Ánima económica/2 – Del neotomismo, para resitir el impacto de la cultura dominante, a las ideas del padre Liberatore, que preparan el terreno para la “Rerum novarum”.
Luigino Bruni
publicado en Avvenire el 18/01/2026
"Es una actitud antihistórica por excelencia considerar los problemas, opiniones y sentimientos del pasado de la misma manera que los sentimientos y creencias de una época completamente diferente".
Arturo Carlo Jemolo, «Stato e Chiesa in Italia», p. 23-24
La historia de la relación entre la iglesia católica y la cultura moderna es la historia de un desencuentro, de acusaciones y de anatemas recíprocos, que en momentos determinados se volvió una verdadera batalla campal. Una historia que arranca al menos con Lutero y la Contrareforma y que, a distintos ritmos, siguió hasta el Concilio Vaticano II – y que sigue todavía. La reacción de la iglesia católica frente al espíritu moderno fue el miedo, y de ahí los contraataques, las clausuras y las condenas hacia ese inquietante huésped. Por lo tanto, la iglesia católica no percibió al hombre moderno como a un hijo, rebelde pero al fin hijo, sino como a un enemigo, como al enemigo más grande, al Gog y Magog que podían aniquilar la Christianitas. Nunca podremos saber qué hubiera sido de la Modernidad y de la Iglesia si el enemigo hubiese sido tratado como un hijo adolescente, si sus amenazas hubiesen sido leídas incluso como un desarrollo de las semillas evangélicas de la Edad Media, aunque maduradas en formas y en terrenos diferentes a los imaginados por las jerarquías y los teólogos. En la vida de las personas y los pueblos, el arte más difícil es el de aprender a reconocer una salvación que llega en el lugar y el modo en que nunca hubiéramos pensado ni deseado.
También el proceso que condujo a la Rerum Novarum de León XIII debe leerse dentro de este desencuentro: “Al pensamiento moderno, tan audaz para juzgar de religión y de catolicismo, León XIII lo condenó, no lo enfrentó: lo juzgó desde afuera y desde arriba, igual que su predecesor, no se adentró para analizarlo, discernirlo, desarticularlo. El uno y el otro se encontraron de frente todo ese tiempo, como dos potentes ejércitos, sin entrar nunca en contacto”. Son palabras de Romolo Murri, que continuaba así: “El pontificado de León XIII hubiera tenido un carácter muy diferente al que tuvo si los documentos doctrinales no fueran lo que son: una reivindicación rígida y una exposición sistemática, y no un trabajo de penetración en el mundo moderno, de asimilación, de reintegración… La sociedad moderna ha mostrado que no sabe ni quiere dejar convencerse de abandonar sus ideas y sus vías para entrar en aquellas que son presentadas oficialmente por la Iglesia”, porque la sociedad moderna “quiere hacer su experiencia” (Un papa, un secolo e il cattolicesimo sociale, 1904, pp. 78-79). Una experiencia moderna que la iglesia católica no entendió y que condenó a partir de la libertad de conciencia, su primer ‘delirio’, como la definió Gregorio XVI (Mirari Vos, 1832), que llevaba a pensar que “el fiel y el incrédulo, el ortodoxo o el hereje valen lo mismo” (M. Liberatore, La Chiesa e lo Stato, 1872, p. 48). Un delirio llamado también liberalismo. Estas “cosas nuevas” no eran cosas buenas para la Iglesia, eran muy malas; y muy pronto a estas se sumaron los fuertes empujones del Socialismo y el Capitalismo, y todo se complicó.
