capitalismo global es particularmente relevante y decisiva en las llamadas ‘culturas de la vergüenza’ (en la definición de la socióloga Ruth Benedict en 1946), diferentes a las ‘culturas de la culpa’ que son, por el contrario, típicas de los países nórdicos y de matriz protestante. En los países de la ‘cultura de la vergüenza’, la pobreza y la riqueza se miden y se valoran con la mirada de los demás. En el siglo XXI, con la difusión de la meritocracia, llevada adelante por el business de tipo norteamericano, a la pobreza como vergüenza se le sumó la pobreza como culpa (demérito). De manera simétrica, también la riqueza tiene valor y produce satisfacción solo si es vista por los demás. En los países católicos, ser rico sin que nadie lo vea, lo sepa y lo envidie, vale poco. La riqueza es riqueza solo si es ostentada y admirada por los demás.

Se entiende entonces que el capitalismo centrado en el consumo ejerza en las culturas de la vergüenza una seducción invencible: aunque seamos pobres de renta y de trabajo, en el consumo podemos parecer ricos – los mismos autos, los mismos sofás, las mismas vacaciones. Un consumo alimentado y drogado por los préstamos fáciles y por las ilusiones de los juegos de azar y de televisión.

Es en este contexto religioso que hay que entender y evaluar el fenómeno del black friday, una de las nuevas fiestas de la religión capitalista. Cada año la fiesta es más imponente, las adhesiones a los descuentos son más amplias y las colas para comprar son más largas. Cuando el cristianismo era la religión que predominaba, las fiestas religiosas eran las que dictaban los momentos de descuentos (Navidad). Ahora la nueva religión consumista crea las propias fiestas, y decide por tanto cuándo los vendedores deben hacer descuentos y cuándo los consumidores comprar – cualquier religión nueva debe crear nuevas fiestas.

La invasión de esta nueva religión global debería preocupar a los que creen que la espiritualidad y la fe son cosas serias, y que buscan cuidar quizás lo que queda vivo en el cristianismo y en otras religiones. Pero no es así ni en la iglesia ni, todavía menos, en el mundo de la izquierda, que en el siglo XX quería combatir al capitalismo de las fábricas y de los patrones. El papa Francisco invitó a toda la Iglesia a crear una crítica concreta del capitalismo. Le dedicó a la economía gran parte de sus escritos y de sus palabras. Aún así, hoy asistimos a un entusiasmo creciente por el black friday en el mundo católico, tanto del lado del consumo como de la producción. Preguntémonos cuántos católicos hicieron ‘objeción de conciencia’ sobre este nuevo culto, cuántos negocios, librerías, bancos… Creo que muy pocos. Al contrario, hay un gran entusiasmo por estas nuevas liturgias paganas, que se suman a la exultación por las nuevas teorías religiosas del paradigma vencedor, desde los cursos de liderazgo hasta la invasión de consultorías empresariales en las parroquias, las diócesis, los sínodos, los movimientos y las comunidades religiosas. Una religión que apunta a la satisfacción de los fieles que se sienten contentos porque sacan ganancias con precios más bajos en los días y en los modos escogidos por el imperio. El descuento debe ser real, porque el sacrificio es un elemento esencial en cualquier religión pagana – que nos dice que el ídolo es el consumidor, no el objeto.

Y como pasó con todos los imperios religiosos mundiales, la libertad de elección individual se reduce y se vuelve muy costosa. No se puede no hacer descuentos en el black friday, no se puede no comprar. Los consumidores complacidos terminan así legitimando y reforzando el sistema; y ese consumidor que compró el mismo producto un día antes de los descuentos se sentirá culpable y estúpido. El sentido de culpa es, de hecho, un mecanismo esencial de esta religión: “este culto es culpabilizante. El capitalismo es presumiblemente el primer caso de un culto que no permite expiación, sino que produce culpa” (W. Benjamin). Eso por no hablar de los aspectos macroscópidos más inmediatos, como los denunciados por la WWF Italia: el viernes ‘negro’ para el medioambiente, el crecimiento exponencial de la celebración online del black friday que descarga sus descuentos sobre la colectividad y sobre el planeta (Co2, tráfico, cierre de pequeños negocios locales…).

Justamente hoy, en una coincidencia providencial, está empezando en Castelgandolfo el congreso internacional de The Economy of Francesco, jóvenes economistas y empresarios que tienen por objetivo resistir al nuevo imperio nihilista del consumo para dar vida a una economía de las relaciones, de la sobriedad y de la paz, en el nombre de los dos Franciscos (de Asís y del papa Bergoglio). El cristianismo puede tener alguna chance de superar su profunda y mundial crisis actual cuando pronto vea que no hay ninguna tierra prometida a la que llegar, ningún evangelio que anunciar a los ciudadanos reducidos a consumidores, vaciados del alma por las mercancías cada vez más sofisticadas y metafísicas. Sin esta conciencia y sin su consecuente resistencia moral, seguiremos lamentándonos por las iglesias vacías, sin ver que hay otras iglesias que se están llenando de nuevos ‘fieles’ fidelizados.

Hoy una comunidad espiritual está en el poder constituirse como un lugar de resistencia ante el imperio que confía la salvación a las mercancías. Hoy solo una profecía que sea también profecía económica puede ser sal de la tierra: “Ningún centralismo fascista pudo hacer lo que hizo el centralismo de la civilización de los consumidores… La tolerancia de la ideología hedonista querida por el nuevo poder, es la peor de las represiones de la historia humana” (P. Pasolini, 9 de diciembre de 1973).

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Editorial – Nuevos cultos y resistencia civil

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 28/11/2025

Este año se celebran los cincuenta años de la muerte de Pierpaolo Pasolini. Viendo la preparación del ‘black friday’, ahora transformado en ‘black week’ o en 'black month’, me preguntaba qué hubiera dicho Pasolini acerca de eso en lo que se ha convertido este capitalismo consumista, que el escritor friulano había visto en una etapa todavía híbrida e incipiente. En realidad, medio siglo antes de él, Walter Banjanim y Pavel Florenskji ya habían anunciado profeticamente que el capitalismo se convertiría rápido en una verdadera religión que sustituiría al cristianismo: “En Occidente el capitalismo se ha desarrollado parasitariamente en el cristianismo” (W. Benjamin). Estos tres grandes autores habían intuído la naturaleza del capitalismo, y sobre todo habían captado la gran metamorfosis que se estaba produciendo: el primer espíritu del capitalismo del siglo XIX, asociado al trabajo, a la fábrica y a los empresarios, se estaba transformando en el espíritu del consumo total, un nuevo culto global que estaba generando una nueva cultura global.

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El Black Friday: ídolos y culpa en el carrito de compras

El Black Friday: ídolos y culpa en el carrito de compras

Editorial – Nuevos cultos y resistencia civil Luigino Bruni publicado en Avvenire el 28/11/2025 Este año se celebran los cincuenta años de la muerte de Pierpaolo Pasolini. Viendo la preparación del ‘black friday’, ahora transformado en ‘black week’ o en 'black month’, me preguntaba qué hubiera di...
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Editorial – Mirar el mundo desde abajo de la mesa

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 16/11/2025

La jornada mundial de los pobres, promovida en 2017 por el papa Francisco, no coincide con la Jornada de la eliminación de la pobreza, promovida por la ONU en 1992, y celebrada el 17 de octubre. Ambas jornadas se parecen, tienen mucho en común, pero hay entre las dos una gran diferencia, representada por la primera bienaventuranza del evangelio: “Bienaventurados los pobres’’. Es por eso que cuando en 1987 el padre Joseph Wresinski, fundador del Movimiento ATD Cuarto Mundo, lanzó la iniciativa que la ONU adoptaría cinco años después, la llamó evangélicamente ‘Jornada mundial contra la miseria’. La pobreza no es solo miseria, los pobres no son solo miseria. Muchos pobres están en la miseria, pero no todos, y no todas las pobrezas ni todos los pobres deben ser eliminados, porque si acabáramos con todos aquellos que libremente eligen la pobreza, la tierra se volvería de verdad demasiado miserable.

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Este año el papa León eligió como título: “Eres tú, Señor mío, mi esperanza” (Salmo 71:5). Si somos honestos tenemos que reconocer que nos cuesta mucho celebrar la jornada de los pobres y su esperanza no vana, porque casi todos, sentados en los cómodos sillones de nuestras tibias casas, hemos perdido contacto con los verdaderos pobres. Para hablar de la Jornada de los pobres y luego celebrarla deberíamos primero conocer a los pobres en carne y hueso, ser amigo de alguno, entrar en sus casas, en sus chozas, en sus no-casas, y quedarse ahí tal vez un buen rato. Escucharlos, dejarlos hablar, reconocerles una dignidad – como hacen los amigos de ATD Cuarto Mundo – de pensamiento y de palabra. Todos los reportes, las estadísticas, los estudios, los libros, las conferencias, las acciones y las políticas sobre la pobreza son hechas por no-pobres, por expertos que hablan casi siempre de un continente al que nunca fueron y del que escucharon hablar. A estos reportes e investigaciones que a veces (no siempre) son también útiles, deberíamos sumarles otros reportes e investigaciones que surjan de quienes están adentro de esa pobreza descrita por quien está por fuera. ‘La realidad es superior a la idea’, esa frase tan preciada por el papa Francisco, es siempre válida, pero sobre todo si se trata de la miseria y de la pobreza no-elegida, donde muchas veces la idea de la pobreza prevalece por sobre la realidad de la pobreza.

En esta jornada deberíamos, por el contrario, darle la palabra a los verdaderos pobres, escuchar su punto de vista sobre la pobreza, que nos cuenten con su lenguaje qué aspectos de su pobreza quisieran eliminar y cuáles no. Si hiciéramos eso veríamos algo muy distinto. Sería algo cristiano y profético si, al menos en vista de esta jornada, hiciéramos, por ejemplo, una comisión compuesta única o principalmente de pobres para preparar el primer borrador del mensaje del papa León y la Introducción al Reporte Cáritas. Aprenderíamos a mirar nuestro mundo con Lázaro, abajo de la mesa del rico epulón, porque la perspectiva de los pobres sobre el mundo es esencial incluso para el que no es pobre, o para el que ya no lo es. Los pobres no deben ser solamente objetos de estudio, de palabras, de acciones y de rezos, pueden convertirse en sujetos: y así veremos otros estudios, otras acciones, otros rezos.

Quizás no lo hacemos porque, incluso en la iglesia, los verdaderos pobres nos dan miedo, nos recuerdan una parte oscura de nuestra vida que no queremos ver, y entonces antes que un encuentro real con ellos preferimos hablar de los pobres y dar algunas limosnas. Si en cambio conociéramos a los Lázaros de hoy y nos sentáramos con ellos, desde ese bajo punto de vista veríamos cosas que ni los mensajes ni los reportes consiguen ver imaginando a la pobreza y mirando fenómenos, datos, huellas de la pobreza sin nunca ver a los pobres, o solo viéndolos cada tanto o en algún momento particular – por ejemplo cuando piden una ayuda. Pero los “pobres” (si es que queremos llamarlos de esta manera que apenas dice algo de estas personas), no piden solo ayuda, hacen muchas otras cosas, incluso también algunas bonitas: se enamoran, a veces ayudan a los otros, saben todavía traer niños al mundo, soportan (como Job) nuestras palabras y nuestras miradas, y a menudo saben todavía festejar.

