Organizaciones e Ideales

Economía y carismas

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Economía y Carismas/3 – El peligro que debe evitarse es que haya personas de las comunidades de consagrados que se quedan porque no tienen los medios como para rehacer su vida. Aquí algunas ideas para hacer que la fidelidad a una decisión propia no deje de ser auténtica.

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 28/06/2026

Hace unas semanas, una conferencia se convirtió en una charla sobre la importancia de la autonomía económica de las personas en comunidad. Al terminar, una joven monja pidió la palabra y me dijo: “Yo hice el voto de pobreza: ¿cómo puede conciliarse el voto con su argumento acerca de la autonomía económica?”.

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Para tratar de responder, partamos de una situación paradójica. Imaginemos el hipotético pensamiento de una monja que acaba de hacer sus votos: “Finalmente he resuelto todos mis problemas. Ya no tengo que ocuparme de la gestión de relaciones complicadas con hombres, ni de las ambivalencias de la sexualidad, ni de ningún problema ligado a la vida en pareja o con hijos; con el voto de obediencia ya no me tendré que preocupar por mi proyecto de vida porque va a haber un superior que oriente mis decisiones; por último, ya no tengo que preocuparme por el trabajo, por la gestión de cuentas corrientes o por las facturas, ya no tendré ninguna responsabilidad económica. Tacho las tres con una cruz y pienso solo en mi vocación”.

Todos captamos enseguida que esta idea, parecida a la del «rico insensato» (Lc 12), es una parodia de la buena vida religiosa, aunque conviene partir de esta ficción para llevar a cabo, de vez en cuando, un discernimiento: el dinero (pobreza), la libertad (obediencia) y la sexualidad (castidad) son los ámbitos morales radicales y vitales de las personas, y la tentación de controlarlos nunca está ganada, porque mantener a personas libres y autónomas juntas es extremadamente complicado (pero bellísimo). Las comunidades no deberían construirse con el cemento de la no-libertad de los individuos.

Mantengámonos en el ámbito económico. La economía no es solo economía, ya lo sabemos. Cuando una persona no tiene el control de las condiciones materiales de su propia existencia, de esa misma falta de autonomía dependen todas las demás, incluyendo las más espirituales. En mis acompañamientos individuales y colectivos con comunidades religiosas, he conocido a personas sin ningún interés por la vida consagrada (la vida es un proceso de descubrimiento de sí mismo y no siempre se consigue crecer manteniendo las formas de promesas de la juventud), pero que se quedaban en la comunidad solo por falta de plan B: habían pasado los cincuenta, sin un trabajo remunerado, ‘fuera del mercado’ y sin familiares adinerados. El hecho de quedarse, en sí mismo, no dice mucho sobre la vida de una persona: quedarme cuando podría irme y no me voy es muy diferente a quedarme cuando partir no es una opción viable. Como nos enseñó el gran economista y filósofo Amartya Sen, la calidad de vida de una persona no se mide solamente sobre la base de lo que hace, sino, y sobre todo, de lo que podría hacer y no hace. Hay muchos ‘estar’ y muchos ‘quedarse’ infelices, algunos tristísimos. Los que, por la fuerza, se quedan, terminan con el tiempo pareciéndose mucho, psicológicamente, a los presos, y las transgresiones se convierten en la hora de ‘recreo’ al aire libre. Y cuidado si hoy se tiene a personas en condición de no-autonomía como instrumento de gobierno para retenerlas en comunidad (es un grave abuso).

Se entiende entonces que si esperamos vivir en una comunidad sana y compuesta por personas florecidas, hay que hacer lo posible por reducir el número de personas que, en el momento de la necesaria crisis que marca el ingreso a la vida adulta, se quedan solo porque no tienen la autonomía económica para comenzar una vida. Porque solamente si estas personas desilusionadas y apagadas están por debajo de un umbral aceptable (alrededor del 10 o 15%), la dinámica general de la comunidad puede absorberlos sin altos costos relacionales y económicos. Dicho sea de paso, las personas que se quedan en comunidad sin estar muy convencidas tienden a decir muchas ‘mentiras económicas’ – inflan los gastos médicos o agrandan los costos de las visitas a sus padres con la idea de asegurarse un ahorrito escondido, ‘porque nunca se sabe’ – y el infantilismo sale así fortalecido.

