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[introtext] => ¿Qué quiere decir tener una misión en la vida? ¿Es posible hablar de “vocación civil”? Se lo hemos preguntado al economista Luigino Bruni, que desde hace tiempo aborda estos temas en los artículos que escribe para el diario italiano Avvenire.
Paolo Balduzzi
Original italiano publicado en unitedworldproject.org el 15/02/2019
Profesor Bruni, empecemos aclarando el concepto de “vocación civil”…
Yo no habría añadido lo de “civil”, porque toda vocación es civil. También la vocación de una monja de clausura es civil, porque tiene que ver con la vida humana. Una monja de clausura puede vivir una vida apartada, pero su vocación mira siempre a la humanidad, reza por todos.
[fulltext] => ¿Qué es la vocación?
Respondo a partir del dato empírico de que en el mundo existen vocaciones. En todos los ámbitos de la vida hay personas que sienten una llamada interior a desempeñar una tarea. Los lugares más fuertes son la vida artística, la religiosa y un poco también la científica. En un momento y en un lugar determinados, sientes una llamada interior, en la conciencia, algo que te llama interiormente y te pide que hagas algo. Y tú sientes que tu vida se juega en esa tarea. Esto es la vocación. A esta “voz” algunos la llaman Dios, otros la oyen sin más, pero la existencia de este tipo de personas que hacen que el mundo sea más hermoso es un dato concreto, histórico, empírico. El mundo es más bello porque hay vocaciones, porque hay gente que vive la vida como tarea, compromiso y destino.
¿Hay alguna característica distintiva de la vocación?
Pienso que esta tarea, este destino, tiene que ver no tanto con lo que hacemos como con “quiénes somos”. Por tanto, tiene que ver con la identidad, con nuestro lugar en el mundo. Eso no quiere decir que sea esta la única dimensión de la persona. Cada persona tiene varias identidades, varios elementos: es madre, padre, durante muchos años es trabajador…, pero hay una dimensión especialmente fuerte de la vida que te hace decir “yo soy pintor”, y no solo “yo pinto”.
Pero algunas veces, tal vez por miedo, cuando oímos la voz miramos hacia otro lado…
Como en las alianzas verdaderas, como en los matrimonios, la vocación tiene que ver con la sangre y con la carne. Tú puedes dejar una alianza, puedes romper un pacto, pero la carne queda marcada para siempre, porque es una cuestión de carne y no de ideas.
Tú oyes la voz cuando estás en una determinada condición y después, a lo mejor, las circunstancias de la vida cambian… ¿qué quiere decir ser fiel a una vocación?
Esta voz no está fija. Es una alianza y por tanto crece contigo. A mí me gustaría cambiar el pacto que se lee en las bodas, que en italiano dice: “Yo prometo recibirte como esposa y serte fiel siempre, en las alegrías y en las penas". Yo en cambio diría: “Te recibo como esposa y prometo serte fiel siempre, fiel a lo que eres hoy y a lo que serás mañana, que ni tú ni yo sabemos cómo será”. Porque el problema de las vocaciones, de los pactos, es que cambiamos los dos, cambia la “voz” y cambias tú. Por eso digo: “prometo ser fiel a lo que eres hoy y a lo que serás mañana, que ni tú ni yo sabemos cómo será”. Sin embargo, cuando dejamos a alguien, le decimos: “¡Es que has cambiado…!” Pero el ser humano no es una momia que permanece intacta toda la vida.
Entonces ¿la vocación tiene que ver con nosotros mismos, no es solo algo religioso?
Absolutamente sí, si bien en un libro tan grande como la Biblia se habla mucho de la vocación, de qué forma adquiere la vocación… Te cuento algunas figuras que me parecen muy interesantes. Después cada uno puede reconocerse más en unas que en otras, pero todas son muy bellas. La primera que encontramos, no en orden histórico sino porque es muy famosa, es la vocación de Abraham. Abraham es un hombre ya adulto que, en un momento determinado, escucha una voz que le llama por su nombre y le invita a salir, prometiéndole una “tierra nueva”, que mana leche y miel. En aquellos tiempos eso representaba la máxima abundancia; es como hoy dijéramos: “te daré caviar”. En aquel mundo los hijos eran el paraíso, porque en el Antiguo Testamento no hay una idea del paraíso en el más allá. El único paraíso eran los hijos, la forma de poder seguir viviendo después de la muerte. La promesa de Abraham es una promesa de felicidad: tú sientes un encuentro con una llamada y ahí ves tu felicidad: “Ve, sal, haz este trabajo, sigue (por ejemplo) tu vocación artística, y serás feliz”. Así pues, la promesa de felicidad es una estructura muy común a muchas vocaciones, sobre todo juveniles, porque los jóvenes quieren ser felices.
