Città Nuova

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El empresario de Brescia que ha pagado de su bolsillo el comedor escolar a los niños que no se lo podían permitir, ha recibido, junto a algunas alabanzas, también fuertes críticas. ¿Cuál es el valor de la gratuidad dentro de la comunidad? El economista Luigino Bruni responde a tres preguntas.

por Chiara Andreola
publicado en cittanuova.it el 16/04/2010

Luigino_Bruni_03Primero los dardos tuvieron como destinatario al alcalde de Adro (Brescia), que decidió dejar fuera del comedor escolar a los que no estaban al día con los pagos. Después, cuando un (inicialmente) anónimo empresario pagó la cuenta para evitar que los niños de primaria, que no tenían culpa alguna, se quedasen con el estómago vacío, los disparos se dirigieron hacia el autor del magnánimo gesto. El motivo es que ahora a los que son poco honestos les resultará demasiado fácil aprovecharse de la generosidad ajena. Así, unas 200 familias han anunciado que dejarán de pagar la cuota en señal de protesta. Por su parte, el alcalde ha declarado al Corriere della Sera que el gesto de Silvano Lancini – así se llama el empresario – es «una acción política», encaminada a favorecer a la oposición. Tanto si se trata de auténtica generosidad como si se trata de un movimiento calculado, este episodio trae al centro del debate la cuestión del valor y del papel de la gratuidad en la ciudadanía. Hablamos de ello con Luigino Bruni, profesor de economía en la Universidad Bicocca de Milán y autor de un libro que trata precisamente sobre este tema (El precio de la gratuidad, Ciudad Nueva).

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En cuanto se ha sabido el nombre del benefactor, han ido tomando cuerpo las suposiciones sobre posibles intereses ocultos. ¿Por qué nos cuesta tanto concebir un gesto de gratuidad?
 
«El ethos del mercado está tan centrado en el principio del interés personal, como dicen incluso los libros de textos de las escuelas de negocios en las que se forman las clases dirigentes, que incluso un acto altruista termina por entrar dentro de esta lógica y se convierte en “sospechoso”. Pero hay que decir que aquí hay también una reacción ante una idea de beneficencia que puede esconder relaciones de poder. El munus, el don, ha acompañado durante milenios a la vida en común, pero en algunos casos era expresión de dominio. Séneca ya afirmaba que cuando el beneficiario no consigue responder al don del benefactor, termina por odiarlo, porque cada día le recuerda su dependencia. Hay que crear las condiciones para que exista una cultura de la gratuidad. La economía civil y la Economía de Comunión van en esta dirección ».
 
¿En qué se diferencia la gratuidad de la beneficencia?
 
«La gratuidad está radicada en la reciprocidad. Es un proceso que comienza, como por ejemplo en este caso, con una donación, pero después se desarrolla y dura en el tiempo dentro de la comunidad. No es sólo el acto de una persona. En este sentido, la cultura europea es distinta de la americana, donde se considera normal que un empresario haga una donación incluso importante. Al no estar acostumbrados al modelo filantrópico, sino al comunitario, no tenemos la idea de que el individuo asuma de su bolsillo una obligación que atribuimos al Estado o a la comunidad. Es en la comunidad donde la reciprocidad encuentra su expresión plena, precisamente porque no es simple beneficencia, sino un modelo de relaciones. La pobreza misma es una relación, no un status».
 
Uno de los motivos por los que se ha criticado el gesto del empresario de Brescia es el peligro de que algunos, pudiendo hacerlo, se aprovechen y dejen de pagar la cuota del comedor. ¿La gratuidad tiene limitaciones?
 
«El acto de generosidad es frágil por naturaleza y está expuesto al oportunismo. El peligro es inevitable, pero eso no es un buen motivo para dejar de hacerlo. Construir comunidades solidarias con dinámicas más sostenibles funciona como una garantía en este sentido, porque una vez que el proceso de gratuidad entra en la dimensión comunitaria se puede ejercer una especie de control».

