Messaggero di S. Antonio

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La primera regla de toda economía es el equilibrio entre ingresos y gastos. Una buena economía parte de los ingresos y ajusta los gastos en función de aquellos. Es una lástima que últimamente en nuestro país no sea así...

Luigino Bruni

Publicado en Il Messaggero di Sant'Antonio el 07/09/2023

Un día, buscando perezosamente algo interesante en la televisión, me topé con un programa sobre grandes hoteles italianos. Un grupo de personas se alojaba en estos hoteles de lujo para luego hacer una valoración de los distintos servicios ofrecidos. Lo que me llamó la atención del programa fue la ausencia total de la dimensión de la llamada "restricción presupuestal": estos señores-evaluadores pedían cenas y servicios diversos, sin preocuparse nunca de su precio, como si vivieran en un mundo en el que el costo de un servicio o de una mercancía no fuese un elemento importante en la elección. Las familias normales miran estos programas, después se encuentran con las publicidades de préstamos fáciles, en los que aparece (por desgracia) una cara simpática de nuestras ficciones. Y así no es difícil unir las piezas, o sea, pensar que esa vida de vacaciones en hoteles estelares en un mundo sin restricciones presupuestales familiares se hace posible y fácil gracias a los préstamos fáciles de gente y entidades financieras simpáticas que están ahí sólo para nuestra felicidad.

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Lástima que la realidad y los datos de nuestro país sean muy diferentes. Con el boom de las vacaciones de lujo del sector medio-bajo, aumenta también la usura, los juegos de azar y, por tanto, la pobreza asociada a estos sueños irresponsables impulsados por el sistema mediático fuera de control. La primera regla de toda economía (que significa, no lo olvidemos, "administración del hogar") es el equilibrio entre ingresos y gastos. Una buena economía parte de los ingresos y ajusta los gastos en función de aquellos. El humanismo consumista de nuestro tiempo, cada vez más parecido a una religión, invierte este orden. Comienza por los deseos de bienes y activos, o sea de los egresos, y luego nos indica los medios de obtener los ingresos, sin decirnos (irresponsablemente) que los ingresos a deuda no son otra cosa que egresos aplazados en el tiempo. De ese modo, cubrimos los gastos con otros gastos, en mecanismos ingenuos que no pocas veces conducen a crisis económicas de familias enteras.

Todo nuestro mundo postcapitalista se basa en una gestión equivocada de los deseos, en una adolescencia perpetua y sin límites, construida sobre el principio del placer (Sigmund Freud), sin llegar nunca al principio de realidad, una realidad que nos revelaría algo extremadamente importante, tal vez decisivo para el futuro de nuestro tiempo. Por la psicología (Jacques Lacan), y sobre todo por la vida, sabemos que la satisfacción de los deseos no es la operación decisiva para las alegrías más importantes y profundas de la vida. Porque nuestro mayor deseo es desear un deseo que nos desee, es un encuentro de reciprocidad de deseos, que se realiza sólo cuando nuestro deseo envuelve a las personas, que a su vez pueden desear y desearnos.

Es por eso que el deseo religioso es la madre de todos los deseos: desear a un Dios que nos desea. Y cuando deseamos a alguien que nos desea, la felicidad no consiste en la satisfacción sino en permanecer en una perpetua insatisfacción que aumenta la reciprocidad de los deseos -una persona que cumpliese este deseo sería una mercancía, lo sabemos-. Las personas que amamos cambian nuestros deseos, nosotros cambiamos los suyos, y la vida se vuelve un proceso continuo de descubrimiento. Son los bienes relacionales, no las mercancías, nuestra tierra prometida. El capitalismo lo sabe, no sabe vender bienes relacionales, y por eso hace de todo para simularlo, vendiéndonos mercancías que se parecen a las relaciones. Mientras seamos conscientes de este embuste seguiremos siendo libres: "Te suplico: mi Dios, mi soñador, sigue soñándome" (Jorge Luis Borges).

Credits foto: © Giuliano Dinon / Archivio MSA

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Luigino Bruni

Publicado en Il Messaggero di Sant'Antonio el 07/09/2023

Un día, buscando perezosamente algo interesante en la televisión, me topé con un programa sobre grandes hoteles italianos. Un grupo de personas se alojaba en estos hoteles de lujo para luego hacer una valoración de los distintos servicios ofrecidos. Lo que me llamó la atención del programa fue la ausencia total de la dimensión de la llamada "restricción presupuestal": estos señores-evaluadores pedían cenas y servicios diversos, sin preocuparse nunca de su precio, como si vivieran en un mundo en el que el costo de un servicio o de una mercancía no fuese un elemento importante en la elección. Las familias normales miran estos programas, después se encuentran con las publicidades de préstamos fáciles, en los que aparece (por desgracia) una cara simpática de nuestras ficciones. Y así no es difícil unir las piezas, o sea, pensar que esa vida de vacaciones en hoteles estelares en un mundo sin restricciones presupuestales familiares se hace posible y fácil gracias a los préstamos fáciles de gente y entidades financieras simpáticas que están ahí sólo para nuestra felicidad.

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Relaciones, tierra prometida

Relaciones, tierra prometida

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En el origen de la civilización bíblica está la institución solidaria del espigado. Todo el libro de Rut se basa en eso: cuando los segadores iban a cortar las cosechas, no pasaban por encima una segunda vez, porque la segunda recogida era para los pobres...

Luigino Bruni

publicado en Il Messaggero di S. Antonio el 07/05/2023

"Señor, ¿cómo funciona esta máquina para el estacionamiento?", preguntó una señora mayor que intentaba, igual que yo, pagar por aparcar en las líneas azules. En esa ciudad, la empresa que gestiona los aparcamientos municipales -es decir, terrenos públicos, por tanto, de todos- tuvo la buena idea, ahora generalizada, de exigir al ciudadano que introduzca el número de matrícula en la máquina. "No lo recuerdo", me dice la señora. Me indica a dónde está su coche, que estaba lejos para ella, que tenía dificultades para caminar. Voy, hago una foto de la matrícula y la ayudo a pagar la multa.

Al final, me vino espontáneamente una pregunta: "¿Por qué es necesario introducir la matrícula?". La única respuesta que se me ocurre es evitar que el aparcacoches que ha pagado dos horas y sólo ha utilizado una pueda donar la hora restante a otra persona. Un amigo vigilante me dice que, tal vez, también podría haber otra razón: si por error me ponen una multa porque no ven el recibo en el coche, con la matrícula puedo demostrar que había pagado. Sinceramente, creo que la primera razón es, por mucho, la que predomina, ya que en casi cuarenta años de conducción nunca recibí una multa cuando había pagado por aparcar.

La cuestión es simple: una empresa con ánimo de lucro debe maximizar beneficios, y si gestiona un bien público en nombre del municipio lo hace con el objetivo de obtener beneficios. Sin embargo, estoy convencido de que las empresas públicas o privadas que gestionan bienes comunes y públicos deberían ser empresas civiles, o empresas sin ánimo de lucro, es decir, que no tienen como objetivo maximizar beneficios, sino gestionar eficazmente un bien de todos. La introducción de un precio para gestionar los bienes públicos puede servir para racionalizar la gestión (las cosas gratis casi siempre se convierten en cosas de nadie) y no necesariamente para recaudar dinero.

Pero, ¿cuáles son los efectos de introducir la matrícula? El primero ya lo hemos visto: las personas no son todas iguales en su "funcionamiento", como diría el gran economista Amartya Sen. Las intervenciones públicas y administrativas tienen efectos diferentes según las personas. Y un buen criterio a seguir cuando se quiere innovar en bienes públicos es mirar los efectos de la innovación empezando por las categorías más desfavorecidas: las personas mayores, los niños, las personas con discapacidad.

