En su nuevo ensayo, el capuchino e investigador de fuentes franciscanas Pietro Maranesi analiza el sentido pleno de la pobreza tal como Francisco la entendía.
Luigino Bruni
Publicado en Agorà di Avvenire el 03/08/2026
El país de ayer es el más lejano y desconocido: una tesis que los profesores de historia enseñan el primer día de clases. Y sin esta conciencia del desconocimiento de los aspectos que frecuentemente son los más importantes del pasado, no se puede escribir ni una página buena de historia. Si además entre nosotros y ese país lejano pasaron muchos siglos, y las fuentes son pocas y complicadas, la ignorancia de lo esencial aumenta, hasta volverse casi total cuando el personaje al que se quiere estudiar y entender es alguien que recibió una vocación espiritual inmensa y que, quizás, se llama Francisco, de la ciudad de Asís.
En el caso de Francisco, sin embargo, hay algo importante que tiende a reducir esa distancia y esa ignorancia. Francisco está entre los personajes históricos del medioevo del que más información y fuentes tenemos, porque su extraordinaria personalidad y el impresionante éxito que logró en muy poco tiempo con su movimiento, produjeron muchas biografías, leyendas, florecillas…, e hicieron que con mucha atención se cuidaran los testimonios directos e indirectos, las poesías, las oraciones, las cartas y los documentos relacionados a él, entre ellos, dos reglas (la bulada y la no bulada); por no mencionar los versos de Dante (Paradiso, XI), que por sí solos bastarían para llegar al corazón de la experiencia y del alma del poverello de Asís y de su revolución. A pesar de la gran abundancia de fuentes, de Francisco se conocía, hasta comienzos del siglo XX, más que nada las florecillas, las leyendas y los estigmas, y mucho menos su pensamiento y su visión radical y revolucionaria de la pobreza; hubo que esperar a Paul Sabatier y, por lo tanto, al movimiento modernista para el giro científico en el uso de las fuentes franciscanas.
Pietro Maranesi, capuchino y estudioso de las fuentes franciscanas, escribió mucho sobre Francisco y sobre los orígenes del movimiento franciscano. Gracias a Aboca, y a una petición explícita de su director general, Massimo Mercati –a quien se le debe un epílogo vibrante y emocionante– hoy tenemos un nuevo ensayo titulado Senza nulla di proprio, construido en torno a la categoría franciscana fundamental de sine proprio (sin nada propio), que es la versión franciscana del voto de pobreza (todavía hoy los frailes se comprometen a vivir sine proprio).
El sine proprio que quería Francisco (también está en su primera regla) no es, de hecho, el equivalente al voto de probreza de todos los religiosos católicos ni, únicamente, a la pobreza evangélica. Hay muchas formas legítimas de interpretar la pobreza en la Iglesia, como lo muestran los padres, los doctores y las disputas internas y externas al franciscanismo, pero también los evangelios (el “bienaventurados los pobres” de Lucas, que en Mateo se convierte “en espíritu”). Tal como en la primera parte del libro muestra Maranesi, con fuerza y espíritu analítico (capítulos 1 y 2), el sine proprio es una manera de estar en el muno, una “forma de vida”, diría Giorgio Agamben (Altísima pobreza. Reglas monásticas y forma de vida) y, por lo tanto, mucho más que un estilo de vida sobrio: es la “base del modo minorítico de proponer y garantizar el anuncio del Evangelio”.
El sine proprio es la traducción más concreta del carisma franciscano, del matrimonio entre Francisco y la madonna povertà, es el método y la vía que Francisco le indicó a la iglesia para tratar de pasar por el ojo de la aguja y encontrar, al otro lado, el reino. Por eso, el sine proprio es una forma y una ética también para la vida institucional, para el usum pauper y para la “gestión del poder”. No sorprende, entonces, que en la Regla no bulada de Francisco, los dos paradigmas que él indica para el buen gobierno son “el siervo” y la “madre”. (Nota personal: a Maranesi le gusta reflexionar sobre la relación entre Francisco y Bernardone, pero este énfasis en el simbolismo paterno y patriarcal vuelve menos ágil la lectura del primer capítulo, particularmente las largas citas de P. Bourdieu y de M. Recalcati).
