Alma económica

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Ánima económica/5 – El impacto de la “Rerum Novarum” y de la “Quadragesimo Anno” superó las expectativas iniciales. León XIII y Pío XI proponían una “tercera vía” entre capitalismo y socialismo como una forma de restauración. Y nacieron cooperativas, escuelas, cajas rurales, mutuales, etc.

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 08/02/2026

La historia del impacto que tuvo la primera etapa de la Doctrina Social de la Iglesia es un importante y largo capítulo de la heterogénesis de los fines, es decir, de efectos muy a diferentes a los que figuraban en las intenciones de quienes la desearon y la condujeron. De hecho, León XIII y Pío XI escribieron sobre la ‘cuestión social’ porque estaban preocupados por el crecimiento del movimiento socialista y su promesa de eliminar la propiedad privada, y entonces les propusieron a los católicos una ‘tercera vía’ entre capitalismo y socialismo, entendida como una vuelta y una restauración del orden social medieval con sus ‘corporaciones’ (gremios) de artesanos. Hasta ahí, las intenciones de los que escribían, pero lo que ocurrió fue la explosión de un gran movimiento de cambio social que contribuyó definitivamente a preparar una Italia y una Europa moderna, tanto en la reducción de las desigualdades como en la superación del antiguo régimen. La realidad fue superior a la idea. Los años que van de la Rerum Novarum (1891) a la Quadragesimo Anno (1931) vieron nacer miles de iniciativas sociales, económicas y políticas de los católicos que no buscaron la tierra prometida mirando hacia atrás, sino que la realizaron mirando hacia adelante en la línea del horizonte. Y el que aceptó la invitación a reconstituir las antiguas corporaciones medievales fue, en cambio, el fascismo, en un efecto que no estaba en las intenciones ni de los papas ni de los fascistas.

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En realidad, las diferencias entre el corporativismo católico y el corporativismo fascista eran profundas. Por ejemplo, el fascista nació del sindicalismo revolucionario y del pensamiento hegeliano, y era radicalmente idólatra del Estado y anti-subsidiario. Pero las semejanzas y las concordancias eran significativas e igual de reales. La corporación fascista era una visión ideológica construida sobre la concordia forzosa y la armonía impuesta entre los intereses de los capitalistas y los intereses de los trabajadores. Esta concordia partía de la empresa: “Era necesario un nuevo sentido de la dignidad humana que establezca la premisa moral y social de un orden jurídico que pusiera al trabajo como sujeto de la economía y que, reconociendo los intereses individuales, los coordine en función de vías más generales” (F.M. Pacces, Introduzione agli studi di aziendaria, 1935). El corporativismo se presentaba entonces como una defensa al trabajo, al salario y a los trabajadores – un tema muy importante para la Iglesia.

Giuseppe Bottai, uno de sus principales creadores, veía en la corporación “la institución en la que se concretiza la colaboración entre las distintas clases y categorías. Empleadores, empleados, profesionales, artistas, artesanos e incluso funcionarios, pueden marchar juntos y en total consonancia sin detenerse en la pérfida sombra de la tradición democrática” (La Carta del lavoro, 1927). Unos años antes, Giuseppe Toniolo había propuesto “un ideal corporativo en el que estuviesen representados ambos elementos hoy en conflicto, propietarios capitalistas por un lado y trabajadores desposeídos por el otro, en el que habría una armoniosa coincidencia de intereses de patrones y de obreros” (Indirizzi e concetti sociali, 1900). A lo largo de su vida, Toniolo nunca se cansó de alabar las corporaciones medievales con el fin de proponer su restauración: “Así es como se erigen gremios intermedios entre los individuos y la universalidad, o sea, entre los individuos y el Estado, cuya elaboración, defensa y desarrollo fueron mérito singular de la Iglesia… Fuerzas intermediarias que impedían el choque de los dos extremos” (1893). Las corporaciones, por lo tanto, habrían implentado una armoniosa colaboración de todas las clases en favor de un bien común, el tan deseado orden social, claramente piramidal y perfecto - son los años en que la Iglesia se autodefinía nuevamente como ‘societas perfecta’ (León XIII, Immortale Dei).

Si estudiamos con atención el llamado a que vuelvan las corporaciones medievales lanzado por la Doctrina Social católica, nos damos cuenta de que es una expresión de algo mucho más profundo que la pura economía. Es parte de la complicada relación entre la iglesia católica y el mundo moderno, y por lo tanto de la restauración de la cristiandad medieval. La reconstrucción del orden social es también el subtítulo de la encíclica Quadragesimo Anno, pero ya había sido propugnada décadas antes por Toniolo: “El programa de restauración del orden social sigue siendo, por tanto, la terapia del diagnóstico”, de la enfermedad moderna. Por lo tanto, “hoy urge restaurar aquel orden social cristiano que la iglesia había admirablemente elaborado y madurado durante siglos mediante luchas titánicas: un origen social que la Reforma fue transfigurando y fracturando poco a poco hasta llegar al atomismo de hoy”. Y entonces, como vía maestra, “conviene ceñirse de nuevo a las tradiciones de la Edad Media, nubladas, obstruidas y cercenadas desde la Reforma hasta aquí” (1893). El regreso a la Edad Media era el medio, el fin era la restauración. Para Toniolo y su escuela (Fanfani), la raíz de la decadencia del orden social es anterior a la Reforma: “La herejía de Lutero demuestra su filiación con el Humanismo”, porque, citando a Erasmo, Lutero abrió “el huevo que había sido puesto por alguna mano larga”: es el huevo de la centralidad del hombre y de su “libre albedrío”, donde se encontraría el origen de todos los males de la modernidad, que luego iban a desembocar en el Liberalismo y el Socialismo.

Y acá tenemos que empezar una reflexión seria sobre esta bizarra lectura católica de la historia y el Humanismo. Acerca de esto Dietrich Bonhoeffer le escribía desde la cárcel a su amigo Eberhard el 8 de junio de 1944, pocos meses antes de ser ahorcado por los nazis: “El ataque de la apologética cristiana contra la adultez del mundo me parece en primer lugar absurdo, en segundo lugar innoble, y por último no cristiano. Absurdo, porque viene a ser como un intento de retrotraer a un hombre mayor de edad a la época de su pubertad, es decir, de volver a hacerlo depender de muchas cosas de las que ya se ha independizado, y de enfrentarlo con problemas que, de hecho, han dejado de ser problemas para él’’ (Resistencia y sumisión: cartas y apuntes desde el cautiverio). Y el 17 de julio, en otra carta, continuaba el diálogo: “Dios, como hipótesis de trabajo, ha sido eliminado y superado en moral, en política y en ciencia; pero también en filosofía y religión… ¿Dónde queda, pues, un sitio para Dios?, se preguntan ciertas almas acongojadas, y como no encuentran ninguna respuesta, condenan en bloque a toda la evolución que los acarreó a semejante calamidad”. Y entonces buscan “distintas salidas de emergencia que conduzcan fuera de este espacio que tanto se ha estrechado”, como por ejemplo “el salto mortal para volver a la Edad Media”. Pero “el retorno a ese sistema sólo puede ser un acto de desesperación, que únicamente puede conseguirse a costa de sacrificar la honestidad intelectual. Es un sueño en el aire: ‘¡oh, si conociera el camino de regreso, el largo camino que conduce a la niñez!’. Ese camino no existe, y si acaso existe no pasa por la arbitraria renuncia a la honestidad interior”. Entonces, se trata de intentos absurdos, deficientes y sobre todo no cristianos, al menos no coherentes con el espíritu evangélico (el cristianismo nunca fue solo evangelio).