Luego está el efecto específico de la prohibición de intercambiar tickets con otros conciudadanos. Cuando estudié en Londres, había una estación de metro donde todo el mundo sabía que ahí podían encontrarse billetes con una duración todavía válida, dejados ahí por los que no los habían usado todos para que los jóvenes y los pobres pudieran utilizarlos. Impedir estos (posibles) intercambios por unos dólares de más, además de ser civilmente estúpido, envía señales sobre el tipo de ciudad que se quiere construir: una ciudad donde los fuertes y los ricos estén mejor, y donde los frágiles y los descartados estén peor. En el origen de la civilización bíblica está la institución solidaria del espigado. Todo el hermoso libro de Rut está basado en eso: cuando los segadores iban a cortar la cosecha, no pasaban una segunda vez, porque la segunda recogida era para los pobres, las viudas, los forasteros. Los campos no eran sólo de los propietarios, ya que "toda la tierra es de Dios".

Estamos privatizando los bienes comunes, estamos eliminando las muchas formas antiguas de espigar. Pronto tendremos ciudades habitadas por cada vez más comerciantes y cada vez menos ciudadanos, en las que toda la cosecha se agota en la primera tanda. Y quizás la anciana ya no saldrá a hacer las compras: se las llevará a su casa una nueva empresa que lucre con estos repartos. La ciudad será más pobre y más triste, y nosotros con ella.

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En el origen de la civilización bíblica está la institución solidaria del espigado. Todo el libro de Rut se basa en eso: cuando los segadores iban a cortar las cosechas, no pasaban por encima una segunda vez, porque la segunda recogida era para los pobres...

Luigino Bruni

publicado en Il Messaggero di S. Antonio el 07/05/2023

"Señor, ¿cómo funciona esta máquina para el estacionamiento?", preguntó una señora mayor que intentaba, igual que yo, pagar por aparcar en las líneas azules. En esa ciudad, la empresa que gestiona los aparcamientos municipales -es decir, terrenos públicos, por tanto, de todos- tuvo la buena idea, ahora generalizada, de exigir al ciudadano que introduzca el número de matrícula en la máquina. "No lo recuerdo", me dice la señora. Me indica a dónde está su coche, que estaba lejos para ella, que tenía dificultades para caminar. Voy, hago una foto de la matrícula y la ayudo a pagar la multa.

Al final, me vino espontáneamente una pregunta: "¿Por qué es necesario introducir la matrícula?". La única respuesta que se me ocurre es evitar que el aparcacoches que ha pagado dos horas y sólo ha utilizado una pueda donar la hora restante a otra persona. Un amigo vigilante me dice que, tal vez, también podría haber otra razón: si por error me ponen una multa porque no ven el recibo en el coche, con la matrícula puedo demostrar que había pagado. Sinceramente, creo que la primera razón es, por mucho, la que predomina, ya que en casi cuarenta años de conducción nunca recibí una multa cuando había pagado por aparcar.

La cuestión es simple: una empresa con ánimo de lucro debe maximizar beneficios, y si gestiona un bien público en nombre del municipio lo hace con el objetivo de obtener beneficios. Sin embargo, estoy convencido de que las empresas públicas o privadas que gestionan bienes comunes y públicos deberían ser empresas civiles, o empresas sin ánimo de lucro, es decir, que no tienen como objetivo maximizar beneficios, sino gestionar eficazmente un bien de todos. La introducción de un precio para gestionar los bienes públicos puede servir para racionalizar la gestión (las cosas gratis casi siempre se convierten en cosas de nadie) y no necesariamente para recaudar dinero.

Pero, ¿cuáles son los efectos de introducir la matrícula? El primero ya lo hemos visto: las personas no son todas iguales en su "funcionamiento", como diría el gran economista Amartya Sen. Las intervenciones públicas y administrativas tienen efectos diferentes según las personas. Y un buen criterio a seguir cuando se quiere innovar en bienes públicos es mirar los efectos de la innovación empezando por las categorías más desfavorecidas: las personas mayores, los niños, las personas con discapacidad.

Luego está el efecto específico de la prohibición de intercambiar tickets con otros conciudadanos. Cuando estudié en Londres, había una estación de metro donde todo el mundo sabía que ahí podían encontrarse billetes con una duración todavía válida, dejados ahí por los que no los habían usado todos para que los jóvenes y los pobres pudieran utilizarlos. Impedir estos (posibles) intercambios por unos dólares de más, además de ser civilmente estúpido, envía señales sobre el tipo de ciudad que se quiere construir: una ciudad donde los fuertes y los ricos estén mejor, y donde los frágiles y los descartados estén peor. En el origen de la civilización bíblica está la institución solidaria del espigado. Todo el hermoso libro de Rut está basado en eso: cuando los segadores iban a cortar la cosecha, no pasaban una segunda vez, porque la segunda recogida era para los pobres, las viudas, los forasteros. Los campos no eran sólo de los propietarios, ya que "toda la tierra es de Dios".

Estamos privatizando los bienes comunes, estamos eliminando las muchas formas antiguas de espigar. Pronto tendremos ciudades habitadas por cada vez más comerciantes y cada vez menos ciudadanos, en las que toda la cosecha se agota en la primera tanda. Y quizás la anciana ya no saldrá a hacer las compras: se las llevará a su casa una nueva empresa que lucre con estos repartos. La ciudad será más pobre y más triste, y nosotros con ella.

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Espigados urbanos

Espigados urbanos

En el origen de la civilización bíblica está la institución solidaria del espigado. Todo el libro de Rut se basa en eso: cuando los segadores iban a cortar las cosechas, no pasaban por encima una segunda vez, porque la segunda recogida era para los pobres... Luigino Bruni publicado en Il Messag...
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El management se está convirtiendo en la nueva ideología de nuestro mundo, sobre todo ese management enseñado en las escuelas de negocios y transmitido por las grandes empresas globales de consultoría. 

di Luigino Bruni

publicado en Il Messaggero di S. Antonio el 06/04/2023

El management se está convirtiendo en la nueva ideología de nuestro mundo, en particular ese management que se enseña en las escuelas de negocios y que transmiten las grandes consultoras globales. En el siglo XX, la crítica social se había dirigido hacia la teoría económica liberal, identificando a los economistas teóricos como el gran enemigo a combatir para construir una sociedad al fin justa e igualitaria.  

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Mientras los intelectuales, fueran católicos o socialistas, se batían en esta guerra, en las facultades de ingeniería y en las escuelas de negocios se desarrollaban las técnicas y herramientas del management, que en las últimas décadas se transformaron progresivamente en la "ideología del management", construida en torno a los tres dogmas del incentivo, el liderazgo y el mérito. Una ideología que se está extendiendo por todas partes, incluidas las comunidades e iglesias cristianas, donde ahora se multiplican los cursos de liderazgo para pastores y para responsables de movimientos, donde ya no se puede celebrar una conferencia o un capítulo general sin coaches o facilitadores profesionales del mundo empresarial, como si de repente hubiéramos olvidado aquella antigua sabiduría de cómo dirigir encuentros y asambleas comunitarias.

El mundo europeo y los países de cultura católica como Italia también están experimentando una rápida evolución y un veloz cambio cultural. Los católicos estábamos tan convencidos de que las leyes de la vida no seguían las del mérito que lo habíamos relegado al cielo, donde estaba el criterio para "merecer" el infierno o el paraíso. El mundo protestante, por su parte, en nombre de la salvación por la sola gratia (Lutero) o por la predestinación (Calvino) había expulsado el mérito del paraíso y del infierno, y luego en la tierra inventó, unos siglos más tarde, la meritocracia (que se originó en Estados Unidos). El comercio está exportando este humanismo protestante de Estados Unidos (y del norte de Europa) a todo el mundo, y hoy lo hace especialmente con la ideología del management, que ha penetrado tanto en Italia que el nombre del ministerio "dell'Istruzione" se ha cambiado por el de "dell'Istruzione e del Merito". 