Y acá volvemos al voto de pobreza.

El sentido evangélico del ‘sine proprio’ de Francisco es pura profecía. La renuncia a los bienes económicos y materiales tiene en el evangelio dos grandes lógicas, ligadas entre sí: (a) decidir encogerse para intentar pasar por el ojo de la aguja y hallar el Reino del otro lado (Mt 19); (b) poner los bienes en común en una comunidad pobre y abierta (Act 4). Renunciar a los bienes es algo profética y evangélicamente sensato (dotado de sentido) cuando consigo trae un bien más grande para nosotros y para muchos, para todos. Si, por el contrario, como ya hemos dicho, la renuncia a la autonomía (que no significa independencia) se vuelve un medio para controlar a la persona, toda la belleza y la profecía de la pobreza evangélica se desvanece inmediatamente, y se transforma en su opuesto. No basta con no tener bienes para entrar al Reino de los cielos. 

¿Cómo responder entonces a esa difícil pregunta que hizo la hermana? Primero, recordando que el voto de pobreza no significa irresponsabilidad respecto a la dimensión material de la propia existencia (y de la comunidad), porque esta forma de responsabilidad es parte del repertorio de toda vida adulta. Hoy en el siglo XXI, llegar a los 30 o 40 años sin saber cómo funciona una cuenta bancaria y sin administrar por lo menos los propios gastos no es, en sí, la expresión de una profecía, pero sí quizás de una inmadurez civil. En el pasado, las comunidades religiosas lograron administrar la economía colectiva pidiendo a una de las hermanas o hermanos (que no fueran clérigos) la renuncia a toda autonomía económica, renuncia que se sacralizaba y se reforzaba mediante el voto. La gestión estaba centralizada en los superiores, y cada miembro tenía que pedir permiso hasta para comprar un sándwich, porque nadie manejaba el más mínimo presupuesto. Una situación no muy diferente a la que vivían nuestras madres y abuelas amas de casa.

En mi humilde opinión, para llevar de nuevo a los jóvenes a las comunidades carismáticas (y hacer que vivan bien los que ya están adentro) sería necesario repensar de manera profunda y audaz sobre cómo conciliar la pobreza evangélica con la adultez de las personas. Hay algunas experiencias hoy en día que, según mi conocimiento, son insatisfactorias. Por ejemplo, algunos movimientos eclesiales han intentado resolver esta tensión dándole a cada miembro “consagrado” una pequeña suma mensual (de 25 o 50 euros) para manejarla autónomamente, una solución idéntica a la de los “domingos” o “mesadas” de los niños, un instrumento que no hace más que alimentar el infantilismo, la gran enfermedad en las comunidades y los movimientos.

Se hacen experimentos poco atrevidos por pereza o porque se cree que dar autonomía económica a las personas significa, por una parte, arriesgarse y perder el control, y por la otra, que la comunidad se reduzca a una residencia de estudiantes que comparten gastos y alguna que otra cena. Pero seguir con la vieja gestión de personas significa no atraer vocaciones y seleccionar a personas que buscan establecerse para resolver sus problemas de no-autonomía.

Además, debería tratarse el tema del reconocimiento civil del trabajo de monjas y de consagrados que trabajan dentro de estructuras comunitarias. Y no solo en los movimientos laicos, donde ya empezó ese proceso, sino también en las comunidades religiosas de vida activa y contemplativa. Hagámonos la pregunta: ¿por qué no reconocer la legitimidad de un salario (al menos a tiempo parcial) para religiosos y religiosas que trabajan en enfermerías, en huertas, en cocinas, en escuelas…? En el monaquismo, trabajar no es un accidens: es carisma, y hoy el ‘ora et labora’ medieval debe crecer gracias a los derechos y libertades de nuestro tiempo. Las personas pondrían individualmente sus salarios en comunión, en una libertad nueva y diferente, en una reciprocidad de dignidad. Trabajos hechos de manera seria y competente – los primeros verdaderos trabajos femeninos nacieron en los monasterios y conventos, desde el bordado hasta la docencia–. Y quien quiera un día salir lo podrá hacer con más libertad, para después quizás descubrir, algunas veces, que esta libertad de poder irse le generó la nueva libertad de quedarse – y comienza una resurrección, dentro de la misma vida de siempre.