En sus instituciones, la Iglesia católica nunca supo, al menos hasta el Concilio Vaticano II (y más allá), leer el proceso de ingreso a la adultez de los hombres y mujeres que empezó a finales de la Edad Media como un proceso intrínseco a la lógica evangélica misma, como un árbol desarrollándose desde la misma semilla de la Revelación. Se asustó mucho frente a ese niño vuelto hombre, y durante varios siglos hizo de todo para reconducirlo al estadio infantil, a aquel orden jerárquico donde todo era más simple, también porque en la cima había obispos, monjes y papas, que casi siempre eran parte integrante y esencial de ese orden jerárquico y desigual. Por lo tanto, en lugar de ver el crecimiento de un hijo como el evento más feliz de toda la existencia, la Iglesia post-medieval no reconoció en ese rostro adulto el mismo rostro del amado niño. Y perpetró así una suerte de incesto, impidiéndole a aquel niño volverse grande, autónomo y libre. Durante al menos medio milenio ha soñado un mundo que ya no existía. Sueños que, de vez en cuando, se han convertido en pesadillas.

Pero – y esto es una buena noticia – la Iglesia no es solo aquella que está marcada y ritmada por los documentos, los libros y las directivas del magisterio. El Reino de los cielos es más amplio, más profundo y más alto que aquel de los templos y los palacios. Y así, mientras León XIII y Pío XI escribían que la desigualdad era imposible de eliminar de la sociedad: (“no se puede igualar en la sociedad civil lo alto con lo bajo”: Rerum Novarum, §12), miles de católicos, laicos, religiosos, hermanas y párrocos dieron vida, sin embargo, a cooperativas, cajas rurales, sociedades de socorro, etc. El movimiento cooperativo entre el siglo XIX y XX fue un gran instrumento de reducción de las desigualdades, una verdadera y seria ‘tercera vía’, porque puso en discusión los derechos de propiedad y de ganancias. Y cuando en una empresa cambian los derechos de propiedad, ya estamos más allá del capitalismo. La época que siguió a la Rerum Novarum fue realmente una época de auténtica profecía enconómica, que en el ámbito católico sigue sin ser superada.

Pero hay más. Innumerables ‘obras’ hechas por fundadores y fundadoras de congregaciones religiosas, inventaron la educación de niños y niñas pobres, crearon el “país de los juguetes” más hermoso para los niños pobres: la escuela. Una acción extraordinaria y estupenda en Italia, en Europa y en las misiones, porque los países que hoy tienen los niveles más bajos de desigualdad son los que ayer invirtieron más en la educación pública y universal (Thomas Piketty).

El milagro económico y social del siglo XX fue también resultado de que los niños pobres hayan podido estudiar, gracias a los carismas y al impulso que también dieron las primeras encíclicas sociales. Tal vez aquellos papas querían otra cosa, pero sin querer dieron vida a algo fantástico, para la Iglesia, para los pobres, para todos. La heterogénesis de los fines es otro de los nombres de la Providencia.

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Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 08/02/2026

La historia del impacto que tuvo la primera etapa de la Doctrina Social de la Iglesia es un importante y largo capítulo de la heterogénesis de los fines, es decir, de efectos muy a diferentes a los que figuraban en las intenciones de quienes la desearon y la condujeron. De hecho, León XIII y Pío XI escribieron sobre la ‘cuestión social’ porque estaban preocupados por el crecimiento del movimiento socialista y su promesa de eliminar la propiedad privada, y entonces les propusieron a los católicos una ‘tercera vía’ entre capitalismo y socialismo, entendida como una vuelta y una restauración del orden social medieval con sus ‘corporaciones’ (gremios) de artesanos. Hasta ahí, las intenciones de los que escribían, pero lo que ocurrió fue la explosión de un gran movimiento de cambio social que contribuyó definitivamente a preparar una Italia y una Europa moderna, tanto en la reducción de las desigualdades como en la superación del antiguo régimen. La realidad fue superior a la idea. Los años que van de la Rerum Novarum (1891) a la Quadragesimo Anno (1931) vieron nacer miles de iniciativas sociales, económicas y políticas de los católicos que no buscaron la tierra prometida mirando hacia atrás, sino que la realizaron mirando hacia adelante en la línea del horizonte. Y el que aceptó la invitación a reconstituir las antiguas corporaciones medievales fue, en cambio, el fascismo, en un efecto que no estaba en las intenciones ni de los papas ni de los fascistas.

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La Doctrina que miraba hacia la Edad Media terminó generando obras y subsidiariedad

La Doctrina que miraba hacia la Edad Media terminó generando obras y subsidiariedad

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Ánima económica/4 – El proyecto de una creíble alternativa cristiana al socialismo y al liberalismo dentro de su propia época y absorviendo las tensiones

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 01/02/2026

Después de la publicación de la Rerum Novarum, la práxis económica, política y social de los católicos tuvo una primavera multicolor y animadísima. Se multiplicaron las asociaciones obreras, las mutuales, los sindicatos católicos y, sobre todo, explotaron las cooperativas y las cajas rurales. Los efectos de la encíclica fueron desmesurados con respecto a lo que se preveía, porque la realidad es siempre superior a la idea de la realidad, y se impone con una libertad indómita. En el plano de las ideas, economistas y sociólogos católicos dieron vida a una nueva e intensa temporada de estudios, periódicos e instituciones culturales. Su gran precursor en Italia fue Giuseppe Toniolo, el economista más influyente en la Iglesia post Rerum Novarum, y el intérprete más importante de las “partituras” de León. Las mejores contribuciones científicas que Toniolo produjo en el ámbito de la historia económica se dieron en la primera parte de su carrera (los años 80’ del siglo XIX). Sin embargo, su trabajo como economista teórico fue modesto, y no fue apreciado por los mejores economistas – en 1909 Pantaleoni le escribía a Pareto: “En Pisa la Economía fue asesinada por el buen Toniolo”.

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Su lectura de la historia era perfectamente coherente con la de León y el neotomismo. El punto de quiebre y de inicio del declive italiano y europeo es identificado con el Humanismo, al que intepreta como un fenómeno pagano y como una decadencia de la escolástica. El siglo XV sería entonces el momento en que se cometió el gran error, cuando se efectuó “la transición de la Edad Media cristiana a la Edad Moderna, del orden social elaborado por la Iglesia al orden social humano de la pura razón” (1893). Con el Humanismo el fin “es el hombre, en quien prevalece inevitablemente la utilidad, lista para degenerarse en egoísmo”. El crecimiento del hombre es interpretado como una disminución de Dios (y viceversa), como si el juego humano-divino fuese un juego de suma cero (-1/+1), una tesis que tristemente se encuentra mucho en el pensamiento católico de la Contrareforma.

Se llega a crear así una convergencia natural entre el Toniolo historiador de la economía florentina, centrada en los gremios de artesanos, y León XIII, que señalaba a esas instituciones medievales como la solución a la lucha de clases socialista y como superación del individualismo liberal. Esta tendencia restauradora del pensamiento de Toniolo fue observada también por Alcide De Gasperi: “En la urgencia de oponer al futuro Estado socialista un ideal cristiano valoró quizás de forma exagerada la democracia comunal y corporativa del medioevo: los aspectos luminosos de una época de la que no se habían destacado suficientemente las sombras” (1949). La búsqueda de una ‘tercera vía’ fue por lo tanto el gran proyecto de Toniolo y de su escuela, convencido de que la reconstitución social cristiana podría haberse logrado solo si los católicos hubieran tenido la precaución de “combatir, por un lado, la economía individualista y liberal, y por el otro la economía panteísta o el socialismo de Estado” (1886). No nos sorprende entonces que el padre Agostino Gemelli, fundador de la Università Cattolica del Sacro Cuore, titulara ‘Medievalismo’ al primer artículo de ‘Vita e Pensiero’, un texto que empieza con estas palabras: “Este es nuestro programa: nosotros somos medievalistas”. Y continuaba: “Me explico, nosotros nos sentimos profundamente distanciados, más bien enemigos, de la llamada ‘cultura moderna’” (1914).