Así, en lugar de la antigua ética de las virtudes sobre la que habíamos fundado nuestra civilización, la ideología del management y de la consultoría global y total ofrece un conjunto de principios, buenas prácticas, elementos de psicología, citas de clásicos de la filosofía, la sociología y la economía, algunas anécdotas de la teoría de juegos, muchos organigramas, maravillosos power points. Y por último, consultores de todo tipo y nombre convierten los principios de gestión en instrumentos operativos de gestión y gobernanza. La gran empresa se ha convertido así en el paradigma que todo el mundo debe seguir si quiere hacer cosas buenas y serias. En el siglo XX fue la democracia, y por tanto la participación, la que ofreció el modelo que debía extenderse a toda la vida civil. Pero mientras que la primera transformación democrática desde el antiguo régimen se produjo en medio de conflictos y grandes luchas sociales, la gran transformación ética y cultural que la empresa está provocando en el mundo se está produciendo en medio de la indiferencia (casi) general. No se trata de negar la importancia de los valores y virtudes económicas, eso sería insensato y erróneo. El problema es otro, y no concierne ni a las empresas ni a la necesaria gestión, y mucho menos a los emprendedores que son las primeras víctimas de esta nueva temporada. Los problemas conciernen a la ideología del management, que llega a todas partes porque, tramposamente, se presenta secularmente como una técnica, y por tanto como algo necesario y no ideológico. Tal vez haya llegado el momento de tomar conciencia y de hablar más de ello.

Credits foto: © Giuliano Dinon / Archivio MSA

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La ideología del management

La ideología del management

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Hoy es más urgente que nunca reinventar la vida adulta, aplastada por una juventud y una vejez artificialmente más largas. Hasta que no se trabaja de verdad no se es plenamente adulto, porque no empieza realmente la edad de la responsabilidad.

Luigino Bruni

publicado en Messaggero di Sant'Antonio el 02/02/2023

Nuestra época está viviendo un nuevo protagonismo de los jóvenes, que están haciendo cosas extraordinarias en muchos países. Son jóvenes y adolescentes juntos, y la presencia de adolescentes es una gran novedad respecto al análogo sesenta y ocho. Desde los "Fridays for future" a la juventud iraní y afgana, pasando por la "Economy of Francesco", hasta los jóvenes de "Última generación", que están manchando cuadros y palacios con pintura lavable para recordar que los poderosos han embadurnado, con pintura indeleble, el planeta y sus futuros. Jóvenes maravillosos, que nos están salvando, y sin embargo no queremos tomarlos suficientemente en serio. Porque nuestra cultura capitalista ama a la juventud, pero ama poco a los jóvenes. Así, mientras aprecia cada vez más los valores asociados a la juventud -belleza, salud, energía...-, comprende cada vez menos y desprecia los valores, sin embargo fundamentales, de la vejez, que intenta por todos los medios eliminar de su horizonte, que así se aburre y entristece. Porque una civilización que no valora a los ancianos y no sabe envejecer es tan insensata como la que no comprende ni valora a los verdaderos jóvenes: nuestra generación es la primera que suma estas dos insensateces. 

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Que nuestra cultura no ama a los jóvenes se nota en la forma en que se los trata en la escuela, en la universidad, en el mundo laboral, en las instituciones y en los partidos políticos, donde los jóvenes están cada vez más ausentes y alejados. Son demasiados los jóvenes que hoy corren el riesgo de pasar, casi sin darse cuenta, de la juventud a la vejez, sin vivir nunca la edad adulta - a uno se lo trata como joven hasta bien entrados los 40, y para demasiadas cosas uno se hace viejo después de los 50-. Mis padres no vivieron el sesenta y ocho, aunque eran jóvenes, por la sencilla razón de que en la campiña de Las Marcas donde crecieron aún no se había "inventado" la juventud. Por supuesto, existía la edad biológica correspondiente: los "jóvenes" se enamoraban y soñaban, como hoy y como, espero, mañana. Pero no existía esta especie de categoría o grupo social que hoy llamamos juventud. Eso lo "inventó" el rock, los Beatles y luego el sesenta y ocho. Antes, con el matrimonio o el ejército, se pasaba directamente de la adolescencia a la vida adulta, con sus responsabilidades.

La juventud ha sido uno de los mayores inventos sociales de la historia, que ha cambiado la sociedad, la política, la economía, nuestra forma de divertirnos, vestirnos, ilusionarnos, trabajar, vivir y morir. Pero hoy es más urgente que nunca reinventar la vida adulta, aplastada por una juventud y una vejez artificialmente cada vez más largas. Hasta que no se trabaja de verdad y en serio, no se es plenamente adulto, porque no empieza realmente la edad de la responsabilidad. Y un trabajo que llega demasiado tarde, y que -si llega y cuando llega- es con frecuencia inseguro, fragmentado, precario y frágil, no hace más que alimentar y prolongar la juventud más allá de sus horizontes biológicos, desnaturalizándola. La juventud es estupenda porque termina, y cuando no termina es una tragedia antropológica y social. Todo esto le hace perder a la economía, a la sociedad y a las instituciones la energía vital y moral fundamental que proviene de los jóvenes, y hace que el proceso y el paso fundamental que debería llevarlos pronto al trabajo real sea accidentado y demasiado riesgoso para ellos. No es fácil salir de esta especie de "trampa de la pobreza" epocal y colectiva en la que, de manera más o menos consciente, hemos caído sobre todo en Occidente. Pero debemos empezar a verla, a llamarla por su nombre. 

Credits foto: © Giuliano Dinon / Archivio MSA

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Luigino Bruni

publicado en Messaggero di Sant'Antonio el 02/02/2023

Nuestra época está viviendo un nuevo protagonismo de los jóvenes, que están haciendo cosas extraordinarias en muchos países. Son jóvenes y adolescentes juntos, y la presencia de adolescentes es una gran novedad respecto al análogo sesenta y ocho. Desde los "Fridays for future" a la juventud iraní y afgana, pasando por la "Economy of Francesco", hasta los jóvenes de "Última generación", que están manchando cuadros y palacios con pintura lavable para recordar que los poderosos han embadurnado, con pintura indeleble, el planeta y sus futuros. Jóvenes maravillosos, que nos están salvando, y sin embargo no queremos tomarlos suficientemente en serio. Porque nuestra cultura capitalista ama a la juventud, pero ama poco a los jóvenes. Así, mientras aprecia cada vez más los valores asociados a la juventud -belleza, salud, energía...-, comprende cada vez menos y desprecia los valores, sin embargo fundamentales, de la vejez, que intenta por todos los medios eliminar de su horizonte, que así se aburre y entristece. Porque una civilización que no valora a los ancianos y no sabe envejecer es tan insensata como la que no comprende ni valora a los verdaderos jóvenes: nuestra generación es la primera que suma estas dos insensateces. 

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La desaparición de los adultos

La desaparición de los adultos

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La distancia entre los gobernantes y los pobres es uno de los principales problemas de la democracia. Sin una nueva competencia de la política y los políticos, la distancia entre la vida y el palacio está destinada a crecer. 

Luigino Bruni

publicado en Il Messaggero di Sant'Antonio el 06/01/2023

En una de las páginas más lindas del libro Cuore (Corazón) de Edmondo De Amicis, Alberto Bottini, el padre de Enrico (el niño protagonista del libro) le dice a su hijo: "El hombre que practica una sola clase social es como el erudito que no tiene más que un libro". En aquella fase posterior a la unificación, era muy importante tratar de "hacer italianos" superando el mundo feudal y sus castas. Y esta superación en dirección a la fraternidad civil se confiaba sobre todo a la escuela pública, que se estaba haciendo obligatoria en los primeros años de la enseñanza primaria. 

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El mensaje para Enrico, hijo de la burguesía, era claro: hacete amigo de chicos de todas las clases sociales, desde el pequeño albañil hasta el hijo del herrero, porque esta amistad de la infancia será decisiva para una nueva amistad social cuando se conviertan en ciudadanos adultos. Esta frase contiene una gran sabiduría. Hoy, de hecho, sabemos que la primera razón de la decadencia de todas las élites -culturales, económicas, políticas, religiosas- está en la pérdida de la biodiversidad relacional. Cuando un grupo de personas se siente y se autorepresenta como una élite y deja, por tanto, de frecuentar los lugares de todo el mundo, deja de tener amigos y conocidos de culturas y condiciones socioeconómicas diferentes; cuando la vida de los miembros de esa élite transcurre entre hoteles de lujo, campos de golf, restaurantes con estrellas, sin más contacto con la gente en el metro, en los mercados, en las colas del correo, el declive inexorable de esa élite ya ha empezado. 

