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Economia Civile - Bruni Varie

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Hace falta responsabilidad también en la economía, cuya tarea es, en última instancia, contribuir a la serenidad de las generaciones presentes y futuras - Entrevista de Simone Baroncia a Luigino Bruni

publicada en www.giovanipace.org , septiembre 2009

¿Qué relación existe entre agape, economía y bien común?
La tradición italiana de la felicidad pública concebía la economía en vista del bien común. El bien público, que corresponde al término inglés common (bien colectivo), es una relación directa entre los individuos y el bien consumido. El bien común es exactamente lo contrario: es una relación directa entre personas, mediada por el uso de los bienes en común. Para la Doctrina Social de la Iglesia el bien común es la “dimensión social y comunitaria del bien moral”, y por esto es “indivisible porque solamente juntos es posible lograrlo”, como afirma el n. 164 del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. El agape, una forma de amor que hace  su aparición con el cristianismo, ha quedado acantonado en la definición moderna de bien común. Por una parte ha sido relegado a la esfera privada de la familia y por la otra ha sido confiado al Estado a través del estado de bienestar, o bien, en la cultura anglosajona, a la filantropía, que son dos formas públicas que recogen sólo una parte de la riqueza de la dimensión del amor agápico. A la civilización se le presenta el reto de volver a poner el ágape en el centro de la vida de la ciudad.

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¿Pero es que puede leerse la historia económica en clave agápica?
La historia de la economía no es sólo la historia de los contratos, ni sólo la historia de la intervención pública y de las acciones filantrópicas. La historia que va desde los Montes de Piedad de los franciscanos en el Medioevo hasta la economía de comunión y el comercio justo y solidario de hoy, no puede ser comprendida en su plenitud si no se toma en consideración el agape que está en la base de su nacimiento y desarrollo. En este sentido, creo que hay que revisar también en clave agápica el principio de subsidiaridad, que hasta ahora sólo se veía verticalmente, esto es en la relación entre los diversos niveles de la administración pública. Considero necesaria una nueva declinación de este principio fundamental de la vida civil.

¿Cómo?

No hace el contrato lo que puede hacer la amistad y no hace la amistad lo que puede hacer el agape. Es bueno recordar al jurista aquilés Giacinto Dragonetti, discípulo de Antonio Genovesi, quien en la introducción al libro ‘De las virtudes y de los premios’ (1766) escribía: “Los hombres han hecho millones de leyes para castigar los delitos, pero todavía no han establecido ninguna para premiar las virtudes”. Para Dragonetti la virtud está asociada al bien público y el agape es la piedra angular de la ciudad.

Así pues, ¿el agape está ligado a la felicidad, que es el fundamento de la economía civil?

La economía civil es una antigua tradición italiana, que tiene su origen en el humanismo civil. En el ‘400 italiano las regiones de la Toscana, Umbría y Las Marcas fueron muy importantes para el desarrollo económico y comercial. Después, en el siglo XVIII, en Nápoles surgió una nueva primavera con el pensamiento económico de Antonio Genovesi, quien decía que el propósito último de la economía no era la riqueza, sino la felicidad pública. Desde esta perspectiva, el crecimiento de un país es importante sólo en la medida en que mejora el bienestar de las personas. Si el PIB (Producto Interior Bruto), aunque crezca, nos empobrece porque se contamina el medio ambiente o las relaciones interpersonales empeoran, la economía - diría Genovesi - hace el mal, porque la economía es buena cuando mejora la calidad de  vida. Por lo tanto hoy la economía civil está volviendo a ponerse de moda en un mundo, como el nuestro, donde los bienes ambientales y sociales son escasos y donde tenemos muchas mercaderías y pocas relaciones. Esta antigua tradicion italiana es muy importante y muy actual. Junto con otros autores, la estamos relanzando en la praxis y en la teoría económica contemporánea.

Un retorno a la felicidad pública, que es una palabra que ya no está de moda…

No está de moda, porque se ha perdido el significado público de la felicidad. Cuando ocurrió el terremoto en Abruzzo comprendimos lo que quiere decir que un país también tiene un cuerpo. Cuando vivimos en la normalidad, en la abundancia, nos olvidamos de que el país es una comunidad, un cuerpo y de que la felicidad nos concierne a todos. Cuando hay una calamidad natural resurge el sentimiento de pertenencia a una dimensión más grande que nuestra familia. La felicidad pública dice que esta dimensión debe ser la normalidad y no la excepción: concebir el país como una familia, donde si no están bien todos no está bien ninguno y donde existen más intereses comunes que conflictos de intereses. En cambio, en los últimos decenios, se ha deshilachado el tejido social que mantenía unido al país y hoy se ve al otro como un rival y no como un aliado. Esto es una señal de decadencia que es absolutamente necesario rectificar.

La felicidad pública implica también la idea de don.