Entre tanto, Pío X había ascendido al trono papal en 1903, y luego Benedicto XV en 1914. Sus grandes temas fueron la reacción al modernismo y la Primera Guerra Mundial (‘la inútil masacre’). El combate de Pío X contra el modernismo, definido como “la síntesis de todas las herejías” (Pascendi Dominici Gregis, 1907), es la expresión perfecta de la línea anti-moderna iniciada en el siglo XIX por sus predecesores. Pío X usó muchos recursos para esta pelea, creó una nueva estructura de inquisición para detener la epidemia, la Sodalitium Pianum, una red secreta de inspectores para identificar y señalar a teólogos con aires de modernismo. Pío XI fue, por el contrario, el que continuó explícitamente la doctrina sobre la cuestión social. La mejor ocasión fue el aniversario de la Rerum Novarum, la Quadragesimo Anno (1931), una encíclica que, tal como subrayaba el padre Gemelli, “no es solamente la más solemne exaltación de la Rerum Novarum, y su más autorizado comentario, es sobre todo un desarrollo orgánico”. Pío XI define a la Rerum Novarum como la ‘magna carta’ (QA §39) del orden social, porque había indicado un nuevo camino a las masas obreras “sin recurrir al auxilio del liberalismo ni del socialismo, el primero de los cuales se había mostrado absolutamente impotente para dirimir de manera adecuada la cuestión social, y el segundo, puesto que propone un remedio peor que el mismo mal, habría arrojado a la humanidad a más graves peligros” (§10). Pío XI reafirma entonces la visión social de la Iglesia como una tercera vía que quiere “evitar con todo cuidado dos escollos contra los que se puede chocar” (§46), navegando entre Escila (Liberalismo) y Caribdis (Socialismo): «Incidit in Scyllam cupiens vitare Charybdim» (Liberatore, 1889). Se retoma y se desarrolla el importante “principio de subsidiariedad” ya presente en la Rerum Novarum. Pero Pío XI vuelve a proponer fundamentalmente (§85, 86, 88…) los Gremios de artesanos, la solución de León a la lucha de clases socialista y al capitalismo: “el primer lugar entre estas instituciones debe atribuirse a las asociaciones que comprenden ya sea solo a los obreros, ya juntamente a obreros y patronos” (§29).

Sin embargo, había ocurrido mientras tanto algo extremamente importante. Entre las ‘cosas nuevas’, estaba el fascismo en Italia y, con la ‘Carta del Lavoro’, había entrado en vigor la reforma corporativa del Estado en 1927. Por lo tanto, la economía social corporativa se había vuelto “un aspecto fundamental de la doctrina política renovada y reconstituída por el fascismo” (Gino Arias, p. 5). El corporativismo se fundaba en la tradición aristotélico-tomista: “la doctrina orgánica de la sociedad es aristotélica, concebida como unidad real, distinta de los individuos y de los grupos pequeños que la integran”, escribía el economista Gino Arias. Y en consecuencia “la superioridad del bien público por encima del privado, conceptos ampliamente desarrollados por la doctrina política de Santo Tomás”. El corporativismo se presentaba entonces como la verdadera tercera vía entre el socialismo y el capitalismo: “La economía corporativa es la negación de la premisa hedonista, común tanto en el liberalismo como en el socialismo” (G. Arias, Economía corporativa). Premisas y promesas muy parecidas a las de la joven Doctrina Social de la Iglesia.

En 1929 se celebraron los ‘Pactos de Letrán’ y entonces Pío XI quiso agregarle a la encíclica algunos párrafos sobre la situación italiana, o sea sobre el fascismo y su corporativismo: “Como todos saben, recientemente se ha iniciado una manera especial de organización sindical y corporativa” (§91). Por ende: “Con poco que se medite sobre ello, se podrá fácilmente ver cuántos beneficios reporta esta institución, cosa que hemos expuesto muy sumariamente: la colaboración pacífica de las diversas clases y la represión de las organizaciones socialistas” (§96). Y por último, la nostalgia medieval: “En otros tiempos existió, efectivamente, un orden social que, aun no siendo perfecto ni completo en todos sus puntos, no obstante, dadas las circunstancias y las necesidades de la época, estaba de algún modo conforme con la recta razón. Y aquel orden cayó desde hace mucho tiempo” (§97), de ahí entonces…la satisfacción por su reconstitución.

Textos hoy todavía embarazosos. La Quadragesimo Anno termina alentando, o al menos no desalentando, la adhesión de muchos, demasiados, economistas católicos a la doctrina corporativa fascista. Como Francesco Vito, importante economista joven de la Università Cattolica di Milano: “La economía corporativa es una nueva orientación espiritual de los individuos” (1934). O el padre Gemelli, con una idea todavía más clara: “Desde 1893 hubo tres acontecimientos que se produjeron en el campo social: la promulgación de la Rerum Novarum, la de la Quadragesimo Anno y, hoy, el orden del día del discurso del jefe de gobierno. Tres hechos conectados. El primero, marca la condena cristiana a la desorganización liberal; el segundo, marca la reafirmación de esa condena y su extensión a las últimas formulaciones socialistas; y con el tercero se enuncian los principios según los cuales un Estado moderno, Italia, supera al liberalismo y al socialismo y completa su organización corporativa” (1933). Vitale Viglietti, en su ensayo Corporativismo y Cristianismo (1935) afirmaba que “una concepción semejante, la corporativa fascista, se identifica con la idea social del cristianismo. Y esta es una constatación que debería ser motivo de gran satisfacción para todos los italianos”.

Por último - aunque podríamos seguir con decenas de citas similares -, el padre Angelo Brucculeri, jesuita e importante escritor de la ‘Civiltà Cattolica’ en temas de economía y ética social, escribía: “Hoy el Corporativismo bajo las más variadas formas es un hecho grandioso que colma y caracteriza a nuestro momento histórico… Pero no basta con haber instituido la corporación, es necesario además desarrollar y multiplicar las conciencias corporativas no solo entre las élites, sino también entre las masas” (1934).

Gracias a estas afinidades culturales, el corporativismo fascista encontró poca resistencia en las universidades católicas y pontificias. Casi todos esos profesores que adhirieron a la economía corporativa encontraron después la manera y el tiempo como para deslindarse del fascismo, y algunos se convirtieron en protagonistas de la democracia, la Constitución y la reconstrucción. Pero esa primera etapa de la Doctrina Social de la Iglesia, demasiado preocupada por combatir al socialismo y por moderar al capitalismo, terminó por parecerse mucho a la economía corporativa. El primer paso que dio el humanismo que proponía la Rerum Novarum fue una tercera vía equivocada. Para evitar a Escila y a Caribdis, el barco de Pedró se topó con un escollo mucho más monstruoso.

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Ánima económica/4 – El proyecto de una creíble alternativa cristiana al socialismo y al liberalismo dentro de su propia época y absorviendo las tensiones

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 01/02/2026

Después de la publicación de la Rerum Novarum, la práxis económica, política y social de los católicos tuvo una primavera multicolor y animadísima. Se multiplicaron las asociaciones obreras, las mutuales, los sindicatos católicos y, sobre todo, explotaron las cooperativas y las cajas rurales. Los efectos de la encíclica fueron desmesurados con respecto a lo que se preveía, porque la realidad es siempre superior a la idea de la realidad, y se impone con una libertad indómita. En el plano de las ideas, economistas y sociólogos católicos dieron vida a una nueva e intensa temporada de estudios, periódicos e instituciones culturales. Su gran precursor en Italia fue Giuseppe Toniolo, el economista más influyente en la Iglesia post Rerum Novarum, y el intérprete más importante de las “partituras” de León. Las mejores contribuciones científicas que Toniolo produjo en el ámbito de la historia económica se dieron en la primera parte de su carrera (los años 80’ del siglo XIX). Sin embargo, su trabajo como economista teórico fue modesto, y no fue apreciado por los mejores economistas – en 1909 Pantaleoni le escribía a Pareto: “En Pisa la Economía fue asesinada por el buen Toniolo”.

