La viga y la brizna

La viga y la brizna

Lógica carismática/8 – Pequeños umbrales personales de autosegregación que pueden llevar a levantar muros. 

Luigino Bruni

Publicado en Avvenire el 07/11/2021

«A la raíz de nuestro malestar actual se encuentra una sutil sensación de impotencia, la idea de perseguir afanosamente algo que continuamente escapa a nuestra comprensión».

Mario Pomilio, Taccuino industriale

En la sociedad y en las organizaciones, se dan a nivel colectivo fenómenos no deseados que nadie desea a nivel individual. También en las dinámicas de las comunidades.

A nuestra civilización le gusta mucho la libertad individual, y protege con todas sus fuerzas la esfera privada de las preferencias individuales de las personas. La misma sociedad occidental moderna ha desarrollado, desde hace al menos medio siglo, teorías y análisis para estudiar también los fracasos de la soberanía del individuo, aquellos casos en los que el juego de las elecciones basadas en las preferencias individuales produce efectos colectivos perversos. Porque no siempre la “mano invisible” que transforma y agrega las elecciones individuales genera buenas transformaciones colectivas, ni para los individuos ni para la sociedad. Un pionero y un clásico de estos estudios es el premio Nobel de economía Thomas Schelling, quien mostró, entre otras cosas, que la cultura dominante en una comunidad es distinta de las preferencias de los miembros individuales que la componen. Es famoso su estudio sobre la autosegregación racial involuntaria en la elección de la vivienda ("Dynamic models of segregation", 1971), donde demostró que, para que en una ciudad se formen barrios segregados únicamente de blancos o únicamente de negros, no hace falta que las personas individuales piensen: “yo quiero estar en un barrio solo de blancos” o “solo de negros”. Basta con que los habitantes blancos (o negros) piensen: “No quiero vivir en medio de dos casas de familias de negros (o de blancos), o incluso, en algunos casos: “No quiero vivir al lado de tres familias distintas a la mía”. Estas preferencias individuales, que en sí mismas no parecen radicales, producen un resultado radical, y al final vivimos en un mundo que nadie desea. 

Todo esto es aplicable a la segregación étnica y a cualquier otra forma de intolerancia colectiva. Una cultura radicalmente racista e intolerante puede ser generada por personas que no son tan racistas ni tan intolerantes tomadas de una en una. Mi pequeño “umbral” de cerrazón impuesto, que a mi conciencia no le parece especialmente intolerante, combinado con los pequeños umbrales de los demás acaba convirtiéndose en un muro alto. Es como si en el límite que pongo a mi tolerancia a la diversidad apareciera una carcoma que, interactuando con las carcomas de los demás, corroe la raíz de la convivencia civil. Para evitar estos resultados tristes e involuntarios deberíamos educarnos a mantener los umbrales de intolerancia muy bajos e incluso a eliminarlos – en buena parte, este es el reto educativo –. Porque estos estudios nos dicen que las colectividades amplifican las barreras de los individuos, no las reducen. La brizna en el ojo del «yo» se convierte en una viga del «nosotros»; y una vez creada, esa viga toma el puesto de la brizna e impide a todos la vista. Los análisis de Schelling siguen estando entre los más importantes de las ciencias sociales contemporáneas. Hoy se aplican también a los fenómenos climáticos y a las decisiones en materia de consumo, donde nos encontramos con resultados colectivos y globales muy graves e insostenibles aun cuando las preferencias de las personas individuales son más ecológicas. Estos resultados no dependen solo de los efectos indirectos de nuestras elecciones (nuestras “externalidades”), sino de fenómenos más complejos que se desencadenan al agregar las preferencias de los individuos.

