Economía al servicio de la vocación: la pobreza que realmente ofrece libertad

Economía al servicio de la vocación: la pobreza que realmente ofrece libertad

Economía y Carismas/3 – El peligro que debe evitarse es que haya personas de las comunidades de consagrados que se quedan porque no tienen los medios como para rehacer su vida. Aquí algunas ideas para hacer que la fidelidad a una decisión propia no deje de ser auténtica.

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 28/06/2026

Hace unas semanas, una conferencia se convirtió en una charla sobre la importancia de la autonomía económica de las personas en comunidad. Al terminar, una joven monja pidió la palabra y me dijo: “Yo hice el voto de pobreza: ¿cómo puede conciliarse el voto con su argumento acerca de la autonomía económica?”.

Para tratar de responder, partamos de una situación paradójica. Imaginemos el hipotético pensamiento de una monja que acaba de hacer sus votos: “Finalmente he resuelto todos mis problemas. Ya no tengo que ocuparme de la gestión de relaciones complicadas con hombres, ni de las ambivalencias de la sexualidad, ni de ningún problema ligado a la vida en pareja o con hijos; con el voto de obediencia ya no me tendré que preocupar por mi proyecto de vida porque va a haber un superior que oriente mis decisiones; por último, ya no tengo que preocuparme por el trabajo, por la gestión de cuentas corrientes o por las facturas, ya no tendré ninguna responsabilidad económica. Tacho las tres con una cruz y pienso solo en mi vocación”.

Todos captamos enseguida que esta idea, parecida a la del «rico insensato» (Lc 12), es una parodia de la buena vida religiosa, aunque conviene partir de esta ficción para llevar a cabo, de vez en cuando, un discernimiento: el dinero (pobreza), la libertad (obediencia) y la sexualidad (castidad) son los ámbitos morales radicales y vitales de las personas, y la tentación de controlarlos nunca está ganada, porque mantener a personas libres y autónomas juntas es extremadamente complicado (pero bellísimo). Las comunidades no deberían construirse con el cemento de la no-libertad de los individuos.

Mantengámonos en el ámbito económico. La economía no es solo economía, ya lo sabemos. Cuando una persona no tiene el control de las condiciones materiales de su propia existencia, de esa misma falta de autonomía dependen todas las demás, incluyendo las más espirituales. En mis acompañamientos individuales y colectivos con comunidades religiosas, he conocido a personas sin ningún interés por la vida consagrada (la vida es un proceso de descubrimiento de sí mismo y no siempre se consigue crecer manteniendo las formas de promesas de la juventud), pero que se quedaban en la comunidad solo por falta de plan B: habían pasado los cincuenta, sin un trabajo remunerado, ‘fuera del mercado’ y sin familiares adinerados. El hecho de quedarse, en sí mismo, no dice mucho sobre la vida de una persona: quedarme cuando podría irme y no me voy es muy diferente a quedarme cuando partir no es una opción viable. Como nos enseñó el gran economista y filósofo Amartya Sen, la calidad de vida de una persona no se mide solamente sobre la base de lo que hace, sino, y sobre todo, de lo que podría hacer y no hace. Hay muchos ‘estar’ y muchos ‘quedarse’ infelices, algunos tristísimos. Los que, por la fuerza, se quedan, terminan con el tiempo pareciéndose mucho, psicológicamente, a los presos, y las transgresiones se convierten en la hora de ‘recreo’ al aire libre. Y cuidado si hoy se tiene a personas en condición de no-autonomía como instrumento de gobierno para retenerlas en comunidad (es un grave abuso).

Se entiende entonces que si esperamos vivir en una comunidad sana y compuesta por personas florecidas, hay que hacer lo posible por reducir el número de personas que, en el momento de la necesaria crisis que marca el ingreso a la vida adulta, se quedan solo porque no tienen la autonomía económica para comenzar una vida. Porque solamente si estas personas desilusionadas y apagadas están por debajo de un umbral aceptable (alrededor del 10 o 15%), la dinámica general de la comunidad puede absorberlos sin altos costos relacionales y económicos. Dicho sea de paso, las personas que se quedan en comunidad sin estar muy convencidas tienden a decir muchas ‘mentiras económicas’ – inflan los gastos médicos o agrandan los costos de las visitas a sus padres con la idea de asegurarse un ahorrito escondido, ‘porque nunca se sabe’ – y el infantilismo sale así fortalecido.

Y acá volvemos al voto de pobreza.