El don, con su ambivalencia, es una experiencia compleja. El don en cierto sentido obliga. Hay que recuperar esta idea en una civilización que no hace ya dones o que no los quiere ya aceptar, salvo que se trate de los conocidos regalos promocionales u ofertas en las rebajas. Nadie quiere ya el don verdadero, porque tiene miedo de exponerse al otro. Es una civilización que se entristece. La gran señal de que algo no funciona hoy es la falta de alegría, que era típica de un mundo donde la dimensión de la relación con el otro era importante. Pero yo soy optimista: sigamos adelante, lo conseguiremos.

¿Qué tiene que ver con todo esto la economía de comunión?

Tiene que ver porque es una parte de la economía civil, ya que apunta a la felicidad pública y se ocupa de las palabras clave del humanismo cristiano y civil. La Economía de Comunión es un proyecto importante e innovador de empresarios, trabajadores, dirigentes, consumidores, ahorristas, ciudadanos, estudiosos y otros operadores económicos, lanzado por Chiara Lubich en mayo del 1991 en Sao Paulo (Brasil). Su objetivo es construir y mostrar una sociedad humana donde, a imitación de la primera comunidad de Jerusalén, “no haya entre ellos ningún necesitado”. Las empresas son el eje portante del proyecto. Estas se comprometen libremente a poner en comunión las ganancias para tres finalidades a las que se presta igual atención: ayudar a las personas desfavorecidas, creando nuevos puestos de trabajo y atendiendo a sus necesidades básicas, con proyectos de desarrollo; mantener la empresa, que no debe dejar de ser eficiente y competitiva por el hecho de estar abierta a la gratuidad; y difundir la cultura del dar y de la reciprocidad. La economía de comunión nace de una espiritualidad de comunión vivida en la vida civil; conjuga eficiencia y solidaridad; apunta a la fuerza de la cultura del dar para cambiar los comportamientos económicos; y no considera a los pobres como un problema, sino como un recurso precioso.

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publicada en www.giovanipace.org , septiembre 2009

¿Qué relación existe entre agape, economía y bien común?
La tradición italiana de la felicidad pública concebía la economía en vista del bien común. El bien público, que corresponde al término inglés common (bien colectivo), es una relación directa entre los individuos y el bien consumido. El bien común es exactamente lo contrario: es una relación directa entre personas, mediada por el uso de los bienes en común. Para la Doctrina Social de la Iglesia el bien común es la “dimensión social y comunitaria del bien moral”, y por esto es “indivisible porque solamente juntos es posible lograrlo”, como afirma el n. 164 del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. El agape, una forma de amor que hace  su aparición con el cristianismo, ha quedado acantonado en la definición moderna de bien común. Por una parte ha sido relegado a la esfera privada de la familia y por la otra ha sido confiado al Estado a través del estado de bienestar, o bien, en la cultura anglosajona, a la filantropía, que son dos formas públicas que recogen sólo una parte de la riqueza de la dimensión del amor agápico. A la civilización se le presenta el reto de volver a poner el ágape en el centro de la vida de la ciudad.

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Redescubrir la economía civil

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Muchas veces en la EdC hablamos de dar, de cultura del dar, de don. En este breve texto Luigino Bruni reflexiona sobre el vínculo que existe entre don y per-dón.

por Luigino Bruni

Alba_del_perdonoEl perdón es una de las experiencias humanas más profundas y universales. A pesar de ello, creo que se reflexiona demasiado poco sobre la naturaleza de esta experiencia fundamental, si bien es cierto que autores como Jankelevitch o Derrida han dedicado páginas memorables al perdón.

El punto de partida de cualquier discurso sobre el perdón es la relación tan profunda que existe entre don y perdón y que se expresa en muchos idiomas. Por ejemplo, en inglés, la sugerente tensión que existe entre forgive y forget nos da una primera idea de lo que el perdón es en realidad: no es un acto que se realiza para quitarse un peso, para dejar de sufrir o para olvidar. No consiste en tomar (get) sino en dar (give). Este tipo de perdón, el perdón para olvidar, es muy común, potente e importante, pero no es suficiente para construir una buena vida en común.

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Hay un segundo tipo de perdón, que se expresa con las palabras: “Te perdono de verdad, pero es la última vez”. Este perdón contiene ya una cierta gratuidad (se perdona de verdad) y es muy frecuente en la amistad, sobre todo en las relaciones de pareja, donde existe una reciprocidad directa “yo-tu”. Este tipo de perdón también es importante, pero tampoco agota la experiencia del perdón.

Si es verdad que don y perdón van juntos (no existe el uno sin el otro), entonces podríamos resumir de este modo la tercera dimensión de una experiencia solo humana o tal vez más que humana (como dice Derrida) del perdón: “Te perdono y sigo creyendo en la relación contigo con toda su fragilidad”. En otras palabras, es como si dijéramos, no al otro sino a nosotros mismos: “Te perdono y estoy dispuesto a perdonarte también mañana si vuelves a herirme”.

Este es el verdadero “per-dón”. Este perdón tiene además una característica extraordinaria. A diferencia de las dos formas anteriores (que podrían asociarse la primera de ellas al eros y la segunda a la philia), esta tercera forma de perdón, que requiere la fuerza del agape, cura la fragilidad del otro, que puede incluso dejar de equivocarse si nuestro don le cura interiormente. Es un perdón terapéutico.

