Abramos la puerta del cielo

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El exilio y la promesa/17 - El nombre del ángel no es “economía”, pero el camino correcto pasa por aquí

Luigino Bruni

Original italiano publicado en Avvenire el 03/03/2019

«Gran fuente de guerras es el comercio. Este es celoso y los celos arman a los hombres. Las guerras de los cartagineses y los romanos, de los venecianos, de los genoveses, de los pisanos, de los portugueses y los holandeses, de los franceses y los ingleses dan testimonio de ello. Cuando dos naciones trafican entre sí para cubrir necesidades recíprocas, son estas necesidades las que se oponen a la guerra y no el espíritu del comercio»

Antonio Genovesi, Comentario a “El espíritu de las leyes” de Montesquieu, 1769

En la Biblia no hay una única valoración ética de la economía. En libros distintos encontramos juicios e ideas distintas e incluso, en ciertos casos, contrapuestas sobre la naturaleza de los bienes, la riqueza y el comercio. Esto es debido sencillamente a que la riqueza es profundamente ambivalente. En muchos pasajes y tradiciones la abundancia de bienes es una bendición y señal de una elección, pero en otros la búsqueda de beneficios y riquezas es pura vanitas. Unas veces leemos que los pobres son malditos y otras que son bienaventurados. Así desde el principio hasta las palabras tremendas del libro del Apocalipsis dirigidas al ángel de la ciudad de Laodicea: «Tú dices: soy rico, me he enriquecido, nada me falta» (Ap 3,17). Esta frase contiene la clave de lectura de buena parte de la crítica profética y evangélica a la riqueza: «nada me falta». El gran engaño, la tremenda ilusión de la riqueza radica precisamente en su seductora oferta de autosuficiencia, de independencia: la ilusión de que, gracias a ella, ya no necesitaremos a nadie, tampoco a Dios. La riqueza nos hace (casi) la misma promesa que Dios le hizo a Abraham y que, no por casualidad, se define a base de bienes: “leche y miel”.

Los profetas recurren a menudo a la esfera económica y a su lenguaje para componer sus poemas. Son expertos en humanidad y saben que hay pocas cosas (si hay alguna) más capaces que la economía de entrar inmediatamente en las realidades cotidianas y decisivas de la vida de las personas y las comunidades. Desde la infancia conocemos y reconocemos las monedas, intuimos su valor y su uso. Nuestros abuelos entendían perfectamente el lenguaje y el valor de las matemáticas, los bienes y el dinero. Sabían “echar cuentas” incluso sin haber estudiado matemáticas. Hoy también, si queremos decir y escribir palabras capaces de entrar en la vida cotidiana para intentar cambiarla un poco, debemos aprender a hablar del trabajo, de los bienes, de la riqueza y de la pobreza. Cuando no lo hacemos, nuestras palabras vuelan demasiado alto como para cruzarse con los ojos de los hombres y las mujeres, y nuestras imágenes son demasiado aéreas como para encontrarse con el Adam, el terrestre. Podemos hacer muchos discursos, usar muchas palabras perfectas en nuestros diálogos diarios con las personas a las que queremos, pero cuando volvemos a casa de nuestros padres, el lenguaje más verdadero es el de una estantería arreglada, la palabra muda del destornillador con el que se repara una silla, o la de una planta podada y regada. Es la hermosa laicidad de la vida.

Engarzados en el corazón de los oráculos sobre las ciudades (capítulos 25-32), encontramos los cantos de Ezequiel dedicados a la ciudad fenicia de Tiro, que contienen una magnífica reflexión antropológica, teológica y sapiencial sobre la economía y la riqueza: «El año undécimo, el día primero del mes, me dirigió la palabra el Señor: - Hijo de hombre, por haber dicho Tiro de Jerusalén: “¡Ya está rota la puerta de los pueblos! Ha caído en mi poder, su riqueza está en ruinas”… harán botín de tus tesoros y saquearán tus mercancías» (Ezequiel 26,1-2,12). La culpa de Tiro y su condena tienen que ver con su riqueza y su extraordinario comercio, famosos en todo el mundo entonces conocido. Tiro debía ser una ciudad parecida a las actuales Nueva York, Singapur o Londres, conocida sobre todo como un gran hub comercial y de negocios internacionales, protagonista de esa proto-globalización que fue la economía mediterránea. Ezequiel da muestras de ser un auténtico maestro cuando describe su admirable entramado de intercambios y flujos, con gran competencia y eficacia (la amplitud de la cultura de Ezequiel no deja de impresionarme): «Tarsis comerciaba contigo… Grecia, Tubal y Mosoc comerciaban contigo; con esclavos y objetos de bronce te pagaban. Los de Bet Togarma te daban a cambio caballos, corceles y mulos... Arabia y los príncipes de Cadar comerciaban contigo; en borregos, cameros y machos cabríos negociaban. Los mercaderes de Sabá y Rama comerciaban contigo; te daban a cambio los mejores perfumes, piedras preciosas y oro. Jarán, Canné y Edén comerciaban contigo… te henchiste y pesabas demasiado en el corazón del mar» (27,12-25). Tiro dominaba el comercio desde la Península Ibérica (Tarsis) hasta Grecia y desde Asia Menor (Togarma) hasta la Península Arábiga (Sabá). Una auténtica superpotencia mercantil, económica y financiera, dominadora del mar y de la tierra.