Y lo estamos viendo con la actual generación de directivos de grandes empresas, que se encuentran en una profunda crisis antropológica y de sentido (aunque sean muy ricos), porque desde hace demasiado tiempo se han recluido en mundos autorreferenciales, perdiendo el contacto incluso con sus propios trabajadores y obreros. El empresario de ayer en la gran mayoría de los casos vivía en el pueblo de todos, enviaba a sus hijos a las escuelas de todos, frecuentaba los bares y barberías de todos, y sobre todo frecuentaba las fábricas y talleres de sus trabajadores, conocía el trabajo porque conocía a los trabajadores y a menudo trabajaba con ellos, compartiendo olores y heridas. Cuando esta autosegregación se produce también en las élites políticas llamadas a gobernar, el daño es todavía mayor. Pues se encuentran con que pierden competencias esenciales en las materias sobre las que deben legislar.

Pensemos, como ejemplo importante, en el tema de la pobreza. En el imaginario de nuestros gobernantes, entre el millón de ciudadanos que reciben una media de 500 euros al mes en concepto de Renta de Ciudadanía, habría una proporción importante de culpables, es decir, de personas que podrían trabajar y que en cambio, vagos y holgazanes, prefieren el sofá al trabajo. Entonces uno mira los datos y se pregunta de dónde viene esta creencia fuerte como un dogma religioso. Quienes conocen al menos una de las familias perceptoras de la Renta de Ciudadanía saben muy bien que si estas personas no trabajan es casi siempre por algún problema grave, y que una forma de pobreza es también llevar una vida degradada que te lleva a preferir el sofá al trabajo.

Pero la distancia entre los gobernantes y los verdaderos pobres es uno de los principales problemas de la democracia. Demasiados políticos hablan de los pobres en abstracto, sin haberlos visto ni hablado nunca con ellos. Así, elaboran leyes para los pobres imaginarios y acaban perdiendo el contacto con los pobres reales que, también por esta razón, se convierten en los rechazados de la sociedad. Sin una nueva competencia de la política y de políticos que vuelvan a la escuela de la calle y de los pobres, la distancia entre la vida y el palacio está destinada a crecer inexorablemente.

Credits foto: © Giuliano Dinon / Archivio MSA

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La distancia entre los gobernantes y los pobres es uno de los principales problemas de la democracia. Sin una nueva competencia de la política y los políticos, la distancia entre la vida y el palacio está destinada a crecer. 

Luigino Bruni

publicado en Il Messaggero di Sant'Antonio el 06/01/2023

En una de las páginas más lindas del libro Cuore (Corazón) de Edmondo De Amicis, Alberto Bottini, el padre de Enrico (el niño protagonista del libro) le dice a su hijo: "El hombre que practica una sola clase social es como el erudito que no tiene más que un libro". En aquella fase posterior a la unificación, era muy importante tratar de "hacer italianos" superando el mundo feudal y sus castas. Y esta superación en dirección a la fraternidad civil se confiaba sobre todo a la escuela pública, que se estaba haciendo obligatoria en los primeros años de la enseñanza primaria. 

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La escuela de la calle y de los pobres

La escuela de la calle y de los pobres

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Hoy la tierra está llena de samaritanos y mujeres siro-fenicias que nos esperan en los cruces de los caminos para explicarnos el Evangelio que ellos aún no conocen. ¿Cuándo nos inclinaremos a escucharlos? 

Luigino Bruni

publicado en el Messaggero di Sant'Antonio el 8/11/2022

La parábola del «Buen Samaritano» es una de las más hermosas de los evangelios (Lc 10). El Papa Francisco ha elegido esta parábola como piedra angular bíblica de su encíclica sobre la fraternidad, Fratelli tuttiEl primer mensaje del buen samaritano es la diferencia entre «cercano» y «prójimo». El samaritano que pasaba por el camino no era el más cercano a la víctima atacada por los bandidos. Al contrario, era el más alejado desde cualquier punto de vista (religioso, étnico o geográfico). Los más cercanos eran el sacerdote y el levita que, sin embargo, no se detuvieron. Así pues, el samaritano se hizo prójimo de aquella persona, aunque no fuese el más cercano. 

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La regla de oro del Evangelio desvincula el amor de las múltiples formas de cercanía: no tengo que amar al prójimo porque esté a mi lado, o porque me resulte más cercano que otro, sino porque es una persona con la que me encuentro y tiene necesidad, porque es una víctima. En caso contrario, como nos ha recordado el economista Amartya Sen (La idea de justicia), siempre tendremos personas más cercanas y por tanto nunca seremos justos, porque la idea de justicia conlleva un trato equitativo. Si trato a los más cercanos mejor que a los menos cercanos incumplo la primera regla de la justicia. Así pues, las frases y las políticas que se basan en expresiones como «primero los italianos», «primero los europeos» o «primero los católicos» son radicalmente contrarias a la lógica y a la política del Evangelio, que solo nos permite decir: «Primero los que encuentro en el camino y se están en condiciones de necesidad».

Jesús mismo aprende la lógica del buen samaritano, cuando (como narra el evangelio de Marcos en el capítulo 7,24-30) se encuentra con la mujer siro-fenicia. Esa mujer, perteneciente a otro pueblo y a otra religión y por tanto «alejada», le pide que expulse a un demonio de su hija. Y Jesús, en su primera respuesta, confunde al prójimo con el cercano, y le dice: «Deja primero que se sacien los hijos, porque no está bien quitar el pan a los hijos para echárselo a los perritos». Jesús repite aquí lo que cualquier persona con sentido común diría. Ocuparse antes de los hijos y después de los demás forma parte del derecho natural: no está bien ocuparse de los demás sin haber resuelto los problemas de la propia familia.

Pero el Evangelio no es de sentido común ni de derecho natural. Es otra cosa, es agape. En ese momento, una mujer extranjera y lejana, sin saberlo, está contando a Jesús la parábola del buen samaritano, le está enseñando su Evangelio. Jesús se deja convertir por ella: «Pero ella replicó: Señor, también los perritos, debajo de la mesa, comen las migas que dejan caer los hijos. Por eso que has dicho, puedes irte, que el demonio ha salido de tu hija». Es estupendo ver a Jesús aprendiendo su Evangelio de una mujer pagana, de una madre. Es conmovedor y muy humano ver que incluso Jesús cambia de idea, que Dios también se convierte.

La Iglesia seguirá hoy a Jesús si se deja convertir por las víctimas, si es capaz de redescubrir el Evangelio encontrándose con los pobres a lo largo del camino, con los pobres y los alejados que han explicado y explican a la Iglesia su propio Evangelio, con palabras que hablan de derechos humanos, de respeto, de igualdad, de fraternidad y de sororidad. La Iglesia se convierte a un Evangelio más cristiano gracias a las palabras humanas de las víctimas y los alejados. Porque en la Biblia el hombre aprende el cielo de Dios, pero Dios aprende la tierra de los hombres, de las mujeres y de los niños. Hoy la tierra está llena de samaritanos y mujeres siro-fenicias que nos esperan en las encrucijadas de las calles para explicarnos el Evangelio que ellos todavía no conocen: ¿cuándo nos inclinaremos a escucharlos?

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Hoy la tierra está llena de samaritanos y mujeres siro-fenicias que nos esperan en los cruces de los caminos para explicarnos el Evangelio que ellos aún no conocen. ¿Cuándo nos inclinaremos a escucharlos? 

Luigino Bruni

publicado en el Messaggero di Sant'Antonio el 8/11/2022

La parábola del «Buen Samaritano» es una de las más hermosas de los evangelios (Lc 10). El Papa Francisco ha elegido esta parábola como piedra angular bíblica de su encíclica sobre la fraternidad, Fratelli tuttiEl primer mensaje del buen samaritano es la diferencia entre «cercano» y «prójimo». El samaritano que pasaba por el camino no era el más cercano a la víctima atacada por los bandidos. Al contrario, era el más alejado desde cualquier punto de vista (religioso, étnico o geográfico). Los más cercanos eran el sacerdote y el levita que, sin embargo, no se detuvieron. Así pues, el samaritano se hizo prójimo de aquella persona, aunque no fuese el más cercano. 