No hay comunidad más hermosa que aquella que está compuesta por personas que no se quedan por los votos que hicieron ayer, sino por los sueños de hoy y de mañana.

 

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Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 28/06/2026

Hace unas semanas, una conferencia se convirtió en una charla sobre la importancia de la autonomía económica de las personas en comunidad. Al terminar, una joven monja pidió la palabra y me dijo: “Yo hice el voto de pobreza: ¿cómo puede conciliarse el voto con su argumento acerca de la autonomía económica?”.

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Economía al servicio de la vocación: la pobreza que realmente ofrece libertad

Economía al servicio de la vocación: la pobreza que realmente ofrece libertad

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Economía y Carismas/2 - ¿Qué pasa cuando comunidades y movimientos tienen un crecimiento en propiedades y bienes? Existe el riesgo de que el medio se convierta en fin. Y que se pierda la pequeñez, o sea, el fundamento del humanismo bíblico y evangélico. Es el “síndrome de Salomón”.

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 14/06/2026

El humanismo bíblico y evangélico está centrado en la pequeñez. Abel, David, Ruth, la voz de un silencio sutil, Nazaret, María, el pequeño rebaño, el granito de mostaza, la samaritana, los cinco panes y los dos peces del muchacho de Galilea… El Reino de los cielos es una franja de tierra de pobres, perseguidos, mansos y constructores de paz; quien haya encontrado en su vida a personas de esas categorías sabe que lo que tienen en común es la pequeñez, una combinación de pobreza, humildad, sencillez y, sobre todo, un recibimiento dócil de la vida, de los otros y del espíritu…

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Si vemos la historia de las comunidades, de los movimientos y de los carismas nos damos cuenta de que al comienzo todo habla de simpleza, de esencialidad, de pequeñez. “Había solo una voz’’, pocas personas llamadas por su nombre y la sensación de ser infinitamente pequeños, pero capaces de dialogar con el infinito y de respirar lo eterno. Esa pequeñez atrae, convierte, conquista, porque todo habla de gratuidad, de pureza, de candor espiritual, ante lo cual es imposible resistir. Y así la comunidad crece y se expande y, en algunos casos, el crecimiento es de verdad impresionante. Quien haya recibido en la vida el don de participar del nacimiento de una experiencia carismática, ha vivido una de las realidades más raras y extraordinarias que hay en la tierra.

Este rápido y enorme crecimiento se descubre, en primer lugar, por la cantidad de personas, que adhieren porque se reconocen íntimamente en la comunidad, la sienten como parte esencial de su propio estar en el mundo. Luego llegan donaciones, casas, terrenos, dinero, herencias y benefactores que de modo sincero donan bienes, a veces muchos bienes, porque están convencidos de que sirven a la causa más noble. En el origen de los patrimonios inmobiliarios de muchos monasterios y conventos se encuentran estas mismas dinámicas, aunque en el pasado asumían características antropológicas y sociales diferentes.

Este crecimiento plural del principio es percibido como una clara señal de bendición. Se reciben los bienes para ‘dar gloria a Dios’, y a nadie se le ocurre pensar que estas riquezas que llegan puedan contaminar la belleza espiritual de la comunidad y del carisma; en parte porque las donaciones son, siempre en un principio, directamente funcionales a la misión: las casas y el dinero no se acumulan, sino que sirven, se usan para necesidades concretas. Así pues, se sigue siendo pobre aunque se esté rodeado de muchos bienes.

Pero a un cierto momento, generalmente unas décadas después de la fundación (o de la refundación), surgen problemas ligados a esta riqueza. El primero tiene que ver con un efecto específico de “desfase intemporal”. Con el paso de los años, los frutos y la providencia de hoy descienden de la vida de ayer. Es decir, hay un ‘desfase temporal’ entre vida y frutos, algo parecido a lo que sucede con las estrellas del firmamento: algunas ya murieron, pero por los miles de años luz que nos separan, las vemos aún brillar, como si estuvieran vivas. Por lo tanto, mientras que en los primeros tiempos los bienes y las donaciones de hoy llegan para la vida de hoy, y por lo tanto se ponen al servicio de la misión, en las décadas siguientes los bienes pueden seguir llegando aunque la vida comunitaria haya empezado a perder brillo evangélico y profecía. Esta providencia ‘desfasada’ temporalmente genera confusión, porque los responsables la interpretan como una ‘aprobación’ de Arriba por el presente de la comunidad, y subestiman que los frutos lleguen por las luces estelares del pasado. Entonces, en lugar de hacer un profundo discernimiento sobre las razones del deterioro de la vida carismática, se engañan y se ilusionan porque “la providencia sigue llegando”; y la crisis crece, precisamente gracias a los bienes que ahora son una renta (decreciente) de la vida del pasado, y no ya un ingreso ganado hoy.