La ausencia de este perdón es la que muchas veces acaba con las parejas, comunidades o amistades importantes, cuando no somos capaces de per-donar verdaderamente, de volver a apostar y arriesgar de nuevo en esa relación. Su presencia, en cambio, es la que nos hace capaces de superar las grandes pruebas de la vida.

Pero ¿dónde se aprende este perdón? ¿En qué escuelas? ¿Con qué maestros?

En conclusión, los tres tipos de perdón son necesarios, porque cada uno de ellos desempeña una función diferente en las distintas etapas de la vida. Pero el tercer per-dón, el del agape, es el más precioso, ya que es raro y no surge espontáneamente. Cuando la vida en común se juega sólo sobre los registros de los otros dos perdones, falta la alegría, que es el gran signo que acompaña siempre al per-dón, de quien lo recibe y de quien lo da.

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Don y perdón

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por Luigino Bruni
 publicado en missionline.org el 26/02/2009

Las culturas humanas han experimentado y conocido desde siempre que la líbido del eros y la líbido del dinero son dos fuerzas muy similares: son esenciales para la vida y para el crecimiento de las comunidades pero, si no son administradas y reguladas por instituciones adecuadas y fuertes, hacen que esas mismas comunidades se precipiten en el caos. Lo que vemos en este periodo, con esta grave crisis financiera, económica y moral, no son más que los frutos mortíferos de una economía y unas finanzas dejadas en poder de sus propios impulsos, sin regulación comunitaria y social. Está ocurriendo algo parecido a lo que ocurriría en una comunidad en la que toda la socialidad se jugara únicamente sobre el eros, sin ninguna referencia a la philia y al ágape, con sus instituciones típicas. La libido erótica y la del dinero son pasiones fuertes que hay que educar, administrar y – debemos recordarlo – controlar, viviendo la bellísima virtud de la prudencia individual y colectiva.

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Después de esta premisa, quisiera detenerme en tres aspectos de esta crisis.

Primero: La crisis financiera actual está mostrando la radical fragilidad y vulnerabilidad del capitalismo de tercera generación. En el sistema económico tradicional (desde las ciudades medievales hasta la Europa moderna) una crisis como la actual no podría ni siquiera imaginarse. En aquellas economías el consumo se basaba y estaba ligado a la producción real. La renta de los individuos y de los países era un indicador muy importante, porque decía claramente y sin equívocos cuánto una familia y un país podían gastar e invertir. La renta era el límite natural del consumo y del ahorro. La renta no consumida se depositaba a menudo (cuando existían y eran seguros), en bancos donde, gracias al interés que el dinero generaba, el valor del capital no se deterioraba con el paso el tiempo. En aquel mundo, o capitalismo, las crisis económicas (como la del ’29) solo podían darse por una crisis de la economía real (sobre todo quiebras de empresas…), que producían desocupación, y por lo tanto una reducción de la renta real. Este sistema económico tradicional entró en crisis en el siglo XX, con el nacimiento del capitalismo financiero, que cambió radicalmente la naturaleza del sistema económico y de nuestras vidas. Este cambio produjo algunas cosas interesantes, pero a un costo muy alto, ya que dejó un sistema económico tremendamente frágil. John M. Keynes fue el economista que mejor comprendió y denunció proféticamente (en 1936), la naturaleza financiera del nuevo capitalismo y su fragilidad estructural. Un autor al que hoy deberíamos volver a leer y meditar profundamente. Las crisis como esta que estamos viviendo son por lo tanto la regla, no la excepción del capitalismo financiero, sobre todo hoy cuando la globalización amplifica los efectos de las crisis. La inestabilidad y la fragilidad son sólo la otra cara de un modelo de desarrollo que permite que cien dólares de renta real se conviertan en mil o más, sin ninguna relación entre ese dinero y el trabajo humano.