Todo esto es especialmente relevante para las organizaciones y comunidades de cualquier tipo. Cada comunidad genera una cultura colectiva y una identidad que es muy evidente para quienes la observan desde fuera – un poco menos para quienes la ven desde dentro –. Lo que ocurre, también en este caso, es que la cultura y las prácticas que se generan están más radicalizadas que las preferencias de los miembros individuales. La cultura comunitaria que nosotros observamos no es la fotografía de la cultura de los individuos. Cada comunidad desarrolla su estilo, su personalidad espiritual, su lenguaje y su jerga, con rasgos específicos y expresiones solo comprensibles para los miembros de la comunidad; genera maneras de rezar, de moverse, guiños, gestos, una forma de vestir… que se autorrefuerzan con el paso del tiempo. Estos rasgos colectivos no son ni la media, ni la suma, ni el producto de los comportamientos individuales, ni tampoco el resultado de la imitación del líder por parte de todos (como ocurre en las modas). Ciertamente, a diferencia de lo que ocurre en otras instituciones y organizaciones, en las comunidades carismáticas el fundador desempeña un papel especial, pero la cultura colectiva no es la gigantografía del fundador. Tampoco el fundador lo quiere – en estos procesos, el fundador tiene más peso que los demás, pero no tanto como para determinar la cultura colectiva –. Las mismas corrientes internas que se forman en las comunidades, es decir los corrillos y los subgrupos, que llegan a determinar hasta la composición de las mesas en el comedor, muchas veces son resultados generados por personas que, tomadas de una en una, son más abiertas y dialogantes que los grupos cerrados que crean. El aislamiento y la autorreferencialidad, que desde fuera aparecen como rasgos importantes y característicos de las comunidades carismáticas, son a menudo fenómenos de autoaislamiento involuntario.

Para que haya comunidades segregadas, donde los miembros siempre se encuentran con las personas de su propia comunidad, no hace falta que estas personas no amen las relaciones sociales externas a la comunidad. Basta con que, de acuerdo con los parámetros del modelo de Schelling y ampliando su lógica, cada uno de sus miembros comience a pensar: “A mí me gusta relacionarme con personas de otros grupos y comunidades, pero de cada dos o tres encuentros al menos uno lo quiero hacer solo con mi comunidad”. Esta es una preferencia individual no especialmente cerrada ni antisocial que, sin embargo, puede generar involuntariamente fuertes cerrazones colectivas y autosegregaciones. Esto explica, entre otras cosas, un hecho frecuente y para muchos misterioso: Hay comunidades que, en su conjunto, parecen (y a menudo lo son) cerradas y autorreferenciales y sin embargo, cuando conoces a las personas individuales y entablas una relación de confianza con ellas, descubres que individualmente son muy abiertas y sociables. Tan es así que a veces entran ganas de exclamar: “¿Cómo ha podido terminar esta persona dentro de una comunidad semejante?” A esta exclamación, Schelling podría responder: “Mira: ¡ni siquiera la comunidad quería acabar dentro de semejante comunidad! Ha ocurrido involuntariamente”.

Pero, ¿es posible prevenir o curar estos trastornos y neurosis? En primer lugar, si queremos ser honestos, las comunidades carismáticas desarrollan estos resultados de forma casi inevitable. Son formas de enfermedades autoinmunes, que pueden ser más o menos graves en función de las medidas que se adopten. Para prevenirlas de verdad – dado que la cura ex-post es casi imposible – deberíamos tener personas con un umbral de apertura muy bajo (1 sobre 5, por ejemplo), o incluso con umbral cero. Pero ninguna comunidad puede nacer si los miembros no se encuentran entre sí y no renuncian a algún grado de libertad de su sociabilidad anterior. Cuantos más vínculos fuertes de pertenencia necesitan las comunidades, más probables son las autosegregaciones, donde el grado de apertura parcial inicial del individuo se convierte en cerrazón colectiva. Muchas personas entran en la comunidad con un deseo genuino de seguir manteniendo su pertenencia a otros mundos vitales y cultivando otras relaciones exteriores, y acaban en comunidades donde solo se encuentran con personas de su misma comunidad. Además – este punto es particularmente interesante – esto ocurre sin que las personas hayan cambiado sus preferencias individuales. Aunque también es posible y probable que con el paso del tiempo las preferencias individuales cambien inconscientemente día tras día, y se alineen con la praxis colectiva.

