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[introtext] => Actualidad - Crisis griega. La tormenta que ha azotado a Atenas nos lleva a pensar que el pacto europeo ha quedado reducido a un contrato
Luigino Bruni
Publicado en
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Città Nuova n. 15-16/2015
(56 KB)
, el 01/08/2015
La Unión Europea está atravesando la mayor crisis desde s
u fundación. El test de estrés que ha supuesto la crisis griega ha puesto de manifiesto no sólo la grave situación del pueblo griego y de su economía, sino también la fragilidad de una Europa que se construyó hace décadas sobre registros relacionales, sociales y simbólicos típicos del pacto y que ahora se está transformando progresivamente en un club de países que siguen juntos únicamente en base al registro del contrato.
El pacto, categoría de origen bíblico (Alianza), incluye, entre otras cosas, el perdón como elemento fundamental. En los pactos es posible perdonarse. Después de los fracasos se puede y se debe volver a empezar. A veces las deudas se pueden cancelar.
[fulltext] => Si hay per-dón, por naturaleza también hay don, una palabra que nadie ha tenido el valor de invocar en las mesas donde se tomaban las decisiones importantes estas últimas semanas. Esto no debe sorprendernos pero es normal que nos entristezca. Nuestro capitalismo ha encerrado el don en la esfera estrictamente privada. Es posible que haya entendido la naturaleza subversiva del verdadero don, que, no por casualidad, tiene como primera imagen a un hombre-Dios crucificado. El verdadero don es una herida, pero también es la hendidura principal por donde pasa la vida. La vida individual y la de los pueblos.
Cuando una comunidad (palabra que viene de munus, es decir don y obligación, que son los dos significados de munus) pierde el contacto con el don, cuando sus responsables son incapaces de evocar esta categoría incluso en los momentos más dramáticos, el pacto muere y solo queda el contrato con sus reglas. Para no salir del horizonte de la humanidad debemos ser capaces de lubricar nuestras reglas con el aceite del don.
Esta co-esencialidad de las reglas y del don se ve en la gran historia del desarrollo de la Alianza bíblica, así como en las comunidades fundadas por pactos, como las familias, muchas otras comunidades y algunas empresas (empresas de comunión, cooperativas…). En cambio, el contrato no conoce la palabra perdón. Cuando en un contrato se comete un error, hay que pagar hasta el último céntimo. De hecho, en la antigüedad era posible caer en la esclavitud por deudas e incluso perder la vida.
En la Alianza entre YHWH y el pueblo hebreo, la Ley del Sinaí (la Torah) introdujo, como unicum en toda la historia humana, el año sabático, gracias al cual cada siete años los esclavos por deudas eran rescatados y liberados: “El esclavo hebreo servirá seis años, y el séptimo quedará libre sin pagar rescate” (Éxodo 21,2). Estos esclavos eran personas ‘compradas’ (qnh es un verbo que se usa para las compras con moneda), deudores insolventes que perdían la libertad porque no lograban devolver los préstamos recibidos. Y con ellos muchas veces terminaban en la esclavitud también sus mujeres, sus hijos y sobre todo sus hijas (21,3-5). Así pues, el deudor se convertía en propiedad del acreedor, como si se tratar de una mercancía, una casa o un vestido. En un momento determinado
, la civilización inventó la institución jurídica de la quiebra, que, no lo olvidemos, se creó sobre todo en garantía del deudor, para impedir precisamente que sus deudas le convirtieran en esclavo.
Esta forma de esclavitud por deudas sigue estando muy presente y en auge en nuestro capitalismo, donde hay empresarios y ciudadanos, casi siempre pobres, que caen en la condición de esclavos únicamente porque no consiguen pagar sus deudas. Y así pierden, también hoy, la libertad, la casa, los bienes, la dignidad e incluso la propia vida. No hay duda de que entre los esclavos por deudas hay, tanto ayer como hoy, personas ignorantes y crédulas, y torpes especuladores. Pero también hay empresarios, trabajadores y ciudadanos justos que simplemente han caído en desgracia. La Biblia nos recuerda que también el justo puede caer en desventura sin tener ninguna culpa, como en el caso de Job. No todos los deudores insolventes son culpables, aunque en algunos idiomas deuda y culpa tengan la misma raíz etimológica. El capitalismo, a pesar de que nació dentro del humanismo judeo-cristiano, no conoce ninguna ley que libere a los deudores de la esclavitud al terminar el séptimo año. Sin embargo, aquella antigua ley sigue repitiéndonos también hoy que ninguna esclavitud debe ser para siempre, porque antes que deudores somos habitantes de la misma tierra, hijos del mismo cielo y por ello verdaderos hermanos y hermanas.
En cambio, cuando pensamos que nuestra riqueza es conquista y mérito sólo nuestro, las deudas no se perdonan nunca, los esclavos no se liberan nunca y la justicia se eclipsa. El dominio absoluto del individuo sobre las cosas es un invento típico de nuestra civilización, pero esa no es la lógica bíblica ni la verdadera ley de la vida. Europa podría haber aprovechado esta gran ocasión, creada primero por la crisis financiera que estalló en Estados Unidos y después por la crisis de la deuda pública de algunos países como Grecia, para relanzar el pacto fundacional que la originó, concibiendo y aventurando soluciones más creativas, valientes, arriesgadas y solidarias. En cambio, de momento seguimos viendo cómo se desgasta el sueño europeo. Para mantenerlo con vida hacen falta símbolos más ricos que los de las finanzas, actos humanos más grandes que los contratos, palabras más expresivas que culpa y deuda. No perdamos por el camino la comunidad para conformarnos con el club.