¿Tendremos que acostumbrarnos a las crisis como ésta o todavía más devastadoras?  Temo que sí, al menos mientras este capitalismo no evolucione hacia algo distinto.   En el corto plazo,  sin embargo, sería necesario abrir una reflexión profunda sobre el capitalismo. Una reflexión no sólo económica y financiera, sino también política y cultural; una reflexión global y mundial que hoy está todavía "anclada" en los acuerdos de Bretton Woods de la posguerra. Keynes, que fue uno de los promotores de esos acuerdos, estaba convencido de que, dada la nueva naturaleza del capitalismo, era necesario un nuevo “pacto social”, con nuevas reglas y nuevas instituciones (económicas y políticas) para administrar esta nueva realidad. El FMI y el Banco Mundial son el resultado, muy parcial y en parte traicionado, de aquel pacto. En las últimas décadas algo se ha movido, y a finales de los años noventa en la conciencia cívica global estaba madurando la convicción de que había que regir y gobernar el capitalismo de una forma diferente y más atenta.  La Tobin tax y el debate que surgió en torno a ella, desarrolló una función de catalizador de un proceso social que llegó a su culmen con el G8 de Génova en julio de 2001. Después, el 11 de septiembre distrajo durante años la atención de la sociedad civil internacional de los problemas de la nueva arquitectura del capitalismo financiero, para orientarla sobre los temas de seguridad y terrorismo. Hoy nos damos cuenta de que en estos siete años de "distracción" el proceso explotó (¡basta mirar los datos sobre el crecimiento del endeudamiento de la banca en este ultimo decenio!), y de improviso estamos tomando conciencia de que había otra "guerra" y otra "seguridad" no menos graves y urgentes que los controles de pasajeros en los aeropuertos, problemas que se ciernen como amenazas sobre la "post-economía de mercado" de todas las familias del globo. Esta crisis actual nos está diciendo dramáticamente que el "capitalismo financiero" requiere un nuevo Bretton Woods que diseñe la nueva arquitectura del capitalismo de tercera generación, si queremos que estas crisis no hagan implosionar el frágil sistema mundo. Esperemos que esta vez los nuevos acuerdos sean democráticos y que tengan en cuenta seriamente a África, Asia, y Sudamérica.

Y llegamos así al segundo punto. Con el advenimiento del capitalismo financiero, la naturaleza de la banca y las finanzas ha ido cambiando progresivamente. Cada vez más se han convertido en sujetos especuladores, cuyo objetivo principal es el beneficio (¡y cuanto más, mejor!), perdiendo así día a día la función social que la banca y las finanzas desde siempre habían desempeñado y desempeñan todavía hoy. Las instituciones bancarias y financieras son indispensables para la economía moderna. Como he tenido ocasión de decir también en el Osservatore Romano (28.9.08), la grave enfermedad del capitalismo contemporáneo es la progresiva transformación de los bancos de instituciones en especuladores. El especulador es un sujeto cuyo propósito es maximizar el beneficio.  La actividad que desarrolla no tiene ningún valor intrínseco; es sólo un medio para el enriquecimiento de accionistas y ejecutivos. El economista Yunus, Nóbel de la paz, fundador del Grameen Bank, recuerda siempre que en la economía de mercado el acceso al crédito es un derecho fundamental del hombre, porque si no se satisface este derecho, las personas no logran realizar sus propios proyectos y salir de las muchas trampas de la miseria. Si esto es verdad, entonces la banca especuladora debe ser la excepción y no la regla en la economía de mercado, entre otras cosas porque los productos que la banca gestiona son siempre de alto riesgo, y, sobre todo, porque los capitales que ella arriesga son de las familias. Estoy convencido de que una reforma radical que debería surgir de esta crisis, es la transformación de los bancos en instituciones más cercanas a la empresa sin ánimo de lucro que a la empresa especuladora, puesto que la banca es una institución que tiene un vínculo de eficiencia y de economicidad, que debe salvaguardar los intereses de muchos sujetos. No es casualidad que, desde los Montes de Piedad de los franciscanos del siglo XV hasta los bancos cooperativos, la banca siempre se había concebido sin ánimo de lucro, precisamente porque los intereses que debía satisfacer eran muchos. Así pues, las quiebras de estos días nos enseñan que la banca es una institución de gran valor social y de gran responsabilidad, que no puede quedar abandonada al arriesgado juego de la búsqueda de ganancias.

Y finalmente el tercer aspecto. Detrás de esta crisis hay también una crisis moral, que tiene que ver también con nuestra relación con los bienes y nuestro estilo de vida. Endeudarse por encima de nuestras posibilidades reales de renta (en Estados Unidos y cada vez más en todo el mundo opulento), es una forma de doping similar al que tiene presos a los “jugadores de azar” de las finanzas. Endeudarse para el consumo es un acto de alto riesgo,  porque mientras que endeudarse para invertir es algo sano y natural, en base a la hipótesis de que si la inversión es buena el valor agregado remunerará también el interés bancario, endeudarse para disfrutar de unas vacaciones exóticas o para tener una casa de lujo puede ser un acto similar al de Pinocho que, siguiendo los consejos del Gato y la Zorra, sembraba dinero esperando verlo un día crecer multiplicado en los árboles. Evidentemente, no quiero negar que, dentro de ciertos límites, el crédito al consumo de las familias pueda ser virtuoso para la economía y para el bien común. Pero es aún más cierto que los bancos que prestan demasiado y a las personas equivocadas son igual de incivilizados que los que prestan demasiado poco a las personas justas. Si los banqueros y los consultores financieros se comportan como el Gato y la Zorra, todos al final vivirán, al revés que en los cuentos, “infelices y descontentos”. Una última consideración. Hay un aspecto importante en toda esta "tempestad" que los medios nunca ponen de relieve. Aquellos que durante estos años han hecho inversiones éticas (en Banca Etica, por ejemplo, o también en muchos bancos cooperativos) hoy se encuentran con un resultado que es, al mismo tiempo, ético, económicamente rentable y muy seguro. Esta crisis está poniendo en tela de juicio el sistema de incentivos y está cambiando los  valores en juego, incluso los puramente económicos. Como ha ocurrido muchas veces en la historia, un cambio climático puede determinar la extinción de grandes mamíferos y el desarrollo de organismos más pequeños y ágiles, que en el precedente clima se encontraban en desventaja. Si esta crisis, a pesar de su gravedad y del gran dolor que está causando  (el dinero es importante cuando sirve para vivir), sirve para que surja un nuevo pacto social planetario por una economía más ética, amigable y abierta a la gratuidad, entonces habrá sido una “felix culpa”. Si en cambio nos limitamos a ver en nuestras cómodas casas los debates televisivos sobre la crisis, alternando las noticias sobre la caída de bancos con la espera de las colosales ganancias en la lotería, convencidos de que la culpa es solamente de los malos Gato y Zorra de Wall Street o de Piazza Affari, entonces dentro de algunos meses olvidaremos todo, y nos zambulliremos en el doping del consumo. Esperando la siguiente crisis.

