Se acerca un nuevo medioevo, en el que los aristócratas serán individuos estériles que complicarán mucho la vida a los que quieran vivirla como un compromiso cívico, con y por los demás, con y por los hijos.
Luigino Bruni
publicado en Messaggero di Sant'Antonio el 04/05/2026
Cada época ha tenido sus clases sociales predominantes, de las que dependían la paz, la guerra, las riquezas, las pobrezas, los derechos y las felicidades. En la Edad Media eran los aristócratas y los siervos de la gleba; en la época de la Contrareforma, los propietarios de la tierra y los campesinos; y luego en la sociedad industrial, los capitalistas y los proletarios. Dentro de la jerarquía eclesiástica, los papas, los cardenales y los obispos eran en la clase dominante, la clase rica y poderosa, mientras que los párrocos, los frailes y las monjas eran la otra. También hubo siempre clases intermedias, importantes a nivel local (piénsese en los mercaderes medievales de Venecia o de Florencia, o en los artistas de estas y otras ciudades similares), pero generalmente los ejes en los que se desarrollaba la dinámica social y económica eran dos.
Con el nuevo milenio están surgiendo dos nuevas clases, que trascienden a las de épocas anteriores y que son aparentemente muy distintas, pero que están determinando las dinámicas sociales y relacionales, y pronto también las políticas y económicas. Ya sabemos que los seres humanos somos, al fin y al cabo, parecidos en casi todos los aspectos (vicios, virtudes, fragilidades, bellezas…), y estas mismas distinciones hay que tomarlas siempre como cuando, hablando de la sal en una receta, se dice: “a gusto”, porque ninguna persona entra en una categoría abstracta.
Una de las clases es la que está representada por las personas que, en todo el mundo, viven la vida como compromiso social, como tarea espiritual y ética. Se enamoran, forman una familia, a menudo se casan y, sobre todo, hacen lo posible por tener hijos; y en caso de no conseguirlo de modo natural, los adoptan, asumiendo el riesgo que toda adopción conlleva (con toda su belleza también). Es la comunidad global de los esposos, de los compañeros de vida, de los padres y madres, de los empresarios, de los cooperadores, de los misioneros, de las personas que deciden dar sus mejores energías en los años más hermosos de su vida para crear algo con y para los otros. Hace un tiempo lancé la idea de introducir un nuevo anillo, como el de la alianza, pero para los que son madres o padres: para así poder reconocerlos en la calle, agradecerles y darles nuestro reconocimiento. Cuando veo a una persona con el anillo de matrimonio siento siempre una emoción civil positiva, que sería doble si viese otro anillo, de un color distinto, que diga que esa persona se ha jugado la vida creando nueva vida en la tierra, que ha dejado su vida en dos creencias parecidas y diferentes: en una persona, en un niño, en un “para siempre”…
Junto a esta “clase” hay otra, que es también global: la de los que no se casan, no viven relaciones afectivas estables y públicas, o bien si se casan o se juntan deciden intencionalmente no tener hijos. Los motivos son varios y no quisiera juzgarlos. Algunos presentan esta elección con cierto “revestimiento ético”: “¿cómo se puede traer un hijo a este mundo terrible?”. Por lo general, a este grupo de solteros - o de parejas que son la suma de dos solteros - no les gustan los vínculos fuertes, no les gustan en particular si son humanos. De hecho, muchos viven con uno o más animales, generalmente perros y gatos, que son muy queridos porque no tienen los rasgos típicos del humano: la libertad, los conflictos, la reciprocidad… Por lo general, aman la naturaleza, llevan vidas sanas, se preocupan por su físico y temen al propio envejecimiento. Son, con frecuencia, excelentes trabajadores y, más todavía, trabajadoras, son fiables e incondicionales con la empresa, tienen carreras exitosas y a menudo se ven con mucho dinero (que no saben siquiera como gastar). Se mezclan con todos los demás, no son más antipáticos que el promedio; son menos generosos y, por lo tanto, menos generativos (las dos palabras son casi sinónimos).
Pero se pueden reconocer por algunos indicios. Primero, la falta de laetitia y de alegría de vivir, que se tapa con la diversión y con la alegría adrenalínica de corto tiempo (salidas, vacaciones, aperitivos, tal vez algo de droga cada tanto). No son felices, son alegres transitorios, contentos con la alegría que les pueden procurar los perros, los gatos y las vacaciones. Un segundo indicio es la falta de amistades profundas y verdaderas, que son sustituidas por relaciones con conocidos y compañeros, también transitorias y de poca entrega, ya que solo están ligadas por una actividad específica (vacaciones, montaña, restaurantes…), y que emergen solo en ese contexto, sin nada de cotidianeidad. El tercer indicio es la gran cantidad de tiempo dedicada al cuidado de sí, que ocupa casi totalmente el lugar del cuidado de los demás.
Si no cambia nada en nuestra cultura global, esa que se expresa en las series, en las películas, en los programas de televisión o en las novelas, esta clase de solteros y solteras se convertirá en la clase dominante y, como toda clase dominante, impondrá a todos el estilo de vida y las reglas del juego: políticas, fiscales y económicas. Se acerca un nuevo medioevo, en el que los aristócratas serán individuos estériles que van a complicar mucho la vida a quienes quieren vivirla como un compromiso cívico, con y por los demás, con y por los hijos.
Credit Foto: © Fabiano Fiorin / Archivio MSA