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El empresario de Brescia que ha pagado de su bolsillo el comedor escolar a los niños que no se lo podían permitir, ha recibido, junto a algunas alabanzas, también fuertes críticas. ¿Cuál es el valor de la gratuidad dentro de la comunidad? El economista Luigino Bruni responde a tres preguntas.

por Chiara Andreola
publicado en cittanuova.it el 16/04/2010

Luigino_Bruni_03Primero los dardos tuvieron como destinatario al alcalde de Adro (Brescia), que decidió dejar fuera del comedor escolar a los que no estaban al día con los pagos. Después, cuando un (inicialmente) anónimo empresario pagó la cuenta para evitar que los niños de primaria, que no tenían culpa alguna, se quedasen con el estómago vacío, los disparos se dirigieron hacia el autor del magnánimo gesto. El motivo es que ahora a los que son poco honestos les resultará demasiado fácil aprovecharse de la generosidad ajena. Así, unas 200 familias han anunciado que dejarán de pagar la cuota en señal de protesta. Por su parte, el alcalde ha declarado al Corriere della Sera que el gesto de Silvano Lancini – así se llama el empresario – es «una acción política», encaminada a favorecer a la oposición. Tanto si se trata de auténtica generosidad como si se trata de un movimiento calculado, este episodio trae al centro del debate la cuestión del valor y del papel de la gratuidad en la ciudadanía. Hablamos de ello con Luigino Bruni, profesor de economía en la Universidad Bicocca de Milán y autor de un libro que trata precisamente sobre este tema (El precio de la gratuidad, Ciudad Nueva).

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La gratuidad, un proceso comunitario

El empresario de Brescia que ha pagado de su bolsillo el comedor escolar a los niños que no se lo podían permitir, ha recibido, junto a algunas alabanzas, también fuertes críticas. ¿Cuál es el valor de la gratuidad dentro de la comunidad? El economista Luigino Bruni responde a tres preguntas. por Ch...
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Según la teoría económica, si examinamos los costes y beneficios del voto, los ciudadanos deberían desertar de las urnas. ¿Es esta la única causa de la alta abstención en las últimas elecciones o hay otros motivos?

por Luigino Bruni

publicado en: www.cittanuova.it el 01/04/2010

Scheda_elettorale¿Por qué vota la gente?

La ciencia económica no es todavía capaz de darnos una respuesta totalmente convincente a esta pregunta. Siguiendo únicamente los criterios de la pura racionalidad económica, la que nos lleva a decidir en función de los costes y beneficios individuales, ningún ciudadano racional debería acudir a las urnas. El impacto que un solo voto tiene sobre el resultado final de una votación política está muy cerca de cero, mientras que el coste (sobre todo en tiempo) cae enteramente sobre el individuo. En otras palabras, si todos nos preguntáramos “qué aporta nuestro voto a la política nacional” y actuáramos en consecuencia, muchos escaños deberían quedar desiertos.

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¿Por qué entonces, haciendo caso omiso de la teoría económica y de los economistas, mucha gente sigue yendo a votar? Tal vez porque cuando participamos en la vida política y ciudadana no miramos únicamente los beneficios y costes individuales, sino que atribuimos un valor intrínseco o ético a la participación política en sí misma. Cuando María tiene que decidir si va a ir a votar o no, siendo el coste material de su voto igual a 2 (tiempo, gasolina…) y el beneficio igual a 0,1 (la influencia de su voto en el resultado electoral), si no tuviera en cuenta otro tipo de beneficio, se quedaría tranquilamente en su casa o iría a dar un paseo. Si, por el contrario, la participación política le produce algún tipo de  bienestar o felicidad, es como si a ese 0,1 se le añadiera un valor inmaterial que, siempre que sea suficientemente alto, le hace ir a las urnas en lugar de disfrutar del descanso dominical. ¿Qué sentido tiene, desde este punto de vista, el descenso de la afluencia a las urnas? En primer lugar se deduce que este descenso es resultado de que cada vez más personas razonan en términos puramente individualistas y “económicos”.

Pero hay algo más que decir. Cuando la calidad del debate público y la moralidad de los políticos disminuyen, se reduce también el valor intrínseco y simbólico de la participación para las personas. Y cuando se supera determinado umbral (para María es el 1,9 pero cada uno tiene su propio umbral), entonces puede que ya no se vaya a votar. “Ya no merece la pena”, se dice en apretada síntesis. Y aunque María ignore cuál es su umbral, si este año no ha ido a votar, esta decisión nos revela que el valor intrínseco de la participación política para ella ha bajado. En ese caso, la ausencia del voto es signo de un malestar y quizá de una deseo de mayor calidad en la vida política. Ciertamente hay ciudadanos para los cuales el valor ético de la participación política es muy alto, pero muchos otros gravitan alrededor del valor más cercano al umbral crítico y la crisis moral de la política puede haber llevado a muchos de ellos a renunciar al voto.