Bueno, también los más maduros quieren ser felices…
¡Claro que sí! Además, puedo decirte que muchas vocaciones se reciben durante el trabajo. No hay nada más bello. El trabajo es un lugar donde Dios te habla, y con esto llegamos a la segunda forma: Moisés, por ejemplo, está trabajando, es pastor, cuando ve una zarza ardiendo que le llama: “Ve y libera a mi pueblo esclavo en Egipto”. No hay ninguna tierra prometida, ninguna felicidad. Hay una tarea de liberación de esclavos, hasta tal punto difícil que Moisés dice: “Yo no voy, manda a mi hermano Aarón, yo no se hablar”. Hay poca felicidad. Es la vocación como tarea: debes hacer esto, porque la vida es así. Lo sientes por dentro y debes hacerlo.
¿Hay algunos ejemplos que nos ayuden a entender mejor cómo se concreta una vocación?
Está el esquema de la vocación de Samuel, que a mí me gusta mucho. Samuel es una figura muy interesante, porque es un muchacho destinado al templo desde niño, que vive y crece en el templo, pero todavía no conoce al Señor. Hasta que una noche el Señor mismo le llama. Pero el sacerdote anciano, Elí, no lo entiende y le manda a la cama por tres veces. Hasta la tercera llamada no entiende que Samuel es llamado por Dios. ¿Qué quiere decir esto? Que hay gente que no lo entiende inmediatamente, que necesita varias llamadas y necesita también a Elí. Elí es el nombre de este sacerdote anciano, un experto de la palabra, un experto de la vida espiritual, que dice: “¡Atención: es el Señor!”. Pero Elí quiere esperar tres veces, como diciendo que en estas cosas se necesita paciencia. A veces las vocaciones se pierden porque no se espera y en seguida se dice: “mira, sí, el Señor te llama”, o porque falta un Elí que enseñe qué hacer. En cuanto a concretar, como dices tú, te digo que pienses en el dato estupendo de que Samuel, cuando se hace mayor, consagra a Saúl, el primer rey, en la periferia de la ciudad y no en el templo. Me gusta mucho que un hecho fundamental de la historia bíblica ocurra en una periferia, en las afueras de una ciudad y no en el templo. También Moisés es encontrado mientras pastorea las ovejas, y los apóstoles mientras pescan. A mí esto me gusta mucho: ¡la laicidad de la vida! Las cosas más importantes acontecen mientras trabajas, mientras friegas los platos, mientras conduces el coche. Esta es la laicidad de las vocaciones: ocurren donde vives, donde estás. Por la historia de los evangelios parece que el arcángel Gabriel mismo visita a María en su casa, no en el templo, y yo estoy convencido de que posiblemente ella estuviera lavando los platos u ordenando la habitación.
Sin embargo, hoy es difícil oír esa voz en medio de un ruido de voces que dicen otras cosas, que indican otros caminos, pero también en medio de mil deberes y tareas…
Mira, yo soy un gran admirador de Noé, porque Noé es un hombre justo en un mundo que después de Caín se ha estropeado, un mundo donde la gente mataba a un muchacho por un rasguño, donde se había llegado a una guerra de todos contra todos. Dice la Biblia que solo quedaba un justo: Noé. Tú puedes salvar una ciudad entera aunque solo quede uno. Puedes salvar una empresa o una familia si queda uno. No hacen falta cincuenta, pero sí hace falta uno que sepa escuchar y responda a una vocación: eso significa “justo”. Después, este “uno” encuentra compañeros. Pero en el fondo Francisco era uno, Chiara era una. Empieza con uno que te llama: “¡Francisco!”, “¡Chiara!”, “¡Noé!”. Un “uno” y un “justo” que responde a una llamada sin padre. Noé en la Biblia no habla con Dios, habla construyendo el arca. Dios le dice: “construye un arca” y él lo hace. Hay algunas personas que se convierten en Noé haciendo un arca. Sienten una llamada a construir un arca. No saben de quién es la voz, pero sienten un impulso, construyen el arca y después, tal vez tras muchos años, descubren de quién es la voz. El arca es una imagen: puede ser una familia, un compromiso en política, en el conservatorio, en la profesión. Lo importante es que, antes o después, llega el momento “del arca”. Muchas vocaciones comienzan como Abraham: “Ve, te haré feliz” y acaban como Noé. Es decir, empiezas por tu felicidad y acabas por la felicidad de los demás. Sales para ser feliz y un día te das cuenta de que lo verdaderamente importante no es tu felicidad sino salvar a otros.
