El capital espiritual

El capital espiritual

Tiempos desconcertantes - ¿Qué tan necesario es desarrollar hoy una nueva gramática espiritual, en diálogo con la modernidad, sin miedos?

Luigino Bruni

publicado en Città Nuova el 15/05/2025 - De la revista Città Nuova n.05/2025

¿De qué depende la riqueza de una comunidad o de un país? De muchas cosas, pero depende ciertamente de sus capitales: económicos, financieros, y también humanos, sociales, cívicos, artísticos, ambientales. Los capitales son los que generan los flujos, incluido el PIB, ese flujo de ingresos que se volvió muy importante en las últimas décadas, quizás demasiado importante. Hasta el siglo XVIII, casi todos estaban de acuerdo en que la riqueza se componía únicamente de capitales: oro, palacios, minas, barcos, ejércitos y, sobre todo, tierras. Como máximo, se llegaba a decir, con el economista y monje camaldulense Giammaria Ortes, que la riqueza de un pueblo es su gente. Luego, se empezó a pensar progresivamente (con la escuela francesa de los fisiócratas) que la riqueza más importante no eran los capitales, sino los ingresos, porque sin la capacidad de rentabilizar los capitales naturales y sociales, un pueblo permanecía pobre. Y en aquel contexto, tenían razón.

Luego, a mediados del siglo XIX, el economista y filósofo milanés Carlo Cattaneo, escribió algo muy lindo: “No hay trabajo ni capital que no empiece con un acto de inteligencia. Antes de cualquier trabajo y de cualquier capital, es la inteligencia la que da inicio a la obra, y la que imprime en ella por primera vez el carácter de riqueza”. Con la aparición del PIB en el siglo XX, nos olvidamos de los capitales y empezamos a medir solo los flujos anuales. Y así, a fuerza de no ver los capitales, los consumimos y los deterioramos, sin ningún mantenimiento. Hasta que, de repente, caímos en cuenta de que se estaban agotando.

El primer SOS fue lanzado por el clima y la tierra: vimos de golpe que el capital natural se había deteriorado mucho, y que quienes lo deterioraron fuimos y somos nosotros, los humanos.

La vida comunitaria

Hay quien dice que también el capital civil y social, hecho de virtudes, de capacidad de cooperación y de vida comunitaria, se está agotando rápidamente. Hemos consumido, en una sola generación, toda aquella capacidad tácita de estar juntos, de trabajar en equipo, de actuar colectivamente, por no hablar del antiguo saber sobre cómo sufrir y morir, sobre cómo gestionar los conflictos, las frustraciones, el luto, sobre cómo estar en el mundo.

Hay otro capital que está en vías de desaparición: el capital espiritual, sobre todo en Occidente. Los milagros sociales, éticos y económicos de los que hemos sido capaces hasta ahora, fueron posibles también, y en cierta manera sobre todo, gracias a los verdaderos capitales hechos de espiritualidad, de piedad popular, de vida interior, de oración, de religión.

La fe

La fe, que en latín quiere decir cuerda (fides), mantuvo a las personas y a las comunidades juntas, curó las crisis del alma y el cuerpo, nos enseñó a trabajar, a vivir, a nacer, a abandonar este planeta. Los trabajadores, durante siglos, llegaban a la puerta de las empresas equipados de este capital especial y popular, que las empresas no pagaban, pero que usaban como un recurso fundamental.

Y era producto de la familia, de la Iglesia, de las comunidades, y era “consumido” por las empresas que no eran capaces de reproducirlo (hoy son totalmente incapaces). Ya lo estamos viendo: la llamada fragilidad de la generación joven (que en otros aspectos es tan fuerte como toda juventud) deriva también de esa carencia de capitales espirituales, de una vida interior demasiado ocupada en el consumo y en todas sus mil liturgias.

¿Qué hacer? Por el momento, sería importante empezar a medir en el mundo lo que queda de ese capital espiritual, tal como lo están haciendo los jóvenes economistas de la Economy of Francesco. Para después preguntarnos cómo reconstruirlo: no volviendo a las religiones del pasado, claro está, porque la historia no vuelve atrás. Sin embargo, algo hay que hacer, y pronto, si queremos evitar que la depresión masiva sea el nuevo Covid.

El sueño de los sueños

Las grandes religiones deberían hacer algo más: en vez de cultivar el pasado, de seguir usando un código simbólico y teológico pre-moderno, en vez de preocuparse por salvar lo que queda de una christianitas que se terminó hace rato, podrían tratar de enseñar a todos una nueva gramática espiritual, en diálogo con la modernidad y sin temores. Haciendo exactamente lo que el papa Francisco les dijo a los jóvenes de Lisboa: “no sean administradores de miedos, sino emprendedores de sueños”. Y la espiritualidad sigue siendo el sueño de los sueños, de los jóvenes y de todos.

Credit Foto: © Diego Sarà


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