La gramática del don-estrella

La gramática del don-estrella

Epifanía de Jesús - Quien sabe dar no ocupa espacios, los libera. Es discreto. No se apropia del tiempo de la reciprocidad. Solo se lleva una “inmensa alegría”.

Luigino Bruni

Original italiano publicado en Avvenire el 05/01/2020.

 La fiesta de la Epifanía de Jesús nos dice muchas cosas importantes. Entre ellas, nos habla de la naturaleza del don, del significado de honrar y de la proximidad entre el don y la muerte.

El don es una de las formas más altas de libertad humana. Es por consiguiente una experiencia trágica. La visita de los magos, narrada en el evangelio de Mateo, contiene muchos elementos de la gramática del don. Mateo llama a estos sabios magoi, una expresión con la que probablemente se refería a unos sacerdotes del zoroastrismo. Se trataba de hombres sabios, astrónomos y astrólogos, venidos del este y de un mundo mítico del pasado pero que seguía muy presente en la cultura bíblica y por tanto en el evangelio. No eran pastores, sino expertos en las estrellas y en la ciencia. Es bonita esta presencia de la sabiduría y de la ciencia en el pesebre, una bendición necesaria en estos tiempos de crisis. También es bonito ver varones haciendo regalos: varón era Herodes y varones eran también los magos, ayer como hoy. 

Eran sabios venidos de oriente, probablemente de Persia, la actual Irán, en la peregrinación más hermosa. No adoraban al mismo Dios que el evangelista. Alguien los llamaría sencillamente idólatras, demasiado cercanos a los magos y a los adivinos egipcios, asirios y babilonios contra los que combatía la Biblia. Sin embargo, Mateo, al comienzo de su evangelio, decidió los ojos en estos forasteros y amigos que venían de lejos trayendo una bendición y regalos para honrar al niño. Creer en otros dioses no es suficiente para ser enemigos de la fe bíblica. Los primeros adversarios de los profetas y del pueblo de Israel fueron los falsos profetas, que creían y adoraban al mismo YHWH, que conocían perfectamente la Ley y la citaban de memoria. La visita de los magos nos dice que Dios es verdadero y único aunque cada uno lo llame con un nombre distinto. No somos dueños del nombre de Dios, que siempre es más grande y plural que nuestros vanos intentos de aprisionarlo dentro de nuestra religión. Y nos recuerda, junto al samaritano, otro gran “viajero” de los evangelios, que el prójimo [próximo] no es el que está más cerca: los magos fueron próximos al niño aun siendo, por muchas razones, lejanos.

Estos hombres se pusieron en camino hacia occidente, siguiendo «una estrella», para «adorar» a un niño, que sabían que era «el rey de los judíos» (Mt 2,2).

He aquí los dos primeros elementos de esta gramática especial del don: un camino y una estrella. El camino implica compromiso y tiempo, ingredientes fundamentales de todo don verdadero. No nos gustan los regalos reciclados, no los aceptamos, precisamente porque les faltan compromiso y tiempo. Hay regalos que no exigen mucho tiempo; en pocas horas se pueden hacer muchos. Sin embargo, el don es distinto. No hay don sin un camino, sin un viaje material o espiritual. Nos levantamos y salimos al encuentro de la persona a la que hemos decidido honrar con nuestra visita y con nuestro regalo. Yendo a su encuentro ya le decimos casi todo lo que queremos decirle a esa persona. Las cosas más importantes las decimos con el cuerpo en movimiento. El objeto que puede acompañar al don es un signo, un sacramento que refuerza y hace explícito lo que decimos con nuestra visita, con nuestro caminar. El primer don de los magos consiste en ponerse en camino. Otras veces los viajes son solo espirituales, como cuando queremos (y debemos) escribir la tarjeta que acompaña a nuestro regalo y viajamos atrás y adelante en el tiempo buscando las palabras que solo nacen si les damos el tiempo de florecer en nuestra alma, viajando interiormente en compañía de la persona a la que vamos a honrar con nuestro don.

El otro elemento es la estrella. En los dones, al menos en los más importantes, el camino no comienza sin la aparición de una “estrella”, sin una voz, una señal, una convocatoria. Nos ponemos en camino porque alguien o algo nos llama interiormente. A veces es un grito. En la vida hemos recibido dones gracias a que alguien ha seguido, por nosotros, una estrella. Por eso sabemos reconocerlos. El primer don (la vida) llega casi siempre así, gracias a dos personas que han visto y seguido cada una la estrella de la otra. Lo que somos hoy depende de muchas cosas, pero sobre todo de los dones-estrella que hemos recibido. El evangelio nos dice que, una vez que los magos llegaron donde estaba el niño, «al ver la estrella se llenaron de una inmensa alegría» (2,10). La alegría es la reciprocidad típica de estos dones, una alegría especial e inmensa que solo conocemos cuando efectuamos algún don-estrella. Parecen dones unilaterales, pero no es así, porque esta “inmensa alegría” es una forma esencial de reciprocidad, incluso mayor que la narrada en el evangelio (apócrifo) árabe de la infancia de Jesús, según el cual «María les regaló algunas telas que usaba para fajar al niño Jesús».