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Una Iglesia que entra en la Historia. Entre justicia social y subsidiariedad

Una Iglesia que entra en la Historia. Entre justicia social y subsidiariedad

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Ánima económica/3 – La lección del documento magisterial que funda el principio de subsidiariedad: aceptar los desafíos de la época sin temerles

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 25/01/2026

La Rerum Novarum (RN, 1891), la primera encíclica dedicada totalmente a los temas socio-económicos, tuvo un valor simbólico mucho más importante que su propio contenido. Su espíritu fue mucho más importante que su letra. Decía que la vida económica y el trabajo eran partes del pensamiento y la acción de la iglesia católica: no estaban en la periferia del humanismo evangélico, estaban en el centro. Miles y miles de católicos se sintieron finalmente vistos, comprendidos y reconocidos por la Iglesia en su compromiso civil y económico. Ya lo sabían, pero con la RN lo supieron todavía más, y no hubo más dudas. El jucio histórico sobre el contenido de la Rerum Novarum, en cambio, es una operación diferente, que requiere estudio y cierta dosis de coraje.

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Con la Restauración del antiguo régimen europeo querido por el Congreso de Viena luego del período napoleónico (1814), también el papado esperaba un regreso al mundo anterior a la Revolución francesa, con la ilusión de que el Iluminismo, el Liberalismo y el pensamiento moderno pudieran ser borrados, y volver así a la Christianitas medieval, al feudalismo y al rol político importante que los papas y los obispos habían tenido en los siglos pasados. Pero esa Iglesia se equivocó. El mundo europeo ahora había cambiado para siempre, y con él había cambiado también la época del poder temporal de la Iglesia, había concluído la época de la sumisión de los Estados a la autoridad religiosa. Fue un proceso largo y doloroso que la iglesia católica, el papado ante todo, vivió como una “batalla cultural” contra la Europa moderna. En esta época, por lo tanto, no prevaleció en la iglesia romana el catolicismo liberal de Alessandro Manzoni ni la teología de Rosmini ni el cristianismo abierto a lo nuevo, del gran obispo de Cremona Geremia Bonomelli.

La RN es un documento que tiene algunas luces y algunas sombras. Las luces son verdaderas luces, importantes y muy destacadas por la tradición social católica. Como dice el título completo del documento - De opificium conditione (sobre la condición de los obreros) – la condición de los trabajadores es un objetivo central de la encíclica. De hecho, es al trabajo y al salario que se le dedican las páginas más luminosas, en las que se reafirma la dignidad de todo trabajador, se exige una jornada no muy larga (sobre todo para los niños y las mujeres) y se declara que el juego de la oferta y la demanda no puede ser el único criterio para fijar el salario: “que obrero y patrono estén libremente de acuerdo sobre lo mismo, y concretamente sobre la cuantía del salario; queda, sin embargo, latente siempre algo de justicia natural superior y anterior a la libre voluntad de las partes contratantes” (RN #32). Son importantes también los párrafos de la encíclica que fundan lo que luego será llamado el principio de subsidiariedad: “No es justo que ni el individuo ni la familia sean absorbidos por el Estado; lo justo es dejar a cada uno la facultad de obrar con libertad hasta donde sea posible, sin daño del bien común y sin injuria de nadie” (RN #26). Una subsidiariedad declinada como expresión del derecho a la asociación, en particular de las asociaciones obreras (#35-37). Tampoco la Iglesia de León XIII podía renunciar a la comunidad y a las comunidades; quería salvar la dimensión comunitaria de la Iglesia y con ella la jerarquía eclesial, económica y civil.

Los aspectos más oscuros de la RN tienen que ver con el tema de la igualdad entre los hombres, y por tanto con su visión de la riqueza y la pobreza. Para entenderlo, vayamos una vez más a los Principii di economia politica (1889) de Matteo Liberatore, publicado en vísperas de la Rerum Novarum. Ahí se trata el gran tema de la propiedad privada y la desigualdad, ideas que son muy similares a las de la RN: “Dos cosas, dice Santo Tomás, conviene distinguir de la propiedad: la posesión y el uso. La posesión puede ser privada, y es de hecho necesario que así sea, para utilidad de la vida humana. Pero en cuanto al uso, este debe ser común, en tanto el dueño haga partícipes a los necesitados de lo que tiene de más” (Principii…, p. 342).

Ya en su segunda encíclica León XIII había sostenido tesis parecidas: “Socialistas, Comunistas y Nihilistas… no dejan de declamar que los hombres son todos iguales entre ellos por naturaleza… la Iglesia reconoce mucho más sabia y útilmente que existe la desigualdad entre los hombres… y que esta desigualdad existe también en la posesión de los bienes” (Quod Apostolici Muneris, 1878). De la defensa de la propiedad privada a la defensa de las desigualdades solo hay un paso (tesis que encontramos en los Principii di Economia Politica de Liberatore, pp. 161-163): “Que en primer lugar se establezca este principio, que debe soportarse la condición propia de la humanidad: quitar del mundo las desigualdades sociales es algo imposible”. Y continúa: “porque la mayor diversidad existe por naturaleza entre los hombres: no todos tienen el mismo ingenio, la misma diligencia, la misma salud, ni tienen las fuerzas en un mismo nivel: y de esta inevitable diferencia nace necesariamente la diferencia de las condiciones sociales” (RN #13).

El tomismo de León XIII y de sus redactores se deja ver también en el acento que se pone en la socialidad de los seres humanos, y por tanto en su visión “organicista” de la sociedad, lo cual está en los cimientos de muchos párrafos acerca de las asociaciones y el corporativismo. En el sistema tomista, la tesis de que la sociedad es un cuerpo (San Pablo), y que por lo tanto todas las partes son interdependientes, conllevaba en sí la necesidad de una jerarquía y de la inmutabilidad de los puestos asignados a cada uno (el dedo no es el corazón, y no pueden intercambiarse sus funciones). Y así, la RN rechaza decididamente la lucha de clases y la idea de un conflicto entre patrones y proletarios. De esta visión armónica de las clases sociales nace también el llamado a hacer revivir los medievales Gremios de artesanos, que ya encontramos en la encíclica Humanum Genus (1884). Y luego leemos en la RN: “Para dirimir la cuestión obrera…el lugar preferente lo ocupan los gremios de artesanos… Es grato encontrarse con que constantemente se están constituyendo asociaciones de este género, de obreros solamente o mixtas de obreros y patrones” (#34). Una tesis que hoy parece rara. Como si en pleno desarrollo del capitalismo industrial y las masas obreras se pudiera volver atrás cinco siglos a una economía de pocas ciudades comerciales inmersas en el mundo feudal; como si la historia con sus ‘cosas nuevas’ no tuviese nada que enseñarle a la Iglesia, parte e hija de la misma historia; como si esas demandas de igualdad no fuesen también, al menos en gran parte, fruto del mismo evangelio de la Iglesia.

Con la propuesta de las corporaciones, León XIII va más allá del pensamiento de los redactores italianos de los bocetos de la RN, e incluye a algunos pensadores europeos, como lo muestra bien el ensayo de Alcide De Gasperi (firmado con el seudónimo de Mario Zanatta: I tempi e gli uomini che prepararono la RN, 1931). Entre ellos algunos franceses, como el marqués La Tour du Pin-Chambly de la Charce (1834-1924), el conde De Mun y el empresario industrial Léon Harmel, promotores del corporativismo católico, aristócratas todos. Una vez revividas las corporaciones se superaría el conflicto de clases sin alterar el orden natural de la propiedad y la jerarquía: “siempre habrá en el estado de los ciudadanos aquella variedad y diferencia sin la cual no puede existir ni concebirse ninguna sociedad” (RN #25).