Entonces ¿qué conclusión podemos sacar? Si queremos que la gente siga votando, ejercitando el principal derecho-deber de una democracia, hay que llenar la política de ideales y de moralidad, haciendo que su valor, simbólico pero muy real, permanezca alto, haciendo que “merezca la pena”. 

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Según la teoría económica, si examinamos los costes y beneficios del voto, los ciudadanos deberían desertar de las urnas. ¿Es esta la única causa de la alta abstención en las últimas elecciones o hay otros motivos?

por Luigino Bruni

publicado en: www.cittanuova.it el 01/04/2010

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La ciencia económica no es todavía capaz de darnos una respuesta totalmente convincente a esta pregunta. Siguiendo únicamente los criterios de la pura racionalidad económica, la que nos lleva a decidir en función de los costes y beneficios individuales, ningún ciudadano racional debería acudir a las urnas. El impacto que un solo voto tiene sobre el resultado final de una votación política está muy cerca de cero, mientras que el coste (sobre todo en tiempo) cae enteramente sobre el individuo. En otras palabras, si todos nos preguntáramos “qué aporta nuestro voto a la política nacional” y actuáramos en consecuencia, muchos escaños deberían quedar desiertos.

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¿Cuánto vale un voto?

Según la teoría económica, si examinamos los costes y beneficios del voto, los ciudadanos deberían desertar de las urnas. ¿Es esta la única causa de la alta abstención en las últimas elecciones o hay otros motivos? por Luigino Bruni publicado en: www.cittanuova.it el 01/04/2010 ¿Por qué vota la gent...
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Impuestos y justicia

por Luigino Bruni

publicado en Cittanuova.it el 18/03/2010

Puntualmente vuelve a la palestra el tema de la reforma fiscal y la lucha contra la evasión fiscal, una enfermedad que no afecta solo al sistema fiscal sino a toda la vida cívica, ya que mina de raíz el “pacto social” que existe entre los ciudadanos. Cada cierto tiempo deberíamos recordarnos cuál es la lógica de los impuestos en una democracia moderna. Los impuestos tienen tres objetivos: tienen una función de redistribución de la riqueza de los más ricos hacia los más pobres; además son un instrumento para animar el consumo de bienes meritorios (arte, educación, cultura…) y desincentivar el de los no meritorios (tabaco, licores…); finalmente sirven para financiar los bienes públicos como las carreteras, la seguridad o la sanidad.

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Estas tres funciones tienen sentido para las sociedades que se sienten unidas por un pacto, que tienen una dimensión colectiva que es más que una suma de contratos y de acciones individuales y privadas. Pensemos, por ejemplo, en los bienes públicos: Si su costo es de 1.000 y somos 100 los que pagamos impuestos, cada uno contribuye con una media de 10. Pero si somos 100 ciudadanos y sólo 50 pagan impuestos, la media de los que contribuyen es de 20. Pagan por ellos mismos y por los tramposos. Por eso, cuando la evasión fiscal supera un umbral crítico, mina los cimientos del pacto social, puesto que rompe la confianza que mantiene unidos a los pueblos y a cualquier comunidad política.

Cuando se habla del escándalo de los paraísos fiscales – “lugares” por donde transita muchas veces el dinero blanqueado de violencia y de sangre –, hay que tener en cuenta que también existen muchos purgatorios fiscales. Los de aquellos que, a causa del paraíso de los tramposos, tienen que sostener una presión fiscal demasiado alta, injusta y muchas veces insostenible. Un purgatorio que se transforma en infierno cuando un empresario que vive la legalidad en sectores de alta evasión fiscal se ve obligado a cerrar las puertas de su empresa. La cultura fiscal solo se puede cambiar a largo plazo, realizando diariamente actos virtuosos, empezando por el colegio. Cuando un muchacho pregunta «¿por qué hay paraísos fiscales?», la respuesta no es fácil, pero siempre podemos desearle que su generación sea la primera en eliminar esta vergüenza colectiva.

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Impuestos y justicia

por Luigino Bruni

publicado en Cittanuova.it el 18/03/2010

Puntualmente vuelve a la palestra el tema de la reforma fiscal y la lucha contra la evasión fiscal, una enfermedad que no afecta solo al sistema fiscal sino a toda la vida cívica, ya que mina de raíz el “pacto social” que existe entre los ciudadanos. Cada cierto tiempo deberíamos recordarnos cuál es la lógica de los impuestos en una democracia moderna. Los impuestos tienen tres objetivos: tienen una función de redistribución de la riqueza de los más ricos hacia los más pobres; además son un instrumento para animar el consumo de bienes meritorios (arte, educación, cultura…) y desincentivar el de los no meritorios (tabaco, licores…); finalmente sirven para financiar los bienes públicos como las carreteras, la seguridad o la sanidad.