El sentido evangélico del ‘sine proprio’ de Francisco es pura profecía. La renuncia a los bienes económicos y materiales tiene en el evangelio dos grandes lógicas, ligadas entre sí: (a) decidir encogerse para intentar pasar por el ojo de la aguja y hallar el Reino del otro lado (Mt 19); (b) poner los bienes en común en una comunidad pobre y abierta (Act 4). Renunciar a los bienes es algo profética y evangélicamente sensato (dotado de sentido) cuando consigo trae un bien más grande para nosotros y para muchos, para todos. Si, por el contrario, como ya hemos dicho, la renuncia a la autonomía (que no significa independencia) se vuelve un medio para controlar a la persona, toda la belleza y la profecía de la pobreza evangélica se desvanece inmediatamente, y se transforma en su opuesto. No basta con no tener bienes para entrar al Reino de los cielos. 

¿Cómo responder entonces a esa difícil pregunta que hizo la hermana? Primero, recordando que el voto de pobreza no significa irresponsabilidad respecto a la dimensión material de la propia existencia (y de la comunidad), porque esta forma de responsabilidad es parte del repertorio de toda vida adulta. Hoy en el siglo XXI, llegar a los 30 o 40 años sin saber cómo funciona una cuenta bancaria y sin administrar por lo menos los propios gastos no es, en sí, la expresión de una profecía, pero sí quizás de una inmadurez civil. En el pasado, las comunidades religiosas lograron administrar la economía colectiva pidiendo a una de las hermanas o hermanos (que no fueran clérigos) la renuncia a toda autonomía económica, renuncia que se sacralizaba y se reforzaba mediante el voto. La gestión estaba centralizada en los superiores, y cada miembro tenía que pedir permiso hasta para comprar un sándwich, porque nadie manejaba el más mínimo presupuesto. Una situación no muy diferente a la que vivían nuestras madres y abuelas amas de casa.

En mi humilde opinión, para llevar de nuevo a los jóvenes a las comunidades carismáticas (y hacer que vivan bien los que ya están adentro) sería necesario repensar de manera profunda y audaz sobre cómo conciliar la pobreza evangélica con la adultez de las personas. Hay algunas experiencias hoy en día que, según mi conocimiento, son insatisfactorias. Por ejemplo, algunos movimientos eclesiales han intentado resolver esta tensión dándole a cada miembro “consagrado” una pequeña suma mensual (de 25 o 50 euros) para manejarla autónomamente, una solución idéntica a la de los “domingos” o “mesadas” de los niños, un instrumento que no hace más que alimentar el infantilismo, la gran enfermedad en las comunidades y los movimientos.

Se hacen experimentos poco atrevidos por pereza o porque se cree que dar autonomía económica a las personas significa, por una parte, arriesgarse y perder el control, y por la otra, que la comunidad se reduzca a una residencia de estudiantes que comparten gastos y alguna que otra cena. Pero seguir con la vieja gestión de personas significa no atraer vocaciones y seleccionar a personas que buscan establecerse para resolver sus problemas de no-autonomía.

Además, debería tratarse el tema del reconocimiento civil del trabajo de monjas y de consagrados que trabajan dentro de estructuras comunitarias. Y no solo en los movimientos laicos, donde ya empezó ese proceso, sino también en las comunidades religiosas de vida activa y contemplativa. Hagámonos la pregunta: ¿por qué no reconocer la legitimidad de un salario (al menos a tiempo parcial) para religiosos y religiosas que trabajan en enfermerías, en huertas, en cocinas, en escuelas…? En el monaquismo, trabajar no es un accidens: es carisma, y hoy el ‘ora et labora’ medieval debe crecer gracias a los derechos y libertades de nuestro tiempo. Las personas pondrían individualmente sus salarios en comunión, en una libertad nueva y diferente, en una reciprocidad de dignidad. Trabajos hechos de manera seria y competente – los primeros verdaderos trabajos femeninos nacieron en los monasterios y conventos, desde el bordado hasta la docencia–. Y quien quiera un día salir lo podrá hacer con más libertad, para después quizás descubrir, algunas veces, que esta libertad de poder irse le generó la nueva libertad de quedarse – y comienza una resurrección, dentro de la misma vida de siempre.

No hay comunidad más hermosa que aquella que está compuesta por personas que no se quedan por los votos que hicieron ayer, sino por los sueños de hoy y de mañana.

 

Imprimir

Articoli Correlati

Cuando la riqueza, la grandeza y el éxito nublan al carisma original

Cuando la riqueza, la grandeza y el éxito nublan al carisma original

La mística del balance financiero

La mística del balance financiero

La vida monástica por encima de los estereotipos

La vida monástica por encima de los estereotipos