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por Luigino Bruni
 publicado en missionline.org el 26/02/2009

Las culturas humanas han experimentado y conocido desde siempre que la líbido del eros y la líbido del dinero son dos fuerzas muy similares: son esenciales para la vida y para el crecimiento de las comunidades pero, si no son administradas y reguladas por instituciones adecuadas y fuertes, hacen que esas mismas comunidades se precipiten en el caos. Lo que vemos en este periodo, con esta grave crisis financiera, económica y moral, no son más que los frutos mortíferos de una economía y unas finanzas dejadas en poder de sus propios impulsos, sin regulación comunitaria y social. Está ocurriendo algo parecido a lo que ocurriría en una comunidad en la que toda la socialidad se jugara únicamente sobre el eros, sin ninguna referencia a la philia y al ágape, con sus instituciones típicas. La libido erótica y la del dinero son pasiones fuertes que hay que educar, administrar y – debemos recordarlo – controlar, viviendo la bellísima virtud de la prudencia individual y colectiva.

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Tres aspectos de la crisis financiera

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¿Cuál es el problema de fondo? Generar riqueza y hacer que circule. Dando a todos carta de ciudadanía en el mercado global

entrevista a Luigino Bruni

publicada en missionline.org el 22/12/2008

Incluso los críticos tienen que reconocer, con las cifras en la mano, que la globalización ha traído más bienestar a la población mundial en su conjunto. En 1981 más del 40% de la población mundial se encontraba por debajo del umbral de la pobreza absoluta; hoy la cifra ronda el 21%. Sin embargo, a causa del crecimiento demográfico, el número de pobres en términos absolutos solamente ha bajado en 130 millones. Mientras tanto, el índice de Gini – que mide la desigualdad que hay en el mundo – ha aumentado durante los últimos años en 7 puntos, lo que equivale a un 20%. Esto quiere decir que el desarrollo ha conocido y conoce dinámicas muy distintas de un país a otro e incluso dentro de las fronteras de un mismo país. ¿Cómo podemos interpretar todo esto? ¿Y qué hacer para que la globalización sea lo más humana posible? De todo ello hablamos con Luigino Bruni, profesor de economía política en la Universidad Bicocca de Milán, además de teórico de la Economía de Comunión del Movimiento de los Focolares.

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Profesor Bruni, el Producto Interior Bruto de muchos países en vías de desarrollo aumenta año tras año. Sin embargo, también aumentan las desigualdades en estos países, incluso en los llamados «nuevos tigres» (como, por ejemplo, Sudáfrica y Brasil). ¿Por qué?

Yo no me preocuparía demasiado, en primera instancia, por el aumento de las desigualdades. Este no es «el» problema central para las economías que se encuentran en las primeras fases del desarrollo (otra cosa es que hablemos de China, India o Brasil, evidentemente). La cuestión más importante en estas zonas es la reducción de la pobreza absoluta. Siempre es positivo en sí mismo que haya más personas que puedan satisfacer sus necesidades primarias. En todas las fases históricas del desarrollo siempre hay un momento en el que crecen las desigualdades. Ahora, la competición económica es buena porque estimula a los individuos y a los pueblos a expresar sus mejores energías. El problema es que la solución de las desigualdades no debe tardar mucho, porque de lo contrario se termina por recurrir a la violencia o a la ilegalidad.

Parece un discurso «liberal». Las cifras dicen que las diferencias interiores de país a país están aumentando. ¿Esto no es un problema?

Repito: la auténtica cuestión hoy es la reducción de la miseria absoluta, que es algo que sí puede pedirse en estos momentos a los mercados y a las empresas. Objetivamente es difícil construir un crecimiento equilibrado solamente con la lógica y las fuerzas de la economía. Cuando nos preocupamos sólo, o en demasía, por la desigualdad, corremos el peligro de bloquear ipso facto el desarrollo, impidiendo, por ejemplo, la llegada de multinacionales a un país. Mi experiencia en países pobres dice que por este camino no se va muy lejos. Pongo un ejemplo. He estado varias veces en Cuba y allí he visto un pueblo que vive en condiciones de pobreza a causa de una situación económicamente rígida. Insisto. Juan Pablo II propiciaba una «globalización de la solidaridad», pero las cosas no han ido por ahí…

El último informe del Banco Mundial señala que la pobreza está aumentando: 1.400 millones de personas viven con menos de 1,25 dólares al día. ¿Qué es lo que no funciona en este modelo de globalización?

