Cuando la riqueza, la grandeza y el éxito nublan al carisma original

Cuando la riqueza, la grandeza y el éxito nublan al carisma original

Economía y Carismas/2 - ¿Qué pasa cuando comunidades y movimientos tienen un crecimiento en propiedades y bienes? Existe el riesgo de que el medio se convierta en fin. Y que se pierda la pequeñez, o sea, el fundamento del humanismo bíblico y evangélico. Es el “síndrome de Salomón”.

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 14/06/2026

El humanismo bíblico y evangélico está centrado en la pequeñez. Abel, David, Ruth, la voz de un silencio sutil, Nazaret, María, el pequeño rebaño, el granito de mostaza, la samaritana, los cinco panes y los dos peces del muchacho de Galilea… El Reino de los cielos es una franja de tierra de pobres, perseguidos, mansos y constructores de paz; quien haya encontrado en su vida a personas de esas categorías sabe que lo que tienen en común es la pequeñez, una combinación de pobreza, humildad, sencillez y, sobre todo, un recibimiento dócil de la vida, de los otros y del espíritu…

Si vemos la historia de las comunidades, de los movimientos y de los carismas nos damos cuenta de que al comienzo todo habla de simpleza, de esencialidad, de pequeñez. “Había solo una voz’’, pocas personas llamadas por su nombre y la sensación de ser infinitamente pequeños, pero capaces de dialogar con el infinito y de respirar lo eterno. Esa pequeñez atrae, convierte, conquista, porque todo habla de gratuidad, de pureza, de candor espiritual, ante lo cual es imposible resistir. Y así la comunidad crece y se expande y, en algunos casos, el crecimiento es de verdad impresionante. Quien haya recibido en la vida el don de participar del nacimiento de una experiencia carismática, ha vivido una de las realidades más raras y extraordinarias que hay en la tierra.

Este rápido y enorme crecimiento se descubre, en primer lugar, por la cantidad de personas, que adhieren porque se reconocen íntimamente en la comunidad, la sienten como parte esencial de su propio estar en el mundo. Luego llegan donaciones, casas, terrenos, dinero, herencias y benefactores que de modo sincero donan bienes, a veces muchos bienes, porque están convencidos de que sirven a la causa más noble. En el origen de los patrimonios inmobiliarios de muchos monasterios y conventos se encuentran estas mismas dinámicas, aunque en el pasado asumían características antropológicas y sociales diferentes.

Este crecimiento plural del principio es percibido como una clara señal de bendición. Se reciben los bienes para ‘dar gloria a Dios’, y a nadie se le ocurre pensar que estas riquezas que llegan puedan contaminar la belleza espiritual de la comunidad y del carisma; en parte porque las donaciones son, siempre en un principio, directamente funcionales a la misión: las casas y el dinero no se acumulan, sino que sirven, se usan para necesidades concretas. Así pues, se sigue siendo pobre aunque se esté rodeado de muchos bienes.

Pero a un cierto momento, generalmente unas décadas después de la fundación (o de la refundación), surgen problemas ligados a esta riqueza. El primero tiene que ver con un efecto específico de “desfase intemporal”. Con el paso de los años, los frutos y la providencia de hoy descienden de la vida de ayer. Es decir, hay un ‘desfase temporal’ entre vida y frutos, algo parecido a lo que sucede con las estrellas del firmamento: algunas ya murieron, pero por los miles de años luz que nos separan, las vemos aún brillar, como si estuvieran vivas. Por lo tanto, mientras que en los primeros tiempos los bienes y las donaciones de hoy llegan para la vida de hoy, y por lo tanto se ponen al servicio de la misión, en las décadas siguientes los bienes pueden seguir llegando aunque la vida comunitaria haya empezado a perder brillo evangélico y profecía. Esta providencia ‘desfasada’ temporalmente genera confusión, porque los responsables la interpretan como una ‘aprobación’ de Arriba por el presente de la comunidad, y subestiman que los frutos lleguen por las luces estelares del pasado. Entonces, en lugar de hacer un profundo discernimiento sobre las razones del deterioro de la vida carismática, se engañan y se ilusionan porque “la providencia sigue llegando”; y la crisis crece, precisamente gracias a los bienes que ahora son una renta (decreciente) de la vida del pasado, y no ya un ingreso ganado hoy.

