Señalar un cielo sin ídolos

Preguntas desnudas/5 - La pasión de contar el paraíso a quienes ya no lo saben ver

de Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 06/12/2015

Logo Qohelet"… La muerte ¿sabes qué es?... Un nivel. Un rey, un magistrado o un gran hombre, cuando cruzan esta verja, saben que lo han perdido todo: su vida e incluso su nombre. ¿Tú aún no te has dado cuenta? Escúchame pues, no seas esquivo, soporta mi cercanía ¿qué te importa? Estas payasadas sólo las hacen los vivos: nosotros somos serios… ¡pertenecemos a la muerte!”

Antonio de Curtis-Totó, El nivel 

Tras mostrar tanto la vanidad de la búsqueda intelectual como la de los placeres corporales, ahora Qohélet pone a prueba la idea, muy radicada, del recuerdo de la posteridad como búsqueda no vana. 

En un humanismo sin paraíso, donde la existencia humana y la fe se desarrollan enteramente ‘bajo el sol’ (la tierra es el lugar donde se encuentra YHWH, el “Dios de los vivos”), ser recordado después de la muerte es un objetivo considerado no vano, una buena y sabia razón para vivir.

Sin embargo, “no hay recuerdo duradero ni del sabio ni del necio; al correr de los días, todos son olvidados. Pues el sabio muere igual que el necio” (2,16).In un umanesimo senza paradiso, dove l’esistenza umana e la fede si svolgevano tutte ‘sotto il sole’ (è la terra il luogo dove si incontra YHWH, il “Dio dei vivi”), l’essere ricordato dopo la morte era uno scopo considerato non-vano, una buona e saggia ragione per vivere. Todos los días vemos cómo se recuerda a personas no sabias a través de las generaciones y, en cambio, la memoria de multitudes de sabios humildes sólo se conserva dentro de su propia familia. Un recuerdo que nuestro tiempo sin solidaridad entre generaciones está acortando rápidamente. ¿Quién se acuerda de la justicia y la sabiduría de millones de mujeres de siglos pasados, de sus vidas sabias y buenas gastadas de forma escondida al servicio de sus maridos y de sus hijos? La memoria libre de los pueblos es demasiado pequeña para contener toda la verdad y toda la sabiduría del mundo. Por consiguiente, ser recordado no puede ser un beneficio adecuado para el esfuerzo que supone hacerse sabio. En los recuerdos eternos de las personas están también Caín, Herodes y Pilatos. Y los sabios y los buenos son olvidados al igual que los necios y los impíos.

Además es vano pensar que la riqueza acumulada por el sabio se convertirá en bendición para sus hijos: “Entregué mi corazón al desaliento, por todos mis fatigosos afanes bajo el sol, pues un hombre que se fatigó con sabiduría, ciencia y destreza debe dejar su propia paga en herencia a otro que en nada se fatigó. También esto es vanidad y mal grave” (2,20-21).

No tenemos ninguna garantía de que nuestras fatigas vayan a parar a manos de quienes más lo merecen. Vivir con esta esperanza no es más que vanidad. La tremenda y revolucionaria tesis de Qohélet (que sólo volvemos a encontrar en Job) es que la misma suerte iguala al justo y al malvado. Israel había construido su consolatoria teología sosteniendo que los bienes que el justo deja a los hijos se convierten en bendición. Vivir bien y hacerse ricos era garantía de bendición también para los hijos. La alianza se transmitía de padres a hijos e iba acompañada y confirmada por los bienes dejados en herencia. Qohélet, al final de su búsqueda de hombre sabio y rico, nos dice que también esta teología es ilusión y vanidad. Algunos hombres justos han dejado grandes herencias a hijos necios que lo han despilfarrado todo, o para los cuales la riqueza de los padres ha sido tan sólo maldición. No son pocos los empresarios sabios que terminan su vida sabiendo que dejan el fruto de sus desvelos a unos herederos que no lo merecen. Qohélet nos dice que esta injusticia es una forma grande de sufrimiento. La respuesta no vana a la vanitas de nuestra vida y la de nuestros hijos no está en las riquezas.

Qohélet juzga nuestras ilusiones situándose al final de la vida. Es más, nos dice que el único punto de vista sabio y verdadero acerca de la existencia es el de aquel que mira y juzga desde el final de la carrera: “Entonces me dije: Como la suerte del necio será la mía”. Y por eso se pregunta: “¿Para qué vales, pues, mi sabiduría? Y también en esto he visto que uno se afana por nada” (2,15). La muerte anula cualquier recompensa de una vida dedicada a la sabiduría. Esta es la tesis más radical de Qohélet, que está en su juicio universal de vanitas, humo, viento, hebel. Un juicio que atemoriza e impide que muchos encuentren la sabiduría de Qohélet. Sin embargo, su mensaje es de vida, si bien exige la capacidad de saber mirar a la muerte a los ojos, sin conformarse con consuelos fáciles y por tanto vanos. Nos invita a ver nuestra vida y la de los demás observándola desde el cabezal de los moribundos. Nos dice que la primera y radical vanitas de los seres vivos es que todos mueren. Por consiguiente la primera y radical sabiduría consiste en ver nuestro mundo y nuestra vida como seres mortales.