El gran problema de las ‘ayudas’ a los pobres tiene que ver con el tema de las competencias. Los que se ocupan de los pobres, casi siempre de buena fe, no tienen casi nunca la competencia necesaria sobre la pobreza. Porque la competencia más importantes, en todos los ámbitos (inclusive el mercado), es la que nace del llamado conocimiento tácito, o sea la dimensión no codificada del conocimiento que no se puede aprender ni en la escuela ni en los másters. La competencia-conocimiento tácito es de hecho la que está solo en la cabeza y en el alma de las personas que están en esa situación específica, y que solo ellos poseen. Es la competencia para saber vivir con dos dólares al día, para preparar una comida con casi nada, es saber realmente qué es un compañero (cum-panis), saber qué es la confianza (fides: cuerda), qué es la caridad (lo que es caro, y entonces vale), saber cómo no morir de frío sin radiador ni estufa, e intuir incluso algo acerca de lo que significa la frase más escandalosa y profética de la Biblia: “Bienaventurados los pobres, porque de ustedes es el reino de Dios” (Lc 6:20).

Todo esto lo podríamos decir también con el término “subsidiariedad”, un gran principio que está en el corazón de nuestra democracia. Toda ayuda y toda palabra de la pobreza debe partir de quien está adentro del problema, de lo que ya sabe y de lo que es, de su saber hacer, y solo después actuar. Solo tú puedes hacerlo pero no puedes hacerlo tú solo, me enseñó hace muchos años el obispo Giancarlo Bregantini, en una síntesis perfecta de esa subsidiariedad evangélica.

Esta jornada debería ser entonces el buen día para conocer y respetar más a los verdaderos pobres, que necesitan muchas cosas, lo sabemos, pero que antes que nada necesitan amistad y estima, porque es la falta de estima la verdadera pobreza de los pobres, incluso dentro de la iglesia que tanto hace por ellos. Sobre todo hoy, que la religión meritocrática está llegando a convencernos de que los pobres no son solo indigentes sino también culpables de su pobreza. Feliz día de los pobres a todos, pero primero a los pobres.

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Editorial – Mirar el mundo desde abajo de la mesa

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 16/11/2025

La jornada mundial de los pobres, promovida en 2017 por el papa Francisco, no coincide con la Jornada de la eliminación de la pobreza, promovida por la ONU en 1992, y celebrada el 17 de octubre. Ambas jornadas se parecen, tienen mucho en común, pero hay entre las dos una gran diferencia, representada por la primera bienaventuranza del evangelio: “Bienaventurados los pobres’’. Es por eso que cuando en 1987 el padre Joseph Wresinski, fundador del Movimiento ATD Cuarto Mundo, lanzó la iniciativa que la ONU adoptaría cinco años después, la llamó evangélicamente ‘Jornada mundial contra la miseria’. La pobreza no es solo miseria, los pobres no son solo miseria. Muchos pobres están en la miseria, pero no todos, y no todas las pobrezas ni todos los pobres deben ser eliminados, porque si acabáramos con todos aquellos que libremente eligen la pobreza, la tierra se volvería de verdad demasiado miserable.

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La competencia de los pobres

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Agorà - Pietro Del Soldà advierte sobre la fusión y la obsesión identitaria, dos patologías que representan una amenaza para la democracia

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 23/10/2025

Pietro del Soldà, famoso filósofo y apreciado periodista de Radio 3, continúa con Amore e libertà. Per una filosofia del desiderio (Editorial Feltrinelli) su reflexión sobre la libertad, la amistad y el amor, todas palabras que preceden a la vida, individual y colectiva. Un libro escrito con una prosa brillante, culta, atractiva, y por momentos poética. Es un libro sobre el amor y la libertad, y sobre la posibilidad y la necesidad de enunciarlas juntas, de decir una diciendo la otra y, al decirlo recíprocamente, entender sus desafíos, sus paradojas, sus incompletudes y sus trampas.

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En la Introducción ya encontramos varias de las tesis del libro: “No hay felicidad fuera del amor, dice Diotima en el Banquete, y no hay tampoco deseo: si no hay impulso erótico, de hecho, no es realmente deseo, no me sacude en lo profundo, no me hace experimentar ese estado de privación radical que es la esencia del deseo y no me deja entonces palpar la eudaimonía, la felicidad que brota del acuerdo con el daimon, mi “parte divina”: si no amo y no soy amado nunca llegaré a ese acuerdo”. El amor es, entonces, amar y ser amado. Pietro del Soldà sabe que esa eudaimonía de Platón no coincide con la de Aristóteles, en quien la felicidad está poco asociada al daimon divino y mucho a las virtudes, sobre todo a las virtudes civiles. El discurso de Del Soldà es, de hecho, un discurso sobre el amor que parte de la visión de Platón, este inmenso filósofo que funciona como un eje constante y principal con el que se van a relacionar muchos otros autores (Plotino, Agustín, Hegel, Girard, Nietzsche, Simmel, Dumont, etc.: un índice de nombres hubiera sido útil). El punto delicado, que introduzco de inmediato, es si es posible y generativo articular un discurso sobre el amor conjugándolo solo, o principalmente, como eros. Lo veremos en esta nota.

Y agrega de inmediato el autor: “El amor, advierte Diotima, es también un astuto estafador, doleros, un “artífice de trampas”, por ser también hijo de Poros, o sea un artificio. Por lo tanto para manejar o domar al eros (Del Soldà recurre con frecuencia a la alegoría platónica del carro alado), hay que hablar con el eros, no es solo una pasión irracional, no debe convertirse en eso: “En el fondo, Logos y Eros no son dos enemigos. Al contrario, la gran enseñanza de la filosofía griega es que su vínculo es profundo e indisoluble: uno puede iluminar las partes oscuras del otro”. Eros no solo dialoga con Logos, también habla continuamente con Tánatos: el tercer eje de cualquier discurso sobre el amor-eros, y quizás sobre el amor en general.

Y llegamos rápido a la tesis central del libro - al menos a una de las más importantes -: “Saber vivir la propia naturaleza erótica significa abrirse a lo desconocido, a la alteridad: es el ‘amor libre’, el eleutheros eros del que Sócrates le habla a Fedro, y al que tenemos que perseguir contra cualquier obstáculo, es el antídoto principal a esa ‘obsesión identitaria’ que hoy representa la principal amenaza contra la democracia”. Del Soldà desarrolla su argumento sobre el amor moviéndose entre sus dos desviaciones o patologías. La primera es la fusión, “que aspira a fundir a los dos amantes en una sola cosa” y que encuentra su primera manifestación en el “célebre mito narrado por Aristófanes en el Banquete”, es decir, ‘‘recomponer la unidad perdida de aquel ser primigenio que existía en tiempos remotos”. La segunda enfermedad es la de “la identidad personal del que está en su cuarto esperando de los otros un reconocimiento que se antepone a cualquier relación comprometedora”. Con esto se renuncia a la naturaleza nomádica del eros, porque la buena vida consiste en ‘‘dejarnos llevar, en el ‘tirar la vida por la ventana’, también en el amor: necesitamos caer y no tenemos que tener miedo. O mejor aún, el miedo siempre nos va a acompañar…Y está bien así’’. Pero sin caer en el mito de la fusión. Las páginas sobre la crítica a quien decide dejar de vivir por miedo a morir, por no intentar la salvaje aventura del eros solo por miedo al tánatos, son las páginas más lindas y densas del libro, y revelan un pensamiento original.

Para tratar de salir de esta especie de trágica decisión, Del Soldà se apoya en Platón (en Fedro), en Lucrecio y en la politización del eros: “El amor es, y siempre será, el emerger del deseo esencial de esa extraña criatura llamada ser humano… que sigue siendo lo que siempre fue: un zoon politikon, un animal político que habla, que piensa, que expresa las emociones y que organiza su vida en un espacio común, la polis”.

También son excelentes las páginas que, bajo el ala de Lacan (y de Recalcati), el autor dedica a la incompetencia del eros debido a la naturaleza recíproca del deseo, el ser deseo de un deseo deseante: “mi deseo no es deseo de ti y punto, como si fueses un objeto inerte (una presa), sino que es deseo de tu deseo’’. La necesidad de deseabilidad hace que la ‘‘reciprocidad del amor sea, al mismo tiempo, plena e imperfecta, realizada e inalcanzable. Otro enigma...”. De ahí la identificación de un núcleo central del misterio del amor-eros: ‘‘si el encuentro entre amantes es perfecto y cristalino, sin sombras, si no se deja ver al menos una leve grieta que resquebraje el proceso de reconocimiento, es probable entonces que las cosas terminen mal”. Entonces en el amor debe haber también “deseo de faltarse, de no entenderse, o de entenderse solo en parte”.

La investigación sobre el eros como libertad lleva a Del Soldà a explorar soluciones atrevidas, como la superación de la pareja: “No significa que una eventual superación de la pareja – al menos como la conocimos hasta acá – sea necesariamente malo. No es seguro que lleve necesariamente al ocaso del sentimiento amoroso”. Cuesta mucho seguir al autor en esta superación de la pareja en el amor erótico. Para entender este dificultad (respetuosa), es necesario abrir un debate sobre las formas del amor.

El libro de Del Soldà habla principalmente del eros. Pero el mundo griego y luego el cristianismo, y por tanto el humanismo occidental, nos habla de muchos amores: el amor tiene una semántica plural. Eros es la forma amorosa que está en el centro del discurso de Platón y de otros griegos. Aristóteles en sus Éticas nos habla sobre todo de la philia, de la cual Del Soldà, por cierto, habló mucho en su anterior ensayo Sulle ali degli amici (2022). La philia no es el eros, se le parece, y no es su opuesto, sino que es otra forma de amor. El mundo griego conocía también el amor por los hermanos y hermanas, o por los padres. Los Evangelios y Pablo, luego, nos han hablado de otra forma de amor, el ágape.

El léxico greco-cristiano podía distinguir el ‘te quiero’ que se decía a la mujer amada del ‘te quiero’ que se le decía a un amigo, y reconocer al mismo tiempo que el segundo no era inferior ni menos verdadero que el primero. El cristianismo, luego, agregó una tercera palabra griega para darle otro tono al mismo amor, ya presente en la Biblia hebrea y, sobre todo, ya presente en la vida. Esta maravillosa palabra es ágape, el amor que sabe amar a quien no es deseable y al no-amigo.

