El pan recíproco del mañana

Las voces de los días/14 – Es necesario que volvamos a aprender el arte de amasar y darnos la levadura.

de Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 12/06/2016

Surfinia rid“El Señor me sacó y me puso en medio de la vega, la cual estaba llena de huesos. Me hizo pasar por entre ellos. (...) Mientras yo profetizaba se produjo un ruido. Hubo un estremecimiento, y los huesos se juntaron unos con otros. Miré y vi que estaban recubiertos de nervios, la carne salía y la piel se extendía por encima, pero no había espíritu en ellos. (...) El espíritu entró en ellos; revivieron y se incorporaron sobre sus pies.”

Ezechiele 37,1-10

Para que nuestra vida en común sea buena y feliz es necesario que sepamos mantener juntas algunas realidades distintas e incluso contrapuestas. Crear alianzas improbables e imprevisibles entre personas y dimensiones que según el sentido común deberían estar separadas y lejanas. Las palabras “carisma” e “institución”, que no son fáciles, expresan algo de esta naturaleza dialógica y conflictual de la vida buena.

Carisma e institución son principios, y con ellos ocurre algo parecido a lo que ocurre con los “principios activos” de las enzimas. Sin el “principio institución” y sin el “principio carisma”, el pan no fermenta y la leche no se convierte en queso, pues le falta el cuajo. Sin la gratuidad y la excedencia del carisma-charis, las instituciones se convierten en lugares in-humanos, asfixiantes, feos y tristes. Pero si la experiencia carismática no se sustenta en estructuras y reglas, tampoco dura mucho en el tiempo y acaba disgregándose y evaporándose. Institución y carisma son co-esenciales, como lo son la carne y los huesos, el espíritu y el cuerpo, la inteligencia de las manos y la inteligencia de la mente. Co-esenciales y diversos. La institución es adulta, fuerte, jerárquica, masculina. El carisma es joven, débil, fraterno, femenino. La institución es Pedro, el carisma es María. La institución es y debe ser prudente. El carisma es y debe ser imprudente. La institución siente aversión al riesgo, al carisma le encanta el riesgo. La institución conserva, el carisma innova. La institución recuerda y mantiene, el carisma olvida y cambia. La institución preserva de la muerte, el carisma genera vida nueva y la regenera. Sin gratuidad no se puede vivir, tan sólo sobrevivir. Sin charis, el pan siempre será ácimo. Para conservar la levadura madre, nuestras abuelas le daban un puñado de masa fermentada a la vecina, quien la amasaba con harina nueva y se la devolvía a su vez al día siguiente. Así todos podían fermentar nueva masa. Es el maravilloso circuito de la reciprocidad del pan.

Para comprender la lógica y la valiosa función del principio carismático es útil verlo como una continuación del principio profético, que tiene un lugar central y fuerte en la Biblia judía y cristiana, pero también en otros grandes textos fundamentales de las religiones y las civilizaciones, así como en la vida y en la obra de grandes poetas, escritores y artistas, aunque con rasgos específicos y espléndidos. Si leemos la Biblia y la historia desde este punto de vista, inmediatamente nos daremos cuenta de que los principales destinatarios de la profecía son los poderosos, los fuertes, los reyes, el templo, las instituciones religiosas y políticas. Los profetas surgen para la conversión de los que detentan el poder.

Cuando no hay profetas o cuando se les hace callar, las instituciones se encierran en sí mismas y se olvidan de los pobres, pisándoles, vendiéndoles y oprimiéndoles. Se convierten en estructuras que alimentan los privilegios y las rentas de los ricos y poderosos. La palabra profética siempre es concreta e histórica. Aunque lleve milenios escrita, siempre habla en presente, La potencia de la profecía se desactiva cuando pensamos que no se dirige a nosotros aquí y ahora. No podremos entender la fuerza de la palabra de Jesús cuando condena, en el Evangelio de Mateo, a los “escribas y fariseos hipócritas”, si olvidamos que aquellos “hipócritas” eran los jefes de las comunidades cristianas para las que escribía Mateo (no sólo los del tiempo de Jesús). Eran los responsables de las primeras iglesias de finales del siglo I, que ya comenzaban a ser llamados “rabinos” y “maestros”, como hacen los jefes de todas las comunidades cuando se apagan los profetas. La palabra profética sólo nos convierte y nos salva si sentimos que está pronunciada y escrita para nosotros, para mí.

El perfil profético no se expresa sólo en las palabras de los profetas. Lo encontramos también en la vida y en las palabras de muchos personajes y libros bíblicos. Job, Qohélet, Rut, el Cantar, los Salmos, David, el Apocalipsis, muchas de las cartas de Pablo, contienen páginas proféticas que se añaden a las palabras de los libros proféticos, que, a su vez, no contienen sólo palabras proféticas. El principio profético no coincide con la actividad de los profetas y mucho menos con su enseñanza. Es algo más y algo menos: hay palabras proféticas no pronunciadas por los profetas y hay palabras de los profetas que no son proféticas.

