Ánima económica/3 – La lección del documento magisterial que funda el principio de subsidiariedad: aceptar los desafíos de la época sin temerles
Luigino Bruni
publicado en Avvenire el 25/01/2026
La Rerum Novarum (RN, 1891), la primera encíclica dedicada totalmente a los temas socio-económicos, tuvo un valor simbólico mucho más importante que su propio contenido. Su espíritu fue mucho más importante que su letra. Decía que la vida económica y el trabajo eran partes del pensamiento y la acción de la iglesia católica: no estaban en la periferia del humanismo evangélico, estaban en el centro. Miles y miles de católicos se sintieron finalmente vistos, comprendidos y reconocidos por la Iglesia en su compromiso civil y económico. Ya lo sabían, pero con la RN lo supieron todavía más, y no hubo más dudas. El jucio histórico sobre el contenido de la Rerum Novarum, en cambio, es una operación diferente, que requiere estudio y cierta dosis de coraje.
Con la Restauración del antiguo régimen europeo querido por el Congreso de Viena luego del período napoleónico (1814), también el papado esperaba un regreso al mundo anterior a la Revolución francesa, con la ilusión de que el Iluminismo, el Liberalismo y el pensamiento moderno pudieran ser borrados, y volver así a la Christianitas medieval, al feudalismo y al rol político importante que los papas y los obispos habían tenido en los siglos pasados. Pero esa Iglesia se equivocó. El mundo europeo ahora había cambiado para siempre, y con él había cambiado también la época del poder temporal de la Iglesia, había concluído la época de la sumisión de los Estados a la autoridad religiosa. Fue un proceso largo y doloroso que la iglesia católica, el papado ante todo, vivió como una “batalla cultural” contra la Europa moderna. En esta época, por lo tanto, no prevaleció en la iglesia romana el catolicismo liberal de Alessandro Manzoni ni la teología de Rosmini ni el cristianismo abierto a lo nuevo, del gran obispo de Cremona Geremia Bonomelli.
La RN es un documento que tiene algunas luces y algunas sombras. Las luces son verdaderas luces, importantes y muy destacadas por la tradición social católica. Como dice el título completo del documento - De opificium conditione (sobre la condición de los obreros) – la condición de los trabajadores es un objetivo central de la encíclica. De hecho, es al trabajo y al salario que se le dedican las páginas más luminosas, en las que se reafirma la dignidad de todo trabajador, se exige una jornada no muy larga (sobre todo para los niños y las mujeres) y se declara que el juego de la oferta y la demanda no puede ser el único criterio para fijar el salario: “que obrero y patrono estén libremente de acuerdo sobre lo mismo, y concretamente sobre la cuantía del salario; queda, sin embargo, latente siempre algo de justicia natural superior y anterior a la libre voluntad de las partes contratantes” (RN #32). Son importantes también los párrafos de la encíclica que fundan lo que luego será llamado el principio de subsidiariedad: “No es justo que ni el individuo ni la familia sean absorbidos por el Estado; lo justo es dejar a cada uno la facultad de obrar con libertad hasta donde sea posible, sin daño del bien común y sin injuria de nadie” (RN #26). Una subsidiariedad declinada como expresión del derecho a la asociación, en particular de las asociaciones obreras (#35-37). Tampoco la Iglesia de León XIII podía renunciar a la comunidad y a las comunidades; quería salvar la dimensión comunitaria de la Iglesia y con ella la jerarquía eclesial, económica y civil.
Los aspectos más oscuros de la RN tienen que ver con el tema de la igualdad entre los hombres, y por tanto con su visión de la riqueza y la pobreza. Para entenderlo, vayamos una vez más a los Principii di economia politica (1889) de Matteo Liberatore, publicado en vísperas de la Rerum Novarum. Ahí se trata el gran tema de la propiedad privada y la desigualdad, ideas que son muy similares a las de la RN: “Dos cosas, dice Santo Tomás, conviene distinguir de la propiedad: la posesión y el uso. La posesión puede ser privada, y es de hecho necesario que así sea, para utilidad de la vida humana. Pero en cuanto al uso, este debe ser común, en tanto el dueño haga partícipes a los necesitados de lo que tiene de más” (Principii…, p. 342).
Ya en su segunda encíclica León XIII había sostenido tesis parecidas: “Socialistas, Comunistas y Nihilistas… no dejan de declamar que los hombres son todos iguales entre ellos por naturaleza… la Iglesia reconoce mucho más sabia y útilmente que existe la desigualdad entre los hombres… y que esta desigualdad existe también en la posesión de los bienes” (Quod Apostolici Muneris, 1878). De la defensa de la propiedad privada a la defensa de las desigualdades solo hay un paso (tesis que encontramos en los Principii di Economia Politica de Liberatore, pp. 161-163): “Que en primer lugar se establezca este principio, que debe soportarse la condición propia de la humanidad: quitar del mundo las desigualdades sociales es algo imposible”. Y continúa: “porque la mayor diversidad existe por naturaleza entre los hombres: no todos tienen el mismo ingenio, la misma diligencia, la misma salud, ni tienen las fuerzas en un mismo nivel: y de esta inevitable diferencia nace necesariamente la diferencia de las condiciones sociales” (RN #13).