Son dimensiones del amor que, a menudo, están juntas en las relaciones verdaderas e importantes. Como sucede claramente en la amistad, donde la philia nunca está sola, porque es la primera en necesitar amigos. Está acompañada del deseo-pasión por el amigo y está irrigada por el ágape, que le permite durar y renacer en nuestras derrotas y en nuestras fragilidades. Una amistad que sea solo philia no sería lo suficientemente cálida y fuerte como para no dejarnos solos en nuestro camino. Pero es la philia la que vincula al eros con el ágape, la que los hermana – Jesús también necesitó del registro de la philia para decir su amor. En esas pocas amistades que nos acompañan durante largos trayectos de la vida, a veces hasta el final, la philia encierra en sí misma los colores y los sabores del eros y del ágape. Son los amigos que hemos perdonado y que nos han perdonado setenta veces siete, esos que cuando no regresaban eran esperados y deseados como una esposa o un hijo. Esos que hemos abrazado y besado, igual y diferente a otros abrazos y otros besos, esos amigos con quienes hemos mezclado muchas veces las lágrimas hasta fundirlas en la misma gota salada. Por eso, pocos dolores son tan grandes como la muerte de un amigo – en ese día, una parte del corazón deja de latir, y ya no vuelve a arrancar. No hay solo una lucha radical entre eros y tánatos; hay otra, parecida y distinta, entre philia y tánatos, y hay amigos que siguen viviendo, resistiendo el dolor y la enfermedad, solo porque esperan volver a verse en la próxima visita en casa o en el asilo, cuando ese philos que llega vale toda una vida, vale toda la philosophia del mundo.

La philia y más aún el ágape abren el amor de la pareja, la llevan a trascender y a superarse. Es más difícil pensar en una buena superación de la pareja si nos quedamos solo en el registro del eros. Es cierto que el amor es libertad, como dice el título del libro, pero el amor no es solo libertad. El amor humano es muchas cosas, se lo enuncia con muchas palabras que califican, elevan y limitan el campo de acción de la libertad. Y en primer lugar, libertad es también una palabra plural (libertad por, libertad de, libertad con, libertad para…), y algunas de estas preposiciones remiten directamente a la palabra gemela de una buena libertad civil y política: responsabilidad. Porque si el encuentro erótico es un encuentro entre individuos totalmente irresponsables y desentendidos los unos con los otros, aquella libertad solo genera infelicidad y engaños, de los cuales algunos son descritos por Del Soldà en la primera parte del ensayo. Porque, como subraya en el capítulo 4, el eros tiene un nexo único e inseparable con el cuerpo y con las responsabilidades propias del cuerpo (el cuerpo no es solo belleza y deseo).

Para un amor responsable no es suficiente el eros. No es suficiente para la familia, para las esposas, para los maridos, no es suficiente para los niños, no es suficiente para que nuestras heridas y las de los demás sean posibles y sostenibles.

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Pietro del Soldà, famoso filósofo y apreciado periodista de Radio 3, continúa con Amore e libertà. Per una filosofia del desiderio (Editorial Feltrinelli) su reflexión sobre la libertad, la amistad y el amor, todas palabras que preceden a la vida, individual y colectiva. Un libro escrito con una prosa brillante, culta, atractiva, y por momentos poética. Es un libro sobre el amor y la libertad, y sobre la posibilidad y la necesidad de enunciarlas juntas, de decir una diciendo la otra y, al decirlo recíprocamente, entender sus desafíos, sus paradojas, sus incompletudes y sus trampas.

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No es solo Eros: el amor es libertad responsable

No es solo Eros: el amor es libertad responsable

Agorà - Pietro Del Soldà advierte sobre la fusión y la obsesión identitaria, dos patologías que representan una amenaza para la democracia Luigino Bruni publicado en Avvenire el 23/10/2025 Pietro del Soldà, famoso filósofo y apreciado periodista de Radio 3, continúa con Amore e libertà. Per una f...
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Editorial - La “Dilexi te” del Papa León XIV habla sobre todo de la mala pobreza, o sea de la miseria y de las privaciones, pero sin olvidar la hermosa pobreza del Evangelio.

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 11/10/2025

En el humanismo cristiano, la palabra pobreza es de un espectro muy amplio: va desde la desesperación del que sufre la pobreza por los demás o por alguna desgracia, hasta el que la elige libremente como un camino de bienaventuranza, una decisión libre que a menudo se convierte en la vía maestra para liberar a los que no la eligieron. En la Iglesia siempre hay, y siempre hubo, miles de mujeres y hombres que se hicieron pobres con la esperanza de ser llamados “bienaventurados” (DT, n. 21), y que luego, más tarde, comprendieron que esa primera bienaventuranza de Jesús la podían escuchar solo haciéndose compañeros de esos pobres que conocen solo el lado oscuro de la pobreza. Si entonces esta pobreza elegida, este “adelanto” del Reino de los cielos, fuese eliminado de la tierra por alcanzarse un “objetivo del milenio”, ese día llegaría un pésimo anuncio para la humanidad, que sin la pobreza evangélica se encontraría infinitamente más pobre y miserable, aunque no lo sepa. La Dilexi te (DT) del papa León XIV habla sobre todo de la mala pobreza – que también podríamos llamar miseria o privación – para impulsarnos a que nos encarguemos de ella y a no “bajar la guardia” (n. 12), pero no olvida la linda pobreza del Evangelio, fundamentalmente las largas sesiones dedicadas a la visión bíblica de la pobreza.
[fulltext] => Por los Evangelios y por la vida sabemos que no se puede separar la mirada y el juicio evangélico sobre la pobreza y aquel sobre la riqueza (n. 11). La pobreza no es, de hecho, un estatus individual, no es un rasgo de la personalidad ni un “amargo destino” (n. 14). Por el contrario, es una relación equivocada con las personas, con las instituciones y con los bienes, es un mal relacional, es el resultado de decisiones colectivas e individuales de personas concretas e instituciones concretas. Si existen personas que se encuentran, sin haberlo elegido, en una condición de miseria, eso está profundamente ligado a otras personas e instituciones que se encuentran con riquezas excesivas y a menudo injustas, casi siempre habiéndolo elegido. Sin llegar a decir con eso que tu riqueza es la razón de mi pobreza – tesis que está en la base de muchas envidias sociales ‒, sino solo reconocer la naturaleza fundamentalmente relacional (n. 64), social y política de las pobrezas y las riquezas de los hombres, y más aún de las mujeres (n. 12) y de los niños y niñas. Por eso no es fácil para la Iglesia hablar de pobreza y de pobres, porque haría falta mantener en una tensión vital estas dos dimensiones de la pobreza – la buena y la mala ‒, ya que si se deja afuera a una, no solo se comete un grave error, se sale del Evangelio. La cosa se pone todavía más complicada si llevamos hasta el fondo la lógica paradójica de las bienaventuranzas y vemos que entre los pobres que Jesús llama “bienaventurados” no están solo los pobres Franciscos que escogieron la pobreza, sino también los pobres como Job, aquellos que la pobreza solo la padecieron. Y ahí poder llamar a los dos “bienaventurados”, sin vergüenza. “Bienaventurados los pobres” es también la bienaventuranza de los niños y los moribundos.
La Dilexi te es un llamado a la acción de los cristianos y, a la vez, una meditación sobre la pobreza desde la perspectiva del Antiguo y del Nuevo Testamento, desde Pablo, los Padres y la tradición de la Iglesia, con una especial atención a los carismas que han puesto a la pobreza y a los pobres en el centro, como Francisco de Asís (n. 64) y sus tantos amigos y amigas. También es una reflexión sobre la pobreza particular de Jesús (nn. 20-22). Es importante que esta primera exhortación del papa León esté en plena continuidad ‒ ya incluso desde el título, que es el hermano gemelo del Dilexti nos ‒ con el magisterio del papa Francisco sobre la pobreza (n. 3), el tema que estuvo en el centro de su pontificado. El papa Francisco eligió el puesto de Lázaro (Lc 16) debajo de la mesa del rico epulón como su lugar de observación en el mundo. Desde ahí vio personas y cosas – entre ellas las cárceles: n. 62 ‒ diferentes a las que ven los que miran el mundo sentados al lado del rico epulón. Con Dilexi te León nos dice que quiere seguir mirando la Iglesia y el mundo junto a Francisco y al Lázaro de la historia. Y esa es una buena noticia. Los pobres, escribe, “no están por casualidad o por un ciego y amargo destino (n. 14), sin embargo, continúa, “todavía hay algunos que se atreven a afirmarlo, mostrando ceguera y crueldad”. Es importante que el papa León vuelva a conectar, también acá en continuidad con Francisco, esta ceguera y crueldad con la “falsa visión de la meritocracia”, porque esta es una ideología en la que “pareciera que sólo tienen méritos aquellos que han tenido éxito en la vida” (n. 14). Por lo tanto, la meritocracia es una falsa visión. La ideología meritocrática es, de hecho, una de las principales “estructuras de pecado” (nn. 90 ss.) que generan exclusión y luego intentan legitimarla éticamente.
Una última nota. Hoy existe un gran magisterio laico sobre la pobreza no elegida. Es el de Amartya Sen, M. Yunus, Ester Duflo (tres premios Nobel) y de muchos otros estudiosos que nos enseñaron muchas cosas nuevas acerca de la pobreza. Nos mostraron que la pobreza es una privación de libertad, de capacidades (capabilities), por lo tanto es una falta de capitales (sociales, sanitarios, familiares, educativos…) que nos “impiden desarrollar la vida que deseamos vivir” (A. Sen). La falta de capitales se manifiesta como la falta de flujos (ingresos), pero es solamente cuidando los capitales que mañana se podrán mejorar los flujos. Y es a los capitales que deberían orientarse también “las limosnas” (nn. 115 y ss.), como hacen los muchos carismas de la Iglesia desde hace tantos siglos (nn. 76 y ss.), combatiendo la miseria “en capitales”, construyendo escuelas u hospitales. Esperamos que los futuros documentos pontificios incluyan este magisterio laico sobre la pobreza, a esta altura esencial para entenderla y para tratarla. Y esperamos que el mundo laico también descubra la belleza de la pobreza elegida. Porque para el mundo, incluso para la mejor parte de este mundo, la pobreza solo es un mal que hay que erradicar. Y eso en realidad es muy poco.
Credit Foto: © Diego Sarà
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Editorial - La “Dilexi te” del Papa León XIV habla sobre todo de la mala pobreza, o sea de la miseria y de las privaciones, pero sin olvidar la hermosa pobreza del Evangelio.

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 11/10/2025

En el humanismo cristiano, la palabra pobreza es de un espectro muy amplio: va desde la desesperación del que sufre la pobreza por los demás o por alguna desgracia, hasta el que la elige libremente como un camino de bienaventuranza, una decisión libre que a menudo se convierte en la vía maestra para liberar a los que no la eligieron. En la Iglesia siempre hay, y siempre hubo, miles de mujeres y hombres que se hicieron pobres con la esperanza de ser llamados “bienaventurados” (DT, n. 21), y que luego, más tarde, comprendieron que esa primera bienaventuranza de Jesús la podían escuchar solo haciéndose compañeros de esos pobres que conocen solo el lado oscuro de la pobreza. Si entonces esta pobreza elegida, este “adelanto” del Reino de los cielos, fuese eliminado de la tierra por alcanzarse un “objetivo del milenio”, ese día llegaría un pésimo anuncio para la humanidad, que sin la pobreza evangélica se encontraría infinitamente más pobre y miserable, aunque no lo sepa. La Dilexi te (DT) del papa León XIV habla sobre todo de la mala pobreza – que también podríamos llamar miseria o privación – para impulsarnos a que nos encarguemos de ella y a no “bajar la guardia” (n. 12), pero no olvida la linda pobreza del Evangelio, fundamentalmente las largas sesiones dedicadas a la visión bíblica de la pobreza.
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Bienaventurados los pobres, no la miseria

Bienaventurados los pobres, no la miseria

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Educación financiera: con los más pequeños, aún para las tareas del hogar, hay que usar el dinero como premio y no como incentivo.