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Purgatorio fiscal

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Ante la grave crisis del empleo, hay que moverse.

por Luigino Bruni

publicado en Città Nuova n.4 - 2010

Benedicto XVI ha dicho reciente e insistentemente que es necesario «hacer todo lo posible para tutelar y aumentar el empleo ». Hoy más que nunca el centro del sistema económico debe estar ocupado por las personas. El capital tecnológico, financiero y social es por supuesto importante, pero el “capital humano”, los trabajadores, siguen siendo el factor clave de cualquier economía que quiera estar a la altura del hombre. Sin embargo, la crisis financiera y económica global muestra con gran fuerza que el trabajo humano ha quedado relegado en nuestro modelo de desarrollo capitalista. Un modelo que, al ser cada vez más dependiente de las finanzas, ha ido perdiendo contacto con la fatiga del trabajo.

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El trabajo ahora está al servicio del consumo. Ha dado lugar a uno de los fenómenos más preocupantes de nuestro tiempo, que es la carrera por el consumo. La historia nos enseña que los pueblos se desarrollan no cuando la tendencia “competitiva” de los seres humanos se expresa en primer lugar en el consumo (competición por tener el auto o el teléfono móvil más caro que el de los demás), sino mediante el trabajo y la producción. Además podríamos haber aprendido de esta crisis que la única riqueza que produce auténtico bienestar es la que surge del trabajo humano. La promesa de hacerse rico sin trabajar siempre es sospechosa y muchas veces se basa en el engaño individual y social.

¿Qué podemos hacer en estos tiempos de profunda crisis del trabajo? En primer lugar hay que tener muy en cuenta que el trabajo no es una mercancía que puede dejarse exclusivamente en manos de la demanda (empresas) y de la oferta (trabajadores). El trabajo, o, mejor dicho, trabajar es un bien de primera necesidad, ya que de él dependen la dignidad e identidad de las personas, sus sueños y la posibilidad de adquirir otros bienes, moviendo así la rueda de la economía. Por eso la presencia de los sindicatos será siempre un gran signo de civilización y humanización plena de la vida civil.

Saldremos de esta crisis si sabemos encontrar una nueva organización del empleo. La globalización y la entrada de nuevos continentes en la escena económica están cambiando radicalmente el modelo económico dominante en occidente durante el siglo XX, basado en el binomio estado-mercado. Según este modelo, que ha producido resultados extraordinarios en términos de crecimiento económico, el mercado capitalista debe producir y dar trabajo y el estado debe rellenar los huecos del mercado, incluso desde el punto de vista del empleo. Todo lo que tenía que ver con la vida privada y asociativa y por ello con los valores ideales y políticos, no correspondía ni al mercado ni al estado. Todo eso era un “tercer sector” y cuando creaba empleo era algo marginal, ya que su naturaleza no era económica.

Hoy este modelo está entrando en crisis mortal, porque ni el mercado tradicional ni el estado se sostienen ya. Entonces el tercer sector debe evolucionar hacia lo que llamamos “economía civil”, es decir hacia un nuevo modelo económico y social donde la sociedad civil no es un elemento residual (tercero), sino el punto de apoyo de la creatividad de toda la economía. Hoy es necesaria una nueva era de la innovación donde los ciudadanos no dejen el trabajo solo en manos de las grandes empresas tradicionales y del Estado, sino que sean protagonistas de nuevas empresas en sectores de alta innovación.

Hoy no sólo hay que “salvar” el trabajo o “buscarlo”. También hay que “crearlo”. Hay que concebir un sistema donde las cooperativas y las asociaciones no se ocupen solo del cuidado de las personas, sino también de los bienes de alto valor añadido. Hay que inventar un nuevo pacto social para que la economía civil no tenga únicamente la función de redistribuir recursos, sino también de crearlos.

Si queremos que Italia siga ocupando un puesto significativo en el nuevo escenario económico mundial, hay que relanzar una fase de nueva creatividad para imaginar nuevos escenarios y nuevos mercados, con bienes que hoy son cada vez más escasos y por ello preciados: los bienes relacionales, culturales y medioambientales.