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Subsidiariedad podría ser una palabra clave para los próximos años. Podría generar más bienestar y democracia en nuestra sociedad, si fuéramos capaces de aplicarla de verdad en el ámbito de la política (donde muchas veces se nombra pero rara vez se practica) y de extenderla a otras áreas que tienen una acuciante necesidad de ella. La profunda raíz ética de este principio se encuentra en una de las grandes conquistas de la modernidad: “la soberanía pertenece al pueblo, no a los gobernantes ni a los políticos”. Según este principio, cualquier decisión que tome un administrador y que produzca efectos sobre las personas implicadas, debe estar justificada en razones de bien común.
Deberíamos tomarnos muy en serio la oleada de malestar con respecto a las instituciones financieras europeas y mundiales (la Troika), que está surgiendo con fuerza cada vez mayor en Grecia, España y Portugal, pero también en Francia e Italia. En la Europa latina, comunitaria y ‘católica’ (y también ortodoxa). Es evidente que no todas las razones de las protestas sobre la política europea y el euro son buenas. Pero algunas sí que son profundas y muy serias.
Estaba en Londres completando mis estudios de economía, cuando la mañana del 8 de mayo de 1998 me llamó por teléfono a casa
El cuadro que dibuja el informa del ISTAT no es feliz, y hace falta mucha esperanza civil (gran virtud para estos tiempos difíciles) para no desanimarse y seguir luchando.
Si es verdad lo que dicen los medios de comunicación, el principal objetivo de nuestra política económica es que la variación del PIB vuelva a tener signo positivo. Relanzar el crecimiento. Sin embargo, no son muchos los que se hacen esta sencilla pregunta: ¿Estamos seguros de que aumentar el PIB, o crecer, sea siempre y en todo caso algo positivo y deseable? La variación del PIB dice demasiado poco sobre el bienestar, sobre la calidad de vida, sobre la democracia y sobre los derechos y libertades de un país. Siempre ha sido así. Los grandes economistas lo sabían y lo saben. Pero en nuestra sociedad, la capacidad del PIB para “hablar” se ha debilitado todavía más, aunque los debates públicos lo ignoren o finjan no saberlo.
Un mercado excluyente reniega de su vocación ética y de su historia. Reivindicar la inclusión y la comunión es una gran operación de caridad civil en provecho de todos.
Para comprender quién es Amartya Sen un buen punto de partida son las últimas palabras de su libro de 2010, La idea de justicia: “La filosofía se puede ejercer con resultados de extraordinario interés sobre una variedad de cuestiones que nada tienen que ver con las miserias, las injusticias y la falta de libertad que afligen a la vida humana.
Pocas ganancias, pero pregonadas a los cuatro vientos, y muchas pérdidas, siempre ocultadas. La fiebre del juego crece en Italia y las instituciones no hacen nada por remediarlo. Entonces ¿cómo se puede ayudar a quien no puede dejar de tentar a la suerte? Durante la manifestación internacional “Juntos por Europa”, en un congreso sobre la economía y el don, el profesor Luigino Bruni volvió a lanzar una propuesta que ya había formulado en otras ocasiones, sobre la necesidad de prohibir la publicidad de los juegos de azar y de revisar los criterios de expedición de licencias y concesiones en materia de juegos y apuestas.
Este año ha estallado la primera gran crisis de la economía globalizada. Esta crisis nos dice que una etapa del capitalismo, la del capitalismo individualista-financiero, ha agotado su capacidad creadora e innovadora y por lo tanto debe evolucionar rápidamente. Las finanzas creativas e innovadoras han permitido al Occidente industrializado (Estados Unidos y Europa) aumentar su nivel de vida a pesar de que en los últimos 20 años su economía real entró en una profunda crisis a causa del legítimo crecimiento de China, Brasil e India.
El presidente del gobierno italiano, Mario Monti, presentó ayer las medidas económicas que suponen un recorte superior a los 20.000 millones de euros, que deberían aliviar la situación económica italiana y salvarla del abismo de la quiebra.
Las medidas económicas aprobadas están encaminadas a reducir el déficit y a alcanzar cuanto antes el equilibrio en las cuentas públicas. Si queremos que la diferencia entre ingresos y gastos públicos sea cero (o positiva, teniendo en cuenta que tenemos que recuperarnos de una increíble deuda pública), podemos intervenir en los ingresos, en los gastos o en ambos conceptos. Supongamos que gastamos 120 e ingresamos 100; si queremos que las cuentas estén equilibradas podemos reducir los gastos en 20 o aumentar los ingresos en 20 (o tal vez -10 y +10).
Detrás de las crisis a veces se esconden cosas importantes, muchas de ellas invisibles a los ojos de quienes no saben ver más allá de las apariencias. Esta crisis económica, política y social esconde retos de gran relevancia para el futuro de Italia, de Europa y del capitalismo.
La otra noche en televisión un importante director de una sociedad de estudios argumentaba en relación con las medidas económicas del gobierno, con la gran serenidad y sencillez que le daba el hecho de estar trabajando con números: “Esto es lo que hay que ingresar, así que, teniendo en cuenta que las matemáticas no son opinables, basta organizar las cosas de forma que se obtenga esa cifra. Elemental, querido Watson”.