Qohélet no habla de la muerte y de la vida como un deprimido. Él está ahí, en el corazón de la Biblia (nunca daremos suficientes gracias a los antiguos sabios que quisieron incluirlo en el canon), para decirnos que no hay mirada verdadera y sabia sobre la vida que no incluya también la última mirada. Si logramos encontrar algo que no sea vano y no sea iluso cuando asistimos a un amigo o a un hijo en los últimos días de su vida, entonces podremos tener una esperanza no vana de que la vida entera no sea tan solo humo. Qohélet nos dice que ninguna búsqueda de algo no vano bajo el sol puede evitar esta última perspectiva, entreteniéndonos con los juguetes de la infancia religiosa y humana.

El extremo ejercicio ético de Qohélet es enormemente valioso porque es universal. Él no cree en el paraíso. Sabe que Elohim existe, pero no cree que encontrarle después de la muerte sea un consuelo no vano. El cristianismo nos ha dado otras perspectivas acerca de la muerte y el paraíso. Pero nuestro tiempo está poblado por muchísimos hombres y mujeres que, como Qohélet, no ven el horizonte del cielo y, si lo ven, es demasiado vago y distante.

Así pues, seguir a este antiguo sabio, que forma parte del mismo humanismo bíblico judío y cristiano, puede ser un arduo camino para acceder a cimas de paisajes maravillosos, porque puede darnos un nuevo lenguaje para aprender de nuevo a hablar del cielo a los que no lo ven más allá de la muerte. Mas también puede ayudar mucho a los que creen en el paraíso pero están demasiado concentrados en las palabras últimas de Dios y corren el peligro de olvidarse de las palabras penúltimas de los hombre honestos que buscan el rosto de Elohim ‘bajo el sol’. Debemos aprender a contar de nuevo el paraíso a personas que ya no pueden verlo, entre otras cosas, porque nuestras consolatorias ideologías religiosas se lo han velado. Qohélet no puebla nuestro paraíso. Pero lo vacía de ídolos, y su compañía es más útil que la de los constructores de muchos paraísos consolatorios. En un paisaje liberado de fetiches y tótems, tal vez un día por la línea del horizonte veamos llegar a alguien que no sea sólo humo. En la Biblia hay mucha riqueza para los hombres y las mujeres de hoy. Debemos aprender a verla y a contarla. Pero el de la Biblia sólo es un auténtico humanismo si se lo toma en serio en su totalidad, sin evitar las articulaciones ni las concordancias dolorosas. La resurrección fue un acontecimiento formidable, capaz de fundar un mundo nuevo, entre otras cosas, porque el sepulcro vacío resplandeció sobre el fondo de las lamentaciones, del justo sufriente, de Job y de Qohélet. Un fondo oscuro que deja ver una luz verdadera y distinta. Ayer y hoy.

Una infinita demanda de sentido y de no vanidad se eleva desde los hombres y las mujeres de hoy. Es un fuerte grito. Cada vez nos satisfacen menos las respuestas que nos dan la ciencia y la desengañada sabiduría de nuestro tiempo. Aún no hemos aprendido a morir bajo un cielo que se ha quedado vacío. Y por eso se hace demasiado doloroso envejecer.

Las generaciones que nos han precedido elaboraron una cultura del envejecimiento y la muerte. Vi morir a mis abuelos y eso me ha ayudado a vivir. Nos hacemos la ilusión de vencer a la muerte olvidándola, expulsándola de nuestras ciudades, no llevando a los niños a los funerales. Pero si no encontramos pronto una buena relación con el final de la vida, si no aprendemos a decir ‘hermana muerte’, la depresión se convertirá en la nueva peste del futuro (tal vez ya del presente). Descubriremos mil vacunas y curas para nuevos virus y bacterias pero poco podrán contra la muerte, si no aprendemos a vivir. Hay mucho miedo a la muerte detrás de nuestro modelo hedonista de consumo: nos llenamos de cosas y nos aturdimos con placeres para exorcizar la muerte. Siempre lo hemos hecho, pero en una cultura que no está haciendo nada para intentar llamar de nuevo a la muerte por su nombre, la producción de ídolos se convierte en la única ‘respuesta’ de masa ante la muerte. La idolatría (no el ateísmo) siempre ha sido la gran ilusión para vencer a la muerte. Pero mientras las creencias estaban vivas, las culturas sabían reconocer y combatir a los ídolos. En un mundo despoblado de dioses sólo quedan los fetiches y en nosotros mueren sus anticuerpos.

Qohélet no nos da una respuesta que no sea vana al sentido de la muerte. Se detiene en las preguntas, no encuentra respuestas, se rebela ante la vida: “Todo es vanidad [hebel, Abel] y atrapar vientos. Detesté todos mis fatigosos afanes bajo el sol” (2,17). Pero Qohélet no está solo en este absurdo. Con él están Job, Jeremías y muchos salmistas. El Abandonado. Y muchos, demasiados, hombres que siguen llegando al final de su vida con la sensación de no haber acumulado más que viento.

Ya hemos encontrado una primera no-vanitas en el canto a la vanidad de Qohélet. Es él, Qohélet. Su búsqueda no ha sido vana, sus palabras han llegado hasta nosotros. Su mensaje vive y crece con nosotros, que lo estamos leyendo ahora. No es verdad, Qohélet, que no quede nada de tu vida y de la vida de los verdaderos sabios. Tus palabras vivas han permanecido, y tú sigues amándonos con tus preguntas desnudas.

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