A veces, la profecía es una experiencia colectiva que involucra a varias personas. Alrededor del profeta se forman comunidades y/o varios profetas comparten la misma vida. Un fenómeno profético especialmente relevante es el de las comunidades y los movimientos carismáticos, que se forman alrededor de una o varias personas portadoras de carismas espirituales, políticos, cívicos, culturales o artísticos. Estas realidades colectivas tienen la característica específica de identificarse completamente con la función carismático-profética. El riesgo inevitable de estas comunidades y movimientos carismáticos está en no reconocer que también en su interior, desde su nacimiento, el carisma convive con la institución. El carisma produce, natural y necesariamente, instituciones que, para seguir siendo generadoras y auténticamente carismáticas, deben reconvertirse continuamente al carisma originario, reconociendo y valorando a sus profetas. Pero, al ser “profetas por vocación y por misión”, las comunidades carismáticas no siente la necesidad de acoger y valorar a los profetas que nacen en su seno y, por lo general, los combaten como falsos profetas. Así comienza su declive, porque para que una institución carismática no se convierta en una “institución sin más” debe ser capaz de dejar espacio en su interior a los portadores de la dimensión profética. Los lugares paradójicamente menos hospitalarios para los profetas son las comunidades proféticas donde surgen. Nadie es profeta en esas tierras, porque la institución absorbe en sí misma toda dimensión profética, asume el monopolio del principio carismático y no siente la necesidad de la crítica carismática interna.

Los buenos gobiernos carismáticos saben dar cabida a figuras no alineadas y críticas, a las que reconocen un rol co-esencial. Las ven como providencia y salvación y aceptan las críticas que necesariamente vienen de ellas. Aprenden y saben que entre el trigo bueno de los profetas siempre crece la cizaña de los falsos profetas.

La institución escribe estatutos y reglamentos cada vez más detallados; el carisma los cambia, los transforma y los simplifica. Cuando el gobierno de las comunidades carismáticas está formado únicamente por personas totalmente alineadas con la visión y la palabra de la institución (cosa que ocurre casi siempre), estas realidades pierden dramáticamente su profecía y su capacidad de generar. La prudencia frena la profecía y la innovación; las reglas y las palabras de ayer se convierten en las camisas de fuerza del mañana.

La cualidad más valiosa en las personas que gobiernan comunidades carismáticas es su capacidad para reconocer a los profetas desperdigados por las periferias y darles espacio y escucha, renunciando al consenso incondicional y a la ausencia de críticas. El disenso e incluso una natural dosis de conflictividad son señal de que el carisma está presente en las instituciones, sobre todo en las carismáticas.

Como en toda voz profética, el primer deber vocacional de estas voces es prevenir y combatir la enfermedad de la idolatría, que se da de forma natural cuando en las instituciones carismáticas desaparece o se suprime la voz profética. La primera e inevitable tentación de todos los profetas es identificar su propia voz con la de YHWH, perder la conciencia de que sólo algunas de las palabras que pronuncian son distintas, y que todas las demás son iguales a las palabras de todos.

Cuando a los profetas se les deja vivir y actuar dentro de las comunidades, cosa que rara vez ocurre, se puede realizar el auténtico milagro de la resurrección del carisma originario. Las instituciones que conservan un carisma tienden de forma natural a convertirse en sepulcros que guardan el esqueleto del primer evento profético. Pueden hacer de todo para mantener vivo el recuerdo y la memoria de ayer, pero no dejan de ser cultos fúnebres. Sin la resurrección, los muertos siguen en sus tumbas. Es ley de vida. La única elaboración buena del luto del carisma originario de los fundadores es su resurrección. Nueva carne, nueva sangre, nuevos músculos y nervios para darle un cuerpo nuevo al primer cuerpo convertido en esqueleto. Cada generación debe obrar la resurrección de los esqueletos antiguos y nuevos. Pero sólo la imprudencia de los profetas es capaz de convertir el puñado de masa fermentada heredado de los padres en pan multiplicado para dar de comer a las masas hambrientas de hoy.

La profecía es capaz de realizar todo eso, sabe insuflar el espíritu en los huesos de los esqueletos para que vuelvan a la vida. Sin la profecía las experiencias carismáticas tienen ante sí sólo dos tristes destinos: o concluyen a la muerte de sus fundadores o se convierten en simples instituciones que recuerdan algo que ya no existe, como la fotografía de una fiesta o de un amigo lejano. Para que los sepulcros puedan vaciarse y las fotos cobrar carne y sangre, hacen falta, lisa y llanamente, profetas.

Pero hay una excelente noticia: los profetas existen, aunque no sea fácil encontrarlos. Como ocurre con el espíritu, la palabra profética sopla donde y cuando quiere. No se deja encasillar dentro de un oficio, rehúye el sentido común. Se encuentra en lugares improbables, como en el canto de Miriam al otro lado del Mar Rojo, el asno de Balaam, el viejo Simeón y sobre todo en muchos gestos mudos. Las palabras proféticas más verdaderas viven entre los pobres, los pequeños y los ignorantes, entre los descartados, los desesperados y los fracasados, en la boca de las madres y en la cabecera de los moribundos. Para encontrar a los profetas que tanto necesitamos, sencillamente debemos buscarlos donde no deberían estar. Implorarles que exhalen la palabra sobre nuestros huesos. Y después aprender a resucitar.

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