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Ante la grave crisis del empleo, hay que moverse.

por Luigino Bruni

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Salvar, buscar y crear trabajo

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Editoriales - Sociedades evolucionadas

por Luigino Bruni

publicado en Città Nuova n.3 - 2010

Algunas empresas, organizaciones y asociaciones dan publicidad a los eventos que organizan enviando un email a miles de personas. Con un solo clic consiguen llegar a miles de personas,regalo_ridahorrando tiempo y dinero en relación a los métodos arcaicos de hace años (teléfono, correo …). Sin embargo después muchas veces estos eventos se desarrollan en salas medio vacías, a las que sólo asisten algunos de los miles de contactos. ¿Por qué ocurre esto?  Reducir costes no siempre es positivo desde el punto de vista social. Cuando recibimos la misma invitación a una conferencia que cientos de personas, a veces con un encabezamiento anónimo: “distinguido / estimado señor”, somos muy conscientes de que esa invitación apenas ha costado unos segundos de tiempo y esa es una de las razones por la que nos deja indiferentes. En cambio, si recibimos un email personal o, mejor aún, una carta o una llamada telefónica, sabemos que ese mayor coste y esfuerzo que exige esa forma de comunicación es también un signo de un mayor interés por nosotros.

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Esto es expresión de una tendencia más general en las relaciones humanas. Pensemos, por ejemplo, en la gramática relacional de los regalos. Si cuando recibimos un regalo sabemos que no ha costado mucho (en términos de tiempo y/o dinero), tendemos a no apreciarlo. Este es el principal motivo que explica la existencia de una norma social de alcance universal: no hay que reciclar los regalos para hacer otros “regalos”. Si queremos alcanzar objetivos hay que hacer inversiones. Si queremos que alguien supere la fuerza de inercia que ejerce la televisión de plasma que, “gracias” a mercado nos ofrece cada vez más programas, y salga de noche para participar en un encuentro cultural o espiritual, tenemos que invertir tiempo y esfuerzo. En caso contrario no superaremos la barrera del sonido de nuestra sociedad de consumo y nuestras señales se perderán en el magma de tantas señales que nos llegan superficialmente cada día.

Debemos aprender a recuperar la comunicación cara a cara: reducir el número de llamadas, de emails y de SMS y usar ese tiempo para llamar a la puerta de alguien. Los frutos de esta inversión de tiempo son muy abundantes, entre otras cosas porque en una sociedad cada vez más virtual, el encuentro humano de corazón a corazón se está convirtiendo en un bien escaso y por ello de mayor valor.

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Editoriales - Sociedades evolucionadas

por Luigino Bruni

publicado en Città Nuova n.3 - 2010

Algunas empresas, organizaciones y asociaciones dan publicidad a los eventos que organizan enviando un email a miles de personas. Con un solo clic consiguen llegar a miles de personas,regalo_ridahorrando tiempo y dinero en relación a los métodos arcaicos de hace años (teléfono, correo …). Sin embargo después muchas veces estos eventos se desarrollan en salas medio vacías, a las que sólo asisten algunos de los miles de contactos. ¿Por qué ocurre esto?  Reducir costes no siempre es positivo desde el punto de vista social. Cuando recibimos la misma invitación a una conferencia que cientos de personas, a veces con un encabezamiento anónimo: “distinguido / estimado señor”, somos muy conscientes de que esa invitación apenas ha costado unos segundos de tiempo y esa es una de las razones por la que nos deja indiferentes. En cambio, si recibimos un email personal o, mejor aún, una carta o una llamada telefónica, sabemos que ese mayor coste y esfuerzo que exige esa forma de comunicación es también un signo de un mayor interés por nosotros.

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De corazón a corazón: costes y beneficios

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Economia civil y de comunión

por Luigino Bruni
publicado en Città Nuova n.1/2010

La economía civil es una tradición de pensamiento que considera el mercado y la empresa no son el reino del interés individual sino un asunto de reciprocidad y de fraternidad. Solo interpretando así la economía podemos decir que la Economía de Comunión (EdC) es verdadera economía y no una experiencia marginal promovida por algunos empresarios buenos para tapar los agujeros de la economía que cuenta. Es una novedad que no puede encuadrarse en el esquema dualista “con ánimo de lucro” y “sin ánimo de lucro” típico de la tradición capitalista.

Cuando leemos la EdC desde la perspectiva cultural de la economía civil, ésta se convierte en el paradigma de las empresas “proyecto” (que no están a favor ni en contra del beneficio), típicas de la economía civil, en las que los empresarios son constructores de proyectos compartidos, en los que el beneficio es un elemento más.

