El regalo no es el don

El regalo no es el don

El don es un asunto de gratuidad, un bien relacional, un acto no debido, en donde el bien principal no es el objeto donado sino la relación entre el que dona y el que recibe.

Luigino Bruni

publicado en Messaggero di Sant'Antonio el 02/02/2026

Terminaron las fiestas de Navidad, y ahora con más calma podemos hacer algunas nuevas reflexiones acerca del don y la diferencia entre don y regalo. Los regalos y los dones son actos humanos diferentes, conviven unos con otros y a menudo los dos son buenos, pero no hay que confundirlos. El valor de los regalos entre Navidad y Epifanía depende de la calidad de los dones entre Epifanía y Navidad. El pan dulce que le llevamos a la vieja tía lejana da cuenta de algo bueno si durante el año ese regalo navideño estuvo precedido por alguna llamada telefónica, una visita, tiempo juntos, abrazos, lindas palabras y bendiciones recíprocas. Los sapiens hablamos también con cosas y objetos porque las palabras a veces no alcanzan, y con un objeto logramos decir cosas que con la boca o con la tinta diríamos de otra manera, y peor. La civilización humana, contrariamente a los animales, está hecha de palabras y de cosas, de objetos (cuadros, casas, iglesias) que dicen que somos como las palabras, y hasta incluso mejor. Los dones son los verbos que conectan y dan sentido a los regalos, y que los hacen entrar en nuestros más lindos discursos.

En la práctica y en la vida concreta los dones y los regalos se parecen, coinciden, los denominamos con las mismas palabras, porque no es necesario estudiar economía para vivir bien. Los regalos con frecuencia se hacen (aunque no siempre) para cumplir obligaciones, normalmente buenas obligaciones con familiares, amigos, colegas, jefes, proveedores, clientes, gerentes de compras, etc., y están ligados a momentos y fechas importantes de la vida.

Nuestra época del business global ama cada vez más los regalos, en perfecta coherencia con su espíritu, pero entiende cada vez menos los dones. Los regalos se prevén y se regulan por las convenciones sociales, y en muchos casos se pretenden – hay varias regiones donde los regalos de matrimonio se rigen por normas detalladas y estrictamente controladas, hasta el endeudamiento. Hay poca gratuidad en los regalos, al punto de que si no los hacemos los potenciales beneficiarios nos juzgan de mala manera. Un economista llamado Joel Waldfogel demostró (en 1993) que los regalos de Navidad destruyen en promedio el 20% del valor de los bienes regalados, ya que si las personas eligieran sus propios regalos en lugar de recibirlos de otros, la satisfacción sería mayor en casi una quinta parte. Y este economista proponía regalar dinero a amigos y parientes, que es lo que habitualmente está sucediendo hoy con hijos, nietos y familiares, ya que regalar dinero se vuelve una vía más simple para el que da y para el que recibe. Eso por no hablar de los “regalos de boda”: del juego de té y del juego de toallas se pasó a la lista de regalos, luego al sobre de dinero y ahora directamente al número de cuenta bancaria en la invitación.

El don es diferente, es otra cosa, es de otra naturaleza, tiene otro costo y otro valor, otro curso, otro sentido. Es un asunto de gratuidad, un bien relacional, un acto no debido, en donde el bien principal no es el objeto dado sino la relación entre el que da y el que recibe. El don no se pretende, y a menudo no está ni siquiera previsto; a veces se espera, es siempre excedente, no está ligado al mérito, es sorprendente, desequilibrado, excesivo, no simétrico. Cuando el don se expresa incluso con un objeto donado, ese don incorporará para siempre aquel acto de amor, con la cara de la persona que lo donó. Y cuando el don se encarna en un objeto, el espíritu del don transforma esa cosa en algo sagrado, y al verla nos sentimos invitados a pensar y a mirar otra cosa, un rostro lejano pero presentísimo.

Credit Foto: © Fabiano Fiorin / Archivio MSA

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