En este clima, Gioacchino Pecci, que no era todavía León XIII, en la carta por la Cuaresma de 1887 escribía: “Una palabra de la que abusan los no creyentes… es la palabra civilización. Esta palabra se ha vuelto un flagelo” (Lettere del cardinale G. Pecci, 1880, pp. 119-120). Y en vísperas de la Rerum Novarum, leemos en La Civiltà Cattolica (un texto anónimo pero probablemente de M. Liberatore): “No hay hombre de juicio que no pueda preveer que, a este paso, Europa va a desbordar hacia los horrores del nihilismo” (Anno 1889, p. 257). Romolo Murri esperaba, por el contrario, que aquel amanecer del siglo XX marcase el comienzo de algo nuevo, que las ‘cosas’ se convirtieran por fin en ‘nuevas’ y buenas. O sea, esperaba que los católicos empezaran a “arrojar sus ideas y su espíritu a la fragua de esta experiencia de la sociedad moderna, para hacer que en ella maduren la cordura, los propósitos luminosos y una vida religiosa más intensa en la humanidad” (pp. 80-81). La vía que encaró Pío X, el sucesor de León XIII, no fue sin embargo la que esperaba Don Romolo Murri, como lo atestigua también su trayectoria biográfica personal: dos años después de la publicación de ese libro, Murri fue suspendido a divinis y luego excomulgado en 1909. Pio X, beatificado por Pio XII, exasperó el anti-modernismo ya presente en el catolicismo del ochocientos.
La génesis de la Rerum Novarum es parte de un movimiento teológico-social muy complejo. Luego del período napoléonico, la iglesia católica había iniciado, no sin resistencias, una parcial renovación teológica y cultural, centrado en volver a Santo Tomás, a su teología. La Rerum Novarum no va a ser solamente el fruto del regreso al sistema tomista y a la escolástica, sino que no la entendemos sin Tomás y el tomismo. León XIII empezó su pontificado declarando explícitamente (y políticamente) su intención de volver a Tomás. La Aeterni Patris, de 1879, una de sus primeras encíclicas (escribió 86 en total), fue de hecho su manifiesto teológico y pastoral para hacer “revivir y devolver a su esplendor primitivo la doctrina de Santo Tomás de Aquino” (AP). Vincenzo Gioacchino Pecci (Vincenzo era como lo llamaba su madre) conoció y se unió al tomismo ya en 1828, gracias a las lecciones de Luigi Taparelli d'Azeglio. En 1849 nace en Nápoles la Accademia di filosofia tomista, y unos años después (1879) aparece en Piacenza la revista ‘Divus Thomas’. En el círculo tomista de Italia estaba también Giuseppe Pecci, el hermano de Gioacchino, que fundó en Perugia la Accademia di San Tommaso (1859).
Esta élite teológica se daba cuenta de que la teología católica tradicional y contrareformista no podía aguantar el impacto del pensamiento moderno. Para tratar de afrontar esa batalla cultural con algo de esperanza de no terminar destruida, había solo una posibilidad: apostar todo al mejor teólogo, al más influyente y más estimado a nivel universal: Santo Tomás, el Doctor Angelicus, y por lo tanto a Aristóteles. Estaban convencidos de que entre todos sus recursos a disposición no había nada mejor. Santo Tomás ya estaba presente en la formación teológica anterior (piénsese en la escolástica española), pero se mezclaba con la piedad popular, el culto de los santos, Agustín releído en clave platónica, manuales para confesores y el estudio de la teología que se había estancado en la reforma del Concilio de Trento. Venía bien entonces un relanzamiento, una visión sistémica de conjunto: “para que la sagrada teología tome y vista la naturaleza, el hábito y el carácter de una verdadera ciencia” (León XIII, Aterni Patris). El neo-tomismo nace entonces como reforma e innovacion de la Iglesia, como reforma de la formación de los sacerdotes. El tomismo, de todas maneras, no interrumpe esa larga temporada moderna que la iglesia católica vivió como una cadena de errores ininterrumpida, desde Lutero en adelante. Tomás no se convierte en una vía de diálogo de la Iglesia con la modernidad, sino un instrumento de lucha.