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Al mismo tiempo, la EdC y la espiritualidad de la que nació, nos ofrecen también las categorías teóricas para dar contenido a la economía civil: reciprocidad, gratuidad, fraternidad, bienes relaciones. Palabras todas ellas “aprendidas” observando la vida de los empresarios, trabajadores y pobres del proyecto EdC. Así pues, sin la experiencia y la espiritualidad de la EdC probablemente (al menos por mi parte) el contenido teórico de la economía civil sería hoy más pobre y desde luego distinto; sin la elaboración de la economía civil, la EdC tendría menos dignidad científica, sería considerada como una anómala excepción y le faltaría el carácter universal que le da la perspectiva de la economía civil.

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Economia civil y de comunión

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La economía civil es una tradición de pensamiento que considera el mercado y la empresa no son el reino del interés individual sino un asunto de reciprocidad y de fraternidad. Solo interpretando así la economía podemos decir que la Economía de Comunión (EdC) es verdadera economía y no una experiencia marginal promovida por algunos empresarios buenos para tapar los agujeros de la economía que cuenta. Es una novedad que no puede encuadrarse en el esquema dualista “con ánimo de lucro” y “sin ánimo de lucro” típico de la tradición capitalista.

Cuando leemos la EdC desde la perspectiva cultural de la economía civil, ésta se convierte en el paradigma de las empresas “proyecto” (que no están a favor ni en contra del beneficio), típicas de la economía civil, en las que los empresarios son constructores de proyectos compartidos, en los que el beneficio es un elemento más.

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Economía civil y de comunión. ¿En qué se diferencian?

Economia civil y de comunión por Luigino Bruni publicado en Città Nuova n.1/2010 La economía civil es una tradición de pensamiento que considera el mercado y la empresa no son el reino del interés individual sino un asunto de reciprocidad y de fraternidad. Solo interpretando así la economía podemo...
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por Luigino Bruni

publicado en cittanuova.it el 30-11-2009

Si vamos a visitar a un amigo que ha tenido un accidente y le preguntamos «Qué tal estás?», tal vez nos conteste: «La pierna se está curando, la costilla todavía me duele y el hematoma todavía no se ha absorbido, pero el brazo está bien ». Estas son las condiciones en las que se encuentra la economía, que está tratando de salir de un (grave) accidente. Las partes del “cuerpo” heridas en la caída de septiembre de 2008 fueron sobre todo tres: la estructura financiera, la producción y el empleo. Los datos sobre la crisis y la recuperación son contradictorios, ya que hoy se habla de la pierna, ayer de las costillas y mañana del hematoma.

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Metáforas aparte, podemos decir que la grave crisis del sector financiero está superada. Hoy ya no existe riesgo de hundimiento del sistema (al menos en el futuro inmediato). La producción real se está activando y dentro de algunos meses es probable que se vuelva a producir con un PIB de signo positivo. El que todavía no se ha curado es el mundo del trabajo y creo que, en términos globales, ya no volveremos a alcanzar los niveles de ocupación anteriores a la crisis. ¿Por qué? En primer lugar porque en las crisis siempre se destruyen activos industriales, algunos de ellos obsoletos, y surgen otros nuevos, en una especie de “destrucción creadora”. Además, con la entrada de nuevos grandes actores en el mercado, los sectores industrialmente maduros del norte del mundo tendrán necesariamente que redimensionarse.

Según algunas estimaciones, en los próximos años la economía tradicional no podrá dar ocupación a más de 2/3 de los trabajadores. ¿Qué se puede hacer? Hay un camino, poco explorado hasta el momento, que consiste en potenciar y desarrollar la capacidad y la vocación productiva de la sociedad civil, la llamada economía civil. Una parte de la sociedad civil y de las familias ya no podrá “buscar” trabajo en las grandes empresas o en el estado, “creadores” de empleo en el modelo tradicional anterior a 2008. Es necesario que la sociedad civil cada vez sea más capaz de crear trabajo por sí misma y no solo en los servicios a las personas sino también en sectores de alto valor añadido y es necesario que lo haga en sinergia con las empresas tradicionales y con las instituciones.

Hay que superar la idea que concibe la economía social o no lucrativa como un sector financiado en gran parte con subvenciones públicas, porque este modelo no puede ser sostenible si es cierto que el estado obtiene riqueza sobre todo mediante los impuestos que gravan la producción de las empresas tradicionales (que cada vez serán menos). Así pues es urgente que la economía civil active con capacidad innovadora riqueza privada y sea capaz de producir ella misma valor añadido.

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