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 03/10/2025

Además de ser un clásico de la literatura universal, Las Aventuras de Pinocho tienen también mucho sobre economía. Los clásicos no envejecen, y no ha envejecido tampoco la ética económica de Pinocho. En algunos de sus pasajes hay verdaderas enseñanzas sobre el uso del dinero en los niños y los jóvenes. Desde el comienzo de sus aventuras, Pinocho desarrolla una pésima relación con el dinero, lo que está en el origen de las páginas más desgraciadas de la historia. Acaba en el pequeño teatro de Mangiafoco vendiendo su abecedario, y después, con las cinco monedas de oro, termina entre las garras del gato y del zorro, y del abuso económico.

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Los intérpretes de Pinocho, incluso los pocos economistas que intentaron estudiarlo, ante la ingenuidad y la falta de preparación de Pinocho en el manejo de dinero, llegaron a la conclusión que parece más obvia: está bien que los niños sean rápidamente educados en las finanzas, en la lógica del dinero, porque de otro modo van a terminar siendo víctimas de gatos y zorros: “La historia de Pinocho nos da la oportunidad de pensar en nuestro dinero” (FEduF (1) ).

En verdad estoy convencido de que el mensaje del libro de Carlo Collodi es exactamente el contrario, es decir: ahora que puedes, mantén alejados a tus niños y tus niñas del dinero y de su lógica. El dinero y el niño viven – deberían vivir – en mundos diferentes. La lengua materna del niño es el don, y cuando entra en contacto con el dinero y con la lógica económica hay que hacerlo con mucho cuidado, porque sucede muy a menudo que la fuerza del lenguaje económico se devora el tan delicado registro del don – y eso sí que es un desastre educativo.

Cuando necesitan dinero se lo piden a los papás, y dentro de esta relación no económica y gratuita se aprende también el abecé de la economía de mañana. La dependencia económica con los padres es perfecta, porque el dinero, conocido al principio como don, crea las premisas éticas para dar el justo valor a los contratos y al trabajo del día de mañana. Hoy existen evidencias empíricas de que los niños y los preadolescentes (en experimentos hechos en escenarios controlados) que se enfrentan a actividades que se rigen por incentivos extrínsecos (monetarios o no) muestran durante su desarrollo una menor actitud para realizar actividades de recompensas intrínsecas (David Greene e Mark R. Lepper 1974).

El tema principal en torno al uso del dinero con los menores es el llamado desplazamiento motivacional o crowding-out (Frey 1997; Aknin, Van de Vonderwoort and Hamlin, 2018). La inclusión de una motivación extrínseca a la actividad misma (como el dinero) para hacer cumplir al joven una acción determinada, erosiona progresivamente en los más pequeños la fuerza de las motivaciones intrínsecas a esa misma acción, hasta el posible resultado de terminar educando a personas que solo responden a incentivos externos. Si por ejemplo una familia introduce un sistema de incentivos para las actividades domésticas de los hijos e hijas (levantar la mesa 3 euros; lavar los platos 3; paseo con los abuelos 4; pasear al perro 3…), con el tiempo va a ser muy difícil educarlos en la ética de las virtudes, según la cual la mesa se levanta por una razón interna al hecho de ser hijo y parte de una familia, al abuelo hay que acompañarlo porque se lo quiere y porque es deber de un nieto, la habitación hay que tenerla ordenada porque está bien hacerlo, etcétera. Esto no significa no usar el dinero con los hijos pequeños, pero hay que usarlo como premio y no como incentivo, o sea para reforzar las acciones buenas, no como el “porqué” de la realización de una buena acción – el premio refuerza la virtud, no la crea; el incentivo crea la acción, que sin el incentivo no existiría.

En los adultos, el incentivo puede ejercer su buena función si se apoya en una ética intrínseca que sea capaz de aguantar el impacto manipulador de los incentivos – no olvidemos que incentivo deriva de incentivus, la flauta que daba el tono a los instrumentos, el encantador mágico que nos lleva a donde no iríamos de manera espontánea. Si el incentivo, en cambio, alcanza a personas no dotadas de una robusta ética de las virtudes, con el tiempo se verán como los burros que responden solo al palo y la zanahoria. Es la libertad y, por ende, la capacidad de gratuidad lo que está en el centro de estos instrumentos y de estos razonamientos. Ayer era más fácil que el incentivo estuviera apoyado sobre una ética intrínseca del “trabajo bien hecho”, hoy es cada vez más difícil, sobre todo si se la introduce desde muy temprano en la casa o en la escuela.

Un tema similar, pero distinto, es el de la mesada. También en estos casos, aunque el instrumento de la mesada no coincida con el del incentivo (pueden coexistir o puede accionarse uno sin el otro) se activa un marco contractual y económico. La pedagogía de la mesada lleva inevitablemente al aumento del registro económico-financiero, y a dejar en un segundo plano el registro de la gratuidad y del don, y el de la buena dependencia mediada por los padres.

Hoy si los jóvenes no están desarrollando una buena amistad con el mundo del trabajo es también porque la lógica económica entra muy rápido a la casa, dentro del caballo de Troya de la responsabilidad. La cultura dominante del imperio es, cada vez más, la del negocio, y como sucede con cualquier imperio su cultura entra a todas partes, casi siempre sin que lo sepamos.

(1) Fondazione per l’Educazione Finanziaria e al Risparmio

Credits Photo: Foto di Splenetic su Freeimages.com

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Educación financiera: con los más pequeños, aún para las tareas del hogar, hay que usar el dinero como premio y no como incentivo.

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 03/10/2025

Además de ser un clásico de la literatura universal, Las Aventuras de Pinocho tienen también mucho sobre economía. Los clásicos no envejecen, y no ha envejecido tampoco la ética económica de Pinocho. En algunos de sus pasajes hay verdaderas enseñanzas sobre el uso del dinero en los niños y los jóvenes. Desde el comienzo de sus aventuras, Pinocho desarrolla una pésima relación con el dinero, lo que está en el origen de las páginas más desgraciadas de la historia. Acaba en el pequeño teatro de Mangiafoco vendiendo su abecedario, y después, con las cinco monedas de oro, termina entre las garras del gato y del zorro, y del abuso económico.

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Enseñarles a los niños la lógica del don: el modelo no es Pinocho

Enseñarles a los niños la lógica del don: el modelo no es Pinocho

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Editorial – El antídoto cotidiano contra la guerra

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 25/09/2025

Hace unos días una amiga tuvo problemas para pagar una multa por internet. Se dirigió a una agente que la escuchó y le resolvió el problema. Agradeciéndole, mi amiga le dijo: “qué lindo sería que todos trabajaran como usted”, y la agente se conmovió. Esa emoción de una trabajadora me tocó en lo más profundo.

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Todos los días estamos inmersos en un océano de reciprocidad, y no nos damos cuenta. Una red muy densa de amor civil entre desconocidos que nos prepara el desayuno, que nos cura en los hospitales, que educa a nuestros hijos, que produce las cosas que usamos, que limpia las calles y asiste a nuestros ancianos. Esto también es un rostro del mercado, o mejor aún: el mercado es fundamentalmente esta inmensa red de cooperación, la más grande y más amplia que se haya realizado en la historia de la humanidad. Y el cemento que mantiene unido este admirable edificio ético es el trabajo, el humilde y diario trabajo: nos encontramos, nos servimos y nos hablamos simplemente trabajando. Cuando vemos lo que pasa todos los días en el trabajo de los enfermeros, doctores, maestras, albañiles, conductores de tren, basureros, meseros, surge la duda de si la fraternidad es de verdad “el principio olvidado” de la Revolución francesa, o si, por el contrario, es el que más hemos desarollado colectivamente: ciertamente no es ni la igualdad ni la libertad lo que todas las mañanas sostiene los hospitales y las escuelas. Sin la escuela y sin la salud pública la libertad y la igualdad serían poca cosa, aquello que lleva a cooperar en todo momento en una aula escolar o en una sala de urgencias es más fácil de narrar con la palabra fraternidad; porque la fraternidad es un vínculo, es una relación, no es un derecho ni un status individual – es el bien que está en medio, es el “entre”. Y si un día las computadoras y la IA hacen los trabajos que hacemos nosotros, vamos a tener que reinventarnos otro lenguaje igual de serio para comunicarnos y no caer en una pesadilla en la que cada uno solo se encuentra consigo mismo.

Pero hay otra cosa para decir. La buena forma de la cooperación convive con malas formas de cooperación. Porque mientras la gran parte de hombres y mujeres coopera para hacer vivir a otros hombres y mujeres, hay otros, que todavía son una pequeña minoría, que cooperan para hacer morir moral y físicamente a otros hombres, mujeres y niños. Son las cooperaciones en los juegos de azar, en la pornografía y en la prostitución, y en muchas mafias: otras redes enormes, cada vez más globales, en las que se coopera de otra manera.

El Génesis nos cuenta primero la construcción del Arca de Noé (cap. 6), y después (cap. 11) la construcción de la torre de Babel. Tanto los constructores del arca como los de la torre eran trabajadores, y eran solidarios entre ellos, porque sin una forma de solidaridad laboral no se inicia ninguna obra.

Incluso en la construcción de la torre de Babel es explícita la acción colectiva, una comunidad de trabajo. La comparación entre el arca de Noé y la torre de Babel nos dice que no todas las solidaridades y las cooperaciones son buenas, y no todos los trabajos son buenos: el trabajo de los albañiles y de los ingenieros de Babel no era un trabajo bendito, y fue dispersado por Dios. Hay trabajos humanos que es mejor que se dispersen. Siempre son trabajos de hombres y mujeres, a menudo de hombres y mujeres individualmente buenos. La condena de Babel no está dirigida al trabajador individual, es una condena ética por esas estructuras de pecado, aunque sean fruto de trabajo y de cooperación.

El trabajo en las obras del mal convive diariamente con el trabajo en las obras del bien. En estos últimos años estamos tomando una nueva y dramática conciencia acerca de la peor cooperación que el hombre sea capaz: la guerra.
La guerra también es acción colectiva, trabajo, cooperación, una complejísima cooperación. Ninguna batalla se gana sin una cooperación perfecta, desde la fábrica de armas hasta los campos de guerra. Pero si por un instante la miramos a los ojos, nos damos cuenta de que la cooperación por la guerra es la opuesta a la de nuestros buenos mercados de cada día. Es la cooperación de un grupo contra la cooperación de otro. Es un juego de suma cero (+1,-1), o suma negativa (-1, 2), donde la victoria de uno corresponde a la derrota del otro.

Es lo contrario de lo que sucede en el mercado civil, donde el pizzero y yo, que como la pizza, gozamos de la misma alegría, que se traduce en el saludo final: “gracias”, “gracias a vos”, una reciprocidad del mismo signo y del mismo sentido (+1,+1).