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Los pobres nos explican en Evangelio

Los pobres nos explican en Evangelio

Hoy la tierra está llena de samaritanos y mujeres siro-fenicias que nos esperan en los cruces de los caminos para explicarnos el Evangelio que ellos aún no conocen. ¿Cuándo nos inclinaremos a escucharlos?  Luigino Bruni publicado en el Messaggero di Sant'Antonio el 8/11/2022 La parábola del «Buen...
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Ya no es tiempo de esconderse detrás de «las leyes del mercado», porque el mercado somos nosotros: el mercado son nuestras elecciones, es la foto de nuestros valores, de nuestra dignidad, de nuestro honor.

Luigino Bruni

pubblicato su Il Messaggero di Sant'Antonio il 03/10/2022

«Es cierto que en las empresas hay jerarquía. Es cierto que hay distintas funciones y salarios, pero los salarios no deben ser demasiado distintos. Si la diferencia entre los salarios más altos y los más bajos es demasiado grande, la comunidad empresarial sufre». Son palabras del papa Francisco a los empresarios italianos de Confindustria del pasado 12 de septiembre. Estas palabras de Francisco han sido sobre todo un don, en particular ante las dificultades de estos años extraordinarias, difíciles para todos y también para los empresarios, al menos para los que el Papa ha asimilado al «buen pastor» (ciertamente no para los que se parecen a los «mercenarios»), que sufren cuando sus comunidades empresariales sufren. 

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Este tema de los salarios de los directivos en relación con los de los trabajadores es muy importante. No puede existir una relación de cien o mil a uno… Es cada vez más decisivo para la calidad del capitalismo de hoy y de mañana. La empresa también es una comunidad, aunque una determinada forma económica de pensar quiera negarlo, en nombre de una visión de la empresa como un mercado donde los «contratos» lo son todo y los «pactos» no son necesarios. El pacto no es un simple encuentro de intereses, sino de destinos, de almas, de vida. Quienes trabajan saben que, sin estos pactos sociales, a menudo implícitos, las empresas no funcionan; y aunque obtengan beneficios, no generan vida buena y bienestar para la gente que trabaja en ellas. Los pactos, a diferencia de los contratos, necesitan una cierta igualdad, no una igualdad perfecta en todas las dimensiones.

Todo trabajador sabe que las responsabilidades, las funciones, los talentos y la productividad de los distintos sujetos de una empresa son distintos. Lo sabe y no pretende tener el mismo sueldo que el director general. Pero todo trabajador, incluso ese «trabajador» llamado empresario (y directivo), como ha recordado Francisco, también sabe que por distintos que sean los trabajadores, al final todos están inmersos en la misma realidad, al servicio del mismo bien común llamado empresa. Saben también que, sin la parte de cada uno, más o menos pequeña, la empresa no funciona, o funciona mal. En esta conciencia de co-esencialidad radica la dignidad, el honor, el respeto y la autoestima de cada trabajador. «No soy el dueño, no he estudiado ingeniería, ya lo sé. Pero yo también se hacer mi trabajo, yo también soy importante, y si me detengo la empresa deja de ser tan buena como es ahora. La bondad y la calidad de nuestra empresa dependen también de mí». Estos son los razonamientos que nos mantienen en pie cada día, que nos permiten encender el ordenador cada mañana con orgullo. Y cuando faltan, nos apagamos, primero en el alma y después del todo. Y con nosotros se apagan nuestras empresas.

Los trabajadores necesitan esta estima tanto como el sueldo. Y si falta, no dan la parte mejor de ellos mismos. Y, continúa Francisco, «cuando los sueldos son demasiado distintos, en la comunidad empresarial se pierde el sentido de pertenencia a un destino común, no se crea empatía ni solidaridad entre todos. Y así, cuando llega una crisis, la comunidad de trabajo no responde como podría responder, con graves consecuencias para todos». Nos esperan tiempos difíciles, tal vez muy difíciles. Para que no sean demasiado difíciles y por tanto imposibles, es necesario que en las empresas aumente este sentido de «destino común», que cada uno se sienta co-protagonista de la empresa colectiva. Todo esto es política. Ya no es tiempo de esconderse detrás de «las leyes del mercado», porque el mercado somos nosotros, el mercado son nuestras elecciones, es la foto de nuestros valores, de nuestra dignidad, de nuestro honor, los de todos y cada uno de nosotros.

En la foto, la empresa de EdC Todo Brillo

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Ya no es tiempo de esconderse detrás de «las leyes del mercado», porque el mercado somos nosotros: el mercado son nuestras elecciones, es la foto de nuestros valores, de nuestra dignidad, de nuestro honor.

Luigino Bruni

pubblicato su Il Messaggero di Sant'Antonio il 03/10/2022

«Es cierto que en las empresas hay jerarquía. Es cierto que hay distintas funciones y salarios, pero los salarios no deben ser demasiado distintos. Si la diferencia entre los salarios más altos y los más bajos es demasiado grande, la comunidad empresarial sufre». Son palabras del papa Francisco a los empresarios italianos de Confindustria del pasado 12 de septiembre. Estas palabras de Francisco han sido sobre todo un don, en particular ante las dificultades de estos años extraordinarias, difíciles para todos y también para los empresarios, al menos para los que el Papa ha asimilado al «buen pastor» (ciertamente no para los que se parecen a los «mercenarios»), que sufren cuando sus comunidades empresariales sufren. 

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Palabras para los empresarios

Palabras para los empresarios

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Muchas comunidades y muchos movimientos de nuestros días nacieron en el siglo XX como comunidades esfera y hoy necesitan realizar una transición hacia el poliedro: es un reto decisivo, que hay que superar. 

Luigino Bruni

publicado en Il messaggero di Sant'Antonio el 02/06/2022

La del poliedro es una imagen que le gusta mucho al Papa Francisco (Evangelii Gaudium, n. 236). Si se la aplicamos a las comunidades, podemos hablar, de forma abstracta (se trata de modelos), de comunidades esfera y de comunidades poliedro. Las comunidades que nacen de un fundador tienden a ser comunidades esfera. En ellas, como en la correspondiente figura geométrica, una vez que se conoce cualquier punto de la esfera y su «entorno» ya se conoce todo, porque su estructura regular y simétrica y la equidistancia con respecto al centro no guardan sorpresas. Todas las personas se parecen, todas están orientadas de la misma manera y en la misma dirección (el centro), todas son iguales en los aspectos carismáticos y están conformadas en base a la personalidad y el carisma del fundador. Basta con conocer a un solo miembro para forjarse una idea precisa de toda la comunidad. Ciertamente, como en la figura geométrica de la esfera, cada punto de la superficie tiene coordenadas únicas, distintas de las de los demás, pero el conocimiento de los distintos puntos no permite descubrir nada nuevo, porque cada punto da las mismas informaciones en cuanto a superficie y volumen.

Sin embargo, para conocer las comunidades poliedro, es necesario conocer cada una de sus caras-personas, porque cada una es distinta de las demás, aun perteneciendo todas a la misma realidad. En estas comunidades no es posible prescindir de los talentos ni de los carismas de cada individuo; y este es el punto de partida para conocer y comprender el todo (solo las comunidades poliedro son subsidiarias). Cada nueva persona que conozco me revela dimensiones nuevas de la comunidad, y no conozco verdaderamente la comunidad hasta que no conozco a todos sus miembros, uno a uno, y la falta de uno solo de ellos me impide conocer la naturaleza de la comunidad entera y por tanto del carisma.
Las comunidades esfera son muy eficientes mientras vive el fundador, que da forma a la esfera y a todos sus componentes, simétricos, equidistantes, parecidos unos a otros. No hay crestas, discontinuidades, asimetrías, saltos, aristas, faltas de alineamiento ni excesos. La comunidad esfera se reproduce a sí misma generando otras esferas, todas ellas parecidas a la madre. Las comunidades poliedro, en cambio, a causa de sus asimetrías y faltas de alineamiento, son difíciles de gestionar, controlar y orientar hacia los mismos objetivos. Crean fricciones, golpes, faltas de armonía, sencillamente debido a la diversidad y a las distintas maneras con las que cada uno siente y vive el mismo carisma. Crecen más lentamente, dedican más tiempo a la activación de procesos y menos a la ocupación de espacios, y deben aprender a tratar los conflictos porque cada uno de sus miembros es igual y distinto de todos los demás.