Hay un segundo fenómeno, todavía más complejo y peligroso en tanto que conduce frecuentemente a la extinción de la comunidad.

Llega un día en que la riqueza y la grandeza engendran un nuevo pensamiento: que la grandeza y los frutos abundantes son en sí mismo un medio de apostolado y de misión. Mientras que al principio se evitaba toda forma de cultivo de éxito y de visibilidad (incluso mediática), con el tiempo alguien (generalmente un responsable) empieza a pensar, por el contrario, que si esos tantos bienes son una bendición divina, está bien mostrarlos y acrecentarlos para aumentar así la credibilidad, la fuerza, el liderazgo y la misión del carisma. Y así, no solamente no se rechazan donaciones y ayudas (a veces de dudosa ética), sino que se hace de todo por aumentarlas, convencidos – tal vez de buena fe – de que esa riqueza da ‘gloria a Dios’. Cuando esta idea de la grandeza como medio de apostolado empieza a dominar, llega puntual la hora en que comienza la decadencia, que se vuelve rápida e imparable. Se olvida de la pequeñez del evangelio, se aleja del polvo de la calle y, día a día, uno se encuentra con algo diferente, demasiado diferente a lo original.

En realidad, habría algunas señales para interpretar. La primera es que los dirigentes no quieren ver los datos que hablan de crisis y de decaída, datos que se niegan o que se esconden junto a las críticas y las opiniones discordantes. Una segunda señal inequívoca es el desprecio por las ‘actividades de bajo impacto’, es decir, aquellas que no hacen ninguna diferencia en la opinión pública, en los medios, en los líderes: “¿para qué pasar dos horas con esta persona si en ese tiempo puedo hacer un post o escribir un artículo?”. Se desvalorizan por tanto esas acciones (y esas personas) que siguen ‘perdiendo el tiempo’ en escuchar a la gente, en esas actividades ocultas que nadie ve y, sobre todo, que nadie cuenta (hasta llegar incluso al rezo). Todo el esfuerzo queda concentrado en el impacto del líder, olvidando que aquellas actividades relacionales ‘de bajo impacto’ fueron precisamente las que hicieron nacer y expandir a la comunidad que atrajo esas riquezas y a esos benefactores de hoy. Además, una vez que la comunidad se volvió “grande”, ya no atrae vocaciones genuinas, y selecciona las vocaciones equivocadas, lo que da lugar a un fatal efecto de tenaza.

Estas marcas del declive son ‘señales débiles’, son trazos prácticamente imperceptibles, en parte porque aparecen en el momento de mayor desarrollo (numérico, económico, de visibilidad…) de la comunidad. Es el llamado síndrome del “ocaso al mediodía”, donde el que lo observa es silenciado por pesimista y derrotista. La Biblia conoce bien este síndrome.

De joven, Salomón había sido el rey más sabio y más hábil. Gracias a sus talentos, su riqueza y su reino crecieron mucho; el Arca de la Alianza quedó demasiado pequeña como para contener ‘la gloria de Dios’. Así que construyó, primero, el gran templo, y luego su palacio, dos veces más grande que el templo. Terminó perdiendo su sabiduría, y al envejecer “siguió a otros dioses, y su corazón ya no perteneció íntegramente al Señor” (1 Reyes 11:4). Salomón se extravió, aquella gran riqueza generada por su carisma se convirtió un día en su maldición. No entendió que solo debía desmontar el palacio, luego el templo, y volver a la voz desnuda y pobre. Porque una vez grandes y ricos, volver a ser pequeños es imposible, a menos que llegue algo decisivo desde afuera: una gran crisis, una muerte que prepare a una posible resurrección, que podría alcanzarnos si un “resto fiel”, si al menos una persona siguió siendo pequeña, esperando, creyendo, rezando.

2/continua

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