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Entender la fe para entender las finanzas

Entender la fe para entender las finanzas

Para entender el nacimiento de la economía europea hace falta también mirar hacia los monasterios franciscanos, a los teólogos y a los Montes de Piedad

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 22/09/2026

El mercader de Venecia de Shakespeare es una obra maestra bajo diversos perfiles, incluida la capacidad de mostrarnos que es imposible comprender las finanzas italianas y europeas sin partir del vínculo esencial que hay entre economía, religión y fe. La usura, el don, la Biblia, el bautismo forzado para el judío, los comerciantes elogiados y los usureros condenados son tan personajes como Shylock, Antonio, Bassanio y Portia. El ensayo del periodista Alessandro Marzo Magno (La invención del dinero. Cuando las finanzas hablaban italiano, de Editorial Laterza) se mueve en un terreno diferente, y por eso su historia del dinero, aun teniendo páginas hermosas y buena información, no convence del todo, precisamente desde el punto de vista metodológico.

Hubo un largo período (buena parte del siglo XX) en que la historia económica de Italia y de Europa se narraba como un tema puramente laico, una laïcité entendida de una manera bizarra e ideológica. En los manuales de historia medieval, incluida la historia económica, al rol económico de los monasterios se le dedicaban pocas páginas, y casi ninguna a los franciscanos, a sus ideas económicas y financieras, a sus Montes de Piedad y Montes frumentarios, a las ideas de Giovanni Olivi o de Bartolo de Sassoferrato. Si consideramos textos clásicos de historia de la Edad Media de la escuela histórica francesa, desde Bloch hasta Pirenne, vemos que el papel de cristianismo se ve relegado a uno o, como máximo, dos capítulos (“el monje” y “el santo” en El hombre medieval de Le Goff), presentados como dos casos particulares dentro de un relato de la Historia de la Edad Media europea donde cristianismo y sociedad van por dos vías paralelas, salvo cuando se cruzan por los acontecimientos políticos del papado, de las cruzadas y, quizás, de Cluny. No era diferente la actitud de la escuela italiana, la de Armando Sapori o la de Gino Luzzatto, para llegar hoy a Franco Cardini o a Alessandro Barbero, que se ocupó de San Francisco de Asís en el octavo centenario; como si fuera posible entender la historia de la sociedad, la cultura, la ciencia, el arte y la economía europea sin tener una seria competencia teológica, bíblica y de historia de la iglesia.
 

En las últimas décadas, gracias a Dios, las cosas están cambiando, sobre todo —aunque no solo— en Italia; en Francia, por ejemplo, pensemos en el redescubrimiento del rol económico de los monasterios en trabajos como los de Pierre Musso. Los trabajos de Adriano Prosperi y, en el ámbito más estrictamente económico, los de Maria Gabriella Muzzarelli, Giacomo Todeschini, Paola Pinelli, Luca Parisoli, Francesca Trivellato, han mostrado que para entender no solo la sociedad, sino también la economía y las finanzas europeas, el elemento cristiano-católico —a menudo en diálogo con los judíos— es fundamental, no es accidens sino substantia. El cristianismo fue la cultura de la Edad Media, todo era visto y leído dentro de esa forma del mundo. Incluidos los libros contables que, mucho de antes de Pacioli y Cotrugli (como bien relata Marzo Magno), llevaban en sus “libros de la razón” cuentas a nombre de “Messer domineddio”1. Por no hablar del monaquismo. Los monasterios fueron el movimiento económico más importante, al menos hasta la revolución comercial (que puso en crisis también al monaquismo, que era una economía de la tierra). Mientras que un mundo con su antigua economía colapsaba (el romano), un nuevo mundo y una nueva oikonomia se construían dentro de los muros de las abadías: un inmenso movimiento concentrado en el lema ora et labora. Aquellos monjes entendieron que Europa no se regeneraría si no se regeneraba también el trabajo y la economía. Así que mientras salvaban manuscritos de Cicerón y de Isaías, en esos monasterios se salvaban también conocimientos de hierbas medicinales, de licores, de quesos, vinos, aceites, de técnicas forestales y de limpieza de aguas, de acuñación de monedas y sistemas contables, y muchos molinos: viejas culturas y viejos cultivos. Hoy lo sabemos, pero los que en el siglo pasado narraron el nacimiento de la economía de mercado lo sabían menos, y olvidaron al monaquismo entre los grandes artífices de la nueva economía medieval.