En las generaciones posteriores a la del fundador es donde se manifiestan las diferencias más importantes entre estos dos tipos de comunidades. Las comunidades esfera tienen grandes dificultades para encontrar una nueva conformación cuando falta el fundador, porque constitutivamente han nacido y crecido de forma simétrica y están orientadas, isomórficamente, hacia el centro. En cambio, las comunidades poliedro tienen mayores costes en la primera generación, sobre todo costes de coordinación y alineamiento debido a la multitud de fuerzas centrífugas, pero si logran no deshacerse en la primera fase, después son mucho más capaces de dar vida a la innovación y creatividad necesarias para seguir adelante después de los fundadores. Muchas comunidades y movimientos de nuestros días nacieron en el siglo XX como comunidades esfera y hoy se encuentran con la necesidad de realizar una transición hacia el poliedro: es un reto decisivo, que hay que superar.

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Muchas comunidades y muchos movimientos de nuestros días nacieron en el siglo XX como comunidades esfera y hoy necesitan realizar una transición hacia el poliedro: es un reto decisivo, que hay que superar. 

Luigino Bruni

publicado en Il messaggero di Sant'Antonio el 02/06/2022

La del poliedro es una imagen que le gusta mucho al Papa Francisco (Evangelii Gaudium, n. 236). Si se la aplicamos a las comunidades, podemos hablar, de forma abstracta (se trata de modelos), de comunidades esfera y de comunidades poliedro. Las comunidades que nacen de un fundador tienden a ser comunidades esfera. En ellas, como en la correspondiente figura geométrica, una vez que se conoce cualquier punto de la esfera y su «entorno» ya se conoce todo, porque su estructura regular y simétrica y la equidistancia con respecto al centro no guardan sorpresas. Todas las personas se parecen, todas están orientadas de la misma manera y en la misma dirección (el centro), todas son iguales en los aspectos carismáticos y están conformadas en base a la personalidad y el carisma del fundador. Basta con conocer a un solo miembro para forjarse una idea precisa de toda la comunidad. Ciertamente, como en la figura geométrica de la esfera, cada punto de la superficie tiene coordenadas únicas, distintas de las de los demás, pero el conocimiento de los distintos puntos no permite descubrir nada nuevo, porque cada punto da las mismas informaciones en cuanto a superficie y volumen.

Sin embargo, para conocer las comunidades poliedro, es necesario conocer cada una de sus caras-personas, porque cada una es distinta de las demás, aun perteneciendo todas a la misma realidad. En estas comunidades no es posible prescindir de los talentos ni de los carismas de cada individuo; y este es el punto de partida para conocer y comprender el todo (solo las comunidades poliedro son subsidiarias). Cada nueva persona que conozco me revela dimensiones nuevas de la comunidad, y no conozco verdaderamente la comunidad hasta que no conozco a todos sus miembros, uno a uno, y la falta de uno solo de ellos me impide conocer la naturaleza de la comunidad entera y por tanto del carisma.
Las comunidades esfera son muy eficientes mientras vive el fundador, que da forma a la esfera y a todos sus componentes, simétricos, equidistantes, parecidos unos a otros. No hay crestas, discontinuidades, asimetrías, saltos, aristas, faltas de alineamiento ni excesos. La comunidad esfera se reproduce a sí misma generando otras esferas, todas ellas parecidas a la madre. Las comunidades poliedro, en cambio, a causa de sus asimetrías y faltas de alineamiento, son difíciles de gestionar, controlar y orientar hacia los mismos objetivos. Crean fricciones, golpes, faltas de armonía, sencillamente debido a la diversidad y a las distintas maneras con las que cada uno siente y vive el mismo carisma. Crecen más lentamente, dedican más tiempo a la activación de procesos y menos a la ocupación de espacios, y deben aprender a tratar los conflictos porque cada uno de sus miembros es igual y distinto de todos los demás.

En las generaciones posteriores a la del fundador es donde se manifiestan las diferencias más importantes entre estos dos tipos de comunidades. Las comunidades esfera tienen grandes dificultades para encontrar una nueva conformación cuando falta el fundador, porque constitutivamente han nacido y crecido de forma simétrica y están orientadas, isomórficamente, hacia el centro. En cambio, las comunidades poliedro tienen mayores costes en la primera generación, sobre todo costes de coordinación y alineamiento debido a la multitud de fuerzas centrífugas, pero si logran no deshacerse en la primera fase, después son mucho más capaces de dar vida a la innovación y creatividad necesarias para seguir adelante después de los fundadores. Muchas comunidades y movimientos de nuestros días nacieron en el siglo XX como comunidades esfera y hoy se encuentran con la necesidad de realizar una transición hacia el poliedro: es un reto decisivo, que hay que superar.

Credits foto: © Giuliano Dinon / Archivio MSA

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Comunidades esfera y comunidades poliedro

Comunidades esfera y comunidades poliedro

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Dios nos perdona «setenta veces siete», pero no puede dar el paso decisivo por nosotros. Puede dar todos los pasos en nuestro lugar menos uno. En este único paso nuestro está el Dios «no barato», el Dios bíblico. 

Luigino Bruni

publicado en Il Messaggero di Sant'Antonio el 25/03/2022

Las palabras de los profetas bíblicos son las que mejor explican la frase, que permanece en parte misteriosa, de Dietrich Bonhoeffer: «La gracia es gratuita pero no barata» (El precio de la gracia; el seguimiento). Quien conoce un poco la lógica de los profetas, sabe bien que a estos no les gusta en absoluto el lenguaje económico para expresar la fe. Yo mismo, cuando veo que se aplica el lenguaje económico (mercado, precio) a la fe y a Dios, siempre reacciono con fuerza, porque cada vez estoy más convencido de que el uso del lenguaje económico para explicar la fe ha hecho daño a la religión bíblica, al cristianismo (y a la propia economía). ¿Qué quería decir Bonhoeffer? 

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Estudiando al profeta Oseas me ha parecido entender mejor esta expresión del gran teólogo y mártir alemán. A Oseas Dios le pide que se case con Gomer, una mujer infiel, adúltera, tal vez prostituta (Oseas cap.1), que siguió prostituyéndose a pesar de la tozuda fidelidad de Oseas (cap. 3). El profeta – como muchos hombres y mujeres – la siguió amando y tal vez perdonando después de cada traición, pero a pesar del amor del marido, Gomer no se curaba de su enfermedad moral. Oseas nos introduce en uno de los misterios más grandes de la vida, el misterio de la reciprocidad.

A la reciprocidad están asociadas las páginas más luminosas de nuestra vida junto a las más oscuras, y se necesitan unas a otras. Nadie disfrutaría de una reciprocidad no libre. Pero es precisamente dentro de esta libertad de la persona querida, necesaria y esencial para cualquier forma de amor, donde se encuentra la tragedia de la reciprocidad, de las familias, de la amistas, de las comunidades. El otro puede usar su libertad para no responder a nuestro amor, porque el otro es siempre más libre que nuestra necesidad y nuestro deseo de reciprocidad. Es necesaria nuestra necesidad de reciprocidad y es necesaria la libertad del otro de no satisfacerla.

Oseas y los profetas nos dicen algo más, que para muchos es escandaloso: Dios goza y sufre con nuestra reciprocidad. Dios se nos parece en todo, en los dolores y en las alegrías. La imagen de Dios impresa en el ser de cada hombre y cada mujer, uno de los mensajes más hermosos y audaces del Génesis, es otro lugar de la «buena fragilidad de Dios»: si nosotros nos parecemos a Dios (y por tanto Dios se parece a nosotros) también se nos parece en la incapacidad de controlar la reciprocidad. De este modo, la Biblia nos muestra un Dios que sufre por el pueblo que lo traiciona, por los hijos que no vuelven a casa. Y debemos mantenerlo en esta condición «necesitada» si no queremos obligar a Dios a coincidir con la idea moral que nos hemos hecho de Él (como hacen todas las ideologías teológicas), y así convertirlo en un dios amable, en un dios «barato».