La globalización aumenta las oportunidades de las personas. En general, cuanto más abierto está un país a los mercados, más posibilidades tiene su gente (al menos sobre el papel). El auténtico problema de la globalización está en los fenómenos que comporta. Pensemos en una familia africana tradicional. Hasta hace poco tiempo podía garantizar – aunque no sin dificultades – a sus miembros lo mínimo necesario para sobrevivir, al compartir lo poco que tenía cada uno de sus miembros. Con la urbanización salvaje, ese tejido de relaciones se está deshaciendo, con consecuencias devastadoras para el nivel de vida de las personas. La pobreza muchas veces es crisis de relaciones sociales. La socialidad entra en crisis por la urbanización y las personas se hacen más vulnerables porque les falta una red de relaciones. ¿Qué es lo que caracteriza a la pobreza en la era de la globalización? ¿Por qué es hoy más escandalosa que ayer? Hoy, a través de los medios de comunicación, el mundo se ha convertido en una aldea global, razón por la cual si antes una persona gozaba de algunos bienes en su aldea y esto le daba la sensación de que era relativamente rica, ahora ya no es así. Si la felicidad está ligada a la relación entre aspiraciones y medios, está claro que, con la expansión de la comunicación, aumentan también las aspiraciones y la diferencia entre los bienes que se persiguen y los que se alcanzan. En la competición por los bienes cada vez hay más perdedores y menos ganadores. Esto vale para Italia y para el sur del mundo. Los teléfonos móviles han llegado hasta el corazón del Africa profunda. La comunicación de masas llega a zonas y a clases sociales que hasta hace poco tiempo estaban excluidas. Siempre me ha llamado la atención, por ejemplo, la gran cantidad de antenas parabólicas que hay en las favelas de Filipinas o Brasil. Es una paradoja, sobre todo si se tiene en cuenta que en muchos casos sus propietarios no consiguen para ellos y sus familias más de una comida al día.

Una vorágine de la que no se puede salir, máxime cuando la publicidad machaconamente crea siempre nuevas necesidades…

Aquí entra en juego una cuestión educativa de fondo. Puedo decir que, en mi experiencia, las comunidades locales que tienen una dimensión de pertenencia fuerte no caen en la trampa. Es fundamental educar a la gente a usar bien el dinero, pero no desde un punto de vista paternalista. Conozco muchos casos, en la Economía de Comunión, de personas que, una vez que han alcanzado un nivel suficiente de renta, dicen: «Ahora ya tengo suficiente para seguir adelante, ayudad a otras personas». Esto quiere decir que se trata de personas educadas para no permanecer prisioneras del mecanismo infernal que crea necesidades falsas y un consumo inútil.

El PIB de los países pobres y la renta de una parte de las poblaciones del sur del mundo aumentan, pero muchas veces van acompañados de un fuerte incremento del coste de la vida, con lo que las estadísticas proclaman el éxito de la globalización pero la gente es más pobre…

Los economistas miden la calidad de la vida en relación con la “renta per capita”, pero eso no es suficiente; obedece a una lógica individualista que hay que abandonar. Imaginemos el recorrido inverso: si redujéramos la renta individual pero aumentando los servicios a las personas, resultaría que el PIB disminuiría pero la gente estaría mejor… Pues bien, en el pasado ha ocurrido exactamente lo contrario: el Fondo Monetario Internacional, muchas veces con un enfoque economicista, ha pedido a los países que cuadraran sus cuentas recortando fuertemente los gastos sociales (sanidad, educación, etc.)  Es un error gigantesco. Los bienes públicos representan una fuente de bienestar para toda la colectividad y hay que tutelarlos.

¿Está diciendo que la política juega un papel fundamental y que el mercado sólo no basta? El caso de Brasil (del que hablaremos después) es elocuente desde este punto de vista...

Hay que dejar que el mercado cumpla con su deber, pero le corresponde a la sociedad civil internacional presionar para controlarlo y corregir sus desviaciones. A la política le compete la tarea de «poner los límites» para que la globalización sea verdaderamente ética. En otras palabras, el mercado tiene que poder crear posibilidades de desarrollo, la sociedad civil vigilar y actuar en las conciencias y la política legislar para garantizar el respeto de los derechos de todos y cada uno, incluso de los excluidos del mercado. En el mercado solo «votan» los que tienen poder de compra. En los países pobres éste tiende a no ser democrático a menos que vaya acompañado de la política y la sociedad civil.