Esos monasterios eran también centros de experimentación y de vigilancia de técnicas contables, códigos comerciales, estatutos mercantiles, documentos económicos, bancos de trigo y de otros alimentos esenciales para la población. Los monasterios se convirtieron más tarde en una red europea de centros socio-culturales-espirituales donde, sobre todo después del año mil, se desarrollaron ferias, comercios, intercambios, porque ahí se custodiaba y se alimentaba la fides-confianza. Por el evangelio y por la vida misma, los primeros padres fundadores (Bendetto, Pacomio…), y luego los reformadores del monaquismo, entendieron que la economía era demasiado importante para la vida, y que si no es puesta al servicio de la vida, se vuelve ella la dueña de la vida de todos, tanto afuera como adentro de los monasterios y de la iglesia. Y entonces se ocuparon de eso, generando el primer gran experimento global de economía cooperativa de la Europa cristiana, la primera red económica europea. Los carismas religiosos fueron los grandes protagonistas de la economía medieval. En el segundo milenio fueron las grandes órdenes mendicantes las que continuaron con innovaciones económicas, menos llamativas y muy poco estudiadas, pero no menos importante para Europa. Sin entender la oikonomia de la fe cristiana y su relación con la economía monetaria, no se puede llegar al centro del origen y de la historia de la economía europea, mucho menos de la italiana; por cierto, Marzo Magno con solo media página liquida la historia de las finanzas y de la moneda de antes de Carlo Magno, ignorando todo lo sucedido en Babilonia, en Grecia, en Roma...

Hoy estas consideraciones son parte del bagaje de muchos historiadores de la economía medieval, porque entendimos que no se puede comprender el desarrollo de la economía genovesa o florentina entre el siglo XIII y XIV sin considerar seriamente el rol de los franciscanos, sus ideas económicas, su tarea esencial de hacer más legítimo el oficio de comerciante y sus discusiones profundas sobre los distintos tipos de usura.

En el extenso y bien escrito libro de Alessandro Marzo Magno, el elemento religioso aparece un poco acá y otro poco allá, sin ser nunca un eje cartesiano. Y entonces en las tantas páginas dedicadas al medioevo, pocas hablan de los Montes de Piedad —institución italiana fundamental de la economía entre la Edad Media y la Edad Moderna, nacida primero con los judíos (el empeño es una institución del derecho romano) y luego retomada y desarrollada por los franciscanos de la Observancia— y ello con importantes omisiones e imprecisiones. Por ejemplo, se ignora la obra fundamental de Marco da Montegallo, y se repite la tesis, superada desde hace años, de que el primer monte sea el de Perugia (1462). El autor no entra en la lógica del funcionamiento de los Montes (si no es para repetir la vieja acusación de antisemitismo, que es verdadera solo en parte, como lo demostraron Todeschini y Pinelli), ni en los motivos que llevaban a Bernardino de Feltre a estar a favor del préstamo a una tasa de interés moderada (en torno al 5%), mientras que Marco de Montegallo y su escuela se mostraban en contra.

Bernardino, de hecho, distinguía entre el interés del préstamo (ilícito) y el interés por el préstamo (lícito), por lo que reivindicaba el pago de un interés para hacer posible la existencia del Monte y, por tanto, para conceder el préstamo, cubriendo así los gastos del funcionamiento del Monte (incluida la gestión de las subastas de las prendas no canjeadas). No se mencionan los Montes frumentarios, la otra gran institución de las finanzas solidarias y rurales, originadas por los franciscanos y extendidas luego a miles de ciudades y pueblos hasta el siglo XX. También las menciones a la prohibición de préstamos usurarios se quedan en lo superficial del fenómeno, y por razones que, en todos los casos, reflejan un pobre análisis teológico y bíblico del fenómeno. Si el ensayo hubiese analizado el libro de Scipione Maffei, Sull’impiego del denaro (1744) [Sobre el uso del dinero] hubiera descubierto muchas cosas importantes sobre las raíces profundas del debate acerca de la usura en los siglos pasados, incluido aquel que (con los teólogos tradicionalistas Concina y Ballerini) llevó al año siguiente a la primera encíclica de Benedicto XIV, que legitimó en ciertos casos un (moderado) interés.

No se le puede pedir al que escribe de historia de la moneda en Italia que sea competente en teología, Biblia e historia de la iglesia, sería demasiado. Pero quizás hoy para escribir buenos ensayos es necesario conocer más de lo que se debía conocer hace treinta años, y hay que estudiar la historia en grupos de investigación realmente interdisciplinarios, reevaluando laicamente las competencias teológicas y bíblicas.

1. Antigua expresión italiana que se puede traducir por “Señor Dios” o “Mi Señor Dios”.

Imagen: Domenico Induno, «Monte di Pietà», 1856 (detalle) / WikiCommons

 
 

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