Cuando Dios se hace tan alto y distante de nosotros como para dejar de parecérsenos, se convierte en un dios banal, que no salva a nadie, ni siquiera a sí mismo. Entonces, para perdonarnos Dios no tiene necesidad de nuestra parte; pero para curarnos sí. Nadie puede curarnos de nuestras enfermedades morales si nosotros no hacemos nuestra parte. Ninguna pareja se salva sin que ambos quieran volver a empezar. El Dios de la Biblia tiene tal respeto por la libertad humana que no obliga ni siquiera a la salvación. Aquí está la débil omnipotencia del Dios de los profetas, que ordena la órbita de las estrellas y los eclipses de la luna, pero no puede curar a una mujer infiel, y permanece impotente frente a nuestra tozuda infidelidad. Nos perdona «setenta veces siete», pero no puede dar por nosotros el paso decisivo. Puede dar todos los pasos en nuestro lugar menos uno. En este único paso está nuestro Dios «no barato». Aquí está el Dios bíblico. 

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Dios nos perdona «setenta veces siete», pero no puede dar el paso decisivo por nosotros. Puede dar todos los pasos en nuestro lugar menos uno. En este único paso nuestro está el Dios «no barato», el Dios bíblico. 

Luigino Bruni

publicado en Il Messaggero di Sant'Antonio el 25/03/2022

Las palabras de los profetas bíblicos son las que mejor explican la frase, que permanece en parte misteriosa, de Dietrich Bonhoeffer: «La gracia es gratuita pero no barata» (El precio de la gracia; el seguimiento). Quien conoce un poco la lógica de los profetas, sabe bien que a estos no les gusta en absoluto el lenguaje económico para expresar la fe. Yo mismo, cuando veo que se aplica el lenguaje económico (mercado, precio) a la fe y a Dios, siempre reacciono con fuerza, porque cada vez estoy más convencido de que el uso del lenguaje económico para explicar la fe ha hecho daño a la religión bíblica, al cristianismo (y a la propia economía). ¿Qué quería decir Bonhoeffer? 

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El Dios no barato

El Dios no barato

Dios nos perdona «setenta veces siete», pero no puede dar el paso decisivo por nosotros. Puede dar todos los pasos en nuestro lugar menos uno. En este único paso nuestro está el Dios «no barato», el Dios bíblico.  Luigino Bruni publicado en Il Messaggero di Sant'Antonio el 25/03/2022 Las palabras...
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En un momento en que el capitalismo está mostrando su insuficiencia para salvar el planeta y a los pobres, el pontificado de Francisco plantea importantes retos para la vida económica y financiera.

Luigino Bruni

Original italiano publicado en Il Messaggero di Sant'Antonio el 24/06/2021.

El 25 de enero de 1959, el papa Juan XXIII, apenas tres meses después de su elección, convocó el Concilio ecuménico Vaticano II. Italia se encontraba en pleno boom económico, los movimientos juveniles del 68 aún estaban lejos y los Beatles ni siquiera se habían juntado. Aquel anciano papa fue capaz de soñar una Iglesia y un mundo que aún no existían. Juan XXIII y con él la Iglesia (buena parte de ella) fue capaz de leer los signos de los tiempos antes de que el tiempo cambiara. Vio, leyó y dio voz a las señales débiles de su tiempo. Y después actuó, convocando un Concilio que cambió la Iglesia antes de que lo hiciera la sociedad civil, saliendo al encuentro del Espíritu en el momento/kairos oportuno. 

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La enorme dimensión epocal de aquel Concilio dependió, entre otras cosas, de su capacidad para anticipar los tiempos. La Iglesia católica, considerada un icono de la lentitud de los procesos de cambio cultural, fue más rápida que la sociedad civil. Comprendió antes que ella las demandas de participación, de comunidad, de protagonismo del pueblo, de superación de ciertas estructuras jerárquicas inadecuadas, de recuperación de la centralidad de la Escritura, y de más espacio y escucha para las personas.

Hoy el papa Francisco se encuentra en una condición, subjetiva y objetiva, parecida a la de Juan XXIII. Con la Laudato si’ y la Fratelli tutti ha puesto en el centro la dimensión económica y ecológica. Y en un momento en que el capitalismo está mostrando su insuficiencia para salvar el planeta y a los pobres, el pontificado de Francisco plantea importantes retos para la vida económica y financiera.

Si el papa Francisco quisiera, como gran herencia suya, convocar un Concilio Vaticano III – creo que sería muy útil y necesario – muy probablemente lo centraría en la economía y en la ecología. Las señales de que la economía que ha regido el mundo durante los últimos dos siglos no es adecuada para los nuevos desafíos ambientales y sociales comienzan a ser muy fuertes. El papa Francisco es la única autoridad ética mundial que está desarrollando una reflexión profunda y sistemática sobre la crisis del capitalismo y sobre su destino, y para comprenderlo basta interpretar el movimiento de jóvenes economistas y empresarios lanzado por él: The economy of Francesco (francescoeconomy.org).

Ahora el reto consiste en que su acción y su pensamiento se conviertan en la acción y el pensamiento de la Iglesia entera. El concilio ecuménico es el instrumento adecuado para este paso de la profecía individual de un pontífice a la profecía eclesial colectiva. Ciertamente sería un acontecimiento distinto al de Juan XXIII (y Pablo VI), porque hoy involucrar a todos los obispos del mundo (que han crecido mucho en número) exige  instrumentos distintos. Y sobre todo porque, después del Vaticano II, un nuevo concilio ecuménico no podría ser un asunto exclusivamente de obispos sin incluir seriamente la participación de los laicos. Tampoco podría ser una cosa solo de hombres, sin incluir seriamente la participación de las mujeres. Ni una cosa solo de adultos, sin incluir seriamente la participación de los jóvenes, Ni tampoco una cosa solo de católicos, sin incluir a las demás Iglesias y religiones y a los ateos de buena voluntad.

La Iglesia de Francisco dispone hoy de los recursos necesarios para preparar el cambio a una nueva época, la del «capitalismo» después del capitalismo. Porque una nueva cultura y una nueva praxis económica no tienen necesidad solo de nuevas técnicas, leyes y teorías, sino de un nuevo espíritu que no se aprende en las escuelas de negocios ni en las universidades. El espíritu nace del alma de las personas y de los pueblos. Francisco lo sabe bien, y su Iglesia puede dárselo a todos.

Credits Foto: © Giuliano Dinon / Archivio MSA

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Luigino Bruni

Original italiano publicado en Il Messaggero di Sant'Antonio el 24/06/2021.

El 25 de enero de 1959, el papa Juan XXIII, apenas tres meses después de su elección, convocó el Concilio ecuménico Vaticano II. Italia se encontraba en pleno boom económico, los movimientos juveniles del 68 aún estaban lejos y los Beatles ni siquiera se habían juntado. Aquel anciano papa fue capaz de soñar una Iglesia y un mundo que aún no existían. Juan XXIII y con él la Iglesia (buena parte de ella) fue capaz de leer los signos de los tiempos antes de que el tiempo cambiara. Vio, leyó y dio voz a las señales débiles de su tiempo. Y después actuó, convocando un Concilio que cambió la Iglesia antes de que lo hiciera la sociedad civil, saliendo al encuentro del Espíritu en el momento/kairos oportuno. 

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A.A.A. Se busca un nuevo Concilio

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No generaremos ningún modelo nuevo de desarrollo si no aprendemos a apreciar de nuevo la riqueza del poco.

Luigino Bruni

Original italiano publicado en Il Messaggero di Sant'Antonio el 16/01/2020.

Por mucho que nuestra cultura - y tal vez todas las culturas - asocie sus valores positivos a alguna forma de riqueza (material, espiritual, moral, afectiva…), no debemos olvidar que, en realidad, también la pobreza tiene valores, virtudes e incluso cierta belleza.

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Occidente, y el capitalismo de manera particular, ha construido su civilización sobre la idea de que es mejor tener muchas cosas que pocas, y que, por consiguiente, la acumulación, la suma, de bienes es una parte esencial del bienestar. Oriente (pensemos en la sabiduría de Gandhi), durante mucho tiempo, ha pensado de otra manera: creía que la felicidad consistía en educar los deseos, en aprender el arte de disfrutar de lo que se tiene, sin cultivar la envidia ni la rabia por lo que no se posee.