Como cierre de su discurso sobre proletarios y patrones, León XIII escribe: “Habremos de vivir la verdadera vida cuando hayamos salido de este mundo, eso mismo es dogma cristiano y fundamento de la razón y de todo el ser de la religión. Pues que Dios no creó al hombre para estas cosas frágiles y perecederas, sino para las celestiales y eternas… ya nades en abundancia, ya carezcas de riquezas y de todo lo demás que llamamos bienes, nada de eso importa para la felicidad eterna” (RN #16). Por lo tanto: “se comprende que la verdadera dignidad y excelencia del hombre radica en lo moral, es decir, en la virtud; que la virtud es patrimonio común de todos los mortales, asequible por igual a altos y bajos, a ricos y pobres… Más aún, la misma voluntad de Dios parece más inclinada del lado de los afligidos, pues Jesucristo llama felices a los pobres… De este modo, las voluntades de una y otra clase, estrechadas amistosamente las manos, se unen también entre sí” (RN #18).

Al leer estas tesis deberíamos detenernos, porque nos estaríamos alejando del espíritu del evangelio. Jesús curó a los enfermos, hizo levantar a los paralíticos de sus camas, dio vida a una comunidad fraterna también en la comunión de los bienes materiales, no los consoló dejándolos en sus miserias, a la espera del paraíso. Dijo ‘ay de los ricos’, nos dio la parábola del rico epulón y de Lázaro y nos invitó a pasar por el ojo de una aguja. Su reino era y es sobre todo para esta vida, no para ‘aquella por venir’. Lo que escribe León XIII era expresión de la teología de la contrareforma, el espíritu católico de su época. Después de él llegaron el Vaticano II, don Mazzolari y Don Zeno, Francesca Cabrini y el papa Francisco. Los católicos hicieron pocas empresas corporativas, los fascistas fueron los que las hicieron. Crearon en cambio sindicatos, muchas cajas rurales y cooperativas en las que cuestionaron y cambiaron los derechos de propiedad del capitalismo, redujeron las desigualdades posibles en esta tierra, y lo siguen haciendo. Fueron más allá de la letra de la Rerum Novarum y escucharon su espíritu, que supieron vislumbrar también en el reclamo de igualdad de su tiempo, y el nuestro.

Hoy estamos atravesando tiempos similares. Ya no puede ser el miedo y la nostalgia de gloriosos tiempos pasados los que escriban las nuevas Rerum Novarum.

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Ánima económica/3 – La lección del documento magisterial que funda el principio de subsidiariedad: aceptar los desafíos de la época sin temerles

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 25/01/2026

La Rerum Novarum (RN, 1891), la primera encíclica dedicada totalmente a los temas socio-económicos, tuvo un valor simbólico mucho más importante que su propio contenido. Su espíritu fue mucho más importante que su letra. Decía que la vida económica y el trabajo eran partes del pensamiento y la acción de la iglesia católica: no estaban en la periferia del humanismo evangélico, estaban en el centro. Miles y miles de católicos se sintieron finalmente vistos, comprendidos y reconocidos por la Iglesia en su compromiso civil y económico. Ya lo sabían, pero con la RN lo supieron todavía más, y no hubo más dudas. El jucio histórico sobre el contenido de la Rerum Novarum, en cambio, es una operación diferente, que requiere estudio y cierta dosis de coraje.

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Un humanismo de las “nuevas realidades” tiene que ganarle a la nostalgia y al miedo

Un humanismo de las “nuevas realidades” tiene que ganarle a la nostalgia y al miedo

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Ánima económica/2 – Del neotomismo, para resitir el impacto de la cultura dominante, a las ideas del padre Liberatore, que preparan el terreno para la “Rerum novarum”.

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 18/01/2026

"Es una actitud antihistórica por excelencia considerar los problemas, opiniones y sentimientos del pasado de la misma manera que los sentimientos y creencias de una época completamente diferente".

Arturo Carlo Jemolo, «Stato e Chiesa in Italia», p. 23-24

La historia de la relación entre la iglesia católica y la cultura moderna es la historia de un desencuentro, de acusaciones y de anatemas recíprocos, que en momentos determinados se volvió una verdadera batalla campal. Una historia que arranca al menos con Lutero y la Contrareforma y que, a distintos ritmos, siguió hasta el Concilio Vaticano II – y que sigue todavía. La reacción de la iglesia católica frente al espíritu moderno fue el miedo, y de ahí los contraataques, las clausuras y las condenas hacia ese inquietante huésped. Por lo tanto, la iglesia católica no percibió al hombre moderno como a un hijo, rebelde pero al fin hijo, sino como a un enemigo, como al enemigo más grande, al Gog y Magog que podían aniquilar la Christianitas. Nunca podremos saber qué hubiera sido de la Modernidad y de la Iglesia si el enemigo hubiese sido tratado como un hijo adolescente, si sus amenazas hubiesen sido leídas incluso como un desarrollo de las semillas evangélicas de la Edad Media, aunque maduradas en formas y en terrenos diferentes a los imaginados por las jerarquías y los teólogos. En la vida de las personas y los pueblos, el arte más difícil es el de aprender a reconocer una salvación que llega en el lugar y el modo en que nunca hubiéramos pensado ni deseado.

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También el proceso que condujo a la Rerum Novarum de León XIII debe leerse dentro de este desencuentro: “Al pensamiento moderno, tan audaz para juzgar de religión y de catolicismo, León XIII lo condenó, no lo enfrentó: lo juzgó desde afuera y desde arriba, igual que su predecesor, no se adentró para analizarlo, discernirlo, desarticularlo. El uno y el otro se encontraron de frente todo ese tiempo, como dos potentes ejércitos, sin entrar nunca en contacto”. Son palabras de Romolo Murri, que continuaba así: “El pontificado de León XIII hubiera tenido un carácter muy diferente al que tuvo si los documentos doctrinales no fueran lo que son: una reivindicación rígida y una exposición sistemática, y no un trabajo de penetración en el mundo moderno, de asimilación, de reintegración… La sociedad moderna ha mostrado que no sabe ni quiere dejar convencerse de abandonar sus ideas y sus vías para entrar en aquellas que son presentadas oficialmente por la Iglesia”, porque la sociedad moderna “quiere hacer su experiencia” (Un papa, un secolo e il cattolicesimo sociale, 1904, pp. 78-79). Una experiencia moderna que la iglesia católica no entendió y que condenó a partir de la libertad de conciencia, su primer ‘delirio’, como la definió Gregorio XVI (Mirari Vos, 1832), que llevaba a pensar que “el fiel y el incrédulo, el ortodoxo o el hereje valen lo mismo” (M. Liberatore, La Chiesa e lo Stato, 1872, p. 48). Un delirio llamado también liberalismo. Estas “cosas nuevas” no eran cosas buenas para la Iglesia, eran muy malas; y muy pronto a estas se sumaron los fuertes empujones del Socialismo y el Capitalismo, y todo se complicó.

En este clima, Gioacchino Pecci, que no era todavía León XIII, en la carta por la Cuaresma de 1887 escribía: “Una palabra de la que abusan los no creyentes… es la palabra civilización. Esta palabra se ha vuelto un flagelo” (Lettere del cardinale G. Pecci, 1880, pp. 119-120). Y en vísperas de la Rerum Novarum, leemos en La Civiltà Cattolica (un texto anónimo pero probablemente de M. Liberatore): “No hay hombre de juicio que no pueda preveer que, a este paso, Europa va a desbordar hacia los horrores del nihilismo” (Anno 1889, p. 257). Romolo Murri esperaba, por el contrario, que aquel amanecer del siglo XX marcase el comienzo de algo nuevo, que las ‘cosas’ se convirtieran por fin en ‘nuevas’ y buenas. O sea, esperaba que los católicos empezaran a “arrojar sus ideas y su espíritu a la fragua de esta experiencia de la sociedad moderna, para hacer que en ella maduren la cordura, los propósitos luminosos y una vida religiosa más intensa en la humanidad” (pp. 80-81). La vía que encaró Pío X, el sucesor de León XIII, no fue sin embargo la que esperaba Don Romolo Murri, como lo atestigua también su trayectoria biográfica personal: dos años después de la publicación de ese libro, Murri fue suspendido a divinis y luego excomulgado en 1909. Pio X, beatificado por Pio XII, exasperó el anti-modernismo ya presente en el catolicismo del ochocientos.