Para terminar, estos mecanismos involuntarios pueden explicar o al menos ofrecer intuiciones para otros fenómenos semejantes que ocurren a nivel de la persona individual y dentro de las comunidades. Algunas veces he entrado en contacto con comunidades religiosas donde era muy difícil “llegar” al alma de algunas personas, que preferían pasar muchas horas en oración o en adoración antes que hablar unos minutos conmigo o con los demás miembros de su comunidad. La oración se convertía así en una especie de immunitas que protegía de la communitas, una cortina invisible que inmunizaba del encuentro auténtico e inmediato con los demás. Estos resultados se pueden (en parte) explicar con la misma lógica: mientras una comunidad se encuentre solo con personas que pasan todo el tiempo libre en la capilla sin interactuar entre ellas, basta con que cada uno cultive este tipo de preferencia: “Ciertamente me gusta estar con otras personas de la comunidad, pero cada dos o tres encuentros, uno quiero hacerlo sola en la capilla”. También en este caso, unas preferencias individuales “ligeras”, una vez agregadas colectivamente, generan personas autosegregadas – otra forma de “muerte” o enfermedad grave de una comunidad –. Así se comprende también por qué es tan frecuente que los miembros de las comunidades carismáticas reduzcan con el paso de los años la red de relaciones profundas de amistad, dentro y fuera.

Las buenas reglas, las normas sociales y los reglamentos de las comunidades tienen también la finalidad de prevenir estos trastornos. Pero en un tiempo donde la soberanía del individuo y el respeto (necesario) de la privacidad se han vuelto finalmente importantes también dentro de las comunidades espirituales, cada vez es más difícil implementar acciones y normas que rompan estas trampas involuntarias. La verdadera prevención posible consiste entonces en trabajar en la toma de conciencia de la existencia de estos mecanismos de cerrazón involuntaria. Todos los miembros de una comunidad deberían preguntarse periódicamente: ¿Cuáles son los límites invisibles que he puesto a mis relaciones? ¿Cuántas relaciones estoy viviendo con “umbral interior”? ¿Cuántas comunidades vitales de ayer estoy perdiendo progresivamente? ¿Cuál es la varianza de mis relaciones? ¿Cuáles y cuántos grados de intolerancia estoy cultivando en mi interior? Estos test de autodiscernimiento son difíciles, pero no imposibles, sobre todo si la comunidad ofrece instrumentos para realizarlos, quizá juntos, aun cuando no se advierta la necesidad. En las comunidades deberían adoptarse procedimientos parecidos a los "screening" sanitarios que efectúan las personas cuando llegan a determinada edad, con independencia de los síntomas, con finalidades exclusivamente preventivas. Estas decisiones no son fáciles para los responsables, porque sienten el peligro de que alguien, después del test, descubra la enfermedad, y al responder a estas preguntas difíciles entre en crisis y tal vez acabe dejando la comunidad.

Pero ellos deberían tener una conciencia aún más fuerte de los daños que produce la falta de prevención, entre los que se encuentra la extinción de la comunidad misma. Porque, mientras en la primera fase de desarrollo de la comunidad, las preferencias de las personas individuales son menos rígidas que la cultura colectiva, a partir de la segunda generación las personas se siente atraídas sobre todo por esa cultura colectiva que se ha generado involuntariamente. De este modo, sin que nadie lo quiera, las pocas “vocaciones” nuevas que llegan son generalmente más cerradas que las de los miembros de la primera hora – una vez que nos hemos convertido en un barrio “solo de blancos” únicamente tendremos vecinos blancos –. Los recién llegados con umbrales más altos harán crecer la cerrazón de la comunidad, dando vida a círculos viciosos degenerativos. Así es como a menudo las comunidades desaparecen involuntariamente, si no se interviene a tiempo y con decisión, en dirección obstinada y contraria.


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