El tomismo de León XIII y de sus redactores se deja ver también en el acento que se pone en la socialidad de los seres humanos, y por tanto en su visión “organicista” de la sociedad, lo cual está en los cimientos de muchos párrafos acerca de las asociaciones y el corporativismo. En el sistema tomista, la tesis de que la sociedad es un cuerpo (San Pablo), y que por lo tanto todas las partes son interdependientes, conllevaba en sí la necesidad de una jerarquía y de la inmutabilidad de los puestos asignados a cada uno (el dedo no es el corazón, y no pueden intercambiarse sus funciones). Y así, la RN rechaza decididamente la lucha de clases y la idea de un conflicto entre patrones y proletarios. De esta visión armónica de las clases sociales nace también el llamado a hacer revivir los medievales Gremios de artesanos, que ya encontramos en la encíclica Humanum Genus (1884). Y luego leemos en la RN: “Para dirimir la cuestión obrera…el lugar preferente lo ocupan los gremios de artesanos… Es grato encontrarse con que constantemente se están constituyendo asociaciones de este género, de obreros solamente o mixtas de obreros y patrones” (#34). Una tesis que hoy parece rara. Como si en pleno desarrollo del capitalismo industrial y las masas obreras se pudiera volver atrás cinco siglos a una economía de pocas ciudades comerciales inmersas en el mundo feudal; como si la historia con sus ‘cosas nuevas’ no tuviese nada que enseñarle a la Iglesia, parte e hija de la misma historia; como si esas demandas de igualdad no fuesen también, al menos en gran parte, fruto del mismo evangelio de la Iglesia.
Con la propuesta de las corporaciones, León XIII va más allá del pensamiento de los redactores italianos de los bocetos de la RN, e incluye a algunos pensadores europeos, como lo muestra bien el ensayo de Alcide De Gasperi (firmado con el seudónimo de Mario Zanatta: I tempi e gli uomini che prepararono la RN, 1931). Entre ellos algunos franceses, como el marqués La Tour du Pin-Chambly de la Charce (1834-1924), el conde De Mun y el empresario industrial Léon Harmel, promotores del corporativismo católico, aristócratas todos. Una vez revividas las corporaciones se superaría el conflicto de clases sin alterar el orden natural de la propiedad y la jerarquía: “siempre habrá en el estado de los ciudadanos aquella variedad y diferencia sin la cual no puede existir ni concebirse ninguna sociedad” (RN #25).
Como cierre de su discurso sobre proletarios y patrones, León XIII escribe: “Habremos de vivir la verdadera vida cuando hayamos salido de este mundo, eso mismo es dogma cristiano y fundamento de la razón y de todo el ser de la religión. Pues que Dios no creó al hombre para estas cosas frágiles y perecederas, sino para las celestiales y eternas… ya nades en abundancia, ya carezcas de riquezas y de todo lo demás que llamamos bienes, nada de eso importa para la felicidad eterna” (RN #16). Por lo tanto: “se comprende que la verdadera dignidad y excelencia del hombre radica en lo moral, es decir, en la virtud; que la virtud es patrimonio común de todos los mortales, asequible por igual a altos y bajos, a ricos y pobres… Más aún, la misma voluntad de Dios parece más inclinada del lado de los afligidos, pues Jesucristo llama felices a los pobres… De este modo, las voluntades de una y otra clase, estrechadas amistosamente las manos, se unen también entre sí” (RN #18).
Al leer estas tesis deberíamos detenernos, porque nos estaríamos alejando del espíritu del evangelio. Jesús curó a los enfermos, hizo levantar a los paralíticos de sus camas, dio vida a una comunidad fraterna también en la comunión de los bienes materiales, no los consoló dejándolos en sus miserias, a la espera del paraíso. Dijo ‘ay de los ricos’, nos dio la parábola del rico epulón y de Lázaro y nos invitó a pasar por el ojo de una aguja. Su reino era y es sobre todo para esta vida, no para ‘aquella por venir’. Lo que escribe León XIII era expresión de la teología de la contrareforma, el espíritu católico de su época. Después de él llegaron el Vaticano II, don Mazzolari y Don Zeno, Francesca Cabrini y el papa Francisco. Los católicos hicieron pocas empresas corporativas, los fascistas fueron los que las hicieron. Crearon en cambio sindicatos, muchas cajas rurales y cooperativas en las que cuestionaron y cambiaron los derechos de propiedad del capitalismo, redujeron las desigualdades posibles en esta tierra, y lo siguen haciendo. Fueron más allá de la letra de la Rerum Novarum y escucharon su espíritu, que supieron vislumbrar también en el reclamo de igualdad de su tiempo, y el nuestro.
Hoy estamos atravesando tiempos similares. Ya no puede ser el miedo y la nostalgia de gloriosos tiempos pasados los que escriban las nuevas Rerum Novarum.