A lo mejor uno se pasa toda la vida buscando su vocación… y no la descubre.
Este tipo de vocaciones no tiene edad. Puede llegar incluso poco antes de morir. Tú puedes descubrir que eres un poeta a los 80 años. No lo sabías y haces una poesía, pero esa poesía ha estado preparada por 80 años de vida. Esto es fundamental. Las vocaciones florecen, la vida funciona, cuando llega el arca y tú te olvidas de ti mismo y salvas a alguien. Puede ser un arca, puede ser un velero, un yate o una canoa, pero no un monoplaza, no un K-1, por lo menos un K-2. Hace falta alguien cercano; debes salvar a uno. Esto, en mi opinión, es una bonita forma de imaginar la vida, una vida que comienza pensando en uno mismo y acaba pensando en los demás. Tú sientes que haces elecciones más verdaderas que las que responden solo a tu felicidad privada. La felicidad de todos es la más importante. Esto son las vocaciones, más allá de cómo hablan (con un lenguaje religioso, laico o artístico). Hace falta “uno” que se sienta llamado y responda, uno que busca la felicidad y después, un día, comprende que esa felicidad pasa por construir un arca para salvar a otros, para salvar a alguien.
Entonces ¿cuáles son los “lugares” de las vocaciones?
Si queremos saber dónde se encuentran hoy estas vocaciones en el mundo, debemos ir a buscarlas sobre todo en las periferias existenciales, en las pateras de los inmigrantes, en los lugares donde se lucha por los derechos humanos, por el medio ambiente, por los refugiados, por los presos, por los pobres…
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“La Iglesia se ha convertido posiblemente en la única agencia que sigue hablando del bien común y de los últimos”. Con estas palabras describe el economista Luigino Bruni a SIR el trabajo que se está realizando desde esta mañana en la casa Pio IV del Vaticano para ver “cómo cambian las relaciones entre mercado, estado y sociedad civil”. Se trata de un congreso internacional promovido por la
La Economía de Comunión (EdC) fue iniciada por Chiara Lubich hace veinticinco años, en mayo de 1991, al comienzo de los grandes cambios que hoy vemos en (casi) todo su desarrollo. Estábamos en el día siguiente de la caída del muro de Berlín, pocos días después de la publicación de la encíclica Centesimus annus (1 de mayo), donde Juan Pablo II, bajo el impulso del Espíritu Santo y del espíritu del tiempo, expresaba una valoración nueva y positiva de la empresa y del libre mercado.
En realidad, siempre han tenido un pie fuera, empezando por la moneda, la conducción por la izquierda e incluso el sistema métrico. Representan la quintaesencia de la antítesis: fueron los primeros en dar el voto a las mujeres, los primeros en llevar minifalda, los primeros en tener una red de alcantarillado, pero no hay nadie tan conservador como ellos. Mantienen sólidos vínculos con el ex imperio a través de la Commonwealth, una monarquía bien asentada en el trono, y organizan paradas militares y salvas de cañón cada tanto. La pregunta es: ¿se han sentido europeos alguna vez?