Las páginas más lindas y originales del libro están en el tercer capítulo, donde Maranesi da su lectura de la última etapa de la vida de Francisco, cuando hizo hasta lo imposible por permanecer fiel al sine proprio. Es particularmente sugestivo el análisis de la famosa parábola de la perfecta alegría, ubicada dentro de un discurso más amplio, que podríamos sintetizar en un pequeñísimo detalle, es decir, en el nombre que Francisco se atribuye a sí mismo en su Testamento: “Yo, Francisco, parvulus (pequeñuelo)”. Los conflictos y las tensiones de los últimos años de la vida de Francisco, como su renuncia a la dirección de la Orden, aparecen en esa estupenda parábola, en ese milagroso y profético diálogo con el fray León. Estos son los pasajes centrales: “Viene un mensajero y dice que todos los maestros de París han ingresado en la Orden; escribe: esta no es verdadera alegría”. Y como también ingresaron en la Orden “arzobispos y obispos, y también el rey de Francia y el rey de Inglaterra; escribe: no es verdadera alegría”. Y entonces se pregunta y le pregunta a León: “¿Cuál es la verdadera alegría?”, y he aquí la famosa respuesta, que nos deja todo el sabor de las palabras de Francisco: “Vuelvo de Perugia, y en una noche profunda llego acá, en un invierno de barro y de frío… Llego a la puerta, y después de mucho golpear y llamar, viene el fraile y pregunta: ‘¿Quién es?’. Yo respondo: ‘Fray Francisco’. Y él: ‘Vete… somos tantos y tales que no te necesitamos”. Y concluye: “Yo te digo que en esto está la verdadera alegría”. Un nuevo despojo, como subraya Maranesi, similar y distinto al que hizo de joven frente a su padre: “Aquella terrible noche, Francisco [entendió que]… la Orden no era suya, ni debía defender la experiencia minorítica como si fuera una propiedad”. Un redescubrimiento y una refundación del sine proprio, su primer amor convertido ahora en un amor maduro. Su Orden ya había crecido, había alcanzado grandes éxitos, y muchos creían que “ya no necesitaban” a Francisco, el pequeñuelo, ni a su sine proprio.
Un momento decisivo no solo para la historia personal de Francisco, sino para todo el movimiento franciscano. Y en esto Francisco fue una enorme y brillante excepción en la historia de la Iglesia, y quizás de la humanidad. En lugar de cultivar y llevar el éxito hasta el fondo, como hacen prácticamente todos los fundadores, en el mayor momento de esplendor y triunfo de su experiencia supo frenarse, hizo shabbat, dio un giro en U; de viejo, como un nuevo Nicodemo, quiso volver al seno materno, como un pequeño. Quizás él nunca había dejado de ser pequeño, pero como hombre no podía evitar sentir también la fascinación y la seducción de la grandeza, del número, del contarse; quizás hasta Jesús la sintió. Quizás frente a los primeros avances pensaba que todo estaba al servicio de Dios, pero, como sugiere Maranesi, no entendemos el epílogo de la vida de Francisco si no tomamos en serio su necesidad de retornar, nuevamente, al sine propio. Entonces entendió (y fue todo charis) que aquella nueva conversión debía ser también una refundación de su comunidad, terminando su vida en la calle con los pobres, tal como la había empezado después de la conversión. Y así, en su Testamento, quiso dejarles a los suyos y al mundo el sine proprio, volviendo a vivir y a morir entre los leprosos, como en los días del primer amor. Esta destrucción creadora fue fundamental, y su carisma sigue vivo después de 800 años: “Volvía a ser un hombre libre y ligero… En La Verna volvió a ser fray Francisco”, el jefe de la Orden era, de nuevo, Francisco, el pequeño. En el ambiente franciscano se empiezan a ver ofertas de cursos de “liderazgo franciscano”, olvidando que el mensaje de Francisco es el de anti-liderazgo, ya que nos recordó, hasta el final, que el único buen arte cristiano está en el acompañar.
Y aquí habría que lanzar un debate más amplio. Demasiadas comunidades y movimientos, tanto cristianos como laicos, no son capaces de superar la etapa de la fundación, porque sus fundadores, antes de terminar sus recorridos, no vuelven a ser los “pequeños Franciscos”. En lugar de desmontar, disminuir, desaparecer, —sin desearlo y casi siempre de buena fe— construyen, aumentan y no abandonan el liderazgo; en lugar de dejar solo el sine proprio (o sea, solo el
Evangelio) dejan normas, indicaciones, reglas detalladas, espiritualidades complejas y muchos libros, convencidos de que esa es la mejor manera de dejar un buen patrimonio (don/munus-del-padre).
Sin embargo, deberían hacer lo que hizo Francisco, tratar de comprender que la perfecta alegría no está en conquistar a reyes y doctores, sino en volver entre los leprosos y los pobres de la juventud. Sin nada, desnudos, libres y ligeros. La ley de la vida es la del grano de trigo: para generar frutos mañana, hace falta desaparecer hoy bajo la tierra, sine proprio.
Francisco está vivo porque un día entendió adónde estaba la alegría perfecta. Sintió una nostalgia desgarradora e infinita. Volvió a dejarlo todo, se despojó de sí mismo y se retiró al otro lado del ojo de la aguja.

