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[introtext] => Hoy asistimos a un gran revival de la suerte. La felicidad cada vez se busca menos en la virtud.
por Luigino Bruni
Publicado en: Città Nuova n.12/2010 del 25/06/2010
Uno de los elementos más importantes para el nacimiento de la civilización occidental fue la contraposición entre suerte y virtud. En el mundo mítico griego había una relación muy estrecha entre felicidad y suerte. A quien tenía de su parte un buen (eu) dios (daimon), se le consideraba feliz. Sócrates y la gran pléyade de filósofos griegos afirmaron que, por el contrario, la felicidad y el crecimiento humano dependían de las virtudes y no de la suerte. La virtud vence a la mala suerte. Sobre esto se construyó toda la ética personal y colectiva de Europa que, gracias al acontecimiento cristiano, afirmó que la vida buena, la felicidad, depende de la capacidad de cultivar las virtudes, de nuestro compromiso y de nuestra responsabilidad.
Hoy, en cambio, asistimos a un gran revival de la suerte. La búsqueda de la felicidad cada vez se relaciona menos con la virtud, sobre todo con el trabajo, y más con la suerte, el juego y la fortuna. Proliferan las transmisiones que se basan en promesas de enriquecimiento fácil, rasga y gana, lotería, tragaperras, bonoloto y telepóker..
[fulltext] => La crisis financiera y económica también es expresión de este revival de cultura arcaica y del alejamiento de las ideas de la virtud y el trabajo. Nuestra república, cuando nace, se fundamenta en el trabajo. Una tesis que encierra siglos de civilización en los que Occidente y el cristianismo afirmaron que la riqueza que no deriva del trabajo humano no conduce normalmente a la felicidad individual y colectiva. Hoy, en cambio, esta cultura de la suerte (que va de la mano con la magia y la astrología, otros ámbitos neopaganos en auge) nos ilusiona con la promesa de que nos podemos hacer ricos sin trabajar, simplemente encontrando la inversión adecuada o ganando la lotería. No hay una gran diferencia cultural entre quienes consumen lotería sistemáticamente y quienes especulan en bolsa. Es la cultura de la suerte que se toma la revancha sobre la cultura de la virtud. Saldremos de esta crisis si trabajamos, mejor y juntos, para relanzar una era de virtudes públicas, de bienes colectivos y de proyectos comunes. En caso contrario, seguiremos esperando que la salvación venga de fuera y seguiremos dilatando el tiempo de la responsabilidad individual y colectiva.
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Primero los dardos tuvieron como destinatario al alcalde de Adro (Brescia), que decidió dejar fuera del comedor escolar a los que no estaban al día con los pagos. Después, cuando un (inicialmente) anónimo empresario pagó la cuenta para evitar que los niños de primaria, que no tenían culpa alguna, se quedasen con el estómago vacío, los disparos se dirigieron hacia el autor del magnánimo gesto. El motivo es que ahora a los que son poco honestos les resultará demasiado fácil aprovecharse de la generosidad ajena. Así, unas 200 familias han anunciado que dejarán de pagar la cuota en señal de protesta. Por su parte, el alcalde ha declarado al Corriere della Sera que el gesto de Silvano Lancini – así se llama el empresario – es «una acción política», encaminada a favorecer a la oposición. Tanto si se trata de auténtica generosidad como si se trata de un movimiento calculado, este episodio trae al centro del debate la cuestión del valor y del papel de la gratuidad en la ciudadanía. Hablamos de ello con Luigino Bruni, profesor de economía en la Universidad Bicocca de Milán y autor de un libro que trata precisamente sobre este tema (El precio de la gratuidad, Ciudad Nueva).
¿Por qué vota la gente?
ahorrando tiempo y dinero en relación a los métodos arcaicos de hace años (teléfono, correo …). Sin embargo después muchas veces estos eventos se desarrollan en salas medio vacías, a las que sólo asisten algunos de los miles de contactos. ¿Por qué ocurre esto? Reducir costes no siempre es positivo desde el punto de vista social. Cuando recibimos la misma invitación a una conferencia que cientos de personas, a veces con un encabezamiento anónimo: “distinguido / estimado señor”, somos muy conscientes de que esa invitación apenas ha costado unos segundos de tiempo y esa es una de las razones por la que nos deja indiferentes. En cambio, si recibimos un email personal o, mejor aún, una carta o una llamada telefónica, sabemos que ese mayor coste y esfuerzo que exige esa forma de comunicación es también un signo de un mayor interés por nosotros.
vuelven las viejas malas costumbres de los grandes bancos. El mismo Obama lanzaba ayer una dura advertencia al mundo financiero. Sin embargo, a nivel local, algo se mueve. Entrevista al profesor Luigino Bruni, economista en la Universidad Bicocca de Milán.