En el humanismo bíblico, cada jubileo es un jubileo de la misericordia. Pero sobre todo se trata de una misericordia social, política y económica. En el jubileo hebreo, era fundamental liberar a los esclavos que habían caído en esa situación por las deudas. Si queremos que este jubileo no se quede en un asunto privado e íntimo de cada cristiano, debemos aprovechar esta gran oportunidad que nos proporciona el Papa Francisco para poner en marcha grandes iniciativas de perdón y misericordia económica, bancaria y cívica. Por ejemplo, preguntándonos acerca de las finanzas, las deudas y los esclavos de nuestro tiempo, que han sido reducidos a la esclavitud por un sistema equivocado.
En una pequeña iglesia baptista de Montgomery, Alabama, escuché el sermón más extraordinario de toda mi vida. El tema era el libro del Éxodo y la lucha política de los negros del Sur. Desde el púlpito, el predicador imitó con gestos la salida de Egipto y expuso las semejanzas con el presente; se dobló bajo el látigo, retó al Faraón, dudó tembloroso ante el mar, y aceptó la alianza y la ley al pie de la montaña.
"Y esta sangre huele como el día en que un hermano dijo al otro: «Vamos al campo»."
Estos comienzos del siglo XXI serán recordados, entre otras cosas, por el final del capitalismo, que caracterizó a buena parte del siglo XX. El capitalismo se ha convertido en el ambiente donde vivimos y nos movemos. Estamos tan inmersos en él que hemos perdido la capacidad cultural de verlo desde fuera para analizarlo, criticarlo y dirigirle las preguntas fundamentales sobre la equidad, la justicia y la verdad.
colares, lanzó a principios de los años 90 en Brasil el proyecto Economía de Comunión (EdC), pidiendo a los empresarios que se ocuparan directamente de la pobreza que había a su alrededor. Veintitrés años después, más de un millar de empresas de muchos países del mundo y cientos de miles de ciudadanos forman parte de esta realidad de la EdC, que lleva a cabo muchos proyectos de desarrollo y apoya el estudio de los jóvenes. Todas estas personas se comprometen, de distintas formas, a vivir y contar una economía distinta, centrada en los principios de reciprocidad, gratuidad y justicia. La experiencia y las ideas de la Economía de Comunión están también en la base de lo que se conoce como “economía civil”, un archipiélago de ideas y prácticas cada vez más extendido, no sólo en Italia.
El Movimiento nace como una gran corriente de amor evangélico, como una vuelta a la palabra vivida por los laicos y las mujeres (al principio todas eran muchachas jóvenes), como un anticipo de la espiritualidad del Vaticano II. El evangelio se puede vivir y no sólo meditar.
ra Lubich. Pero la dinámica carisma/institución supera la mera dimensión religiosa. También la vida civil es un juego, una dialéctica, entre instituciones y carismas. Los carismas innovan y las instituciones siguen y universalizan las innovaciones. Ciertamente seríamos civilmente mucho más pobres sin las innovaciones humanas y sociales de muchos cooperadores, de Gandhi, de Martin Luther King, de Doroty Day, de Don Oreste Benzi. Los carismas son los que desplazan hacia delante los "límites de la humanidad", porque ven antes que las instituciones y de forma distinta. También el Movimiento de los Focolares está innovando hoy en ámbitos decisivos de la humanidad, dentro y fuera de las fronteras de las iglesias y las religiones. Chiara hizo de mediadora en los contactos entre Pablo VI y el patriarca ortodoxo Atenágoras, habló en la mezquita de MalcomX en New York, fue proclamada Mafua (reina) por el pueblo Bangua en Camerún. Y lanzó la Economía de Comunión e impulsó la Economía Civil.
Regreso de una escuela de verano sobre Economía de Comunión en París y mientras sobrevuelo los cielos de Europa, pienso en nuestro capitalismo. Quizás porque en Francia hace nada que han cambiado al ministro de economía, quizás porque acabo de despedirme de cincuenta jóvenes atraídos por una economía más fraterna y participativa, o bien porque el corazón piensa en otros funestos aviones que vuelan sobre tantas tierras martirizadas por las guerras, de todos modos no puedo dejar de pensar en nuestra economía de mercado, en nuestras crisis, y en los muchos africanos y marroquíes que he visto por las calles parisinas y por sus periferias existenciales, económicas y culturales.
demasiado a disgusto en este vuelo mientras evoco con un poco de nostalgia a los jóvenes de distintos países del mundo que acabo de dejar.