La génesis de la Rerum Novarum es parte de un movimiento teológico-social muy complejo. Luego del período napoléonico, la iglesia católica había iniciado, no sin resistencias, una parcial renovación teológica y cultural, centrado en volver a Santo Tomás, a su teología. La Rerum Novarum no va a ser solamente el fruto del regreso al sistema tomista y a la escolástica, sino que no la entendemos sin Tomás y el tomismo. León XIII empezó su pontificado declarando explícitamente (y políticamente) su intención de volver a Tomás. La Aeterni Patris, de 1879, una de sus primeras encíclicas (escribió 86 en total), fue de hecho su manifiesto teológico y pastoral para hacer “revivir y devolver a su esplendor primitivo la doctrina de Santo Tomás de Aquino” (AP). Vincenzo Gioacchino Pecci (Vincenzo era como lo llamaba su madre) conoció y se unió al tomismo ya en 1828, gracias a las lecciones de Luigi Taparelli d'Azeglio. En 1849 nace en Nápoles la Accademia di filosofia tomista, y unos años después (1879) aparece en Piacenza la revista ‘Divus Thomas’. En el círculo tomista de Italia estaba también Giuseppe Pecci, el hermano de Gioacchino, que fundó en Perugia la Accademia di San Tommaso (1859).

Esta élite teológica se daba cuenta de que la teología católica tradicional y contrareformista no podía aguantar el impacto del pensamiento moderno. Para tratar de afrontar esa batalla cultural con algo de esperanza de no terminar destruida, había solo una posibilidad: apostar todo al mejor teólogo, al más influyente y más estimado a nivel universal: Santo Tomás, el Doctor Angelicus, y por lo tanto a Aristóteles. Estaban convencidos de que entre todos sus recursos a disposición no había nada mejor. Santo Tomás ya estaba presente en la formación teológica anterior (piénsese en la escolástica española), pero se mezclaba con la piedad popular, el culto de los santos, Agustín releído en clave platónica, manuales para confesores y el estudio de la teología que se había estancado en la reforma del Concilio de Trento. Venía bien entonces un relanzamiento, una visión sistémica de conjunto: “para que la sagrada teología tome y vista la naturaleza, el hábito y el carácter de una verdadera ciencia” (León XIII, Aterni Patris). El neo-tomismo nace entonces como reforma e innovacion de la Iglesia, como reforma de la formación de los sacerdotes. El tomismo, de todas maneras, no interrumpe esa larga temporada moderna que la iglesia católica vivió como una cadena de errores ininterrumpida, desde Lutero en adelante. Tomás no se convierte en una vía de diálogo de la Iglesia con la modernidad, sino un instrumento de lucha.

Cuando el cardenal Pecci deviene papa León XIII, ya era tomista. La presencia de la filosofía de Santo Tomás en la Rerum Novarum no es por lo tanto atribuible a las ideas de los profesores que escribieron los primeros bocetos. León los elige precisamente por ser tomistas, además de que eran los mejores de la esfera católica. Uno de ellos, ciertamente el más importante e influyente, fue el padre Matteo Liberatore, salernitano (como Antonio Genovesi, a quien ignora pero obviamente conoce), jesuita, y uno de los fundadores de la revista ‘Civiltà Cattolica’ (1850). Contemporáneo de Francesco Ferrara y de Giacchino Pecci (generación de fierro: los tres murieron con más de 80 años, Ferrara a los 90 y León a los 93), escritor brillante y polemista, entre los pensadores más geniales del catolicismo del siglo XIX: “está en el centro de los momentos más importantes de la vida eclesial” (Francesco Dante, La civiltà cattolica e la Rerum Novarum, p. 49).

En 1889, hacia el final de su vida, escribió los Principii di Economia Politica, un volumen que se anticipó en algunos artículos publicados por Civiltà Cattolica, y que fue traducido al inglés (1891) y al francés (1894), pero sin ningún impacto en la ciencia económica del momento. Fue ignorado por los economistas liberales. El año 1889 es también el año de publicación de los Principii di economia pura, de Maffeo Pantaleoni, el manual más influyente de aquella generación, escrito cuando el autor tenía 32 años: Liberatore tenía casi 80, otro indicador de modernidad. Liberatore no era un economista, su libro es fundamentalmente una larga homilía económica, que dejó a la ciencia económica igual a como la había encontrado, ni siquiera la rozó. Un tratado que es la imagen perfecta de las distintas y divergentes vías que ya habían tomado la Doctrina Social católica y la economía moderna. Leyendo el libro se puede entender que aquello es un diálogo del autor con unos pocos libros viejos – casi todos de al menos cincuenta años – presentes en su estudio: Smith, Say, Minghetti, Bastiat, Malthus, Ricardo, Sismondi… Ninguna referencia a Marx, que es difícil de imaginar en su biblioteca. El libro es una guía excelente para entender la configuración de la Rerum Novarum, donde encontraremos muchas ideas de este texto de Liberatore. Más útiles hoy para nosotros que para sus contemporáneos.

El tono del libro refleja perfectamente el de la iglesia de su época: totalmente a la defensiva, controversial, agresivo, nostálgico. El punto de partida es fuerte y claro: “El Liberalismo moderno es como el moscardón, que allí donde se posa, deja un germen de corrupción y de hedor” (p. 5). El Liberalismo no coincide con el Liberalismo económico – al que Matteo Liberatore ya llama Capitalismo –, pero ambos, como explicará más tarde Benedetto Croce, están profundamente relacionados. La iglesia católica odiará el liberalismo cultural pero casi que amará el liberalismo económico.

Las páginas más interesantes del tratado son las que tienen que ver con la propiedad privada, de las que surge la intención de la Iglesia del momento de tratar de imaginar la famosa tercera vía entre socialismo y capitalismo. En realidad, más que una tercera vía, fue un intento de corrección de la primera vía, el Capitalismo, que en su estructura social y filosófica de fondo es, de lejos, preferido al Socialismo, con algunos ligeros ajustes (en la relación patrón-obrero, en la caridad y en no mucho más). El verdadero enemigo era entonces el Socialismo, y el Capitalismo aparecía como un mal menor y hasta quizás como un bien, sobre todo por la tenaz defensa tenaz de la propiedad privada y de la desigualdad entre los hombres como condición natural y necesaria – lo veremos el domingo próximo. Por ahora, degustemos solo esta frase suya: “Lo más curioso es que los defensores de la igualdad, alardean al mismo tiempo de la libertad. Y no entienden que libertad e igualdad se llevan a las patadas” (p. 163).

La tercera vía inaugurada por la Rerum Novarum se convierte únicamente en la vía católica al capitalismo. La Modernidad que tanto miedo daba sobre el plano religioso y social (Liberalismo y Socialismo), dio menos miedo bajo el manto capitalista. Y hoy vemos las consecuencias.

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Ánima económica/2 – Del neotomismo, para resitir el impacto de la cultura dominante, a las ideas del padre Liberatore, que preparan el terreno para la “Rerum novarum”.

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 18/01/2026

"Es una actitud antihistórica por excelencia considerar los problemas, opiniones y sentimientos del pasado de la misma manera que los sentimientos y creencias de una época completamente diferente".