Como simples ciudadanos es muy poco lo que podemos hacer ante lo absurdo de estos nuevos vientos de guerra. Nos queda como un zumbido moral constante, que reduce nuestra buena felicidad, y está bien que la reduzca – hoy una felicidad plena estaría totalmente desentonada, en medio de todo este dolor del mundo. Todas las mañanas millones de personas le dicen que no a la guerra, diciéndole que sí al propio trabajo, a la cooperación de los mercados, a la buena cadena de reciprocidad civil. Podemos vivir nuestro trabajo como un antídoto a la guerra, mirando a los ojos a los que trabajan con nosotros y para nosotros, y quizás empezar a darles las gracias más a menudo: en su emoción podemos tener esperanza.

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Editorial – El antídoto cotidiano contra la guerra

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 25/09/2025

Hace unos días una amiga tuvo problemas para pagar una multa por internet. Se dirigió a una agente que la escuchó y le resolvió el problema. Agradeciéndole, mi amiga le dijo: “qué lindo sería que todos trabajaran como usted”, y la agente se conmovió. Esa emoción de una trabajadora me tocó en lo más profundo.

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La fraternidad del trabajo

La fraternidad del trabajo

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Su ensayo póstumo – El gran psiquiatra italiano nos regala varios pasajes de los clásicos sobre una realidad que, contrariamente a la felicidad, el mercado no nos puede vender. Porque se consume mientras se genera.

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 04/09/2025

La felicidad es la nueva promesa de la economía de mercado. Anteayer prometía el pan, ayer el bienestar y hoy es la felicidad. Nos la promete de muchas maneras, últimamente con la inteligencia artificial, que al hacer por fin todas las cosas que no nos gustan, y mejor que nosotros, además de nuevas cosas que todavía no hacemos, nos va a dar la felicidad perfecta. Una felicidad que tiene que ver con el tener, con el confort, con la libertad de elegir, con el crecimiento, con ese “de más” que a menudo raya con la diversión y el placer.

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Lo que sin embargo el mercado no logra vendernos ni darnos es la alegría de la que Eugenio Borgna habla en un gran ensayo, publicado por la editorial Einaudi. No es un ensayo académico, se parece más a un cuaderno, a un diario de viaje, a apuntes de pensamientos dispersos, con la alegría como tema en común. La alegría no es la felicidad, porque la alegría ocurre en el presente, la alegría es experiencia, mientras que la felicidad (o la infelicidad) es una condición más estable. Tampoco es la leticia, y aunque Borgna no nos diga por qué, lo intuimos pensando en la laetitia de Francisco, y en la etimología que remite al latín “laetus”.

La Providencia ha puesto la alegría entre los recursos esenciales para vivir, pero la escondió en las cosas más pequeñas, pequeñísimas, casi invisibles si vamos muy rápido. Quizás por eso los pobres y los puros del corazón logran alcanzarla, y quizás solo ellos. Es parte de ese paisaje del Reino de los cielos donde viven todos los pobres y puros del corazón, a veces sin saberlo. Puede llegar a veces después de grandes dolores, depresiones o lutos, y su llegada es la centinela que nos anuncia el alba. Es gracia, es pura gracia, puro don. Hay felicidades que pueden comprarse: la alegría de vivir no, es gratuidad pura, y es la más hermosa. Otras veces llega durante un rezo distinto a los demás, y llega acompañada de lágrimas.

Digamos que no es fácil, ni siquiera para un autor excelente e importante como fue Borgna (1930-2024), hacer un libro compuesto principalmente de citas de grandes poetas, escritores y filósofos de todas las épocas. Porque para nadie es fácil intercambiar pensamientos propios con aquellos pensamientos infinitos de Rilke, de Leopardi, de Nietzsche o de Simone Weil. Pero quizás la intención o el ánimo de Borgna era precisamente darnos, al final de su vida (que en otra época se habría considerado larga), las palabras y los textos más bellos acerca de la alegría que encontró durante su propia vida y de la de muchos otros, sobre todo ejerciendo como psiquiatra. De todas maneras, algunas reflexiones personales de Borgna sobre la alegría, ensambladas entre las palabras de los clásicos, son también notables y hermosas, acarician la belleza de sus citas, como la que está al principio del libro: “El tiempo de la esperanza es el futuro, como también de la espera; el tiempo de la nostalgia y la tristeza es el pasado; el tiempo de la alegría es el presente, quebradizo y luminoso”. La alegría sucede ahora, no se acumula, no es que mañana seremos más capaces de alegría por haberla sentido hoy o ayer; al contrario, a veces la larga falta de alegría prepara una alegría sublime y única. Se la “consume” mientras se la genera. Es efímera como una mariposa, pero en ese vuelo breve despliega toda su belleza infinita. “En la alegría ya no están las dimensiones del pasado y del futuro, las preocupaciones, los temores, las nostalgias, los miedos; se vive en el presente, en el ardiente instante de un presente que se dilata y le da un sentido a la vida”.

Pero las páginas más originales y sugerentes de Borgna son las que están ligadas a su profesión, en particular esa firme invitación a cuidar la frágil alegría en los demás (y en nosotros) porque también es efímera y transitoria: “Cada uno de nosotros tiene la responsabilidad de rastrear las huellas de la alegría en las caras, en los ojos, en la mirada y en las sonrisas de las personas con que nos encontramos, evitando apagarla con nuestra desatención o con nuestra indiferencia. Entonces cuando en un paciente renace alguna gota, alguna chispa de alegría, no podemos evitar sentirnos llamados a vislumbrar el amanecer de la esperanza”. Y esta es una página hermosa, a la que agrega: “Ya en la conclusión de este libro no puedo dejar de decir que, cuando en psiquiatría, y también en la medicina, uno se encuentra con una persona, ya sea joven o anciana, inmersa en la alegría, y en la que hay síntomas de enfermedad, debemos hacer todo lo posible por no herir la alegría, como pasa cuando nos atenemos rígidamente al lema de decir toda la verdad al enfermo o enferma. Un bien demasiado precioso, la alegría, como para no tenerla cerca del corazón, y como para no recibirla en su luz interior y en su ligereza, en su delicadeza, en su fragilidad, en su silencio y en su gracia”. Son palabras donde todo su arte y conocimiento profesional florecen en sabiduría y poesía. Cada tanto, Borgna se pone a dialogar con algunos autores cristianos, desde Teresa de Ávila hasta el Papa Francisco (con quien termina el libro), casi como para despertar en nosotros las ganas de preguntar: ¿pero cuál es la impronta típica de la alegría de los cristianos? Él no responde, pero nos invita a buscarla, y a ojalá encontrarla, en la alegría de los niños, a esa que Jesús tanto señala en los evangelios como modelo de fe, cuando nos llama a ser como ellos para entrar al Reino. Debe haber algo especial entonces en la alegría de los niños respecto a la del Evangelio. Es toda y pura gracia. Los niños experimentan la vida simplemente viviendo, no importa lo que hagan, incluso gozan cuando se quedan dormidos en cualquier lado – el sueño de los niños es patrimonio de la humanidad. La infancia es la edad de la alegría perfecta, porque los niños solo tienen el presente, y en el presente la encuentran. Es por eso que el contacto con los niños es fundamental para la alegría de todos.

La alegría se vuelve complicada de adultos y de viejos porque sentimos que la vida se escapa, y para no perderla pensamos en detenerla capturándola y devorándola – y la alegría no llega. Diversión, aperitivos, restaurantes, cruceros o vacaciones todo el año. Nos comemos la vida, devoramos personas y todo lo que nos encontramos, por una alegría que no llega. Sin embargo, la alegría también es posible de viejos, aunque se parece mucho a la alegría de Sísifo, que ya la enésima vez en la cima luego de subir empujando su eterna roca, en la breve pausa que hay entre el final del ascenso y el comienzo de un nuevo descenso, puede experimentar en ese respiro fugaz una paradójica pero verdadera alegría: “Hay que imaginar a Sísifo feliz” (A. Camus). Otras veces es la roca la que genera una alegría igual de paradójica, cuando la vida ha eliminado todas las razones de felicidad y de alegrías de ayer, y se sigue adelante solo porque la vida impone su intrínseca disciplina: preparar el desayuno, salir a comprar el pan, poner cuidadosamente la mesa aunque estemos solos y no haya ningún com-pañero. Es la piedra del propio vivir que nos mueve y que, de golpe, nos puede dar una delicada y real alegría, que se cuela entre la vajilla y el trapo. La última palabra se la dejo a Borgna, agradeciéndole: “Deberíamos no herir nunca la alegría de una persona que confía en nuestro cuidado”.

Credits foto: Foto di Arina Krasnikova su Pexels

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Su ensayo póstumo – El gran psiquiatra italiano nos regala varios pasajes de los clásicos sobre una realidad que, contrariamente a la felicidad, el mercado no nos puede vender. Porque se consume mientras se genera.

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 04/09/2025

La felicidad es la nueva promesa de la economía de mercado. Anteayer prometía el pan, ayer el bienestar y hoy es la felicidad. Nos la promete de muchas maneras, últimamente con la inteligencia artificial, que al hacer por fin todas las cosas que no nos gustan, y mejor que nosotros, además de nuevas cosas que todavía no hacemos, nos va a dar la felicidad perfecta. Una felicidad que tiene que ver con el tener, con el confort, con la libertad de elegir, con el crecimiento, con ese “de más” que a menudo raya con la diversión y el placer.

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Eugenio Borgna tras las huellas de la alegría: es efímera, pero hay que cuidarla

Eugenio Borgna tras las huellas de la alegría: es efímera, pero hay que cuidarla

Su ensayo póstumo – El gran psiquiatra italiano nos regala varios pasajes de los clásicos sobre una realidad que, contrariamente a la felicidad, el mercado no nos puede vender. Porque se consume mientras se genera. Luigino Bruni publicado en Avvenire el 04/09/2025 La felicidad es la nueva ...
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Espiritualidad – Una nueva colección editorial propone el texto en italiano sin notas. Un formato que pretende alentar una lectura “inmediata”, en un abrazo que deje afuera el alboroto de las redes sociales

 Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 28/08/2025 

En 1559, en pleno concilio de Trento, el papa Pablo V hizo redactar el Index de libros prohibidos (que luego repitió Pío IV en 1564 y Clemente VIII en 1596, y que llegó hasta el siglo XX), con el fin de controlar y frenar los vientos herejes de la Reforma llegados desde los Alpes. Lutero puso la Biblia al centro de su revolución (Sola Scriptura), y el mundo católico reaccionó poniendo la lectura directa de la Biblia entre los indicios de potenciales herejes. Y así, entre los libros que se prohibían a los fieles católicos estaban también las traducciones de la Biblia a lenguas vulgares, entre ellas obviamente el italiano.