En algunas sociedades se registra cierta movilidad social, pero sigue habiendo esclavos, sobre todo en el sur del mundo…

Es cierto. Pero ¿cuáles son las alternativas? ¿Cerrar los mercados quizá? Decía Genovesi en el siglo XVIII: si impides que los ricos vivan en el lujo, les cierras la posibilidad de ser productores (tal vez inconscientes) de desarrollo. Como economista digo: hay que ver los efectos y no solo los motivos. A mí me preocupa más un paraíso fiscal como Mónaco – donde se refugian los ricachones (algunos de ellos italianos) para no pagar impuestos – que una multinacional que se deslocalice a Asia.

Usted dice que no es en el plano económico donde debemos buscar correctivos a las desigualdades…

Es evidente que si todos los empresarios actuaran por el bien común y no por el beneficio, muchos problemas no existirían (o serían menos dramáticos). Pero ¿podemos contar con las buenas intenciones de los ricos? Creo poco en ello. Se habla mucho de responsabilidad social de la empresa, pero yo creo más en la política y en la sociedad civil. A los empresarios les pido que creen desarrollo y movilidad social. Como decían los franciscanos en la Edad Media: la riqueza que no sirve es la que está estancada, como el agua en el pazo, que si no se mueve se pudre. Como economista cristiano juzgo los resultados objetivos de una economía determinada y no sólo las intenciones de quienes actúan en los mercados.

La economía crea desarrollo, pero generando desigualdades y estropeando el medio ambiente. A la política después le toca «arreglar» los males causados por la economía. ¿No le parece un poco reductivo?

La economía debe provocar desigualdades y, a la vez, sanarlas. Hay que crear riqueza y también distribuirla con conocimiento. No se trata de filantropía, sino de una tarea que forma parte de la misión de la economía y de las empresas. Pero repito: no podemos pedir que las empresas lo hagan todo. La vida buena es un juego de las partes: no debemos pasar del imperialismo de la política de los años 40-80 al imperialismo de la economía en la era de la globalización.

Pobreza y riqueza conviven en distinta medida desde hace 15-20 años: hoy también en los países pobres hay grupos de super-millonarios con un poder enorme (en Guatemala –según un obispo- una veintena de familias tiene en un puño al país). Los «nuevos ricos» muestran que no les importa mucho el bien común, igual que los colonizadores de un tiempo. Pensemos en los tesoros acumulados por algunos dictadores africanos (con la complicidad de gobiernos y empresas occidentales).

Es necesario adoptar una clave de lectura un poco más sofisticada para ciertos esquemas ideológicos. En relación con las culpas del colonialismo (nuevo y viejo) de Occidente, hay una fuerte responsabilidad de la clase política del sur del mundo.

Los economistas distinguen entre pobreza absoluta y pobreza relativa. Es cierto que muchos pobres han pasado del nivel de la miseria (1 dólar al día) al nivel superior (2 dólares al día). Pero eso, en contexto donde el coste de la vida ha crecido desmesuradamente, causa no pocos retrocesos. Sin embargo, los economistas no parecen darse cuenta de ello.

Los gobiernos optan por políticas dirigidas a los «pobres más ricos» (los que están entre 0,9 y 1). Porque es más fácil presentar políticamente un resultado como ese que invertir en una política para los «pobres más pobres», que sería, en cambio, la política más importante y urgente.

La pobreza está en el origen de un movimiento migratorio sin precedentes que tiene consecuencias sociales enormes. ¿No es un «coste» demasiado alto?

La emigración forzada a gran escala expresa una forma de pobreza, representa una herida para una comunidad porque es una fractura intergeneracional. Pero la emigración es también fuente de desarrollo. La globalización de los mercados puede reducir (en lugar de agravar) la emigración: la deslocalización lleva empresas a los países pobres. Pensemos en Rumanía: la presencia de muchas empresas italianas hace que muchas personas, en lugar de irse, se queden en el país.

Las desigualdades, cuando son tan descaradas, se convierten en fuente de inestabilidad. Las ciudades se blindad para proteger la riqueza de unos pocos.

Es una contradicción terrible, la de las «ciudadelas privadas», en las que se atrincheran los ricos en nombre de la seguridad. Las he visto en Brasil. Tenían razón los economista que, ya en siglos pasados, decían: no podemos ser felices rodeados de infelices. Si tienes que proteger tu felicidad con la fuerza, ya no es tal.

El desarrollo no es – en primer lugar – cuestión de dinero. ¿Cuál es la aportación específicamente cristiana a la lectura de la cuestión pobreza-riqueza?