Recurriendo a la bella metáfora de la nave, Ezequiel describe el triste destino de una civilización fundada sobre la religión de las riquezas: «En alta mar te engolfaron tus remeros, el viento solano te desmanteló en el corazón del mar; tu riqueza, tu comercio, tus mercancías… todos naufragarán en el corazón del mar… Te cantarán lamentos: “¿Quién como Tiro, sumergida en el seno del mar?”» (27,26-32). Es el retorno de la antigua y eterna tesis sobre la naturaleza efímera de las riquezas, común a mucha literatura sapiencial de las civilizaciones antiguas. Poner la confianza en la salvación del oro y la plata y su falsa omnipotencia es sencillamente una estupidez, porque la felicidad de la riqueza es radicalmente vulnerable e inestable. Basta una tempestad con fuertes vientos para que las promesas de felicidad de los bienes acaben destruidas en el fondo del mar, y nosotros con ellas. Acumular riquezas nos protege de las pequeñas contingencias cotidianas, pero nos deja dramáticamente expuestos a las grandes tragedias. Como los habitantes de la isla de los lotófagos (comedores de loto) en la Odisea, la riqueza nos hace vivir en un constante presente, nos hace olvidar las innumerables realidades de la vida que la riqueza no puede curar ni saciar y de hecho cuando estas aparecen generalmente no estamos preparados y somos frágiles. No existe promesa de felicidad más mentirosa que la de la riqueza, y sin embargo este sigue siendo el mar en el que más nos gusta naufragar. Pero hay una diferencia con respecto a civilizaciones pasadas: ellos se engañaban, pero sabían que se engañaban; en cambio nosotros nos engañamos sin darnos cuenta, porque hemos perdido las categorías éticas para entender el enredo.

En Ezequiel encontramos también la raíz bíblica profunda del pecado económico de Tiro: «Se hinchó tu corazón y te dijiste: “Soy Dios, entronizado en solio de dioses, en el corazón del mar”; tú que eres hombre y no dios te creías listo como los dioses» (28,2). He aquí la naturaleza idolátrica de la riqueza, la locura de decirse a uno mismo: “mi corazón es como el de Dios”, la voluntad de violar el nombre del ángel (Miguel = ¿quién como Dios?).

Al no tener a su disposición un lenguaje más potente que el de la economía para expresar la Alianza y sus promesas, la Biblia inevitablemente ha tenido que atribuir a la riqueza un estatuto ético y espiritual especial, que ha contribuido no poco a confundir las ideas del hombre occidental. De ahí la paradoja que nos acompaña desde hace tres mil años y que anida en el corazón de la Biblia: un humanismo que, por una parte, critica la riqueza porque se presenta a los hombres como alternativa a Dios y por otra usa palabras y símbolos de la riqueza para describir la bendición de Dios y la promesa.

Pero en estos capítulos, Ezequiel nos dice otra cosa enormemente importante. Su canto va más allá y nos regala una meditación sobre el comercio y la economía de extraordinaria innovación y profundidad, una de las más audaces de toda la Biblia: «Eras cuño de perfección, colmo de sabiduría, de acabada belleza; estabas en un jardín de dioses, revestido de piedras preciosas» (28,12-13). En este oráculo al príncipe de Tiro, Ezequiel nos ofrece una admirable versión propia del mito del Edén, de Adán y su caída, distinta de la que encontramos en los primeros capítulos del Génesis (testimonio de que en aquellos siglos las narraciones sobre los comienzos eran plurales). Este Adán, al principio, era un modelo de perfección y conducta, «hasta que se descubrió tu culpa. A fuerza de hacer tratos, te ibas llenando de atropellos y pecabas. Te desterré entonces del monte de Dios… Con tus muchas culpas, con tus sucios negocios, profanaste tus santuarios» (28,15-18).

Aquí el pecado y la consiguiente expulsión de Adán del Edén («el monte de Dios») fue consecuencia del pecado económico. Una tesis desconcertante e interesantísima. La economía elevada a teología. No fue la desobediencia, ni comer el fruto del árbol prohibido, ni escuchar el logos de la serpiente. Nada de todo eso. Para Ezequiel, el hombre fue expulsado del paraíso por una relación inadecuada con el comercio y con la economía. Fueron sus tratos desviados los que “profanaron los santuarios”. Es una afirmación que estremece.

Cada vez que erramos nuestra relación con el dinero y la riqueza, salimos del jardín de las delicias; Adán interrumpe el diálogo con Elohim al anochecer y se rompe el buen diálogo con la mujer, con los demás seres humanos y con la creación. Mirando al primer hombre desde el observatorio de su exilio en Babilonia, otra gran superpotencia económica y financiera, Ezequiel ve con enorme claridad que el pecado no nace tanto de la seducción de la serpiente como de la del dinero; que Caín mató a su hermano no porque envidiara su estatus sino por envidia económica, y que la desobediencia a Dios no consiste en comer el fruto del árbol prohibido sino en una avaricia insaciable. Ezequiel no encuentra un lenguaje más potente que el de la economía para describir el rechazo por parte del hombre al proyecto de armonía y de amor pensado para él por YHWH. Equivocarse en la relación con la economía significa equivocarse en la relación con uno mismo, con los demás, con la creación y con Dios. De ahí su enorme dignidad, su altísimo valor incluso teológico, y nuestra infinita responsabilidad en materia de elecciones económicas.

Hemos sido expulsados del Edén, hemos perdido el paraíso, no hemos cuidado la tierra, no hemos cuidado nuestras relaciones, hemos matado a nuestros hermanos. Lo sabemos. Lo vemos. Pero Ezequiel aquí nos lanza, a contraluz, otro mensaje: cada vez que orientamos nuestra vida económica según la justicia y la comunión volvemos a los jardines de Edén, volvemos a estar llenos de sabiduría y de perfecta belleza y al caer el día paseamos y dialogamos con los ángeles. Quizá no lo sepamos, quizá no nos hayamos dado nunca cuenta o no nos lo hayan dicho, pero el camino recto de la economía es la puerta del cielo.

 


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