En el relato de Mateo, el primer encuentro de los magos en Jerusalén fue con Herodes. El rey, consternado, quería informarse acerca de este hipotético nuevo rey-niño, llamó a los magos y les dijo: «Averiguad con precisión lo referente al niño. Cuando lo encontréis, informadme a mí, para que yo también vaya a rendirle homenaje» (2,8). Para que yo también vaya a rendirle homenaje. En la tierra sigue conviviendo el homenaje de los magos con el de Herodes, las visitas a los niños para celebrar la vida con las “visitas” para celebrar la muerte. Y la tierra sigue viviendo mientras las visitas de los magos sean más numerosas que las de Herodes.

El anuncio de los magos a Herodes produjo, de forma no intencionada, las primeras muertes del Nuevo Testamento: la masacre de los inocentes. Los magos son recordados por sus regalos, pero también por la matanza de Herodes. Esto inmediatamente nos hace ver una cosa decisiva que atraviesa todos los evangelios, Pablo y el humanismo cristiano: el don hace frontera con la muerte. Esta cercanía se expresa de muchos modos, no todos bonitos. Hay dones que producen muerte porque son venenosos (gift), cuando bajo un envoltorio brillante solo esconden voluntad de control y manifestación de fuerza y de poder. Son los regalos mortíferos de los mafiosos, los reyes y los faraones, que usan los regalos para marcar distancia, para decirnos que ellos son propietarios de sus regalos y de nosotros. Pero en el roce entre muerte y don, en la cercanía entre dóro y thánatos, hay también otras palabras. El don es ambivalente, porque si no lo fuera no sería una de las palabras más bellas y altas que podemos pensar y pronunciar bajo el sol.

Quien conoce el don bueno, el que nace de nuestra irrenunciable vocación a la gratuidad, sabe que el don lame las heridas y la muerte porque se coloca en el centro de la vida, que empieza con el primer don y termina con el último, cuando, al decir “aquí estoy”, el don y la muerte sean una palabra sola. El don nace y actúa en la frontera entre dos o más vidas, y por eso tiene la capacidad de incidir en la vida, de ser eficaz. Es como la palabra: crea, cambia, marca, enseña, hiere. ¿Qué nos hiere más que un don rechazado y pisoteado? La Biblia conoce bien la ambivalencia del don. Por eso habla poco de él y cuando lo hace (Isaías) casi siempre es para ponernos en guardia con respecto a los dones/regalos venenosos sin gratuidad. Pero sobre todo nos habla del don poniéndolo al comienzo del relato de la historia humana. El don de Caín no fue grato a Dios-Elohim, y este don rechazado produjo el primer homicidio-fratricidio del mundo. Herodes es el anti-don, el nuevo Caín, alguien que no sabe “honrar” y tampoco sabe dar. Los magos son como Abel, el hermano manso que sabía hacer regalos, que se puso en camino hacia los campos y cuya sangre riega la tierra de la Buena Noticia y eleva su olor hasta Dios.

Los regalos de los magos fueron «oro, incienso y mirra» (2,11), para expresar la realeza (oro), la divinidad (incienso) y la corporeidad (mirra). La gramática y la sintaxis del don se sigue desvelando. En cada encuentro que nace del don, te digo que tienes la dignidad de un rey, que eres sagrado como un dios y que eres un ser humano, y por tanto tu limitación y tu futura muerte no son una maldición ni una condena, sino una tarea y un destino. Estos son los accidentes que, solo juntos, conforman la sustancia del don, que consiste en honrar.

«Entraron en la casa, vieron al niño con su madre, María, y echándose por tierra le rindieron homenaje» (2,11). En el don de los magos también está María, una sorpresa y una alegría añadidas a su alegría ya inmensa. En María podemos ver a otra amiga bíblica de los magos: la reina de Saba, que viajó desde lejos, con muchos regalos, para conocer y honrar la sabiduría. El don de los magos es otro Magnificat de los evangelios, y la visita de María a Isabel es el episodio que más se le parece. María acogió con confianza a los magos en su casa, les dejó pasar, los reconoció como invitados buenos y aceptó el don.

Para terminar, también los magos, como María con Isabel, después de haber entregado sus regalos, emprendieron el camino de vuelta a casa. Esta es la última nota característica del arte del don, que no termina con la aceptación sino con la vuelta. Quien conoce este arte por haberlo practicado toda la vida, sabe que «volver a casa» es la obra maestra del don, porque significa castidad, una palabra esencial en todo don, hermana gemela de la gratuidad. Quien sabe dar no ocupa espacios, los libera. Es discreto. Sale deprisa, sabe estar sin prisa y vuelve aprisa. No se apropia del tiempo de la reciprocidad. Y se lleva solo una “inmensa alegría”.


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