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Los dos primeros siglos de la imprenta tuvieron muchas ediciones de la Biblia en italiano. Si tomamos no solo las ediciones completas, sino también las parciales, entre 1471 y 1562 se imprimieron unas setenta biblias, casi todas hechas en Venecia. Más tarde, con la Contrareforma, aparecieron casi exclusivamente en Ginebra, en los círculos protestantes italianos. Hubo que esperar hasta la época de la Ilustración, con los impulsos progresistas de Benedicto XIV, Antonio Ludovico Muratori y Antonio Genovesi, para que se publicara, entre 1769 y 1781, una traducción italiana de la Biblia latina aceptada por la Iglesia católica, a cargo del abad Antonio Martini. Una edición basada en la Vulgata latina que se mantuvo, de hecho, como la única oficial hasta el Concilio Vaticano II y su revolución en la cultura bíblica, que produjo nuevas y distintas versiones de la Biblia en italiano y en las tantas lenguas modernas. Pero en los cuatro siglos marcados por la época de la Contrareforma (1565-1965), leer la Biblia en italiano, así sea solo o en grupo, sin la presencia de un sacerdote, no era una actividad aconsejada. En la constitución Dominici gregis custodiae del Concilio de Trento del 24 de marzo de 1564 se puede leer: “Las traducciones de los libros del Antiguo Testamento podrán ser concedidas solo a hombres doctos y píos, según juicio del obispo, siempre que esas traducciones sean usadas como explicaciones de las ediciones de la Vulgata para entender la Sacra Scrittura y no como un texto en sí autosuficiente”. En resumen, la relación entre la Iglesia católica y la Sagrada Escritura no fue lineal, ni tampoco la teología, desde la Escolástica hasta el Vaticano II, sintió la necesidad de basarse directamente en el texto bíblico; durante algunos siglos Aristóteles o el Pseudo Dionisio eran quizás más citados y más considerados que la Biblia. Ni hablar del Antiguo Testamento, muy alejado de la formación del pueblo (aunque siempre muy presente en el arte, que instintivamente lo amaba mucho). Marción, que quería excluir del canon cristiano todo el Antiguo Testamento, fue derrotado por los Padres y fue considerado hereje, pero en la práctica el pueblo católico siguió pensando que “con el Evangelio alcanza”, que el Antiguo Testamento es muy complicado, muy distante y, en general, inútil y dañino si no anticipa a Jesús y al Evangelio. Otra historia es la del monaquismo y de gran parte de la vida consagrada, en donde la Palabra es el pan de cada día, el ambiente y el seno en que se desarrolla toda la jornada y toda la existencia – pero, como sabemos, la cultura católica desarrolló dos vías paralelas: una para los monjes, monjas y hermanas, y otra para los laicos.

Después llegó el Concilio Vaticano II con su avance relativo a la frecuentación de la Palabra, recomendada y relanzada en todos los niveles: “Es conveniente que los cristianos tengan amplio acceso a la Sagrada Escritura’’ (Dei Verbum); pero siglos de tradición poco o nada bíblica no se cambian en una o dos generaciones. Todavía hay mucho por hacer para alcanzar una cultura católica amiga de la Biblia, de toda la Biblia, algo que es de verdad urgente. No vamos a superar el impacto devastante con la cultura moderna y científica sin una verdadera formación bíblica, cotidiana y seria que supere el enfoque ingenuo, improvisado y espiritualista que frecuentemente se encuentra en algunos movimientos y grupos, donde el Evangelio se lee y se vive, pero sin que eso esté acompañado de una cultura bíblica, que es algo más serio y diferente del simple leer y poner en práctica el Evangelio. Una cultura bíblica seria es también la buena vía para que los jóvenes, una vez adultos, puedan continuar la experiencia cristiana, cuando hace falta buscar fundamentos más profundos que las emociones.

Por eso recibimos con entusiasmo la iniciativa de la editorial La Vela, de Lucca, que acaba de lanzar una nueva e innovadora serie: Los libros de la Biblia, a cargo de Sergio Valzania, libros pequeños y muy bien cuidados, ya desde la selección de imágenes de sus tapas. El desafío de esta nueva empresa cultural figura en la parte de atrás de cada volumen: “Esta serie ofrece los libros de la Biblia con la traducción de la CEI en un formato ágil, sin notas ni comentarios”. Son libros que entonces contienen solo el texto italiano del libro bíblico, introducido en una página por el curador Sergio Valzania. Todas las Biblias, incluyendo la de Diodati (protestante) o la de Martini, estuvieron siempre acompañadas por notas a pie de página, que a menudo se limitan a referencias de otros pasajes bíblicos y poco más que eso. En cambio Valzania y La Vela imprimieron el texto sin notas, no para fomentar una lectura mágica e ingenua de la Biblia, sino para aligerar y, por ende, para animar a una primera lectura del texto desnudo, sine glossa. La primera buena lectura de la Biblia es un cuerpo a cuerpo, sin mediadores, como el de Jacob y el ángel en el vado nocturno del Jaboc (capítulo 32 del Génesis). Un combate que es también un abrazo que nos hiere y nos bendice, porque después de la primera lectura será necesaria una segunda, y ahí las notas y los comentarios técnicos van a ser esenciales.

Por el momento se publicaron tres libros: Génesis, Cantar y Qohelet (Eclesiastés). Una linda aventura editorial, arriesgada como toda innovación. Y nosotros no podemos sino desearles un buen camino, para creyentes y también para no creyentes, porque la Biblia es un bien común global, para todos, para cualquier persona interesada en explorar el misterio y la belleza del mundo. La Biblia es un montón de cosas, todas importantes, pero es sobre todo un adiestramiento al sentido y a la vocación de la palabra, de las palabras, las de Dios y las nuestras. En un tiempo habitado por habladurías, inteligencia artificial y fake news, atravesar la Biblia es un ejercicio extraordinario y necesario para aprender la disciplina de la palabra. Un último consejo personal para esta primera lectura del texto bíblico: apaga el celular (el movil), anda solo o acompañado a un lugar abierto, silencioso, en lo posible con árboles, pájaros, naturaleza. Y ahí va a ser posible reescuchar, aquí y ahora, el sonido y el sentido de la palabra: “En el principio, Dios creó los cielos y la tierra”.

Credits foto: Foto de John-Mark Smith en Pexels

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Espiritualidad – Una nueva colección editorial propone el texto en italiano sin notas. Un formato que pretende alentar una lectura “inmediata”, en un abrazo que deje afuera el alboroto de las redes sociales

 Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 28/08/2025 

En 1559, en pleno concilio de Trento, el papa Pablo V hizo redactar el Index de libros prohibidos (que luego repitió Pío IV en 1564 y Clemente VIII en 1596, y que llegó hasta el siglo XX), con el fin de controlar y frenar los vientos herejes de la Reforma llegados desde los Alpes. Lutero puso la Biblia al centro de su revolución (Sola Scriptura), y el mundo católico reaccionó poniendo la lectura directa de la Biblia entre los indicios de potenciales herejes. Y así, entre los libros que se prohibían a los fieles católicos estaban también las traducciones de la Biblia a lenguas vulgares, entre ellas obviamente el italiano.

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Leer la Biblia sine glossa. Y sin celular

Leer la Biblia sine glossa. Y sin celular

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Recurrir a consultores para reorganizar la vida religiosa hace que en las comunidades entren criterios y modelos que alejan al carisma de su primado, con una metamorfosis peligrosa

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 10/08/2025

Durante muchos siglos los carismas cristianos han ofrecido ideas y categorías a la vida civil. Monjes, monjas y hermanos aconsejaron a príncipes, mercaderes y banqueros, escribieron estatutos comunales, crearon universidades y hospitales. Desde hace algunas décadas la creatividad cultural y social de los carismas se redujo muchísimo. La cultura cristiana, también por el encuentro fallido con el espíritu moderno, entró en una oscura noche silenciosa, en la que se le pregunta al profeta: ‘Centinela, ¿cuánto queda de la noche?’ (Isaías 21:11). En esta carestía larga de pensamiento y espíritu, los representantes del paradigma vencedor, los negocios, están entrando en masa a las comunidades eclesiales, donde quieren enseñar a gobernar y a relacionarse, incluso en la espiritualidad. Las empresas han cambiado la espiritualidad del mundo religioso, la han adaptado a fines empresariales, desnaturalizándola (la espiritualidad conoce solo el valor intrínseco); y la espiritualidad que hoy retorna al mundo religioso es una espiritualidad ‘genéticamente modificada’ por el paso a través del business. Pero nos gusta igual, y hasta quizás más.

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Un punto crucial en el que la presencia de los negocios tiene mucho peso en las comunidades religiosas es el del liderazgo, el primer dogma de la nueva religión capitalista. Existe, de hecho, una afinidad electiva entre el mundo religioso y el liderazgo. La vida religiosa nació en el pasado como una sociedad jerárquica, dividida entre superiores y súbditos. El mundo después cambió, se cortó esa visión jerárquica y se generó un verdadero vacío que hoy admite varias formas. La primera es la anarquía, comunidades de ‘hazlo tú mismo’ en las que cada uno/a tiene su propia interpretación del carisma. Otros reaccionan con un regreso nostálgico a la jerarquía y a la ‘radicalidad’ del pasado, y tal vez los daños ahí sean mayores. Se fían cada vez más de las consultorías y del liderazgo como una solución simple: basta con transformar al superior en líder para salvar la tradición y el espíritu moderno. Si además al sustantivo liderazgo se le añaden nuevos adjetivos, la conquista es perfecta: liderazgo ético, compasivo, inclusivo, responsable, de amor, ignaciano, benedictino, franciscano, de Jesús, ‘servant’, ‘caring’, ‘graceful’, etc. Todos los días se trabaja en los adjetivos y nunca se pone en cuestión el sustantivo (liderazgo), que es donde está la larva. Pero nada conquista más el alma del mundo religioso que el liderazgo espiritual, el nuevo culto capitalista disfrazado de mística que está invadiendo comunidades, movimientos y sínodos, donde se lo recibe con el mismo entusiasmo con que el rey azteca Moctezuma recibió a Cortés.

Imaginemos a Sor Antonia, priora de un monasterio benedictino en crisis: la congregación tiene que asumir decisiones que implican un esfuerzo cada vez más grande para las monjas. Se crean subgrupos, chismes, conflictos, individualismo, pérdida de entusiasmo y de alegría. La hermana Antonia está perdiendo fe y esperanza. Va a leer las viejas constituciones y encuentra palabras con un lenguaje que le suena lejano. Una de las monjas propone un día ir a una agencia experta en gobernanza y liderazgo, especializada en vida consagrada. Empiezan los trabajos y tres semanas después los consultores identifican el núcleo del problema: la hermana es vista todavía como superiora, hay que convertirla en líder espiritual, según los siguientes principios: 1) el líder espiritual no necesita de la jerarquía, porque el consenso interior y la libre adhesión de los seguidores nacen del “carisma del líder”; 2) debe tener “niveles más elevados de valores éticos” (Oh & Wang, 2020); 3) además, “debe ser atractivo, creíble y debe ser visto como modelo moral” (Brown, Trevino e Harrison, 2005). Al principio, la hermana Antonia está un poco perdida y se pregunta: ‘¿yo tendré todas estas cualidades?’; pero después los consultores la convencen, mostrándole que el liderazgo espiritual es más equitativo y más amable que las Reglas de los fundadores. ¿Pero es realmente así? Digamos que el verdadero problema de estos cambios no es su fracaso sino su éxito: a menudo se logra la metamorfosis, pero en vez de volar como mariposa despertás en la cama de Gregorio Samsa (Kafka).

El primer equívoco del liderazgo está en la misma palabra liderazgo. Porque su filosofía está construida en la distinción entre el que guía (líder) y el que es guiado (seguidor). Ninguna teoría del liderazgo pondría en duda ese dualismo, aunque diga explícitamente que lo quiere superar. El liderazgo es, en sí, un concepto jerárquico y posicional – basta pensar en el uso popular de esa palabra en el deporte: ‘líder de la carrera’, ‘líder del torneo’, etc.