Señalaría cuatro palabras clave. La primera es subsidiaridad y se explican con un eslogan de monseñor Giancarlo Bregantini: «sólo tú lo puedes lograr, pero no puedes lograrlo tú solo». La ayuda es subsidiaria, debe crear las condiciones para ponerse en marcha. Si se convierte en sustitutiva termina en paternalismo. La segunda dimensión del cristianismo es la proximidad: la pobreza se resuelve acompañando a personas concretas y arriesgando con ellas en las situaciones de la vida. La filantropía ya existía en tiempos de Séneca, pero el cristianismo introduce un elemento nuevo: pasa de hacer las cosas “por el pobre” a hacerlas “con el pobre”. El tercer principio clave dice que los bienes que no se comparten no pueden ser fuente de alegría. Para el evangelio la dimensión de la comunión es decisiva. Por último: un rico (ya sea un individuo o un país) no ayuda de verdad a otro menos rico si no es capaz de estimarlo, si no consigue verlo más que como un problema. Cuando eso ocurre, el otro no se involucra; por el contrario, se aprovecha porque se siente tratado como un objeto. El mecanismo de ayuda se convierte en un pacto cruel entre quienes se lavan la conciencia con la solidaridad y el pobre que explota la generosidad de quien posee.

«Demasiado pobres» o «demasiado ricos». Japón está en los primeros lugares por PIB y sin embargo tiene una cantidad descorcentante de suicidios cada año. Esto confirma que también los «demasiado ricos» pueden vivir mal. ¿Por qué?

En las procesiones medievales, donde los grupos se colocaban según el censo, los forasteros iban junto con los pobres porque, como tales, no podían tener amigos. Aristóteles nos enseñó una verdad antigua que sigue siendo válida todavía hoy: feliz el hombre que tiene amigos. La riqueza puede ser un obstáculo para conseguir la felicidad, como también puede ser un instrumento precioso si se comparte y se pone en circulación. En una comunidad que cuenta con empresarios acomodados (pienso en la realidad que conozco, la Economía de Comunión) es «natural» poner en común los bienes o parte de ellos.

¿Tienen razón los que dicen que la Iglesia presta demasiada atención a temas como el de la bioética y demasiada poca a temas sociales? ¿Seguimos siendo capaces de indignarnos como en los tiempos de la Populorum Progressio?

Una premisa. La Iglesia – no lo olvidemos – es una realidad mucho más amplia que la jerarquía y, desde este punto de vista, me parece que la acción y el pensamiento de muchos sujetos (movimientos, grupos, órdenes religiosas) muestra también hoy una Iglesia que se sigue ocupando de la pobreza, las injusticias y de pobres concretos. Es cierto –es un hecho- que desde la caída del comunismo, el magisterio de la Iglesia en temas socio-económicos es menos fuerte.

¿Por qué?

Hace veinte años en Occidente no se discutía la cuestión de la vida y sus fundamentos. Desde el momento en que, como ocurre hoy, hay un fuerte ataque contra las bases mismas de la vida, la vida se ha convertido en un «bien escaso», lo que explica el compromiso decidido en ese campo. Hay que decir también que la acción de la Iglesia ha hecho que se desarrollen nuevas sensibilidades en el ámbito político y social (ONG, agencias de la ONU, etc.). Pero, por contra, la Iglesia se ha quedado sola en la cuestión de la vida.

¿Qué espera de la encíclica social de Benedicto XVI, cuya publicación debería estar ya próxima?

Espero menos análisis económicos y más profecía. Espero una Iglesia capaz de indignarse, que se tome la libertad de decir lo que otros no pueden decir por respeto a los poderosos. La Iglesia no debe ser prudente, puede y debe “desequilibrarse”, no tiene que rendir cuentas ante nadie más que el Evangelio. Por eso tiene la libertad de servir a la verdad, no puede ser ideológica. Porque, a diferencia de otros, no tiene accionistas de referencia en esta tierra. Y por eso puede desempeñar una gran tarea cívica, para todos.

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¿Cuál es el problema de fondo? Generar riqueza y hacer que circule. Dando a todos carta de ciudadanía en el mercado global

entrevista a Luigino Bruni

publicada en missionline.org el 22/12/2008

Incluso los críticos tienen que reconocer, con las cifras en la mano, que la globalización ha traído más bienestar a la población mundial en su conjunto. En 1981 más del 40% de la población mundial se encontraba por debajo del umbral de la pobreza absoluta; hoy la cifra ronda el 21%. Sin embargo, a causa del crecimiento demográfico, el número de pobres en términos absolutos solamente ha bajado en 130 millones. Mientras tanto, el índice de Gini – que mide la desigualdad que hay en el mundo – ha aumentado durante los últimos años en 7 puntos, lo que equivale a un 20%. Esto quiere decir que el desarrollo ha conocido y conoce dinámicas muy distintas de un país a otro e incluso dentro de las fronteras de un mismo país. ¿Cómo podemos interpretar todo esto? ¿Y qué hacer para que la globalización sea lo más humana posible? De todo ello hablamos con Luigino Bruni, profesor de economía política en la Universidad Bicocca de Milán, además de teórico de la Economía de Comunión del Movimiento de los Focolares.

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Otra globalización es posible

¿Cuál es el problema de fondo? Generar riqueza y hacer que circule. Dando a todos carta de ciudadanía en el mercado global entrevista a Luigino Bruni publicada en missionline.org el 22/12/2008 Incluso los críticos tienen que reconocer, con las cifras en la mano, que la globalización ha traído más b...