Arturo Carlo Jemolo, «Stato e Chiesa in Italia», p. 23-24

La historia de la relación entre la iglesia católica y la cultura moderna es la historia de un desencuentro, de acusaciones y de anatemas recíprocos, que en momentos determinados se volvió una verdadera batalla campal. Una historia que arranca al menos con Lutero y la Contrareforma y que, a distintos ritmos, siguió hasta el Concilio Vaticano II – y que sigue todavía. La reacción de la iglesia católica frente al espíritu moderno fue el miedo, y de ahí los contraataques, las clausuras y las condenas hacia ese inquietante huésped. Por lo tanto, la iglesia católica no percibió al hombre moderno como a un hijo, rebelde pero al fin hijo, sino como a un enemigo, como al enemigo más grande, al Gog y Magog que podían aniquilar la Christianitas. Nunca podremos saber qué hubiera sido de la Modernidad y de la Iglesia si el enemigo hubiese sido tratado como un hijo adolescente, si sus amenazas hubiesen sido leídas incluso como un desarrollo de las semillas evangélicas de la Edad Media, aunque maduradas en formas y en terrenos diferentes a los imaginados por las jerarquías y los teólogos. En la vida de las personas y los pueblos, el arte más difícil es el de aprender a reconocer una salvación que llega en el lugar y el modo en que nunca hubiéramos pensado ni deseado.

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La (difícil) tercera vía católica entre capitalismo y socialismo

La (difícil) tercera vía católica entre capitalismo y socialismo

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Ánima económica/1 – Del pensamiento de Antonio Genovesi en el siglo XVIII, heredero de la tradición medieval, al largo eclipse del siglo XIX, hasta llegar al siglo XX.

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 11/01/2026

«Un camino importante a seguir es una lectura diferente de la historia del pensamiento económico, y en particular de la tradición italiana, como ya está empezando a suceder, mediante la reevaluación de Genovesi y otros economistas civiles. Si pudiéramos identificar una tradición italiana, distinta de la que se ha generalizado, que presente su propia genealogía, sería una tarea crucial».

Giacomo Becattini, «Benessere umano e imprese ‘progetto’», 2002

Hubo temporadas en la civilización europea en las que el amor, el dolor, la experiencia y los experimentos de los cristianos produjeron palabras hechas carne, que luego se volvieron encíclicas, documentos, revistas y libros que universalizaron y generalizaron aquel amor y dolor civil. No hubieramos tenido la Rerum Novarum (1891) – o sería más pobre y menos influyente – sin el movimiento cooperativo, las cajas rurales, el movimiento sindical, las asociaciones obreras, las sociedades benéficas, la Ópera dei congressi… Es cierto, también fueron importantes las ideas teológicas del Padre Matteo Liberatore o las ideas socio-económicas del joven profesor Giuseppe Toniolo, pero fueron primero los hechos los que analizaron, discernieron, seleccionaron y valorizaron las ideas de los teólogos, los filósofos, los economistas y, luego, del papa. En el cristianismo no son las ideas las que validan los hechos, sino al revés. Eso de que “la realidad es superior a la idea” no es solo un principio apreciado por el papa Francisco, es sobre todo una síntesis del cristianismo, de su humanismo fundado en el Verbo que se hizo carne – el Logos no entró en la historia convirtiéndose en una idea, en una ideología o en un libro, sino haciéndose niño. Las ideas están vivas, son vivificantes y pueden transformar el mundo, solo cuando son carne.

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Por lo tanto, el impacto, la calidad y la capacidad transformadora de un documento de la Iglesia dependen mucho, casi totalmente, de la calidad y la capacidad generativa de empresarios, cooperativistas, políticos, ciudadanos, académicos y sobre todo de comunidades cristianas enteras, que viven y experimentan nuevas cosas en su propia carne, individual y colectiva. La tinta ‘invisible’ de los documentos importantes de la Iglesia es la sangre de los testigos y los mártires. Todos estamos esperando la primera encíclica social del Papa León, y somos conscientes de que este documento no va a crear la realidad: podrá verla, podrá darle alas, podrá convertir en “no todavía” algunos pequeños “ya”, pero, una vez más, va a ser la realidad que ya está viviendo la iglesia y la humanidad la que confiera calidad e impacto a las encíclicas de León XIV, como pasó con la Rerum Novarum de León XIII. Sin esta ‘carne’ y esta vida, las encíclicas son documentos de papel que no mejoran el mundo económico y social.

La serie de artículos que empezamos hoy es una exploración en la relación entre economía y Catolicismo de la Italia contemporánea, particularmente en el largo siglo que desde la mitad del siglo XIX nos llevó al finales del siglo XX, pasando por el socialismo, el modernismo, las guerras y el fascismo con su doctrina económica ‘corporativista’, de la que nos ocuparemos. La economía y la religión católica serán entonces los dos ejes de esta reflexión. En algunos artículos prevalecerá la economía y en otros la religión, pero en todos estará el diálogo entre las dos.

Hablar de tradición económica italiana significa sobre todo hablar de Economía Civil, que es el nombre que la ciencia económica adoptó desde sus inicios con Antonio Genovesi a mitad del siglo XVIII, cuando alcanzó su maduración toda una tradición económica y civil iniciada en la Edad Media con el monaquismo, con los mercaderes y con los franciscanos y sus doctrinas sobre la usura, sus Montes de Piedad y sus Montes frumentarios. En el proceso del nacimiento del Estado unificado, esa vieja tradición de pensamiento italiano (pero también europeo) tuvo una fractura, y por lo tanto un largo eclipsis. Y de ahí partimos.

Hasta comienzos del siglo XIX, la tradición italiana de la Economía Civil todavía estaba viva y era muy estimada. El milanés Pietro Custodi, entre 1802 y 1816, publicó la ‘Collezione degli Economisti Classici Italiani' en cincuenta volúmenes, una obra fundamental para la difusión del pensamiento económico italiano en las nuevas universidades y entre los nuevos hombres políticos. Pero cuando en 1850, bajo la iniciativa de Francesco Ferrara, el economista más influyente de su generación, nace la Biblioteca dell’Economista, de 13 volúmenes, sólo uno (el tercero) estaba dedicado a los economistas italianos. En efecto, el clima cultural estaba cambiando rápida y radicalmente. En su Introducción a ese tercer volumen, Ferrara tiene unas hermosas palabras sobre Genovesi, quien, no por casualidad, es el primer autor del volumen: “La más antigua de las cátedras de Economía en Italia, y una de las más antiguas de Europa, es la de Genovesi en 1754, en Nápoles”. Y entonces nos da algunos datos biográficos de Genovesi: “invisible para los monjes y curas de las escuelas, cuya ignorancia servía de fondo oscuro a la espléndida fama de este sacerdote innovador que, evitando en lo posible el latín, apoyándose en argumentos rebeldes a las estrictas formas del silogismo, citando autores ingleses y franceses, pronunciando con iguales labios impasibles la verdad de la Biblia y el pasaje del escritor herético, era sin embargo frecuentado con entusiasmo por una ávida juventud… ese era Genovesi” (Vol 3, pp. V-VI). Genovesi, también por indicación explícita de Intieri, el financiador de su cátedra, enseñaba en italiano y no en latín, un dato innovador que no se le escapa a Ferrara: “Según la costumbre de la época, Genovesi empezó al día siguiente a dictar sus clases a los jóvenes; y él mismo cuenta lo maravilloso que fue escuchar por primera vez a un profesor hablar en italiano en su cátedra”, y denunciaba “la culpa que tienen los italianos por tener tan poca estima por su lengua” (pp. VII-VIII), una culpa que hoy sigue existiendo y creciendo. Hasta aquí las lindas palabras sobre Genovesi y su Economía Civil.