Hay además un segundo problema, importante. Toda teoría del liderazgo implica necesariamente hacer énfasis en el líder como modelo ético y espiritual para los seguidores: el líder tiene que ser la referencia para sus seguidores. Y se olvida así de algo fundamental: en los monasterios y en los conventos el líder no es el abad o la abadesa sino la regla y el carisma. El abad es el primer seguidor. Cuidado entonces el día en que un monje piense que debe seguir a un líder, a una persona distinta a Cristo, quien nos recuerda con fuerza: “No dejen que nadie los llame ‘guía’” (Mateo 23:10). En la ausencia de líder está el secreto de la longevidad del carisma en el mundo monástico, que en esto se diferencia de los movimientos y las comunidades carismáticas del siglo XX. Aquí el fundador se parece mucho al líder carismático descrito por Max Weber, donde todos y todo dependen del líder. El liderazgo del fundador es esencial para el nacimiento de estos movimientos, pero los que han conseguido superar la etapa fundacional tuvieron que pasar de un liderazgo personal a un gobierno desprendido de las características de una o más personas. El liderazgo del fundador es la gran herencia de los movimientos carismáticos, pero es también su gran vulnerabilidad. Cuando los movimientos, en cambio, creen que van a superar la crisis del post-fundador tratando al presidente de líder, o sea como al fundador, se encuentran con dificultades fatales. La sabiduría de las comunidades después del fundador está sobre todo en saber transformar el gobierno en clave post-liderazgo, donde se logre estar juntos no por conformarse y seguir a un nuevo líder sino en base al carisma de todos y de cada uno. Un cambio realmente radical.

Y llegamos así a un tercer nudo. Las teorías del liderazgo se olvidan de que las monjas de una comunidad no son las followers de la priora, aunque esta fuese la más espiritual y ética del universo: cada una sigue la regla, el carisma y la vocación (que es una manera de seguir a Cristo), y cada una obedece a lo mejor de sí. Imaginar que las comunidades pueden ser diseñadas en una dinámica de líder espiritual y seguidores significa olvidar el sentido profundo del carisma y de las comunidades. Cuando llegan los expertos en liderazgo, estos retoman la visión dicotómica de líder/seguidor y, sin quererlo (es su trabajo), llevan a las comunidades por una dirección equivocada. Trabajando sobre el liderazgo desde hace años, junto a Paolo Santori, me convencí de que es cada vez más perjudicial para las empresas, y de que en la vida religiosa es devastador. Porque de una empresa se vuelve a casa por la tarde y todo se relativiza, pero de las comunidades no se sale, y si a los responsables o directores se les atribuye un crisma sagrado la jerarquía se vuelve más totalitaria y más peligrosa que la vieja jerarquía, donde al menos había límites, fronteras y contrapesos a la autoridad del abad.

¿Qué puede hacer entonces Sor Antonia y su comunidad? Primero, reconocer la crisis, no negarla, llamarla por su nombre y dejar que salgan sus ángeles y demonios. Después recibirla en casa y hacer fiesta con la nueva huésped. Escuchar la crisis de manera profunda, dejándola hablar y gritar, porque tiene cosas preciosas por decir, todas escondidas bajo la carcasa del dolor y del miedo. Por lo tanto, empezar a escucharse el uno al otro, sin apuro. Y rezar con los Salmos, con Job, con el Cantar de los Cantares, porque los siglos y los milenios de trato cotidiano con la Escritura son un patrimonio infinito, también de gobierno y de relaciones durante las crisis. Entonces Sor Antonia hará lo suyo, todas harán lo propio, y todas con la misma dignidad, honor y respeto. No se sentirá la líder espiritual de sus hermanas, no se presentará como modelo moral o espiritual para las demás. Estará frágil y con tantos límites como las otras, pero seguirá creyendo en el espíritu y en el carisma – esta es la esperanza cristiana – y vivirá esta labor transitoria simplemente como servicio. Hará simplemente su parte en un ‘juego’ colectivo, hará su paso en un ‘baile’ comunitario. Incluso porque, si miramos bien la Biblia, las personas elegidas para las misiones más importantes – de David a Moisés, de Ester a Pedro – eran las menos aptas para ser puestas como modelos espirituales a seguir: fueron elegidas, por el contrario, porque no estaban a la altura de la misión – la inadecuación es la condición normal de los reyes y de los profetas bíblicos, que conscientes de esto señalaban a la Ley (la Torá) como ‘líder’.

Algunas veces habrá una solución, que será siempre provisoria. Otras veces se deberá convivir con la no-solución, como hacemos todos en las familias, en las instituciones y en las empresas. Porque el oficio de vivir es una convivencia amable con el límite, la imperfección y la inadecuación, hasta el final.

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Recurrir a consultores para reorganizar la vida religiosa hace que en las comunidades entren criterios y modelos que alejan al carisma de su primado, con una metamorfosis peligrosa

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 10/08/2025

Durante muchos siglos los carismas cristianos han ofrecido ideas y categorías a la vida civil. Monjes, monjas y hermanos aconsejaron a príncipes, mercaderes y banqueros, escribieron estatutos comunales, crearon universidades y hospitales. Desde hace algunas décadas la creatividad cultural y social de los carismas se redujo muchísimo. La cultura cristiana, también por el encuentro fallido con el espíritu moderno, entró en una oscura noche silenciosa, en la que se le pregunta al profeta: ‘Centinela, ¿cuánto queda de la noche?’ (Isaías 21:11). En esta carestía larga de pensamiento y espíritu, los representantes del paradigma vencedor, los negocios, están entrando en masa a las comunidades eclesiales, donde quieren enseñar a gobernar y a relacionarse, incluso en la espiritualidad. Las empresas han cambiado la espiritualidad del mundo religioso, la han adaptado a fines empresariales, desnaturalizándola (la espiritualidad conoce solo el valor intrínseco); y la espiritualidad que hoy retorna al mundo religioso es una espiritualidad ‘genéticamente modificada’ por el paso a través del business. Pero nos gusta igual, y hasta quizás más.

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¿Madre superiora o “líder”? Un convento no es una empresa

¿Madre superiora o “líder”? Un convento no es una empresa

Recurrir a consultores para reorganizar la vida religiosa hace que en las comunidades entren criterios y modelos que alejan al carisma de su primado, con una metamorfosis peligrosa Luigino Bruni publicado en Avvenire el 10/08/2025 Durante muchos siglos los carismas cristianos han ofrecido ideas...
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La propagación de la consultoría empresarial en conventos y monasterios incide en la vida religiosa. Pero las inspiraciones proféticas vienen de los extremos y no de un "promedio" entre posibilidades

Luigino Bruni

publicado en Avvenire  el 02/08/2025 

Las teorías, los métodos y las técnicas del management y la consultoría de negocios están entrando definitivamente a las congregaciones, conventos, movimientos y comunidades. El fenómeno más visible es la organización de asambleas y juntas que ya no se llevan a cabo sin que haya al menos un experto externo conduciendo – “facilitando” –, como si en una sola década hubiéramos olvidado varios siglos de sapiencia carismática y nos hubiéramos vuelto analfabetos relacionales. Ahora los post-it marcan el entorno, se lleva a los y a las responsables a participar en cursos de liderazgo, se llama a las comunidades a descubir su propia misión y su propio propósito, basados en la propia visión que emerge durante el word cafè, palabras sagradas del nuevo karma de la vida religiosa. Una hermana de un carisma misionario, después de uno de estos cursos, me dijo medio sorprendida: “¿Sabés que descubrí que nosotros también tenemos una misión?”. El tema del liderazgo es tal vez el fenómeno más preocupante, y por eso lo veremos más de cerca en el próximo artículo. Son instrumentos que atraen mucho, son ágiles, ligeros, femeninos y encantadores. Técnicas y prácticas que nacieron del mundo de las grandes empresas y que fueron importadas de la psicología de las organizaciones. Por lo tanto llevan los rasgos somáticos y éticos de las grandes empresas globales, aunque se presenten como técnicas neutrales. En realidad, ninguna técnica está exenta de ideologías y valores, sino que la gran ideología de la técnica está en el presentarse sin ideología.

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¿De qué depende esta creciente “empresarización” de la vida religiosa? Entre las tantas razones hay una que es fundamental. Las comunidades carismáticas nacieron con una idea muy precisa de gobierno y de relaciones, idea que entró en crisis recientemente con el encuentro/encontronazo con la cultura moderna. Esas viejas instituciones eran, de hecho, testimonio de una sociedad desigual, jerárquica y patriarcal. Los tres votos religiosos eran los instrumentos adecuados para asegurar su funcionamiento: personas célibes sin familia, sin derecho a la propia riqueza y herencia, y ligados a los superiores por un vínculo sagrado de obediencia. En el espacio de una generación este modelo se rompió, y desde lo relacional las comunidades se quedaron mudas, sobre todo con los jóvenes, hijos de este nuevo mundo. Y he ahí que entonces en esta silenciosa y profunda crisis de identidad los poderosos instrumentos empresariales fueron percibidos como una salvación. La consultoría llena un vacío, pero rápidamente genera infantilización y falta de autonomía en las comunidades, sumado a la dependencia (adicción) y a la creciente inseguridad de los responsables que piden cada vez más consultores para todo; y así los técnicos terminan convirtiéndose no solo en los ghostwriter de los discursos, sino también en directores y superiores invisibles. Se entiende entonces que es la demanda (por parte de las comunidades) lo que genera la oferta. Sería superficial decir que los consultores honestos de la vida religiosa (conozco a algunos) buscan eso, sobre todo cuando tratan de adaptar instrumentos y técnicas, probando una hibridación entre carisma y mundo empresarial y psicológico. Pero el problema está en las propias comunidades que deben retomar el mando de su propio destino.

Hace falta algo diferente, muy diferente, y rápido. Las comunidades carismáticas no son empresas. Son organizaciones, sí, pero con características identitarias muy diferentes a las de las empresas como para tratarlas con los mismos instrumentos. Son iguales en un 98%, como nuestro ADN con el del chimpancé, pero si no se ve ni se comprende ese 2% diferente no se entiende nada sobre lo que es un convento o un monasterio. Una hermana no es una empleada de su institución, no es una colaboradora, no es un recurso humano, ni es la seguidora de una líder. No tiene un purpose, no tiene una vision: tiene un carisma (sin poseerlo), algo que es profundamente diferente a lo que se enseña en las escuelas de business o de psicología del trabajo. La casi totalidad de los técnicos y los expertos no tienen ni pueden tener una suficiente cultura bíblica o teológica, ni tampoco una verdadera frecuentación del mundo misterioso de los carismas y del Espíritu, el más misterioso y maravilloso que hay en la tierra. Y no olvidemos que la incorporación de técnicos exteriores a las empresas surgió por la necesidad de mediar las relaciones de trabajo directas, para que entonces los managers no “tocaran” las emociones de sus personas cada vez más complicadas y frágiles. El especialista externo, en efecto, toca a las personas en lugar de los “líderes”. Las técnicas son, por lo tanto, instrumentos de inmunidad relacional. Pero preguntémonos: ¿qué queda de las comunidades carismáticas si se asienta la cultura inmunitaria, si es verdad que la immunitas es la negación de la communitas?