Cuando el cardenal Pecci deviene papa León XIII, ya era tomista. La presencia de la filosofía de Santo Tomás en la Rerum Novarum no es por lo tanto atribuible a las ideas de los profesores que escribieron los primeros bocetos. León los elige precisamente por ser tomistas, además de que eran los mejores de la esfera católica. Uno de ellos, ciertamente el más importante e influyente, fue el padre Matteo Liberatore, salernitano (como Antonio Genovesi, a quien ignora pero obviamente conoce), jesuita, y uno de los fundadores de la revista ‘Civiltà Cattolica’ (1850). Contemporáneo de Francesco Ferrara y de Giacchino Pecci (generación de fierro: los tres murieron con más de 80 años, Ferrara a los 90 y León a los 93), escritor brillante y polemista, entre los pensadores más geniales del catolicismo del siglo XIX: “está en el centro de los momentos más importantes de la vida eclesial” (Francesco Dante, La civiltà cattolica e la Rerum Novarum, p. 49).
En 1889, hacia el final de su vida, escribió los Principii di Economia Politica, un volumen que se anticipó en algunos artículos publicados por Civiltà Cattolica, y que fue traducido al inglés (1891) y al francés (1894), pero sin ningún impacto en la ciencia económica del momento. Fue ignorado por los economistas liberales. El año 1889 es también el año de publicación de los Principii di economia pura, de Maffeo Pantaleoni, el manual más influyente de aquella generación, escrito cuando el autor tenía 32 años: Liberatore tenía casi 80, otro indicador de modernidad. Liberatore no era un economista, su libro es fundamentalmente una larga homilía económica, que dejó a la ciencia económica igual a como la había encontrado, ni siquiera la rozó. Un tratado que es la imagen perfecta de las distintas y divergentes vías que ya habían tomado la Doctrina Social católica y la economía moderna. Leyendo el libro se puede entender que aquello es un diálogo del autor con unos pocos libros viejos – casi todos de al menos cincuenta años – presentes en su estudio: Smith, Say, Minghetti, Bastiat, Malthus, Ricardo, Sismondi… Ninguna referencia a Marx, que es difícil de imaginar en su biblioteca. El libro es una guía excelente para entender la configuración de la Rerum Novarum, donde encontraremos muchas ideas de este texto de Liberatore. Más útiles hoy para nosotros que para sus contemporáneos.
El tono del libro refleja perfectamente el de la iglesia de su época: totalmente a la defensiva, controversial, agresivo, nostálgico. El punto de partida es fuerte y claro: “El Liberalismo moderno es como el moscardón, que allí donde se posa, deja un germen de corrupción y de hedor” (p. 5). El Liberalismo no coincide con el Liberalismo económico – al que Matteo Liberatore ya llama Capitalismo –, pero ambos, como explicará más tarde Benedetto Croce, están profundamente relacionados. La iglesia católica odiará el liberalismo cultural pero casi que amará el liberalismo económico.
Las páginas más interesantes del tratado son las que tienen que ver con la propiedad privada, de las que surge la intención de la Iglesia del momento de tratar de imaginar la famosa tercera vía entre socialismo y capitalismo. En realidad, más que una tercera vía, fue un intento de corrección de la primera vía, el Capitalismo, que en su estructura social y filosófica de fondo es, de lejos, preferido al Socialismo, con algunos ligeros ajustes (en la relación patrón-obrero, en la caridad y en no mucho más). El verdadero enemigo era entonces el Socialismo, y el Capitalismo aparecía como un mal menor y hasta quizás como un bien, sobre todo por la tenaz defensa tenaz de la propiedad privada y de la desigualdad entre los hombres como condición natural y necesaria – lo veremos el domingo próximo. Por ahora, degustemos solo esta frase suya: “Lo más curioso es que los defensores de la igualdad, alardean al mismo tiempo de la libertad. Y no entienden que libertad e igualdad se llevan a las patadas” (p. 163).
La tercera vía inaugurada por la Rerum Novarum se convierte únicamente en la vía católica al capitalismo. La Modernidad que tanto miedo daba sobre el plano religioso y social (Liberalismo y Socialismo), dio menos miedo bajo el manto capitalista. Y hoy vemos las consecuencias.