Pero estos valores del «poco» no han sido los valores de la economía capitalista, y mucho menos de la post-capitalista, donde hemos pasado de la suma a la multiplicación, en una insaciabilidad que constituye el primer motor de nuestro modelo de desarrollo: nos sentimos insatisfechos, entonces pensamos que nuestro descontento se debe a que no tenemos lo suficiente, y  nos afanamos en aumentar la cantidad de cosas, en acumularlas, pero después nos damos cuenta de que los bienes anhelados no nos hacen felices, sin embargo pensamos que eso es debido a que aún no poseemos lo suficiente… Y el tiovivo sigue dando vueltas, y el PIB sigue creciendo, gracias a nuestra infelicidad y a nuestras ilusiones. Llevamos años jugando a este juego, pero hoy el analfabetismo espiritual nos impide reconocer la gran ilusión. El juego se nos presenta como la realidad, y nosotros nos lo creemos.

Me acuerdo mucho de mi abuela Marietta, que tuvo el don de vivir una larga vida, y yo el don de tenerla a mi lado de adulto. Era pobre, aunque no indigente de lo necesario para vivir. Era una campesina madre de siete hijas mujeres. Cuando iba de niño a las fiestas de su pueblo, veía que ella se ponía el vestido bueno, el de los días especiales. Recuerdo que siempre era el mismo. Lo usaba apenas unas horas (generalmente para la Misa y poco más) y luego lo guardaba celosamente cubierto con un plástico con naftalina. Pero esa elegancia suya, esa forma de vestir con una dignidad distinta, esa discreción natural, mezcla de timidez y orgullo por llevar puesto algo hermoso, especial y cuidadosamente guardado, no la he vuelto a ver en los muchos vestidos de sus hijas y nueras (aunque sean tan dignas y hermosas como ella). Es la elegancia del único vestido, que se parece mucho a la de los pájaros del cielo y supera a la de Salomón y sus mil ropajes, e incluso a la de la reina de Saba, que debe haber sido verdaderamente magnífica.

Sin embargo, sí que he visto muchas veces esa elegancia del único vestido en mis viajes a Brasil, a África y a Asia. Allí, conociendo a hombres y sobre todo mujeres pobres, he vuelto a ver el vestido de mi abuela y con él he vuelto a ver su espléndida dignidad. Saber valorar y guardar unas pocas cosas es parte de la riqueza de la pobreza. El hecho de guardarlos da valor e importancia a esos bienes.

Hay una felicidad característica en saber que una cosa que poseemos es única y especial. Sin embargo, la gran ilusión del capitalismo intenta convencernos de que no hay nada único, nada especial, sino que todo puede multiplicarse hasta el infinito: esta es su promesa de vida eterna, para las cosas y casi también para nosotros.

Si hubiéramos conservado los valores de las mujeres campesinas del siglo pasado, no habríamos depredado el planeta. No generaremos ningún modelo nuevo de desarrollo si no aprendemos a apreciar de nuevo la riqueza del poco.

Credits foto: @Giuliano Dinon / Archivio MSA

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No generaremos ningún modelo nuevo de desarrollo si no aprendemos a apreciar de nuevo la riqueza del poco.

Luigino Bruni

Original italiano publicado en Il Messaggero di Sant'Antonio el 16/01/2020.

Por mucho que nuestra cultura - y tal vez todas las culturas - asocie sus valores positivos a alguna forma de riqueza (material, espiritual, moral, afectiva…), no debemos olvidar que, en realidad, también la pobreza tiene valores, virtudes e incluso cierta belleza.

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La elegancia del único vestido

La elegancia del único vestido

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Cada joven es hijo de todos, no solo de sus padres. Cada niño que nace es un habitante de la tierra y por tanto prójimo (próximo). En base a esta ley natural y cristiana fundamos Europa. Siguiendo el ejemplo de Abraham y Sara.

Luigino Bruni

Publicado en Messaggero di sant'Antonio el 11/07/2018

Figlidelmondo MSA luglio ridRecientemente he viajado a España (a Valencia) para conocer un centro de acogida de inmigrantes (Dorothy Day), donde algunos empresarios de Economía de Comunión están intentando crear puestos de trabajo para jóvenes inmigrantes procedentes sobre todo de África. Durante el diálogo espontáneo con una decena de estos jóvenes, que rondaban los 20 años de edad, una persona les preguntaba: «¿Cuáles son tus sueños?» «Ser mecánico, fontanero, modista…» respondían ellos. Escuchando sus palabras, en muchos momentos mezcladas con lágrimas (suyas y nuestras), he vuelto a entender que cada uno de estos jóvenes es hijo nuestro y no solo de sus padres. Cada hijo es también hijo mío. Cada niño que nace es un habitante de la tierra y por tanto prójimo (próximo). El próximo no es el vecino geográfico, religioso o étnico. Es una de las grandes enseñanzas de la parábola del Buen Samaritano.

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En base a esta ley natural y cristiana fundamos Europa, acogimos a los soldados ingleses y alemanes que llamaban, fugitivos y atemorizados, a las puertas de las casas de nuestros abuelos. Ellos llevaban un uniforme distinto al de los hijos que estaban en el frente, pero en cuanto les miraban a los ojos, húmedos y temerosos, entendían que antes que “extranjeros” eran muchachos, y por tanto hijos. Y les abrían las puertas, los escondían, arriesgando su vida, en las bodegas y en los establos, y compartían con ellos el poco pan que tenían. Aquellos muchachos acogidos en casa les hicieron menos seguros pero más humanos.

Esta es la Europa cristiana, estas son las raíces, recubiertas de lágrimas y de ágape, de nuestro gran continente. Hemos sido capaces de guerras fratricidas, de horrores infinitos en los lagers, pero también hemos sido capaces de reconocer a un hijo en un muchacho con un uniforme de distinto color. Las bendiciones civiles y económicas de la Europa de la posguerra fueron fruto también de esta gran capacidad de acogida, que nos permitió pensar en la Comunidad Europea, cuando en las montañas todavía se combatía la guerra civil. Las primeras cartas de la Constitución republicana y, después, de los tratados económicos europeos, fueron escritas por mujeres y hombres que supieron abrir una puerta y compartir el pan, convirtiéndose en compañeros (cum‐panis) de forasteros. Muchos de ellos eran analfabetos, pero supieron escribir estas maravillosas palabras con su carne, echando mano de su humanidad más profunda.

Hoy estamos conociendo otras guerras. No se combaten en nuestras montañas, sino más allá del mar, en otras montañas. Los jóvenes siguen llegando, atemorizados y fugitivos, y llaman a nuestras puertas. Pero la distancia del dolor y la pietas cristiana de nuestros abuelos y padres nos hace mucho más difícil abrir las puertas, que demasiadas veces dejamos cerradas, y justificamos esta cerrazón con nuevas‐antiguas ideologías.

Sin embargo, también hoy el límite entre la civilización y la barbarie se encuentra precisamente en las respuestas concretas que damos a los sueños de estos jóvenes. Podemos comportarnos como los cíclopes, que devoraban a sus invitados, o como los habitantes de Sodoma que violaban a sus huéspedes. Pero también podemos elegir comportarnos como los acogedores feacios, o como Abraham y Sara, que acogieron bajo su tienda del encinar de Mambré a los tres hombres que les anunciaron el nacimiento del hijo de la promesa cuando ambos eran ya ancianos. Tres forasteros acogidos les llevaron vida y un hijo. En la tierra prometida no hay puertas cerradas.

En el ADN de nuestro humanismo están tanto los cíclopes como los feacios, están los habitantes de Sodoma y Abraham. Cada generación debe realizar su elección y decidir de qué parte quiere estar: si quiere ver el color del uniforme o ver a los jóvenes‐hijos que lo llevan. Una cosa es cierta: la vida, los niños y el futuro solo están de parte de los feacios, de Sara y de Abraham. “No os olvidéis de la hospitalidad; gracias a ella hospedaron algunos, sin saberlo, a ángeles” (Carta a los Hebreos 13,2)

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Luigino Bruni

Publicado en Messaggero di sant'Antonio el 11/07/2018

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