Hay un segundo fenómeno, todavía más complejo y peligroso en tanto que conduce frecuentemente a la extinción de la comunidad.

Llega un día en que la riqueza y la grandeza engendran un nuevo pensamiento: que la grandeza y los frutos abundantes son en sí mismo un medio de apostolado y de misión. Mientras que al principio se evitaba toda forma de cultivo de éxito y de visibilidad (incluso mediática), con el tiempo alguien (generalmente un responsable) empieza a pensar, por el contrario, que si esos tantos bienes son una bendición divina, está bien mostrarlos y acrecentarlos para aumentar así la credibilidad, la fuerza, el liderazgo y la misión del carisma. Y así, no solamente no se rechazan donaciones y ayudas (a veces de dudosa ética), sino que se hace de todo por aumentarlas, convencidos – tal vez de buena fe – de que esa riqueza da ‘gloria a Dios’. Cuando esta idea de la grandeza como medio de apostolado empieza a dominar, llega puntual la hora en que comienza la decadencia, que se vuelve rápida e imparable. Se olvida de la pequeñez del evangelio, se aleja del polvo de la calle y, día a día, uno se encuentra con algo diferente, demasiado diferente a lo original.

En realidad, habría algunas señales para interpretar. La primera es que los dirigentes no quieren ver los datos que hablan de crisis y de decaída, datos que se niegan o que se esconden junto a las críticas y las opiniones discordantes. Una segunda señal inequívoca es el desprecio por las ‘actividades de bajo impacto’, es decir, aquellas que no hacen ninguna diferencia en la opinión pública, en los medios, en los líderes: “¿para qué pasar dos horas con esta persona si en ese tiempo puedo hacer un post o escribir un artículo?”. Se desvalorizan por tanto esas acciones (y esas personas) que siguen ‘perdiendo el tiempo’ en escuchar a la gente, en esas actividades ocultas que nadie ve y, sobre todo, que nadie cuenta (hasta llegar incluso al rezo). Todo el esfuerzo queda concentrado en el impacto del líder, olvidando que aquellas actividades relacionales ‘de bajo impacto’ fueron precisamente las que hicieron nacer y expandir a la comunidad que atrajo esas riquezas y a esos benefactores de hoy. Además, una vez que la comunidad se volvió “grande”, ya no atrae vocaciones genuinas, y selecciona las vocaciones equivocadas, lo que da lugar a un fatal efecto de tenaza.

Estas marcas del declive son ‘señales débiles’, son trazos prácticamente imperceptibles, en parte porque aparecen en el momento de mayor desarrollo (numérico, económico, de visibilidad…) de la comunidad. Es el llamado síndrome del “ocaso al mediodía”, donde el que lo observa es silenciado por pesimista y derrotista. La Biblia conoce bien este síndrome.

De joven, Salomón había sido el rey más sabio y más hábil. Gracias a sus talentos, su riqueza y su reino crecieron mucho; el Arca de la Alianza quedó demasiado pequeña como para contener ‘la gloria de Dios’. Así que construyó, primero, el gran templo, y luego su palacio, dos veces más grande que el templo. Terminó perdiendo su sabiduría, y al envejecer “siguió a otros dioses, y su corazón ya no perteneció íntegramente al Señor” (1 Reyes 11:4). Salomón se extravió, aquella gran riqueza generada por su carisma se convirtió un día en su maldición. No entendió que solo debía desmontar el palacio, luego el templo, y volver a la voz desnuda y pobre. Porque una vez grandes y ricos, volver a ser pequeños es imposible, a menos que llegue algo decisivo desde afuera: una gran crisis, una muerte que prepare a una posible resurrección, que podría alcanzarnos si un “resto fiel”, si al menos una persona siguió siendo pequeña, esperando, creyendo, rezando.

