Hoy el mercado está reduciendo mucho los dones, para transformarlos en regalos o incentivos, que son fenómenos parecidos, pero muy distintos. Si no aprendemos el arte del don, con toda su liturgia, perderemos riquezas, significados, rostros, personas.
Luigino Bruni
Publicado en Il Messaggero di Sant'Antonio el 02/10/2026
Me encontraba en una escala en Amsterdam para viajar a Seúl cuando, en esa espera, me pregunté si comprar o no un detalle para dos colegas que me esperaban en Corea, y que me acompañarían en los próximos días durante un programa académico. Reflexioné un momento y, en primera instancia, pensé para mis adentros: “en el fondo voy por trabajo, Clara y Garam también van a estar conmigo por trabajo; y dedicar una semana entera a su univerdad ya es un don”. Pero después me llegó un segundo pensamiento: “pero justamente porque no es necesario, tiene sentido llegar con un pequeño regalo”. Y entonces, con una pequeña inversión de dinero, llevé dos objetos de porcelana holandesa (por cierto: si hubiese razonado bien y, por lo tanto, se me hubiera ocurrido esa idea antes de salir, habría gastado un tercio de ese dinero).
Esos detalles tienen una relación particular con respecto al don. Porque, por un lado, llegar con un don significa exactamente haber “pensado” en la persona, haber querido intencionalmente tener ese gesto. Así que, en verdad, un regalo es un detalle1. Pero, por otro lado, para el regalo vale también el dicho “no basta con la intención’’, porque si hubiese llegado donde mis colegas diciendo: “Qué mal, había pensado en hacerles un regalo, pero después por falta de tiempo no pude, un contratiempo me lo impidió”, tal pensamiento no solamente no hubiera sustituído al don, sino que hubiera producido en los destinatarios del regalo el efecto contrario. En otras palabras, el regalo se parece a los contratos que el derecho romano llamaba “reales” (como el depósito o la prenda), que no existen sin la “cosa”, sin la res. Por lo tanto, el detalle sin el don es un anti-don, que produce efectos opuestos a los del don.
Es por eso que las cosas que se convierten en regalos cambian de naturaleza: la intención y el destino del regalo provocan una especie de “transubstanciación”. Una botella de vino comprada para tomar con la familia y una botella comprada para regalársela al que me invitó a cenar son dos botellas de vino diferentes, aún siendo idénticas desde el punto de vista del producto. La intención (el “pensar”) le cambia el sentido o la dirección al objeto, que se convierte en el sacramento de una relación; y como sucede con los sacramentos de la Iglesia, ese objeto remite a algo invisible pero real, y cada vez que lo miramos, nos lleva de vuelta a quien nos lo dio.
Hoy el mercado está reduciendo muchísimo los dones, para transformarlos en regalos o en incentivos, que son fenómenos parecidos, pero en realidad muy diferentes. Pero si no aprendemos el arte del don, con toda su liturgia que cambia de una cultura a otra (en Corea estoy aprendiendo cuánto las prácticas del don están arraigadas en la cultura, y si uno no las aprende mete mucho la pata… cosa rápidamente perdonada), vamos a perder riquezas, significados, rostros, personas. Una de las cosas más lindas de cuando llego a la oficina por la mañana es reconocer a todas las personas que aún me hablan a través de sus objetos-dones, en un diálogo que nunca se interrumpe. Ese también es un lenguaje espléndido que vence a la muerte y que nos permite hablar con los amigos difuntos a través de sus dones: gracias al bolígrafo que para mi cátedra en Milán me regaló Pier Luigi hace veinte años, hoy él sigue escribiendo conmigo.
En la vida hay muchos lenguajes. La cultura empresarial dominante querría, por desgracia, reducirlos todos al lenguaje de las mercancías y del dinero. Pero el día que olvidemos todos los lenguajes de las cosas, cuando las llamemos, ya no nos responderán.
Crédito de la foto: © Fabiano Fiorin / Archivio MSA
1. La palabra en italiano es pensiero, que deja ver con más claridad la relación entre el “detalle” y el pensar en alguien.