Pensemos, como ejemplo, en la asamblea de una congregación. Los métodos de los expertos en técnicas participativas crean el conocido síndrome del promedio: en el pasaje de las ideas de cada individuo al documento grupal de trabajo y luego del grupo a la síntesis última, las técnicas tienden a seleccionar las tesis y los valores promedios y, por lo tanto, a descartar los extremos. Este método funciona para las decisiones simples de las empresas, para las decisiones políticas y para las instituciones, incluidas las vaticanas o diocesanas (que hoy abundan), donde es necesario reducir los conflictos entre las distintas posiciones y llegar pronto a soluciones que conformen a muchos o a la mayoría. En los carismas, en cambio, la regla del promedio no funciona. Los carismas son herederos de los profetas bíblicos, y las soluciones y las ideas proféticas provienen (casi) siempre de los extremos, de lo apartado, y no de un promedio. Si se aplica el método del promedio se terminan escribiendo documentos en los que no se van a ver las ideas más innovadoras – es el fenómeno que mi amigo Tommaso Bertolasi llama de las “galletas de arroz’’: cualquiera las puede comer porque saben a poco. Hoy ninguna idea de Isaías, del Bautista o de Jesús sería seleccionada por un facilitador, ya que están muy alejadas de la media. El mismo resultado medio se da cuando los documentos finales se escriben sumando las síntesis de los trabajos de grupo. El síndrome del promedio tiende a evitar o a reducir los conflictos; pero en los carismas no hay ninguna solución verdadera sin destapar, sin afrontar y sin dedicarse a los conflictos (basta pensar en la Biblia, en Pablo y en los evangelios). En resumen, si las comunidades carismáticas indagaran más en el corazón del carisma, encontrarían intuiciones y sapiencias que, actualizadas, serían la manera justa de conducir la comunidad, las reuniones y las asambleas. Es necesario cambiar. Una comunidad espiritual que no quiere morir o transformarse en una ONG, debería usar poco y secundariamente las consultorías, elegirlas de manera sensata y trabajar ella misma con la cultura organizativa del propio carisma. Externalizar las relaciones comunitarias no es como tercerizar la comida o la limpieza del convento – en las relaciones está en juego todo el carisma. El primer y decisivo paso le corresponde a la comunidad, con las personas y los talentos que tiene, aquí y ahora, como sabe y como puede. “Denles ustedes mismos de comer” (Lucas 9:13). Esta tarea hay que cuidarla celosamente en una intimidad colectiva, porque de otro modo, en breve y sin notarlo, del carisma quedarán solo algunos cuadros del fundador y alguna buena intención para las postales de Navidad.

 (continua)
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La propagación de la consultoría empresarial en conventos y monasterios incide en la vida religiosa. Pero las inspiraciones proféticas vienen de los extremos y no de un "promedio" entre posibilidades

Luigino Bruni

publicado en Avvenire  el 02/08/2025 

Las teorías, los métodos y las técnicas del management y la consultoría de negocios están entrando definitivamente a las congregaciones, conventos, movimientos y comunidades. El fenómeno más visible es la organización de asambleas y juntas que ya no se llevan a cabo sin que haya al menos un experto externo conduciendo – “facilitando” –, como si en una sola década hubiéramos olvidado varios siglos de sapiencia carismática y nos hubiéramos vuelto analfabetos relacionales. Ahora los post-it marcan el entorno, se lleva a los y a las responsables a participar en cursos de liderazgo, se llama a las comunidades a descubir su propia misión y su propio propósito, basados en la propia visión que emerge durante el word cafè, palabras sagradas del nuevo karma de la vida religiosa. Una hermana de un carisma misionario, después de uno de estos cursos, me dijo medio sorprendida: “¿Sabés que descubrí que nosotros también tenemos una misión?”. El tema del liderazgo es tal vez el fenómeno más preocupante, y por eso lo veremos más de cerca en el próximo artículo. Son instrumentos que atraen mucho, son ágiles, ligeros, femeninos y encantadores. Técnicas y prácticas que nacieron del mundo de las grandes empresas y que fueron importadas de la psicología de las organizaciones. Por lo tanto llevan los rasgos somáticos y éticos de las grandes empresas globales, aunque se presenten como técnicas neutrales. En realidad, ninguna técnica está exenta de ideologías y valores, sino que la gran ideología de la técnica está en el presentarse sin ideología.

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Las comunidades no son empresas: la cultura de la administración apaga los carismas

Las comunidades no son empresas: la cultura de la administración apaga los carismas

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Opinión – Dar un nombre tan retador a un cargo gubernamental significaría hacer algo profético en tiempos de guerra. Y darle el cargo a una figura femenina lo sería todavía más.

Luigino Bruni*

publicado en Avvenire el 29/06/2025

La historia civil y moral de los pueblos podría escribirse siguiendo la historia de sus ministerios. Los ministerios que fueron suprimidos, los nombres nuevos que se dieron a los viejos ministerios o los nombres que se eligieron para los nuevos. El gobierno de Mussolini, por ejemplo, en los veinte años más oscuros de nuestra historia moderna, cambió nombres de viejos ministerios, eliminó algunos y sobre todo introdujo muchos nuevos: ministerio de las corporaciones, ministerio de producción bélica, ministerio de educación nacional, ministerio de cultura popular, etc. Y mantuvo el ministerio de guerra.

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En 1947, el gobierno de Gasperi cambió el nombre del viejo Ministerio de Guerra por ‘‘Ministerio de Defensa”, un nuevo nombre resultado de la infinita tragedia de las guerras, el fascismo y la Asamblea Constituyente. Un nombre hijo de la misma consciencia colectiva que en aquellos años estaba escribiendo el Artículo 11 de la Constitución republicana sobre el rechazo a la guerra. Muchos gobiernos de la República introdujeron, cada tanto, nuevos ministerios (Ministerio de turismo, de bienes culturales y ambientales, de deporte…), y les cambiaron el nombre a otros, como cuando después de un largo proceso que involucró a gobiernos de todas las orientaciones políticas, el “Ministerio de instrucción pública” sufrió la amputación del adjetivo “pública”. Un nombre modificado y dañado aún más por el gobierno de Meloni, que a la ya no pública educación quiso agregarle el triste sustantivo de “mérito’’. Cualquiera que haya creado una empresa, una institución o una asociación sabe que la elección del primer nombre o un eventual cambio es siempre un hecho extremadamente importante. Un nombre se cambia después de un acontecimiento decisivo, un trauma, un duelo, un matrimonio, un cambio de época que modifica radicalmente las coordenadas de la vida, de la comunidad, del mercado y de la sociedad. Nunca es una operación estética, nunca debería serlo. Las guerras volvieron a casa, aunque hagamos como si fueran de otros e interpretemos el cómodo papel del que solo manda armas de defensa o del que aumenta el arsenal militar solo por prudencia. Aquellas guerras que pensábamos, al menos en Europa, haber dejado en los libros de historia, volvieron a los periódicos y a las crónicas, a los temas de nuestros hijos en la escuela. De aquí una primera pregunta: ¿no sería necesario u oportuno cambiar al menos el nombre del actual Ministerio de Defensa por “Ministerio de Defensa y de Paz”? Así, después del primer cambio de Ministerio de Guerra por Ministerio de Defensa, hoy, en una época dramáticamente bélica, se podría dar un paso cultural y ético en la única dirección correcta, con un humilde cambio de nombre.

Pero se podría hacer algo más todavía, algo de verdad profético: tomar muy en serio la Campaña por la instauración de un Ministerio de Paz, lanzada originalmente por Don Oreste Benzi en los años noventa, relanzada hace unos meses en estas páginas por Stefano Zamagni (en esto un buen alumno de Don Oreste), y hoy asumida por diferentes asociaciones. ¿Qué cosa más oportuna y necesaria que este nuevo ministerio? La política tiene otras cosas en mente, lo vemos, firman la petición de rearmamiento de la OTAN, respondiendo de manera equivocada a nuestra preocupación. Solo una campaña que primero sea una bola de nieve y luego una avalancha podrá obtener lo que hoy es un deseo o una utopía. Porque, como sabemos gracias a la historia, cuando la realidad alcanza y supera un umbral crítico invisible, revela su propia disciplina absoluta que se impone por sobre todas las ideologías y los intereses.
¿Cómo debería funcionar ese Ministerio?, ¿cuáles serían sus oficinas y sus departamentos?, ¿cuáles serían sus facultades? Todo eso se verá, pero por ahora solo hace falta seguir con la campaña, en todos los niveles. Porque como le gustaba decir a Don Oreste, “las cosas bellas primero se hacen y luego se piensan”. ¿Y qué hay más hermoso que la paz? En cualquier momento, en cualquier lugar, en nuestro tiempo…

Por último, el ministro de este nuevo ministerio debería ser una mujer. La Biblia está llena de “mujeres de paz” (a las que Avvenire ha dedicado una larga campaña periodística) que supieron usar sus talentos relacionales para evitar potenciales conflictos. Abigail, la mujer de Tecoa, la reina Ester… mujeres sabias que consiguieron evitar guerras con palabras diferentes, con un logos de paz. Quizás porque nos enseñan de pequeños a transformar los primeros ruidos y sonidos en palabras, porque alimentan a sus niños con leche y con cuentos, o quizás porque desde hace miles de años, bajo las tiendas de campaña, intercambian sobre todo palabras de vida. Quizás por todas estas cosas, y seguramente por otras, las mujeres saben hablar de paz mejor y de un modo diferente a los hombres. Sobre todo saben buscar, crear, inventar palabras que todavía no tenemos, pero que definitivamente deben estar para seguir viviendo. Una mujer ministra de la paz. Quizás una madre, porque la historia de la paz y de la guerra deberían escribirla solamente las madres.

Vicepresidente Fundación The Economy of Francesco

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Opinión – Dar un nombre tan retador a un cargo gubernamental significaría hacer algo profético en tiempos de guerra. Y darle el cargo a una figura femenina lo sería todavía más.

Luigino Bruni*

publicado en Avvenire el 29/06/2025

La historia civil y moral de los pueblos podría escribirse siguiendo la historia de sus ministerios. Los ministerios que fueron suprimidos, los nombres nuevos que se dieron a los viejos ministerios o los nombres que se eligieron para los nuevos. El gobierno de Mussolini, por ejemplo, en los veinte años más oscuros de nuestra historia moderna, cambió nombres de viejos ministerios, eliminó algunos y sobre todo introdujo muchos nuevos: ministerio de las corporaciones, ministerio de producción bélica, ministerio de educación nacional, ministerio de cultura popular, etc. Y mantuvo el ministerio de guerra.

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Es necesario un Ministerio de la Paz

Es necesario un Ministerio de la Paz

Opinión – Dar un nombre tan retador a un cargo gubernamental significaría hacer algo profético en tiempos de guerra. Y darle el cargo a una figura femenina lo sería todavía más. Luigino Bruni* publicado en Avvenire el 29/06/2025 La historia civil y moral de los pueblos podría escribirse siguiendo...