2/continua

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Economía y Carismas/2 - ¿Qué pasa cuando comunidades y movimientos tienen un crecimiento en propiedades y bienes? Existe el riesgo de que el medio se convierta en fin. Y que se pierda la pequeñez, o sea, el fundamento del humanismo bíblico y evangélico. Es el “síndrome de Salomón”.

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 14/06/2026

El humanismo bíblico y evangélico está centrado en la pequeñez. Abel, David, Ruth, la voz de un silencio sutil, Nazaret, María, el pequeño rebaño, el granito de mostaza, la samaritana, los cinco panes y los dos peces del muchacho de Galilea… El Reino de los cielos es una franja de tierra de pobres, perseguidos, mansos y constructores de paz; quien haya encontrado en su vida a personas de esas categorías sabe que lo que tienen en común es la pequeñez, una combinación de pobreza, humildad, sencillez y, sobre todo, un recibimiento dócil de la vida, de los otros y del espíritu…

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Cuando la riqueza, la grandeza y el éxito nublan al carisma original

Cuando la riqueza, la grandeza y el éxito nublan al carisma original

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Economía y Carismas/1 - Hoy comienza una nueva serie sobre las dimensiones económico-teológicas de las comunidades religiosas, en particular de las monásticas: un recorrido para descubrir el valor del dinero y de los contratos en la vida espiritual

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 31/05/2026

El texto más antiguo en lengua vulgar italiana, el ‘Placito Capuano’ (del año 960 aprox.) contiene la palabra ‘San Benito’: «Sao ko kelle terre, per kelle fini que ki contene, trenta anni le possette parte sancti Benedicti». El manuscrito habla de un conflicto de tierras del Monasterio de Montecassino.

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No es casual que aquel contrato mencione a San Benito, porque los contratos y las tierras son una parte fundamental de su carisma, una expresión de su ‘ora et labora’. En Occidente los monasterios benedictinos han sido de las primeras comunidades carismáticas cristianas, que si, por un lado, retomaban antiguas tradiciones (piénsese en los esenios), por el otro, presentaban importantes novedadas vinculadas a Cristo y a su Evangelio. Hay que tener presente que cuando se usa la palabra ‘carisma’ para describir a la gran tradición monástica, esta palabra asume un significado que, en parte y significativamente, es diferente al que tiene esa palabra cuando se usa para hablar de movimientos y comunidades actuales, ligadas más claramente a un fundador carismático. En la fundación de los monasterios, el ‘líder’ no era, de hecho, el abad fundador, sino la regla. No depender de la persona de un fundador carismático es uno de los secretos de la longevidad de los monasterios medievales europeos (un estudio hecho por el economista suizo Bruno Frey y sus colegas reportó, sobre 134 monasterios del norte de Europa, una duración promedio de casi 600 años: The corporate governance of Benedictine abbeys, 2010).

Aquel ‘labora’, entonces, no es solo un asunto práctico y contingente de comunidades compuestas por muchas personas que debían trabajar para vivir. No: el trabajo y la economía son parte del ADN de los carismas cristianos. Francisco también definió su carisma en relación con el dinero, pero quería que sus hermanos, en lo posible, trabajaran; y también las monjas de clausura siempre trabajaron y siguen trabajando, y cuando dejaron de hacerlo, por pensarse como puras servidoras de lo sagrado, entraron en crisis profundas.

Intentemos, entonces, explorar algunas de las características de la economía de los carismas, ejercicio que haremos a lo largo de cinco domingos (cada quince días), para reflexionar sobre la riqueza, los bienes inmuebles, la gobernanza y la pobreza de las personas y comunidades (incluido el sentido del ‘voto’), para tratar de entender los desafíos que plantean las cosas nuevas de la Iglesia y de nuestra magnífica humanidad.

El punto de partida es una clara evidencia: hay mucho de economía en la vida de las comunidades espirituales y carismáticas. Monjes y frailes han estado, con sus prácticas y pensamiento, en el origen de la economía de mercado, que nació, por lo tanto, de un espíritu cristiano. Y hoy deberíamos preguntarnos todos, creyentes o no, si será todavía posible trabajar, crear empresas y producir sin un “espíritu”. La IA puede hacer muchas cosas por nuestra economía, pero no puede darnos el espíritu.