A pesar de la estima personal que tenía por Genovesi, para Ferrara la verdadera ciencia económica era solo la de los ingleses y los franceses. Genovesi y los italianos son solo prehistoria, el antiguo régimen: “Los méritos de la primera fundación de la economía pertenecen al inglés Smith o al francés Turgot, no a Genovesi” (p. XXXVI). La tradición italiana, a su juicio, no fue capaz de entrar en la modernidad, porque todavía era prisionera de preocupaciones morales y políticas. La Economía como ciencia autónoma de la moral así como del ‘príncipe’, la había en cambio fundado Adam Smith en su libro La Riqueza de las Naciones (1776): “La vieja escuela italiana no ofrece nada que pueda recomendar a nuestra predileccion… Yo separaré el sentimiento de amor nacional propio, pero seguiré estudiando a Smith para aprender de Economía” (p. XXXV). Y así concluye coherentemente: “Si a la Biblioteca dell'economista se le hubiese asignado un objetivo menos amplio que el que tuvo, quizás ningún autor italiano de los que incluimos en este volumen entraría” (p. LXX). Una tesis fuerte y clara, que fue decisiva.

La no-modernidad de Genovesi estaba, por lo tanto, en su decisión de enmarcar los temas de una manera “amplia y compleja”. Su error habría sido de método: no haber pensado en las riquezas desde “el punto de vista abstracto y absoluto, sino bajo el del bienestar general”, o de la pubblica felicità. Para Ferrara, Smith fue, por el contrario, el verdadero fundador de la ciencia económica moderna porque abandonó precisamente esta ‘manera amplia y compleja’ para concentrarse solo en las variables económicas – es el nacimiento del homo oeconomicus (más de Ferrara que de Smith): “El mérito de Smith está en haber sentido antes que nadie la necesidad de abandonar… las fórmulas amplias y complejas”. Y esto fue “un inmenso progreso”, fue “el Cogito de la economía” (p. XL).

La referencia a los economistas italianos del siglo XVIII para Ferrara era un intento de “cubrir con las memorias pasadas la nulidad del presente” (p. LXX). La nulidad era obviamente la de su presente – los mediados del XIX no eran un tiempo de grandes talentos económicos para la economía italiana -, pero la tentación de volver a un pasado noble cuando el presente es pobre (como el nuestro) siempre es actual. Por lo tanto, la advertencia de Ferrara es importante también para nosotros hoy, una invitación a no consolarnos con los recuerdos de los grandes padres en la época de los pequeños nietos.

Francesco Ferrara fue un convencido economista liberal, hijo del siglo de Darwin, de Marx y del positivismo, y colega, en el método, de John S. Mill. Para él la ‘verdadera’ ciencia económica podía ver la luz solo renunciando al Todo para estudiar el fragmento, dejando de lado la ‘felicidad pública’ para concentrarse solo en el costo de producción y en la utilidad del consumidor. Ferrara fue el puente por el que la economía civil italiana del siglo XVIII tuvo que pasar para llegar a la segunda mitad del siglo XIX. Un puente muy estrecho, casi una aguja, que dejó pasar muy poco de aquella gran herencia clásica, demasiado poco como para que queden rastros.

Después de este pasaje la Economía Civil salió de la academia, pero – y acá está el punto clave – salió también del pensamiento y de las acciones del mundo católico, de sus economistas y sociólogos, de los cooperativistas, de los sindicalistas, de los papas y obispos. De hecho, a partir del maestro Toniolo, la tradición católica que inspirará a la Rerum Novarum y luego a la Doctrina Social no volverá a conectarse ni con Genovesi ni con la Economía Civil, ignorados o considerados demasiado modernos y lejanos de aquel neotomismo que va a guiar tantos documentos. No entendemos la Doctrina Social de la Iglesia entre los siglos XIX y XX si no tenemos en cuenta que esta se desarrolló durante el Non expedit de Pio IX y la polémica modernista de Pio X y sus sucesores hasta el Vaticano II, en un clima que se cierra al mundo moderno y a sus demandas de un estudio científico de la Biblia, también porque provenían principalmente de los países protestantes. A ese cuadro ya complejo se le suma el nacimiento y desarrollo del socialismo y el marxismo, que complicó todavía más el diálogo con el pasado y con el mundo contemporáneo, ocupando muchas energías de los católicos, probablemente demasiado.

La desaparición de la tradición civil italiana, incluso del pensamiento de la iglesia, es una de las causas del desencuentro de la catolicidad con la modernidad y de su consecuente antimodernismo, que todavía son un gran problema en el mundo católico y en su reflexión sobre la economía y la sociedad. Aquel Genovesi que para Ferrara era demasiado poco moderno por quedarse fascinado con ‘fórmulas amplias y complejas’, se convierte sin embargo en demasiado moderno y con categorías demasiado amplias y complejas para entrar en el tomismo que León XIII había puesto de nuevo en el centro del pensamiento de la Iglesia. Junto con la Economía Civil, afuera de la Doctrina social católica quedaron también los franciscanos, el monaquismo, los comerciantes toscanos, los Montes de Piedad y los Montes frumentarios, Bernardino da Feltre y Muratori, y una seria perspectiva bíblica. Todo quedo cubierto en una oscura noche que duró casi dos siglos, de los que nos ocuparemos en estos artículos. A esa larga noche se metieron algunos ángeles y muchos fantasmas, que pueblan todavía los sueños del mundo católico. Y quizás es hora de despertarse.

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Ánima económica/1 – Del pensamiento de Antonio Genovesi en el siglo XVIII, heredero de la tradición medieval, al largo eclipse del siglo XIX, hasta llegar al siglo XX.

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 11/01/2026

«Un camino importante a seguir es una lectura diferente de la historia del pensamiento económico, y en particular de la tradición italiana, como ya está empezando a suceder, mediante la reevaluación de Genovesi y otros economistas civiles. Si pudiéramos identificar una tradición italiana, distinta de la que se ha generalizado, que presente su propia genealogía, sería una tarea crucial».

Giacomo Becattini, «Benessere umano e imprese ‘progetto’», 2002

Hubo temporadas en la civilización europea en las que el amor, el dolor, la experiencia y los experimentos de los cristianos produjeron palabras hechas carne, que luego se volvieron encíclicas, documentos, revistas y libros que universalizaron y generalizaron aquel amor y dolor civil. No hubieramos tenido la Rerum Novarum (1891) – o sería más pobre y menos influyente – sin el movimiento cooperativo, las cajas rurales, el movimiento sindical, las asociaciones obreras, las sociedades benéficas, la Ópera dei congressi… Es cierto, también fueron importantes las ideas teológicas del Padre Matteo Liberatore o las ideas socio-económicas del joven profesor Giuseppe Toniolo, pero fueron primero los hechos los que analizaron, discernieron, seleccionaron y valorizaron las ideas de los teólogos, los filósofos, los economistas y, luego, del papa. En el cristianismo no son las ideas las que validan los hechos, sino al revés. Eso de que “la realidad es superior a la idea” no es solo un principio apreciado por el papa Francisco, es sobre todo una síntesis del cristianismo, de su humanismo fundado en el Verbo que se hizo carne – el Logos no entró en la historia convirtiéndose en una idea, en una ideología o en un libro, sino haciéndose niño. Las ideas están vivas, son vivificantes y pueden transformar el mundo, solo cuando son carne.

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Economía y catolicismo italiano, un siglo y medio de “cosas nuevas”

Economía y catolicismo italiano, un siglo y medio de “cosas nuevas”

Ánima económica/1 – Del pensamiento de Antonio Genovesi en el siglo XVIII, heredero de la tradición medieval, al largo eclipse del siglo XIX, hasta llegar al siglo XX. Luigino Bruni publicado en Avvenire el 11/01/2026 «Un camino importante a seguir es una lectura diferente de la historia del pens...