El oficio del Cirineo

El oficio del Cirineo

Editorial – Cuando no era ni siquiera discípulo de Jesús, Cirineo ejercitó el órgano sensorial más importante de la fe cristiana: los pies.

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 03/04/2026

Al llegar al último monte de su vida terrena, el Gólgota, Jesús no encuentra tres tiendas: ve tres cruces, y una es la suya. A su lado no están Moisés ni Elías, hay dos ladrones.
Jesucristo es el centro de este día único e irrepetible en la historia. Pero igual que en las grandes obras de arte, para entender el sentido global tenemos que mirar y buscar también los detalles. Dos detalles son humanos, muy humanos, y sin embargo hacen que la escena de aquel Viernes sea todavía más divina.

Uno es el Cirineo, el primer personaje que Jesús encuentra en su ‘via crucis’, muy probablemente un dato histórico, relatado por los tres evangelios sinópticos. Simón de Cirineo es un antihéroe, un hombre como cualquier otro que se encuentra en el lugar “equivocado” en el momento adecuado (volvía del campo), un sitio equivocado que se convertiría en el lugar correcto, por el que hizo su entrada silenciosa e involuntaria a la historia de la salvación. Cirineo se vio sometido a una cruz que no era para él, no tuvo opción, y sin embargo es una de las figuras más hermosas del Nuevo Testamento. No todos tendremos una muerte como la de Cristo o la de los mártires, pero todos en la vida, tarde o temprano, nos encontramos en la situación del cirineo, cargando una cruz que no deseamos ni buscamos – y pobre de nosotros si no llegan nunca esos momentos, al menos una vez. Porque ahí, por ese gesto humano que ni siquiera es virtuoso (nos sucede y punto), entramos en la pasión de hijos, maridos, esposas, madres y padres, amigos, colegas, y escribimos con ellos una misteriosa historia de la salvación.

El cirineo se convierte en un discípulo sin haberlo elegido, comienza su sequela detrás de Jesús sin ningún llamado, tal vez incitado por el latigazo de un soldado. Cuando no era ni siquiera discípulo de Jesús, entrenó el órgano sensorial más importante de la fe cristiana: los pies. El cirineo es el anti-líder que nos recuerda que el gesto primero y esencial del cristiano es la sequela, es el caminar detrás, no delante; y quien por deber se encuentra guiando a otros, no va a ser nunca buen guía si antes, durante y después de esa tarea, no es capaz también de caminar detrás de aquellos a quienes guía.

Quizás en aquel tramo del camino el cirineo nunca vio la cara, los ojos, la boca de Jesús. Vio solamente unos cabellos ensangrentados y escuchó unos llantos y lamentos, vio un lomo, una espalda flagelada, tal vez un perfil desfigurado. Vio a Jesús de espaldas, y llevando una cruz que no era suya, cumplió la palabra: “Si alguien quiere seguirme, que tome su cruz…” (Mt 16:24). Igual que Moisés, que vio solo la espalda de Dios y no el rostro, y eso le bastó (Ex 33). El cirineo es, entonces, otro hombre que ve a otro Dios de espaldas. Quién sabe cuántas personas hoy, bajo una cruz, están viendo a Dios de espaldas. Es la gran masa de seguidores inconscientes de Jesús, que bajo sus cruces y las de los demás, solo lo ven de espaldas, y no lo reconocen.

Los cristianos amaron mucho al cirineo. Muchos no conocían la teología de la cruz, pero todos entendían al cirineo, y entraban así en el corazón de la Biblia, incluso sin nunca haberla leído. Porque entendían que el “oficio” de los padres y las madres era el oficio del cirineo: estar al pie de la cruz de los hijos, levantarlos a lo largo de sus calvarios, al menos durante un trecho, mientras se deba y mientras se pueda. Marcos (15:21) nos da los nombres de los hijos de Cirineo: Alejandro y Rufo. Por lo tanto, eran conocidos en la comunidad, quizás formaban parte de ella – es bonito imaginar que esos hijos se convirtieron viendo al padre llevar aquella cruz: porque sigue sucediendo, porque nos sucede también a nosotros.

Lucas también nos transmitió el diálogo de Jesús con los dos crucificados con él. Aquella gran noche oscura de la Biblia y de la humanidad se ilumina con palabras que solo Lucas decidió conservar y compartir con nosotros: un diálogo final con los pobres y los marginados, hasta el último momento. Jesús muere en compañía; su último acto terrenal fue un «donde dos o tres». Amigo de la humanidad hasta el final, compañero de las víctimas hasta el último instante. En ese diálogo fue la última vez que Jesús dijo: «Bienaventurados los pobres». ¿Quién es más pobre que un crucificado?

Quizás el ‘buen ladrón’ era un buen hombre que terminó en aquella cruz (¡cuánta buena gente hay en las cárceles!); quizás había escuchado algunas palabras de Jesús, y sabía por tanto que era inocente. Y a Jesús le dice: “acuérdate de mí”. En realidad, aquel hombre también le está diciendo otra cosa: ‘Jesús: acuérdate, en esta oscuridad total, que eres Señor de un reino bueno y diferente: acuérdate de tí. Recuerda quién eres realmente, no te olvides de tí’. Cuando la vida nos clava y nos inmoviliza, cuando en medio de una radical desorientación todo nos habla de fracaso y de muerte, la presencia de alguien al lado nuestro que nos invita a recordar quiénes somos realmente es, quizás, la única presencia necesaria para salvarse.

En aquel diálogo extremo leemos, por primera y única vez en todos los Evangelios, la palabra ‘paraíso’ (‘… cuando estés en el paraíso’), que aflora como última palabra en labios de un condenado a muerte. Para entender algo del paraíso es necesario acercarse a los crucificados de los tantos montes Gólgotas que hay nuestra tierra, es necesario elevarse en el aire y apoyar el oído del corazón en sus bocas exangües.

Si hoy esperamos encontrar todavía al Resucitado, tenemos que buscarlo entre los crucificados, no en los sepulcros vacíos. “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, fue el primer canto del resucitado.


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