El monaquismo y las comunidades cristianas aprendieron la importancia de la presencia de la economía en el Antiguo y Nuevo Testamento, que usan el lenguaje económico para hablar de la Alianza y de los sacrificios a Dios; y cuando el discurso en la Biblia se vuelve particularmente solemne e importante, aparecen el dinero y los contratos. Pensemos en la compra de Jeremías del campo de Anatot (Jer 32), en el contrato entre Abraham y los hititas por la compra del sepulcro para su mujer Sara (Gen 23), o en las treinta monedas de Judas. El contrato y la economía se vuelven el lenguaje necesario en los momentos decisivos de la vida, como en la compra profética de un campo para decir ‘volveremos del exilio’ y tendremos trabajo, hijos, felicidad; o para solemnizar la sepultura de una mujer, madre del nuevo pueblo de la Alianza. En la Biblia, además, algunas llamadas decisivas ocurren mientras las personas están trabajando. Eliseo, Moisés, Ruth, los primeros apóstoles… Es la gran laicidad de la fe bíblica, que tiene una idea tan grande y tan digna del hombre que lo hace dialogar con los ángeles en los campos, en los talleres, en las tiendas.
Nosotros hemos perdido esa laicidad, dentro y fuera de la Iglesia, dentro y fuera de las comunidades cristianas. Porque creemos que las palabras y los gestos de la economía, en el trabajo y en los contratos, son demasiado humanos y ordinarios como para encontrar allí palabras y mensajes proféticos; y pensamos que los únicos actos y palabras dignas de Dios deben ser los que se efectúan dentro del templo, durante el culto y la liturgia. Y así es que seguimos hablándonos de un Dios cada vez más distante de la verdadera vida de la gente, del Evangelio y de la Biblia.

La vida de las comunidades espirituales cristianas hoy está bajo presión en muchos aspectos. Y algunos observadores atentos, pero quizás también cínicos, ya han proclamado el fin de la era de los carismas en la Iglesia.

Esta nueva crisis se manifiesta también, y generalmente en primer lugar, en el ámbito económico y financiero, como en la falta de dinero o de préstamos bancarios, en las hipotécas, en los inmuebles ociosos o vacíos que se quieren vender pero sin que se encuentren compradores (o compradores dignos de la historia del carisma). Porque la economía es una señal que revela crisis más profundas: de jóvenes, de vocaciones, de sentido del carisma, de la vida comunitaria, de Dios, o del significado de ser pobre por elección en un mundo lleno de pobres que no eligen serlo. Y frente a crisis económicas cada vez más difíciles de entender y de explicar, dada la complejidad del lenguaje, se acaba por no querer mirarlas, o por confiar su gestión sólo al ecónomo, o, peor aún, a los consultores externos, que con sus facturas agravan sin duda la crisis económica, y sin ninguna garantía de solución. Porque sabemos que la solución no se encuentra en el plano económico-financiero, lo estamos aprendiendo; pero la sostenibilidad, y este es el punto clave, no se encuentra sin mirar con atención, cuidado y estima los balances y los préstamos. Ora et labora.

Si el Dios bíblico quiso revelarse eligiendo la economía y el trabajo como sus palabras, si la Palabra de Dios es también palabra de contrato y de dinero, entonces el mismo Dios nos sigue hablando todos los días recurriendo al lenguaje de la economía y las finanzas.

Tenemos que aprender a leer los balances como se leen las Escrituras: no son la misma cosa, pero tienen el mismo valor, la misma dignidad y el mismo sentido espiritual. Existe una verdadera ‘mística del balance financiero’, que despreciamos cuando consideramos a la economía como un lenguaje demasiado vulgar, y que rebajamos a una pura técnica de contadores.
El lenguaje de los números, las tazas y los intereses confieren, por el contrario, seriedad y dignidad a nuestros discursos, a nuestra misión, a nuestra credibilidad carismática, sobre todo cuando los números expresan crisis y fragilidad. Y cuando, por varias razones (venta de inmuebles, rentas…), la economía funciona mientras el resto funciona poco (vocaciones, vida evangélica y misionaria…), la pregunta “carismática” sobre la economía se vuelve todavía más urgente. Porque en los carismas la riqueza es más problemática que la pobreza, en cuanto puede producir un efecto cortina que nos engaña y nos impide ver las crisis de las otras dimensiones del carisma. Hay que tomar en serio la economía que “va mal”, pero más en serio hay que tomar la economía que “va bien”, si esta no está acompañada de una salud carismática general de la comunidad.

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